Capítulo 22
—Ya llegué, don Rober —dijo Albina al ingresar a la oficina—. Ahora sí no he comido nada —continuó—. Voy a pedir unas pizzas de Da Alessandra. ¿De qué la quiere?
—Cualquiera que no tenga anchoas, por favor —respondió don Rober.
—Pizza sin anchoas, entendido.
Albina sacó su teléfono. La conversación con Selene aún le pesaba. Don Rober le hizo una seña para que se acercara a ver algo en la computadora. Albina se acercó y don Rober le dijo:
—Mire. Acérquese. Encontré este archivo.
Albina se acercó para observar la pantalla de la computadora. En la pantalla se mostraba un archivo de texto escrito por Sócrates. El documento decía lo siguiente:
Escribo esto en seguimiento a mi investigación sobre la secta de los Ungidos. Insania: me comentó que es parte de la secta. Que alguien la reclutó, aunque temía por su vida. Me llamó la atención un escrito que colgó en el foro.
A ver, concéntrate, güey, no escribas nada más por escribir. Enfócate en lo importante.
24 de octubre. Año 1
Después de leer la publicación que colgó en el foro, me intrigó sobremanera. La secta, su forma de escribir tan peculiar. No sé. Tiene algo que me llama la atención.
26 de octubre. Año 1
Debo conseguir su dirección IP y rastrear su ubicación. Espero que quiera platicar conmigo en privado.
2 de noviembre. Año 1
Tengo la dirección IP y su correo electrónico.
7 de enero. Año 2
¿En dónde jodido estás?
Llevo tiempo tratando de localizarla y no la encuentro.
Mensaje enviado el 31 de enero. Año 2
«Ayúdame. El Capastuza está tras de mí, quiere hacer que mi nombre se pudra.
No sé a quién más acudir. Sé que no me conoces, pero fuiste el único punto de luz que vibró cuando el resto del universo se quedó inerte.
Tú contestaste… ahora eres mi única memoria.
Ayúdame, por lo que más quieras, no dejes que me convierta en materia inerte nada más.
Ayúdame a no convertirme en un recuerdo sin sombra».
14 de marzo. Año 2
Hoy he visto en las noticias que Renata falleció. Eso dijo el locutor. ¡Puta madre! No pude ayudarla. Vienen por Selene.
Ellos ya saben que sé y nos están cazando.
Ubiqué a un usuario llamado RuidoBlanco en una finca ubicada a las afueras de la ciudad.
[Ubicación restringida]
Tengo mis sospechas de que él tiene algo que ver en todo esto. Trató de silenciar a Renata en el foro. Quizá él es la entidad a la que Renata se refiere como capastuza. No lo puedo asegurar, pero creo que estoy cerca de averiguarlo.
Fin del archivo.
Albina se quedó helada.
Don Rober apretó la mandíbula.
Albina miró a don Rober y sacó su teléfono celular para llamar a Selene.
—Hola, amiga. ¿Qué pasó? —dijo una voz al otro lado.
—Necesito hablar contigo urgentemente. ¿Puedo pasar por ti en media hora? —dijo Albina apresurada.
—Claro, amiga. ¿Todo bien? Me asustas.
—Sí, sí. Perdón, es solo que necesito hablar contigo.
—Vale. Te espero.
Albina colgó y don Rober asintió levemente.
—Perdón, don Rober. Voy a cancelar el pedido de la pizza, ¿o quiere esperarla?
—No, así está bien. Mientras tanto, iré con mi contacto en la policía para que me dé los resultados de la investigación que le solicité —le dijo mientras ella salía deprisa rumbo a casa de Selene.
Albina llegó a casa de Selene. Tocó la puerta y su amiga la hizo pasar.
—Hola, amiga. ¿Qué pasa?
—Pues… no sé cómo decirlo…
Hizo una pausa.
—¿Has limpiado con pino?
