Capítulo 17
Hoy pude observar a una muchacha. Vino hasta aquí en búsqueda de algo o de alguien. No puedo afirmar a qué ha venido. Pero ella es una de nosotras, de eso estoy segura. No cabe duda: todo esto es una realidad. El destino nos está reuniendo a todas.
Ahora entiendo que el destino me reclama en este sitio.
Por eso las reúne a mi lado. Quería escapar de aquí, pero ya no estoy segura.
Estás tú y ahora está la otra. ¿Seré yo o será que este lugar está encantado?
¿Será que todas deberíamos coexistir y conformar un solo ser?
Para eso tendríamos que ocupar exactamente el mismo espacio y eso es imposible, a menos que el tiempo sea mi mediador.
Quizá en este sitio el espacio-tiempo se quebró.
Está fracturado igual que yo. ¿Cuántas seremos nosotras?
Todas y ninguna. Ninguna existe para el mundo. Todas estamos aquí.
Esos idiotas han guardado esa otra parte de mí misma que me es ajena y que sé que soy yo misma.
Sé que existe y habita este lugar, aunque no sé en dónde la escondieron.
Llevo rato tratando de saber si en realidad la imaginé.
No tengo acceso a esa parte de mi mente.
Te veo a ti y a ella; quiero verla. Qué ironía.
Tú no deberías estar aquí y, sin embargo, te veo; ella existe en este mundo y no la encuentro.
Una voz al otro lado de la pared sacó a Renata de sus reflexiones.
—No tomes las pastillas. Por lo que más quieras. No tomes las pastillas —dijo la voz, casi para sí misma—. Eso hace que te laven más fácil el cerebro.
Renata alzó la mirada, se levantó de la cama y caminó de puntillas hasta la pared. Colocó su oído en los fríos mosaicos y emitió una risita mientras se tapaba la boca con la mano.
—¿Fuiste tú o he sido yo quien me habló? —susurró a la pared—. Allá atrás estoy yo misma, aunque no puedo ver lo que ella ve. Si me viera, la vería; entonces, lo sabría con claridad. Porque si estoy allá y no acá, como yo creo, eres tú la que imagina y yo no existo en realidad.