Insania Mea Capítulo 24
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Capítulo 24

El frigobar que yacía bajo el escritorio de don Rober se hizo presente ante sus ojos.

Las cervezas en su interior parecían gritar por atención y don Rober cedió ante ese llamado casi suplicante.

Necesitaba ese elixir amargo y refrescante para proporcionar una pausa a ese griterío constante dentro de su cabeza que se atropellaba para salir a la luz.

La botella en su mano sudó enseguida. Esa obsesión que tiene el agua invisible en hacerse presente para hacer que la tentación sea casi irresistible.

Abrió la botella y esta suspiró deseosa de acercarse hasta sus labios.

Don Rober bebió un sorbo y se recargó en la silla.

Depositó la botella sobre el escritorio y cerró los ojos un instante.

—Hasta ahora no tengo nada —pensó—. Me contrataron para encontrar a Sócrates y eso hice.

Si mis clientes fueran otros, habría dado el trabajo por concluido hace mucho tiempo, a menos que ellos hubieran insistido en proseguir.

En este caso, he sido yo quien decidió seguir.

Pero estoy atrapado. Todas las pistas me llevan a Selene y a ese hospital; sin embargo, no puedo hacer nada al respecto.

No puedo probar si Selene miente o es parte de esa secta, si Isidro Álvarez es el capastuza o si el hospital es solo una fachada.

No obstante, tampoco puedo rendirme. Se lo prometí a la señorita Albina.

Además, no puedo ser completamente objetivo en este asunto.

Si arremeto con todo para acabar con esto de una vez por todas, Selene va a salir perjudicada y Albina jamás me lo perdonaría.

Quizá debería decirle que nos demos por vencidos.

Pero si Selene realmente está en peligro, y algo le sucede, tampoco me lo perdonaría; ni siquiera yo me quedaría tranquilo.

Por otra parte, no hemos hecho nada para protegerla, aunque tampoco le puedo decir a la señorita Albina que le contrate un guardaespaldas.

Y si Albina misma la protege, se pondría también en peligro a pesar de que tiene entrenamiento. Entonces, ¿qué hacer?

Le dio otro trago a su cerveza.

—Supongo que seguiré adelante como hasta ahora, como si caminara en un lago congelado, atento a cada paso para no fracturar el hielo y no hacerlas correr algún riesgo innecesario.

Diez minutos más tarde, llegó Albina. La botella seguía en el escritorio sobre un pequeño charco de agua.

Estaba casi llena. Albina la miró un segundo y después dirigió la mirada a don Rober.

Él le pidió que no se apartara de Selene mientras él se concentraba en seguir las pistas que habían reunido hasta el momento.

—Si nota peligro —le dijo—, no los enfrente sola. Huyan y aguarden a que lleguen sus escoltas. Francamente, estoy preocupado por ustedes.

—Hecho, don Rober, se lo prometo. No se preocupe. No nos pondré en peligro.

Albina salió de la oficina. Necesitaba saber, de una vez por todas, si Selene había ingresado a Sócrates en ese hospital y, de ser así, qué relación tenía aquello con la investigación que él llevaba a cabo. ¿Había sido parte de algo más grande o solo una coincidencia desafortunada?

Esa misma tarde fue a casa de su amiga. Sin rodeos, le pidió una copia de su credencial de elector y una hoja con su firma.

—Hola, amiga. Perdón que te pida esto, pero don Rober necesita una copia de tu credencial y tu firma en un papel. Tenemos que descartar ese asunto de una vez por todas. No te está culpando… solo queremos saber quién está detrás de todo esto.

Selene accedió sin oponer resistencia. Le entregó los documentos y, antes de que Albina se marchara, le propuso, una vez más, que después salieran a platicar un rato, como en los viejos tiempos. Albina aceptó, aunque con un nudo en el estómago.

Horas después, el grafólogo confirmó lo que nadie quería escuchar: la firma coincidía, sin lugar a dudas, con la que aparecía en la orden de ingreso al hospital.

Albina se quedó pasmada. No sabía si enfrentar a su amiga o fingir que nada pasaba. Lo más desconcertante era que Selene había entregado los documentos sin titubear, como si no tuviera nada que ocultar.

Entonces, ¿cuál era la verdad? ¿Por qué parecía no recordar absolutamente nada de aquello?

Al día siguiente, Albina aceptó salir con Selene. Necesitaba observarla de cerca y, lo más importante, tenía ganas de estar con ella. Aún no quería que Selene manejara, así que pasó por ella hasta su casa muy temprano. Selene salió y se subió al auto.

—Hola, amiga —dijo Albina—. ¿Te gustaría ir al museo? Acaban de traer una exposición desde Francia. No va a durar mucho tiempo y me gustaría verla.

—Sí, adonde tú quieras. El caso es estar juntas. Solo una cosa. ¿Podríamos no hablar de Sócrates o del pasado? El pasado duele, y varias cosas están difusas en mi mente. No sé qué me pasa.

—Hecho. Creemos nuevos recuerdos, entonces.

—Recuerdos felices, por favor. Solo para variar.

Albina sonrió y arrancó el auto.

Mientras se dirigían al museo, Selene le preguntó:

—Y ¿qué has hecho, amiga? Platícame sobre ti. Hace tiempo que no nos veíamos así y con todo… Bueno, no sé.