—Sí, siento que me ayuda a recordar. Ven, siéntate. Déjame traer café.
Unos minutos después, Selene regresó con dos tazas. Le extendió una a Albina y se sentó a su lado.
Selene probó el café y frunció apenas el gesto.
—Creo que quedó muy amargo.
Se levantó y fue hacia la cocina.
Albina la siguió con la mirada.
—¿Azúcar?
Selene tomó el sobre y lo rasgó.
—Sí, últimamente todo me sabe más amargo.
Lo vertió en la taza sin decir nada más.
Albina dudó un segundo.
«Bien cargado y sin azúcar.»
La frase cruzó su mente como un reflejo. Estuvo a punto de decirla en voz alta, como tantas otras veces.
Pero no lo hizo.
Selene removió el café con calma.
—Ahora sí, amiga. Dime qué sucede.
—Vale. No te quiero asustar… pero don Rober y yo hemos seguido investigando…
Hizo una pausa.
—El caso es que descubrimos que quizá estés en peligro.
Selene la miró con una mezcla de sorpresa y algo más difícil de descifrar.
—¿Por qué lo dices? ¿Qué descubrieron?
—Hay varias chicas desaparecidas. Y todas se parecen mucho a ti. Es como si buscaran un perfil específico.
—¿Cómo? No te entiendo.
—Así tal cual.
Selene dejó la taza sobre la mesa y dijo:
—Hay muchas chicas con el mismo perfil. Eso pasa todo el tiempo. La gente repite patrones. ¿Por qué aseguras que yo específicamente estoy en peligro?
—Sócrates creía eso.
—Sí… y mira qué pasó —respondió, con una sonrisa a medias—. No pienso detener mi vida. Ya no. Ya encontramos a Sócrates. Dejen la investigación. Mi prioridad ahora es sacarlo de ahí.
—¿O sea, cómo? Sabes que todo esto está raro. Perdón que te lo diga, pero pareciera que no quieres que algo salga a la luz… —añadió, molesta—. ¿Tú lo metiste ahí? Si es así, lo entendería.
Selene sonrió.
—Qué cosas dices, amiga. ¿De verdad crees que yo haría algo así?
No. Claro que no. Agradezco que te preocupes por mí.
Pero quiero recuperar la felicidad. Sacar a Sócrates de ahí…
y volver a ser las amigas de siempre. —Selene la miró a los ojos de una manera que Albina no pudo procesar—.
Estoy harta de todo esto. Me satura. Solo quiero que todo sea como antes. ¿Me entiendes?
—Sí… perdón por presionar —dijo con el color subido en el rostro—. Me preocupa que algo malo te pase.
Selene se recorrió hacia ella y le habló muy cerca.
—Nada me va a pasar —dijo con una voz casi sensual—. Tengo una superamiga que me cuida todo el tiempo.
Entonces se apartó un poco y le sonrió.
Albina le devolvió la sonrisa y la abrazó.
—Vale. Ya no te fastidio más. Tengo que ir con don Rober para seguir una pista. Entiendo que tú ya no quieras saber nada, pero yo no podría dormir si dejo esto sin resolver. Ya sabes cómo soy.
Rieron suavemente.
—¿En cuanto tengas tiempo, vamos por un café? —dijo Selene—. Te extraño. Necesito estar contigo.
Albina asintió, se levantó, la abrazó una vez más y salió rumbo al despacho de don Rober.
***
Isidro llegó a la finca decidido a hablar con Keket.
La encontró absorbida en los preparativos de la próxima ceremonia, dando órdenes con la serenidad de quien sabe que todo está bajo control.
No le quedó más remedio que esperar. Se dirigió hacia la sala y esperó sentado en el sillón.
El reloj de péndulo parecía haberlo hipnotizado con su vaivén entre el ayer y el mañana.
Un centinela que no duerme y que recuerda constante que el presente se escurre entre los dedos.
