Insania Mea Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Lo cierto es que alguien está moviendo las piezas y yo ni siquiera soy capaz de observar el tablero completo. Me quieren alejar de su lado.

Lo único que me queda es esto.

Rastreé la última ubicación asociada al alias Vania. Pienso que todo comenzó con ella.

Está en esta zona:

[Ubicación restringida]

Si aún puedes, verifica.

En ti confío.

Don Rober terminó de leer.

El silencio fue más pesado que antes.

Albina tragó saliva.

—¿Cree que Selene…? Tenemos que ir a ese lugar. Aunque… —nuevamente se contuvo.

Don Rober no respondió de inmediato.

—Sí —dijo al fin—. ¿Qué trata de decir que no deja salir?

Albina se encogió de hombros y levantó el cruasán.

—Desayune rápido y nos vamos. Le traje un cruasán también.

Don Rober frunció el ceño, sacó el cruasán de la bolsa y empezó a comer con calma.

—Hace rato vi a Selene con el tipo del auto negro —dijo Albina aún con el bocado en la boca—.

Yo iba de salida con los cafés; cuando me miraron, el tipo se detuvo en seco.

Ella me vio y me sonrió como si nada. La verdad, sentí mucho coraje.

Entonces me subí al auto y me alejé de ahí.

El mundo se me vino encima. Selene va por ahí con su carita de niña linda, pero en el fondo…

—dijo entre sollozos—. Nos quiere ver la cara de pendejos y no lo soporto.

Me niego a creer que ella sea de esa manera, ¿me entiende?

Por eso no quería decir nada. Porque sé que eso la inculpa por completo y no quiero.

No la quiero perder, don Rober. ¿Qué vamos a hacer?

Don Rober bajó la mirada y se quedó en silencio mientras Albina se perdía en un océano de amarga pena.

Después de un tiempo, Albina levantó el cruasán con las manos temblorosas; lo mordió apenas. La apnea del llanto le impedía masticar con calma.

—¿Quiere que vayamos a buscar a esa tal Vania? —dijo mientras se limpiaba las lágrimas con la manga del suéter.

—Sí, aunque no sé si sea buena idea que me acompañe en este momento.

Por otra parte, hay algo que me intriga.

La reacción de Selene que describe no concuerda con la de alguien que acaba de ser descubierto.

Debió ser de sorpresa; tenía que haberse sobresaltado.

Un microgesto de duda antes de sonreír. Pero no habría sonreído como si nada.

Su sonrisa habría sido diferente, nerviosa. ¿La vio dudar en algún momento?

Albina esbozó una ligera sonrisa.

—No. No dudó. Es decir, su sonrisa fue diferente.

Selene siempre se alegra al verme. Pero esta vez pude ver un brillo inusual en sus ojos.

La vi emocionada de verme más que asustada.

Cuando la miré con desprecio, fue como si algo en ella se rompiera por dentro…

El rostro se le desencajó… Yo estaba molesta y no me importó. Creo que me puse celosa. No sé.

Don Rober sonrió.

—Bien. Eso nos dice varias cosas. El tipo este, Isidro, se acercó justo en el momento en que usted salió y Selene no sabía que él estaba detrás de ella.

Eso no la exonera. Quizá sí lo conoce, pero no sabía que él estaba ahí.

La otra posibilidad, y la más importante, es que se la quisiera llevar y usted saliera justo a tiempo.

Albina levantó la cabeza y miró el techo de la habitación al tiempo que se llevaba las manos al rostro. Respiró profundo.

—Sea como sea —continuó don Rober—. Tenemos que proteger a Selene.

—Tiene razón, don Rober. Usted siempre sabe… Voy a tratar de hacer las paces con Selene. En la tarde voy a verla.

Volvió a morder su cruasán.

Después de veinte minutos, estaban de camino a la ubicación marcada como Vania.

Al ingresar a la colonia, una maraña de calles arboladas respiraba frente a las fachadas de concreto. Fortalezas medievales protegidas en lo alto por espinas de metal y con grandes portones de hierro forjado que las mantenían aisladas del entorno.

Las calles eran un desierto de jardines silenciosos. El mutismo espectral se rompía de vez en cuando con el murmullo de los aspersores y el trino de las aves. De la gente no había rastro.

Al llegar al punto marcado, encontraron una casa grande, pero sin lujos ostentosos. La construcción estaba situada al fondo del terreno, de modo que desde la calle no se veían ventanas.

Solo una barda alta, un amplio portón metálico y tres pinos de limón plantados al borde de la banqueta rompían la vista.

No había movimiento.

Decidieron mantenerse a distancia para observar si alguien entraba o salía.

Mientras esperaban, Albina bajó del vehículo. Se recargó en la camioneta y recorrió la calle con la mirada.

Entonces lo vio.

En la barda de una casa cercana, pegado con cinta transparente, había un cartel.

Se acercó.

Era un aviso de búsqueda.

Una fotografía ocupaba casi la mitad del papel.

Albina sintió un vuelco en el estómago.