—Pues nada en particular, si me regreso hasta antes de que todo esto comenzara, estaba armando algunas canciones.

La verdad, me sentía triste por no verte.

Desde que se compraron la casa, no te había visto.

Entonces, son canciones tristes. De desamor y esas cosas.

Cuando me pongo nostálgica, me da por escribir y ya luego trato de que la música transmita lo que siento.

—Oh, me gustaría escucharlas.

—Ja, no creo que puedas. Me da pena. Además, las compongo solo para mí. No creo hacerlas públicas.

—Bueno, pues quizá deberías.

—Quizá. Aunque algunas hablan sobre ti, ¿sabes?

—Espero que cosas buenas.

—Sí, te extrañaba, eso es todo. Ahora, pese a todo, me siento extrañamente feliz.

—Sí, yo también. Pensé que jamás podría volver a sonreír. Pero el estar contigo me hace sentir bien. Eres la amiga que siempre soñé.

—Ja. ¿Desde cuándo sueñas conmigo, amiga?

—Ja, ja, ja. Te pasas. No de esa manera.

—Oh, ya me había emocionado —dijo Albina con una sonrisa—. Vale, ya casi llegamos. Espero que no haya fila, porque la última vez que vine a una exposición, me tardé como dos horas en poder pasar.

—Bueno, no pasa nada. Aún es temprano —dijo Selene—. Además, uno existe donde sea.

—Eso sí y conmigo a tu lado, pues qué mejor, ¿no?

Selene sonrió.

—Sí, ni cómo negarlo.

Se miraron y se echaron a reír.

Albina estacionó el auto y se dirigieron a la taquilla.

La fila para comprar la entrada era minúscula, como una burla para quien no sabía que el verdadero reto se encontraba frente a las puertas del museo.

Gente apretujada en una fila interminable que no avanzaba.

Como si las puertas admiraran detenidamente la Entrada de Cristo a Bruselas ( L’Entrée du Christ à Bruxelles ), pintura que esperaba dentro del museo para ser admirada por aquel gentío.

Ambas caminaron hacia las puertas y se unieron al cuadro.

—Vale la pena —dijo Albina—. Dentro nos esperan Renoir, Degas, Delacroix, Cézanne y sobre todo Monet. Sé que te van a gustar.

Selene asintió.

—Algo sé sobre eso. Aunque yo prefiero a Van Gogh.

—¡Oh, eso es nuevo! No sabía que te gustaba la pintura. Aunque por tu forma de ser pensé que preferirías a Monet. Van Gogh es más apasionado; en cambio, Monet transmite paz. Es más zen, así como tú.

—Sí… Supongo que soy más apasionada de lo que tú creías.

—Ja, ja, ja. Pobre Sócrates, ya me imagino. Ni respirar lo dejabas.

Selene sonrió apenas.

—Perdón, amiga. No lo quise mencionar. Se me escapó.

—Sí, no te preocupes. No pasa nada. Es solo que… No sé.

Hizo una pausa.

—Ja. Ya veremos qué tiene ese Monet para mí —dijo con una sonrisa.

Albina la abrazó y se recargó sobre su hombro.

***

Tres días después, don Rober llamó a Albina para que acudiera a su despacho. Había trabajado sin descanso. Papeles apilados por todas partes. Una pizarra cubierta de nombres unidos por líneas que llevaban a frases, fechas y lugares específicos.

La recibió con el cansancio dibujado en el rostro. Albina, por su parte, no había podido dormir desde que la sospecha cayó sobre Selene.

—Voy a ser breve —comenzó él—. Aún hay incógnitas, pero encontré conexiones interesantes.

Hizo una pausa.

—El Hospital Psiquiátrico Horus del Valle está a nombre de su directora, Helena Álvarez.

La finca que visitamos también pertenece a esa familia.

El propietario es Cipriano Álvarez. Tiene dos hijos: Helena e Isidro.

El auto negro es de él. Tenemos a los principales sospechosos…

pero nada que los incrimine de forma directa. Todo es circunstancial.

Albina frunció el ceño. Don Rober hojeó su cuaderno y miró la pizarra antes de continuar.

—La recepcionista del hospital se llama María. Lleva tres años trabajando ahí. Intenté localizarla, pero no lo conseguí. En cuanto a Selene…

Don Rober negó con la cabeza.

—No sé qué pensar. Si ella lo internó, olvidó el hecho por completo… o dejó una coartada casi perfecta.

Albina bajó la mirada y respiró hondo.

—No parece estar fingiendo —continuó él— y, sin embargo, la evidencia apunta hacia ella.

—No toda —murmuró Albina.

—Toda la relacionada con el internamiento —corrigió don Rober—.

Porque también es evidente que Sócrates se metió con la gente equivocada y lo estaban siguiendo.

Sócrates dijo que RuidoBlanco estaba en la finca, por lo que podría asegurar que el tal capastuza es Isidro Álvarez; lamentablemente, no lo puedo probar.

Isidro estaba tras Sócrates y tal vez sus planes se frustraron cuando Selene lo internó.

Es lo único que me cuadra por ahora. De otra forma… nada tiene sentido.

—¿Quiere decir que podrían ser eventos separados? ¿Que no avanzamos porque insistimos en verlos como parte de lo mismo? Pero Isidro es hermano de Helena, la dueña del hospital. Ahí se rompe todo de nuevo, ¿no?