Capítulo 20
Selene se miraba en el espejo de tanto en tanto.
Luego recorría la casa de arriba a abajo como si buscara algo que no terminaba de encontrar.
Se volvía a mirar en el espejo y luego se tumbaba en el sillón.
Sacaba su teléfono y lo miraba perdida durante algunas horas.
Después, muy a su pesar, se levantaba. La rutina de su nueva vida le parecía insoportable.
El olor a establo y hierba quemada se había colado en la casa con más fuerza esa mañana.
Así que salió a comprar un limpiador para pisos con aroma a pino y se puso a limpiar toda la casa para que la fragancia se esparciera y se llevara consigo aquel olor que le recordaba que su vida se había apestado.
Estaba sola en esa casa que le parecía tan ajena y que ahora era como una especie de prisión.
La soledad jamás le había molestado si ella misma la buscaba. Ahora era obligatoria.
Al fin se decidió a salir a caminar; no obstante, en ese fraccionamiento no había nada que ver.
Era como caminar por un laberinto lleno de espejos que no mostraban nada salvo la monotonía sin sentido de un montón de clones de concreto fotocopiados en monocromo de una porción de realidad.
Regresó por el auto para ir a la ciudad.
A ese oasis sinfónico de distracciones lejos de aquel desierto silencioso.
Manejaba pensativa.
—Mi vida se arruinó, así como así —pensó—.
Todo iba bien y Sócrates lo echó a perder.
Lo peor de todo es que, en el estado en el que se encuentra, ni siquiera lo puedo odiar.
Tantas decisiones erradas. Tomadas así. Tan a la ligera.
Ya nada será como antes. Algo muy en el fondo se rompió y ya no encuentro la manera de salir a flote.
Ahora, las cosas parecen haber mejorado y, sin embargo, me siento perdida y desdichada.
Recordó a Albina. Cómo solía mirarla. Lo bien que la trataba. Lo especial que la hacía sentir. Quiso ir a buscarla para abrazarla con fuerza. Dudó. Aún no estoy lista —pensó.
Ya en la ciudad estacionó el auto, descendió y caminó sin rumbo.
—Quiero verte, ¿sabes? —se dijo—. No sé lo que me pasa. Es extraño, pero en ti he podido encontrar el consuelo que me falta.
Isidro la seguía de cerca sin que Selene lo notara. Se acercó un poco más, como si quisiera abordarla para decirle algo. Se detuvo en seco al mirar a Albina salir de Les fleurs du mal con dos vasos en una charola de cartón y una bolsa de papel.
Albina volteó y Selene le sonrió ampliamente. Albina no se pudo controlar al ver a Isidro al lado de su amiga. Se le subió la sangre al rostro y acribilló a Selene con la mirada.
Selene se quedó helada.
Albina caminó hasta su auto y arrancó sin mirar atrás.
Isidro también se marchó.
Selene se quedó parada con un nudo en la garganta.
Dio media vuelta para regresar a su auto. Debía ir al hospital, aunque ese lugar tenía el poder de hacerla dudar de su existencia.
***
—No sé lo que me pasa —dijo Selene para sí—.
Toda la alegría que alguna vez sentí se ha retirado de mí.
La soledad se respira en este sitio. Siento pena porque la vida que viví ya no la viviré jamás.
Extraño a Sócrates y no encuentro el modo de recuperarlo.
Hoy he querido verlo y no me dejaron pasar.
Además, siempre está en quién sabe dónde.
Su mente se fue y ya no lo reconozco. Sócrates ya no está.
Ya no es el chico que conocí. Ahora solo es un envase que contiene no sé qué.
Por eso me siento mal. Porque lo extraño.
Encontré su cuerpo, pero él no está. Su cuerpo vive, pero Sócrates ya no.
Y eso es jodidamente injusto. Para él y para mí.
La verdad, no encuentro la razón. No hay algo que recuerde haber hecho que me hiciera terminar aquí.
Creo que llegué a este punto solo porque sí.
Además, esa chica, Renata, es bastante extraña; me mira y algo murmura.
No dejan que se acerque a mí. Es como si entendiera que me siento miserable y quisiera consolarme.
No lo sé. Aquí de nada vale gritar o exigir.
Es mejor guardar silencio y esperar a que me den permiso.
No es que me haya doblegado. Simplemente sé que no consigo nada con pelear.
***
Al llegar a la oficina de don Rober, Albina lo saludó y dejó sobre el escritorio una charola de cartón con dos vasos de café. Con la otra mano colocó una bolsa de papel que contenía dos cruasanes de jamón y queso.
—¿Qué haremos hoy, don Rober? —preguntó sin poder ocultar su molestia.
—Pues tengo algo que decirle. Pero primero dígame qué le pasa.
—No es nada… o es todo. No sé. Déjeme asimilarlo y después le digo.
Don Rober asintió.
—Bueno. El caso es que algo en todo esto no me cuadra.
Es decir, Sócrates investigaba sobre esta chica, Renata.
Descubre que hay una amenaza y de pronto esa amenaza se diluye como si nada.
Es como si esa amenaza estuviera presente solo en la mente de Renata y después en la de Sócrates.
Él mencionó que habían desaparecido varias chicas con el perfil de Selene.
