Insania Mea Capítulo 21
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Capítulo 21

REVELACIONES

Fue una voz al otro lado o fue mi mente trastornada; no lo sé.

Pero hace tres días que no me trago las pastillas.

Mi mente se aclara a cada instante y, aun así, no soy capaz de discernir qué de todo ha sido real.

Recuerdo a mi madre y el olor de su crema corporal.

Aunque, al pensar en ella, una punzada me atraviesa el corazón.

Ahora lo recuerdo. Cuando caí en desgracia ante mi madre, ella había salido a trabajar.

Yo me quedaba de ver con mi novio a la salida del colegio.

Mi madre no me dejaba salir con nadie. Para ella todo eso era pecado.

No habría pasado nada malo si ese día no hubiera regresado más temprano de lo que era su costumbre.

Nos encontró en la cama. Mi novio se le quedó mirando sin saber qué hacer o qué decir.

Entonces ella se abalanzó sobre él para arrancarlo de mi lado.

Lo sacó a patadas de la casa prácticamente desnudo.

Y a mí. A mí me dio una golpiza que me mandó al hospital por tres días.

Desde ese momento no me bajaba de puta y me dejaba encerrada en casa bajo llave. A mi novio jamás lo volví a ver.

Ese chico es un cazaputas, decía. Todos los que son como él solo buscan mujeres que traigan al diablo por dentro. Putas, así como tú.

Sí… fui tan puta que… me entregué como se entrega una muñequita de cristal.

Completa, aun sabiendo que con un solo descuido me podría despedazar.

Si eso me hace puta… Entonces sí. Soy una ramera sumisa y complaciente que aguarda tu llegada en el abismo de mi eterna soledad.

Esperé cual damisela y mi caballero jamás llegó para salvarme del dragón.

Quizá sí fuiste así. Tal vez mi madre… Tenía razón. Quizá por eso me encerró en este lugar. Para protegerme de ti. Del cazaputas. Porque yo soy una puta… Sí, sí. El capastuza está tras de mí.

***

Isidro contemplaba el sabino a la distancia.

La ceremonia estaba en marcha, pero él no había participado.

Necesitaba hablar con Keket con urgencia.

Observaba cómo las túnicas de los fieles ondeaban con las caricias del viento.

Hormigas danzarinas frente a un titán de melena verde y brazos fornidos que brillaba con la luz de un cielo encendido y proyectaba una sombra refrescante sobre aquella alfombra de esmeraldas.

Layla estaba parada muy cerca de él. Lo volteó a ver y le sonrió. Isidro asintió a modo de saludo.

Cuando el ritual terminó, Layla se acercó y le preguntó por Rebeca.

—Ella está bien —respondió él—. Ahora se llama Kamilah. Ya es una de nosotros. Supongo que la verás seguido por aquí.

Layla sonrió y se alejó con una reverencia.

Keket se dirigió hacia Isidro con paso sereno.

—No te vi participar en la ceremonia —dijo con una media sonrisa—. ¿Estás perdiendo la fe? Ándate con cuidado, hermanito… no sea que…

—Déjate de juegos, Helena —la interrumpió Isidro—. Sabes perfectamente por qué estoy aquí. He hecho todo lo que me pediste y no he recibido nada a cambio.

Los ojos de Keket destellaron con frialdad.

—No creas que no sé que visitas regularmente a tu noviecita. ¿Ella sabe? ¿Te reconoce? ¿O solo vas y te la follas?

Isidro apretó los puños.

—Dijiste que me la devolverían. Tú y su madre la volvieron loca. ¿Y ahora me culpas a mí?

—Ella ya estaba mal desde antes de conocerte —replicó Keket con indiferencia—. Yo no tuve nada que ver. Tal vez su madre sí la trastornó, pero no fui yo. Cuando la acepté en la hermandad, sabía que era un error. Lo hice por ti. Y mira cómo terminó todo.

Se acercó un poco más, bajando la voz.

—Siempre te he querido, hermanito. Pero no voy a permitir que arruines lo que hemos construido…

—A ella no la vas a utilizar —cortó Isidro—. No lo voy a permitir.

Keket lo miró sin parpadear.

—Tú vas a hacer exactamente lo que yo te diga. O te juro que no la vuelves a ver en tu vida. ¿Está claro?

Isidro guardó silencio.

—¿Está claro? —insistió ella.

Él asintió, rígido.

—Bien. Ahora dime… ¿Cómo va Kamilah?

—Se está adaptando a su nueva vida. Aunque me preocupa que se encariñe con sus nuevos compañeros.

—No debería preocuparte. De eso se trata: que asimile, que se adapte, que se transforme en quien debe ser. Por eso la ungimos, ¿recuerdas?

—Sí… es solo que…

—No hay «solo que». —Keket lo interrumpió con firmeza—. Quédate tranquilo. Yo misma la vigilaré. En cuanto a Renata… cuando pague y cumpla su propósito, si es que queda algo de ella, será toda tuya.

Se apartó con desdén.

—Ahora lárgate.

Al día siguiente.