Tomó una foto con su teléfono y regresó de inmediato al vehículo.

—Mire, don Rober —dijo mientras le mostraba la pantalla—. Se me hace conocida… Como que le da un aire a Selene, ¿no cree?

Don Rober tomó el teléfono y leyó en voz baja:

—«Se busca: Rebeca. Desaparecida.»

Frunció el ceño.

—Sí, ya había visto esa foto cuando investigué las desapariciones.

Albina sintió un escalofrío.

En ese momento, a lo lejos, una señora avanzaba por la acera jalando un carrito de mandado. Con la otra mano sostenía a un niño de unos ocho años.

Albina hizo una seña. Ambos descendieron del vehículo y se acercaron.

—Disculpe —dijo don Rober con cortesía—. Buenos días. Estamos investigando la desaparición de esta joven. ¿Sabe dónde vivía?

La mujer observó la fotografía unos segundos.

—He visto los carteles. Pobre muchacha. Ojalá la encuentren… Pero no sé dónde vivía.

El niño la interrumpió sin dudar:

—Es la que le gusta al Jorge. Vive allá, en esa casa blanca con gris.

Señaló directamente hacia la casa que habían estado vigilando.

La mujer lo reprendió con un gesto brusco.

—No estés diciendo cosas.

Sin añadir más, continuó su camino.

Don Rober y Albina permanecieron en silencio unos segundos.

—La misma casa —murmuró Albina.

Don Rober asintió lentamente.

—Ahora sabemos su nombre.

Hizo una pausa.

—Y el foro conecta, al menos, dos desapariciones.

Miró nuevamente la fachada.

—El responsable debe estar entre los usuarios… o alguien estuvo utilizando el foro para acercarse a las víctimas.

Albina volvió la vista hacia la casa.

—¿Y ahora qué hacemos?

Don Rober reflexionó un instante.

—Si la chica está oficialmente desaparecida, no podemos irrumpir ni interrogar a la familia sin fundamento. No sería ético… ni prudente.

Se dio la vuelta.

—Hablaré con mis contactos en la policía. Necesitamos saber desde cuándo está reportada y si hay antecedentes. Vámonos.

Subieron al vehículo y se marcharon de ahí.

Ya de regreso, Albina le dijo a don Rober que iría a visitar a Selene. Se subió a su auto y se marchó.

Se detuvo frente a la puerta de Selene. No estaba dispuesta a permitir que su amistad se desmoronara así, en silencio. El abismo entre las dos parecía infranqueable, y lo peor era que no entendía en qué momento se había abierto. No tenía idea de por qué su amiga había cambiado de forma tan abrupta.

Respiró hondo y, por fin, tocó la puerta.

Selene abrió y le sonrió.

—¿Qué te trae por aquí, amiga? Qué gusto verte.

Albina apenas logró devolverle la sonrisa. Tomó aire antes de responder.

—Pues… vengo por dos razones. Ya sé que dije que no iba a molestarte y todo eso, pero necesitaba aclarar lo del otro día.

No sé por qué Sócrates me mandó el mensaje a mí y no a ti.

No sé por qué mencionó lo del beso. Tú sabes que no lo hice con mala intención.

Y mi desplante el otro día… Te quiero pedir una disculpa.

—Volvió a respirar profundo—. Ya está. Lo dije.

—Sí, no te preocupes. Lo entiendo. También es tu amigo… y todos andamos con los nervios de punta.

Albina soltó una risita nerviosa.

—¿Te sientes bien? —preguntó Selene—. Te noto rara.

—Estoy bien. Es solo que… te extraño un chingo y tú ni me pelas y…

Se le quebró la voz y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Y luego te enojas conmigo y me haces a un lado. Yo siempre he estado contigo. No entiendo qué te hice. No entiendo por qué estás tan pinche mamona conmigo…

Selene la miró en silencio. La dureza que había sostenido hasta ese momento empezó a resquebrajarse.

—Entiendo que la estás pasando mal, pero… no mames, para eso somos amigas. ¿O no?

Selene dio un paso al frente y la abrazó. Cuando habló, su voz ya estaba húmeda.

—Discúlpame. Últimamente no he sido yo misma. Es como si hubiera olvidado quién soy. He estado desorientada… Me olvidé de lo más importante.

Albina la apretó con fuerza. Lloraron juntas, sin decir nada más, dejando que el nudo se aflojara poco a poco.

Al separarse, Albina se secó el rostro con el dorso de la mano.

—¿Podemos ir por un café un día de estos?

—Sí, claro. Cuando quieras. Solo dame unos días más. Todavía me siento perdida… como apagada. Y no me han dejado ver a Sócrates. Me llevan de un lado a otro. No me malentiendas: sí quiero estar contigo. Siempre he querido. Solo que… no termino de adaptarme a esta nueva vida. ¿Me entiendes?

—Sí. Te entiendo. Te llamo en unos días.

Selene asintió.

Se despidieron en la puerta. Albina salió de la casa con el pecho más ligero… aunque no del todo en paz.