Investigué y no son exactamente iguales a Selene; tienen cierto parecido.
Salvo dos que, efectivamente, guardan un parecido impresionante.
Una es Renata y la otra… —Hizo una pausa para revisar su libreta—. La otra se llama Rebeca.
Albina asintió distraída.
—El caso es que estamos atrapados en un bucle —continuó—.
Hemos hecho a un lado la amenaza de lo que sea que signifique eso de capastuza.
Es decir, no me queda claro si Selene está en peligro o no.
Ahora bien —continuó—, si Selene engañaba a Sócrates, si ella lo internó o si ha perdido la memoria, tampoco queda claro.
Hay documentos, sí, pero… —hizo una pausa—.
La pregunta es: ¿qué parte es real? ¿Qué falta?
—Vigilar a Selene… Muuuuy de cerca… —quiso decir algo más, pero se contuvo.
Don Rober observó a Albina como si tratara de encontrar algo.
—Sí… Y también necesitamos la contraseña del archivo cifrado. Quizá revele algo más.
Albina negó con la cabeza.
—No creo que Selene la sepa. Ya vio lo que pasó con la frase.
Don Rober suspiró.
—Es extraño que le dejara el mensaje a usted.
Albina bajó la mirada.
—Vi cómo Selene se molestó. Creo que por eso está distante.
Don Rober la observó con atención.
—Esa es la cuestión. Todo apunta a Selene… algo no encaja. ¿Por qué le dejó el mensaje a usted y no a ella?
Albina levantó la vista.
—No sé. Yo tampoco lo entiendo. Aunque hay algo más. Junto al disco dejó ese aparato… esa cosa.
—Un módem GSM con tarjeta SIM —aclaró don Rober.
—Eso. ¿Por qué dejarlo ahí?
Don Rober guardó silencio unos segundos.
—Conectémoslo.
Conectó el dispositivo al puerto USB. Una luz roja parpadeó… luego cambió a verde. En ese instante, el teléfono de Albina vibró.
Miró la pantalla.
Un SMS desde un número desconocido:
3nT1C0nf10#¡Busc44V@nia!
—Es la contraseña —susurró.
Don Rober leyó en voz baja:
—En ti confío. #¡Busca a Vania!
La miró.
—¿Quién es Vania?
—No lo sé. Ponga la contraseña.
Don Rober la introdujo.
Una nueva unidad apareció en el sistema.
Abrió el volumen.
Había varios archivos.
Uno resaltaba.
Albina.odt
Lo abrió.
Archivo: Albina
Hola, Albina.
Si estás leyendo esto, significa que algo salió mal.
Sé que te debe parecer extraño que te haya dejado esto a ti.
La verdad de las cosas es que ya no sé en quién confiar.
Creo que Selene me engaña. Fui a ver a unos clientes en la zona industrial y la vi abrazada de otro tipo.
Desde ese día ha estado actuando muy extraño.
En un momento es ella misma. Y luego parece ser otra persona. Algo no anda bien con ella.
Tú la conoces. Es supercariñosa y detallista.
Siempre con una sonrisa en su rostro. Su mirada tiene ese brillo que es capaz de hacer sentir bien a cualquiera.
Pero últimamente algo se le metió en la cabeza.
Se comporta de una manera tan distante. Tan indiferente.
Tan… no sé cómo. Con una frialdad que me asombra.
Y su mirada no refleja nada más que… No sé. Es como si estuviera enojada conmigo.
Luego vuelve a ser la misma de antes, como si no recordara nada, o eso me quiere hacer creer. No lo sé.
Tú me conoces. He investigado al respecto y si no la conociera…
Bueno, ese es el punto. En momentos no la reconozco.
Pienso que me está dejando de amar. Que no tiene solo una aventura, sino que se enamoró de él.
Quién sabe. No lo puedo asegurar, pero eso siento.
Pienso que en su fuero interno está confundida.
Es como si de momento se aferrara a mí, pero algo la jalara hacia otro lado.
Como si se sintiera culpable, y entonces me trata bien y luego me trata mal porque duda de su amor por mí.
Ese refuerzo intermitente me está volviendo loco.
No lo sé. Es tu mejor amiga y no debería decir esas cosas.
Sé que es mi culpa. Últimamente, me la paso metido en mis asuntos y la he descuidado. Lo sé. Aunque eso no quita el hecho de que me sienta miserable.
Por eso te escribo a ti.
Por otra parte, hace tiempo creí que estaba investigando a alguien que necesitaba ayuda. La conocí en un foro. Se hacía llamar Insania. En este punto, quizá ya leíste los archivos que pude sacar de un hospital psiquiátrico en el que creo que está o estuvo internada.
Reitero que pensé que era una víctima.
Pero cuanto más indagaba, más claro era que yo era el que estaba siendo observado.
Cometí un error. Intenté vulnerar el sistema del hospital. No debí hacerlo. Desde entonces, todo cambió. Irónicamente, después Selene también cambió.
Por eso me siento abrumado. Porque mi mente está siendo atacada desde varios frentes y no tengo ni idea de cómo contraatacar o protegerme siquiera.
Jamás le haría daño a Selene y lo sabes. Si se enamoró de alguien más, la dejaría ir sin más, aunque me duela. Jamás le haría ningún daño.