Insania Mea Capítulo 18
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Capítulo 18

Albina no había visto a Selene desde aquel día. Había pasado más de una semana sin tener noticias de su amiga. Decidió que debía ir a buscarla. Estaba a punto de salir de casa cuando el teléfono sonó. Era don Rober. Quería verla. Le tenía noticias.

Albina salió de casa y se dirigió a la oficina del viejo. La tormenta que había caído hacía un rato descargó con tal estruendo que reventó una ciudad que no estaba lista para soportar su furia.

Un árbol perdió uno de sus brazos y yacía tendido en medio del camino; parecía gritar mientras las sierras lo desmembraban para retirarlo del camino.

Los autos rugían y algunos gritaban desesperados por avanzar, como si eso hiciera desaparecer mágicamente a los autos de enfrente.

El agua turbia subía por las ruedas como un animal furtivo.

Las llantas giraban y arrojaban con violencia a ese inmundo animal contra las puertas de los autos vecinos.

Entonces una camioneta furiosa pasó por lo más hondo de la calle y levantó una ola que cubrió como un manto oscuro el auto de Albina.

Las ventanas resistieron el impacto. Afuera el ruido no era ruido, sino un alarido desesperado de cláxones, motores y dientes desgarrando la madera. Todo gritaba al unísono.

Albina encendió la radio, un salvavidas en medio de un mar solitario y agitado.

No obstante, en medio del bullicio no dejaba de pensar en su amiga.

En lo que debería estar sufriendo. Por otra parte, no podía evitar pensar que Selene era una malagradecida.

Ella la había acompañado en todo el proceso y, una vez que ya no la necesitaba, la había despachado sin más.

Se había vuelto demasiado egoísta. Entiendo que esté sufriendo, pero no es la única que sufre, pensó.

Amaba a su amiga y a ella parecía no importarle en absoluto. Bueno, no la culpo, quizá yo haría lo mismo, se recriminó.

De pronto una idea la asaltó.

—¡No mames! ¿Y si sí fue ella la que lo internó y solo se está haciendo la loca?

Después de dos horas atrapada en el tráfico, Albina llegó al edificio, bajó del auto con cuidado e ingresó al edificio. Un refugio tibio que no fue capaz de confortarla. Subió al despacho de don Rober pensativa. Él la hizo pasar. Ella se dirigió al sillón y se sentó con los brazos cruzados.

—Discúlpeme, don Rober, es que vengo un tanto molesta.

—¿Qué pasó? ¿Quiere contarme?

Albina se perdió un momento. El suave ronroneo del oxigenador y el canto constante de las burbujas en la pecera de don Rober le produjeron un ligero letargo. La luz azulada sobre las piedrecillas de colores le brindó un poco de tranquilidad.

Entonces reaccionó.

—Es que Selene… No me habla durante más de una semana porque estaba cansada y no sé qué. Creo que está enojada conmigo por lo del mensaje que me dejó Sócrates. No sé.

—Calma, las apariencias engañan. No todo lo que vemos es lo que parece.

Siempre vemos el mundo de acuerdo con nuestra propia percepción.

Algunas veces el cerebro nos muestra las cosas de una manera distinta de como son.

A ver. Dígame. ¿Qué es exactamente lo que siente? —dijo don Rober con voz apacible.

—La verdad, estoy molesta. Creo que me siento ignorada. Me duele su indiferencia. Eso es todo. Ahora lo comprendo.

—Es normal. Usted siempre ha sido su mejor amiga.

No obstante, eso no quiere decir que Selene la haya cambiado.

Lo cierto es que no sabe la verdad. Todo esto la tiene en shock.

Y quizá usted le recuerde la tragedia. Por eso se refugia en sí misma.

Para no romperse. Usted la vuelve frágil porque es su mejor amiga.

Me refiero a que con usted se puede romper sin temor y, por ahora, necesita sentir tranquilidad.

Claro que estoy especulando. Sin embargo, eso es lo que debe estar sucediendo. No se atormente por eso.

—Sí, tiene razón —lo interrumpió Albina—.

Está pasando por algo muy duro y yo la juzgo sin motivo.

Ahora no sé cómo hacer las paces con ella.

Me siento culpable. No entiendo por qué Sócrates me eligió.