Pensó en Renata.
—La extraño —se dijo—. Y Keket ha puesto vigilancia en el hospital.
Me quiere fastidiar pese a que yo he hecho todo lo que me ha pedido.
Le conseguí a Rebeca. Y a Selene la tiene casi doblegada.
No sé qué más quiere de mí. No dejaré que siga atormentando a Renata.
Esa obsesión que tiene con los doppelgänger nos está jodiendo a todos.
Ya no sé si sea verdad lo que dice. No acabo de comprender por qué Renata.
Si se le hubiera fugado el Ba, sería como un zombi.
Pero piensa y siente con demasiada claridad pese a su trastorno.
Está más cuerda que todos nosotros. Keket dice que el vardøger de Rebeca se hizo presente, pero Renata dice que lo sigue viendo.
Entonces, o Rebeca va a morir de todos modos o Renata ve cosas solo porque sí.
Y si Selene es un doppelgänger que hay que eliminar, ¿por qué la protege de la hermandad? No lo entiendo.
Dos horas después, los pasos de Keket resonaron por el pasillo. Se acercó a Isidro y preguntó:
—¿Qué te trae por aquí? Habla rápido. Estoy ocupada.
—La amiga de Selene y el viejo siguen investigando. Me preocupa que la hermandad quede al descubierto… y a mí ya me están pisando los talones.
Keket ni siquiera se inmutó.
—No te preocupes. Sócrates ya no nos es funcional. Si hace falta, lo dejaré salir. Cumplió su propósito… y recibió su merecido. Selene está exactamente en donde debe estar: vulnerable. Su amiga y el viejo siguen las pistas que yo decidí dejarles.
Sonrió con malicia.
—La mente es frágil, hermanito. No necesitas saber qué piensa la gente. Con saber cómo piensa es suficiente.
Hizo una pausa.
—Ahí tienes a tu noviecita, Renata. No sabe ni quién es. Y si no fuera por ella, nada de esto estaría pasando.
—¿Entonces tú la hiciste olvidar? —interrumpió Isidro.
Keket sostuvo su mirada y sonrió.
—Piensa lo que quieras. Tú me pediste que la iniciara en la hermandad.
Luego no pudiste mantenerla callada. Sabías lo que podía ocurrir y ahora vienes a reprocharme consecuencias que tú mismo provocaste.
En el hospital está segura. Afuera… la hermandad ya le habría hecho cosas peores. Así que deja de culparme.
—Hace tiempo que no la veo. La extraño. Y tú no me dejas verla.
Keket inclinó la cabeza, como si evaluara algo trivial.
—¿Sabes que podría acusarte de violación?
Isidro palideció.
—Yo… yo jamás…
—¿Ah, no? ¿Crees que aún te ama? No sabe ni quién la trajo aquí.
Cree que Claudia, la enfermera, es su madre…
y que tú quieres matarla. Tú y Claudia son los únicos que todavía se preocupan por esa niña.
Así que no me fastidies, porque puedo hundirte en la cárcel…
y a ella dejarla pudrirse en una celda, aislada, sin ver ni escuchar a nadie jamás.
Isidro apretó los puños. Tenía los ojos húmedos y la mirada encendida de rabia.
—¡Tú la jodiste! —escupió—. Antes de entrar al hospital estaba enferma, sí… pero nunca me olvidó.
Keket lo miró fijamente, divertida.
—Me das demasiado crédito, hermanito. Yo tengo las manos limpias. En cambio, tú… Si la hermandad se entera de que estás pensando en traicionarnos por tu noviecita, ya sabes lo que pasaría. Tienes mucho que perder. Así que modera tu tono cuando hables conmigo.
Se dio media vuelta.
—Tengo cosas más importantes que hacer.
Keket salió de la habitación sin mirar atrás.
Isidro se quedó solo unos segundos, respirando con dificultad, antes de salir, consumido por la furia.