Capítulo 23
HELENA.
El último rayo de luz se marchó por el horizonte y el claro se sumergió en la penumbra.
El sabino parecía descansar arrullado por el murmullo del arroyo y el canto de los grillos.
Las luciérnagas se elevaron con sus candelas encendidas en un peregrinar de entropía que no acababa de encenderse por completo.
La alfombra verde de hace un rato se transformó en un reflejo donde el cielo parecía mirarse entre destellos parpadeantes.
El viento orquestaba esa sinfonía de luces en un vaivén hipnótico que hizo que Helena recordara los días pasados cuando llegó a la finca tomada de la mano de su padre.
Habían pasado veinte años desde que su abuelo había terminado de construir aquel lugar y le había pedido ayuda a su hijo, Cipriano —doctor en psiquiatría y psicología conductual—, para controlar los disturbios constantes en sus tierras.
Los lugareños estaban molestos: el abuelo había comenzado a cercar la propiedad y parte de esas tierras era considerada sagrada por ellos.
Cipriano se dio a la tarea de diseñar un plan.
Llevó a Helena hasta el sitio del que todos hablaban. Allí encontró un claro donde crecía, frondoso, un antiguo sabino. La gente acudía a beber del arroyo que corría a sus pies; aseguraban que el agua tenía propiedades medicinales porque el árbol diluía parte de su esencia en ella.
—Ese árbol es eterno —decían.
Cipriano llegó en son de paz. Propuso que los líderes acudieran a la finca para firmar un acuerdo: podrían ingresar al lugar siempre que lo respetaran y protegieran, incluidos el sabino y el arroyo.
Pero aquel era apenas el inicio de su estrategia.
El abuelo, arqueólogo, poseía numerosas reliquias y libros de diversas culturas. Cipriano tomó fragmentos de distintas cosmovisiones y los sincretizó con las creencias locales. Poco a poco comenzó a difundir la nueva doctrina en los pueblos cercanos, apoyado por varios chamanes.
El Árbol de la Vida estaba dispuesto a conceder sus dones. El 30 de abril —cuando el cielo y la tierra se funden— se celebraría un gran ritual. Los seres elementales elegirían a cinco doncellas para habitar el sitio. También se necesitarían diez centinelas y treinta guerreros para custodiarlo.
Llegó el 30 de abril.
Cientos de peregrinos acamparon bajo el sabino. Al anochecer, Cipriano se presentó ante ellos y anunció que esa misma noche serían elegidas las cinco doncellas y la primera sacerdotisa.
Aparecieron los danzantes al ritmo del huehuetl. Varias mujeres, vestidas con atuendos prehispánicos, encendieron enormes pebeteros cargados de un incienso mezclado con salitre y azúcar que contenía una sustancia alucinógena.
El humo pronto se propagó entre la multitud.
Se les pidió que se pusieran de pie. Imitando a las mujeres, saludaron a los cuatro vientos. El tambor marcó un ritmo hipnótico. Poco a poco, la euforia desplazó la lucidez.
El caracol sonó tres veces.
El silencio cayó como un manto.
Cinco doncellas avanzaron hacia el sabino. Nadie preguntó quiénes eran ni de qué poblado provenían. Eran las elegidas.
Faltaba la inmortal.
Los chamanes realizaron conjuros y presentaron a la joven vestida de blanco, con los ojos delineados por completo con kohl .
—Esta doncella recibirá el don de la inmortalidad —proclamaron—. Crecerá hasta los veintiséis años y después no envejecerá jamás.
La multitud, eufórica y confundida, gritó, aplaudió, lloró.
Los tambores regresaron. Una nueva oleada de humo envolvió el claro.
Esa noche fue pura algarabía.
Al amanecer, los peregrinos se marcharon sin saber con certeza qué había sido real. El rumor se extendió de pueblo en pueblo.
—El sabino estiró sus ramas y me bendijo.
—Se abrió una puerta de luz y de ella emergieron cinco princesas.
—La sacerdotisa era anciana y el árbol la convirtió en niña.
La gente volvió una y otra vez en busca de los dones. El árbol, sin embargo, guardaba silencio. Algunos bebían del arroyo y atribuían a sus aguas la cura de sus males.
El rumor se hizo tradición.
Cada 30 de abril, peregrinos llegaban desde distintos pueblos para celebrar la Fiesta del Sabino, convencidos de que esa noche el cielo y la tierra volvían a tocarse.
Así nació el mito del santo sabino.
Helena quedó maravillada con la hazaña de su padre. Había transformado a su familia: de invasores detestados pasaron a convertirse en protectores del santuario.
Desde entonces, con apenas seis años, comenzó a interrogarlo sobre la mente humana. Tomaba sus libros y leía cuanto encontraba sobre psicología y psiquiatría. Cipriano, paciente, respondía cada una de sus preguntas.
El abuelo, por su parte, le abrió las puertas de su biblioteca: volúmenes de arqueología, religiones antiguas y textos herméticos recopilados a lo largo de su carrera.
Helena creció entre dos certezas aparentemente opuestas.
Por un lado, que existen fenómenos que la ciencia aún no puede explicar.
Por el otro, que la mente humana es frágil y profundamente moldeable.
Nunca le dijeron si la sacerdotisa era realmente inmortal. Tampoco qué ocurriría cuando la niña cumpliera veintiséis años. Preguntó más de una vez. Nunca obtuvo respuesta.
La incógnita se convirtió en obsesión.
Un día encontró un tratado sobre las entidades del ser en el Antiguo Egipto: el Ka, el Ba, el Ren y el Akh. Era una lectura más… hasta que una frase la detuvo:
El Ba puede abandonar el cuerpo del huésped.
Si no regresa, sobreviene un desequilibrio en la personalidad.
Helena cerró el libro lentamente.
Si el Ba podía desprenderse, pensó, entonces la identidad no era fija.
Y si la identidad no era fija, podía fragmentarse.
Y si podía fragmentarse… quizá también reproducirse.
Comenzó a convencerse de que ciertos trastornos mentales no eran fallas, sino manifestaciones. Espectros. Dobles. Proyecciones del desajuste interno.
Y si era posible manipular al anfitrión, tal vez también podría manipularse la manifestación.
Esa idea se convirtió en su eje.
Ingresó a la Facultad de Psicología y Psiquiatría con dos líneas de investigación en mente: la maleabilidad extrema de la identidad y la posibilidad de escindirla. Su tesis doctoral fue apenas el primer experimento teórico.
Con el tiempo, y casi sin proponérselo, se convirtió en la líder de un culto paralelo al del santo sabino.
Estableció su base de operaciones en la finca familiar y en el hospital psiquiátrico que su padre mandó construir cuando ella se graduó.
Los pasos calmos de la sacerdotisa la sacaron de sus reflexiones. Se había acercado al sabino para encender unas velas sobre unos candeleros hundidos en la tierra que rodeaban al árbol en un círculo perfecto.
Helena la miró con detenimiento y, efectivamente, el tiempo parecía haberse detenido sobre ella.