Aunque yo no tengo la culpa de que haya desarrollado el síndrome de Otelo.

Aparte, tengo mis dudas de que ella haya internado a Sócrates. No sé.

Don Rober esbozó una sonrisa.

—No podemos asegurar nada; la celotipia es una posibilidad. Aunque aquí hay algo importante. Si Selene internó a Sócrates, ¿por qué no simplemente decir que se fue?

—Porque ella me conoce, don Rober. Sabe perfectamente que, si me enteraba de que la dejó, le iba a llamar para hacérsela de pedo. Quién sabe, está muy raro todo esto. No sé, a lo mejor quisieron experimentar, se drogaron con algo y se quedaron viajados los dos.

Don Rober rio en voz alta.

—Puede ser. Pero está dejando que sus emociones nublen su razón. Está molesta. Tiene que serenarse y ya después…

—Sí, tiene razón, gracias, don Rober. En fin. A lo que vine, ¿qué noticias me tiene?

—Bueno, he de decir que mandé analizar la hoja de ingreso y el SSD.

En cuanto a la hoja, las firmas coinciden; si es falsa, se trata de una falsificación muy bien hecha.

Por otro lado, el SSD solo tenía esos tres archivos accesibles.

Nyx analizó el disco y encontró un archivo cifrado escondido entre los archivos del sistema.

Parece que lo cifraron con VeraCrypt, así que sin la contraseña no hay nada que hacer.

—Entiendo —dijo Albina, ya con la voz calmada—. Entonces, ¿qué haremos?

—Por ahora eso es lo que menos me preocupa.

Después de su llamada de aquel día… y sí, lo diré: se pusieron en peligro.

Corrieron un riesgo innecesario. En fin, como le decía, después de su llamada llegué a la conclusión de que, si el registro en el hospital es falso, obviamente hay personal del hospital involucrado.

Albina asintió.

—Eso es peligroso —continuó—. Porque eso quiere decir que las pistas que descubrí fueron puestas ahí de manera deliberada. Alguien quería que llegáramos hasta el hospital, aunque aún no encuentro la razón. Querían hacernos creer que Selene era culpable.

—Y lo lograron hasta cierto punto, ¿no? —interrumpió Albina.

—Sí y no. Yo jamás lo aseguré. La cuestión es que el perpetrador jamás se imaginó que ustedes irían a buscarlo.

Ahí el plan se les vino abajo y por eso tuvieron que acceder a que Selene lo visitara de vez en cuando.

Eso retiraría las sospechas del hospital y las centraría en alguien más.

Un desconocido. Aunque eso no exonera a Selene del todo.

Aún podría haber sido ella quien lo ingresara ahí. Aquí están pasando cosas muy extrañas.

—Sí. La recepcionista se sobresaltó cuando escuchó el nombre de Sócrates. Quizá ella sabe algo —apuntó Albina.

—Ese dato es valioso —dijo don Rober emocionado—.

Olvidemos el SSD por ahora. En cuanto vea a Selene más tranquila, la trae para hablar con ella.

Por ahora voy a investigar a la recepcionista esa que me dice.

Eso es lo que quería platicar con usted: decirle que las pistas por ahora apuntan también al hospital.

Alguien ahí sabe lo que está sucediendo o qué sucedió, al menos.

Porque si de pronto están dispuestos a regresarnos a Sócrates, puede ser por varias razones.

—¿Cuáles? —preguntó Albina.

—Por ahora se me ocurren tres. Una es que Selene miente o algún evento traumático le hizo olvidar lo que realmente pasó.

Otra es que sienten nuestros pasos cerca y quieren alejarnos de ahí.

La tercera es que ya lograron su objetivo, en cuyo caso ya no les interesa retener a Sócrates. Esto es lo más inquietante.

—No entiendo. ¿Qué es lo que querrían? —preguntó Albina.

—Eso es lo que hay que averiguar; pareciera ser que ese hospital es más bien un laboratorio psicológico. Están llevando a cabo algún tipo de experimento ahí y Sócrates fue uno de sus conejillos de indias. ¿Está dispuesta a llegar hasta el final pese a que Selene quizá ya no quiera cooperar?

—Por supuesto. Cuente conmigo.