Insania Mea Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—Mmm… déjeme ver… Pues parece que llegó aquí en una ambulancia con carácter de desconocido.

Según el informe que tengo en mis manos, personal de trabajo social intentó, sin éxito, contactar a sus familiares.

Deben entender que es sumamente complejo encontrar a algún familiar cuando se desconoce su nombre completo.

Además, tampoco encontramos nada en la base de datos de personas desaparecidas.

Aunque eso tiene ya varios meses que sucedió.

Entonces no sé si él sea el paciente que buscan.

—Sí, quién sabe si será él. Ya sabe, con tantos Sócrates que hay por ahí —dijo Albina con una sonrisa irónica.

La enfermera sonrió ampliamente. Entonces le dijo a Selene que arreglaría los papeles para dejarla pasar y verificara si esa persona efectivamente era a quien buscaban.

—Voy a tardar un poco, una o dos horas quizá —concluyó la enfermera—. Si gustan esperar aquí, pueden hacerlo en aquellas sillas. Aunque les recomiendo que mejor regresen en un rato. Este lugar es deprimente para quienes no están acostumbrados.

Selene miró las sillas de plástico verde en la esquina. Luego miró a Albina.

—Esperamos —dijo.

La enfermera asintió y desapareció por la misma puerta por donde había llegado.

Albina suspiró.

—Esto va a ser largo —murmuró.

Pasaron veinte minutos en silencio. Los gritos no cesaban. Albina no dejaba de mover la pierna nerviosamente.

—Este lugar me saca de onda —dijo al fin—. No tolero los gritos. Me dan pavor. ¿Te parece si vamos a comer algo y regresamos después?

Selene asintió. Se levantaron y salieron de ahí.

Cuando regresaron, la enfermera estaba esperándolas en la barra. Les hizo una seña con la mano para que se acercaran y entonces les dijo:

—Ya lo tengo. Es tardado porque necesito las firmas del director y no es que esté disponible todo el tiempo. Pero ya tengo los documentos. El único inconveniente es que solo usted puede pasar —explicó dirigiéndose a Selene.

—Vale, te espero en el auto —dijo Albina.

Entonces la hicieron pasar por una puerta colocada a un costado de la barra.

Después de pasar algunos filtros, ingresó a una habitación que parecía hacer de sala de estar y comedor.

Al fondo había varios internos. Pero no podía detectar a Sócrates por ningún lado.

De pronto se encontró con unos ojos almendrados que la observaban fijamente.

Una mirada que irradiaba lucidez y la examinaba a lo lejos.

Era Renata quien mecía su cuerpo de atrás hacia delante de manera constante.

Más por diversión que por locura. Entonces le sonrió.

Su cabello rubio y enmarañado escurría por sus mejillas sonrosadas de tal manera que la hacía lucir como un hermoso espectro recién salido de ultratumba.

—Es por acá —dijo la enfermera.

Selene la siguió hasta llegar a otra nave del edificio. La condujo por varios pasillos hasta que por fin se detuvo frente a una puerta con una pequeña ventana. Entonces la enfermera le dijo:

—Bien, mire si él es su esposo.

Selene se sobresaltó, titubeó por un instante y se asomó por la ventana. Ahí estaba él, sentado al borde de la cama con la mirada perdida.

Al verlo se le llenaron los ojos de lágrimas y dijo con voz ahogada:

—Es él. Ese es mi Sócrates.

De pronto una voz desde dentro la estremeció:

—¡Selene! —vociferó.

Selene dio un paso atrás y sintió un brazo sobre su hombro. Era la enfermera.

—¿Se siente bien? —preguntó.

Entonces le fallaron las piernas. Acto seguido, todo se oscureció.

Albina esperaba en el auto, revisando su teléfono. Cuando levantó la vista, se quedó paralizada.

Selene salía del hospital. Caminaba lentamente, casi sin rumbo. Traía un hematoma en la frente y le sangraba la nariz. Sostenía un pañuelo contra su cara.

Albina bajó del auto y corrió hasta Selene:

—¡¿Qué te pasó, amiga?! ¡¿Por qué estás golpeada?! —dijo Albina.

—Lo vi. Me desmayé de la impresión. Necesito que vayas allá y que revises los papeles por mí. No lo van a dejar salir. Al parecer está muy mal —solicitó Selene, con su voz temblorosa y más aguda de lo normal.

Además, le temblaban las piernas. Lucía más pálida. Como si hubiera enfermado de pronto.

Albina ayudó a su amiga a subir al auto y después regresó al hospital. Arregló los papeles para que Selene pudiera visitar a Sócrates y que además pudiera platicar con él. Para esto último tendrían que esperar la autorización del médico.

Cuando regresó al auto, Selene seguía con el pañuelo en el rostro. La sangre no dejaba de fluir. Tenía la mano completamente manchada.

—Amiga, ¿estás bien? Esto no se ve normal. ¿Quieres que te lleve a un doctor?

—No. Solo llévame a casa.

Albina frunció el ceño, pero no insistió. Echó los documentos al asiento trasero. Le explicó brevemente lo que le habían dicho y no dijo más en todo el camino de regreso.

Ya en casa, Albina ayudó a Selene a bajar del auto y la instaló en el sofá. Selene le agradeció con un gesto.

—Me siento muy cansada, amiga. Necesito descansar y aclarar mi mente. Iré a ver a Sócrates de vez en cuando. Aunque necesito estar sola por ahora.

La voz se le escuchaba extraña. La nariz hinchada distorsionaba sus palabras.

—No te preocupes, amiga. Entiendo —le dijo sin dejar de ver su rostro deformado por los golpes. Lucía un tanto diferente.

Pero era su amiga. Así que después de un momento retiró la vista.

—Me llamas si necesitas algo. No te molestaré. Dejaré que pienses en paz.

Selene asintió pesadamente y Albina se fue de la casa.