Albina llegó temprano a casa de Selene. La acompañó al hospital y se quedó dentro del auto.

—Tardo como media hora —dijo Selene al bajar.

—No hay problema. Te espero aquí —respondió Albina, sacando su teléfono para investigar algo en internet.

***

Mientras tanto, en otro lugar, Kamilah hablaba con Isidro.

—¿Qué tienes? Te siento extraña —preguntó Isidro.

—¿Puedo ser sincera contigo? —dijo Kamilah.

—Claro, ¿qué pasa?

—¿Sabes? La vida que ahora vivo es lo que siempre anhelé.

No lo quiero echar a perder. El caso es que me siento culpable.

Sé que capturar a ese tipo era necesario.

Ciertamente, yo lo odiaba. Pero, al verlo ahora, me siento mal por él.

Me da lástima. Y su esposa también está sufriendo por mi culpa.

Está cabrón. ¿Me entiendes? Tengo todo lo que siempre soñé.

Pero ya no estoy tan segura de haber hecho lo correcto.

Me pesa en el alma, si es que algo así existe.

Normalmente, me hubiera valido madre. La verdad.

Estaba tan enojada que, para ser honesta, me tenía sin cuidado.

Pero ahora encontré una razón que me hace sonreír.

Isidro se cruzó de brazos y la miró con atención.

—Ese sinsentido de la vida se ha hecho a un lado.

Es decir, sé que la vida no tiene sentido en sí misma, pero ahora que encontré un propósito, puedo sentir que, aunque todo acabe, yo habría logrado encender algo que pensé que jamás regresaría.

Ya no me siento desdichada. No me estoy echando para atrás.

No, nada de eso. Simplemente me siento mal por ellos.

Toda la felicidad que ahora puedo sentir está anclada al sufrimiento de alguien más; quiero seguir adelante con esto; sin embargo, no dejo de pensar que no está bien.

—Ese tipo nos quería joder a todos. Se metió con quienes no debía. No lo podíamos dejar ir, así como así. Lo teníamos que detener. En cuanto a su esposa, esa es otra historia. Ella tiene que sufrir hasta que su nombre se pudra. Esa es tu misión. Hacer que su nombre se pudra.

—¡Está cabrón! La verdad, no lo comprendo. Pero está bien. Si así debe ser, lo acepto.

—Me da gusto saber eso. Porque una vez que entras no puedes salir —amenazó Isidro.

—Lo sé —dijo Kamilah con una sonrisa amarga en el rostro.

Isidro la miró largamente.

—No le digas esto a nadie más —continuó Isidro—. Ni siquiera a Keket. ¿Entiendes?

Kamilah asintió.

—Bueno. Te dejo. Tengo cosas que hacer.

Se despidió.

***

Treinta minutos después. Selene salió del hospital. Subió al auto y le dijo a Albina:

—Esta vez sí pude verlo. No me reconoce. Está muy mal —dijo con mirada afligida.

—Qué mal, amiga. Quizá deberíamos mudarlo a otro hospital, ¿no crees?

—Sí. Quizá —respondió pensativa. Arrancó el auto y se marcharon de ahí.

—Entiendo por lo que estás pasando, amiga.

Pero no debes dejar que la tristeza te consuma —dijo Albina—.

Ya sé que no es que puedas tomar tu tristeza y meterla en una bolsa.

Ja. Y que conste que no te estoy diciendo: «Échale ganas», como esa gente que suele minimizar los problemas ajenos.

No. Me refiero a que estás valiendo madre, ¿me entiendes?

Me duele verte así. Incluso tu mirada había cambiado.

Selene orilló el auto, lo estacionó y se quedó en silencio con la mirada clavada en los ojos de Albina.

—Se veía más fría, más dura. —Albina hizo una pausa, entrecerró los ojos y entonces prosiguió—.

Como si toda esa tristeza que sientes se transformara en rabia.

Se te mira furiosa en ocasiones y créeme que lo entiendo.

Yo también estaría encabronada con esos bastardos.

También me sentiría… No sé… Frustrada. Aunque después de que platicamos aquel día, cuando hicimos las paces, algo regresó.

No del todo, pero pude ver otra vez esa chispa en tu mirada que me encanta.

Selene seguía en silencio. Esbozó una ligera sonrisa y entonces Albina continuó:

—A lo que voy, amiga, es que tú no eres así.

No te doblegas tan fácil. Eres de esas personas que sonríen sin importar que el mundo sea un desmadre.

Que la gente sea una mierda. Tú me lo dijiste.

Que la felicidad estaba dentro de ti y que no le darías a nadie el derecho de joderte el día.

Ni la vida. Ni nada. Ni siquiera a Sócrates.

Por eso te lo digo. Porque sé que tú no eres así.

Selene tenía los ojos vidriosos, el labio inferior proyectado hacia afuera y la cara contraída. Entonces, después de un segundo de silencio, ambas rieron y las lágrimas empezaron a escurrir por las mejillas de Selene.

—Ja, ja, ja. ¡No mames, amiga! Tu carita de puchero —se burló Albina.

Selene sonrió. Se secó las lágrimas y siguieron su camino.