Insania Mea Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Pues… sí, supongo que sí. Aunque don Rober dijo que aún tenía dudas de si en realidad estaba ahí. Por eso tenía que investigar más a fondo.

—Pues a mí me pareció muy seguro —dijo Selene levantando un poco la voz—. Hasta donde entendí, casi lo daba por hecho.

—Mmm… sí, pero ese casi lo es todo. Jamás da nada por hecho. Ese es su trabajo. Sé que es duro. Sin embargo, es muy bueno en lo que hace. Te aseguro que lo va a encontrar. Además, tú y Sócrates siempre hablaban de eso. De siempre dudar de todos y de todo. Hasta de tu propia sombra. ¿Recuerdas?

—Sí. Tienes razón. Aunque sí me siento mal de que piensen que yo lo metí al hospital porque andaba de… Ash —concluyó Selene sin ocultar su molestia.

—Mira. Por hoy vamos a descansar y mañana temprano yo te llevo al hospital.

Selene no respondió. Miraba fijamente su taza de café, perdida en los pequeños remolinos de vapor.

Albina regresó al día siguiente. Una vez dentro de la casa dijo:

—Listo, amiga. Vámonos.

—Gracias, amiga. No sé cómo agradecerte toda tu ayuda.

La verdad es que yo no sabía qué hacer. Me siento como en pausa.

Como si no estuviera aquí. Todo es muy confuso y, además, como dice don Rober, todo parece indicar que yo tengo la culpa de todo.

Otra vez no dormí por estar pensando. Aunque de cierta forma me siento un poco más tranquila porque, ¿te digo algo?

Me da un poco de consuelo saber que puede estar en ese hospital.

Eso significaría que sigue vivo y que ya no tendría que esperar para verlo una vez más.

Que puedo estar con él. Aunque sea brevemente.

No sé. Algo en mi interior quiere que lo encontremos ahí.

Por otra parte, la verdad es que sí me da miedo.

Porque, como bien dices, si está internado en ese lugar, las cosas se tornan complejas.

—Yo creo que primero nos tenemos que asegurar de que en realidad esté en ese lugar —respondió Albina—. Luego ya sacamos conclusiones. Porque sí. Tienes razón, si está ahí, se va a poner cabrón el asunto.

—Sí —dijo Selene—. Está de miedo.

—A mí lo que se me hace bien raro es que lo hayan metido ahí. Es decir, no es que le desee nada malo a Sócrates, espero que no se malentienda, pero… ¿por qué no mejor…?

—No, ni lo digas, amiga —interrumpió Selene—. Nada más de pensarlo se me apachurra el corazón.

—Sí, sí —repuso Albina—, discúlpame, amiga. Mejor vamos al hospital y ya después vemos qué onda.

—Sí, agradezco que me acompañes —dijo Selene—. Aunque esta vez vamos en mi auto.

—No, aún no quiero morir, amiga —dijo Albina en tono burlón—. Perdón que te lo diga, pero últimamente andas muy apendejada.

Selene apenas sonrió. Asintió levemente. Tomó su bolso y, sin decir nada más, salieron rumbo al hospital.

El camino transcurrió en silencio. Selene miraba pensativa por la ventana.

Pensaba si acaso ese sería el día en que recuperaría a su amor.

No obstante, seguía sin entender por qué alguien querría hacerles daño, por qué había evidencia que la inculpaba.

Entonces ella misma se culpó. Por no preguntar qué le pasaba cuando era evidente que estaba mal.

Albina la sacó de su estupor:

—Es aquí —le dijo—. Anda, vamos a preguntar.

Selene bajó del auto y enseguida sintió que la respiración le faltaba.

El lugar era una mole de concreto sin ventanas; apenas tenía unas pequeñas aberturas cubiertas con cristales rectangulares protegidos con malla.

La única puerta era de hierro sólido y estaba custodiada por varias cámaras de vigilancia.

Parecía construido más para evitar la fuga que para rehabilitar a los pacientes.

Al ingresar al hospital, el ambiente era más denso.

Casi irrespirable. Parecía como si el cloro quisiera estrangularlas para hacerlas olvidar un crimen.

Las obligaba a llorar por una pureza en el ambiente que se sentía mortal.

Albina caminaba junto a su amiga, colgada de su brazo derecho.

Intercambiaron miradas brevemente sin poder ocultar su cara de desconcierto.

No se alcanzaba a ver más allá de un largo pasillo con iluminación fluorescente que zumbaba levemente y un montón de puertas cerradas a los lados.

No parecía tener un lugar de esparcimiento o jardines a la vista.

Y, por si fuera poco, los gritos de algunos internos se escuchaban hasta más allá de la recepción.

Al llegar a la barra, una mujer vestida de blanco las atendió:

—¿En qué les puedo ayudar? —preguntó con voz cansada.

Selene y Albina volvieron a intercambiar miradas. Selene se quedó pasmada. Entonces Albina intervino:

—Venimos a buscar a… Digo… a… me refiero a que queremos saber si el esposo de ella está aquí —dijo finalmente mientras señalaba a Selene.

—Mmm, no entiendo. ¿Es su esposo y no sabe si está internado aquí? Explíquese —exigió la recepcionista sin ocultar su cara de molestia.

—Sabemos que está aquí. Es solo que yo no lo interné. Al menos no recuerdo haberlo hecho. ¿Me entiende? Necesito saber si aquí lo tienen o no —respondió Selene.

—Sigo sin entenderla. ¿Está segura de que está aquí o no lo está? —preguntó la recepcionista con el rostro ya enrojecido. Casi furiosa.

Entonces Selene reventó:

—A ver, en primer lugar, le estoy diciendo que no lo recuerdo, ¿OK? Se supone que aquí ustedes atienden esas cosas. Si me estoy haciendo pendeja o no, a usted le vale madre. ¿Me va a atender o no?

—¡A mí no me grite, jovencita! Ahora resulta que va a venir a exigir. Usted no es nadie para estarme gritando. Así que se calma, me pide las cosas de favor, o mejor se regresa por donde vino.

—Vale, ¿me puede decir, de favor, si un paciente llamado Sócrates está internado aquí? —dijo Albina en su tono burlón de costumbre.

La recepcionista se quedó paralizada al escuchar el nombre.

Abrió grandes los ojos. Su rostro enrojecido palideció de golpe.

—Sí, sí… disculpen ustedes —tartamudeó—. No sabía que…

—¿En qué les puedo ayudar, jovencitas? —interrumpió una enfermera que acababa de entrar a la zona de recepción por una puerta colocada detrás de la barra.

Selene no pudo evitar pensar que, pese a su avanzada edad, aún conservaba su belleza. La enfermera le dijo a la recepcionista que se retirara un momento y prosiguió:

—Ustedes disculpen a mi compañera. No la está pasando bien en estos días. Pero, díganme, ¿qué necesitan?

—Pues… estamos… necesitamos saber si aquí se encuentra internado un paciente llamado Sócrates —dijo Selene, ya más calmada.

—Miren, no es que podamos dar información así como así. Pero si me muestra una identificación, quizá pueda hacer algo por usted —repuso la enfermera.

Selene sacó su identificación y se la entregó a la enfermera, quien se excusó y las dejó solas en la recepción. Al poco tiempo volvió con unos documentos.

—¿Es usted su esposa? —preguntó.

—Sí, soy su esposa.

—Bien, permítame revisar. —La enfermera hojeó los documentos—. Tenemos un paciente llamado Sócrates, aunque… —frunció el ceño—. No tiene apellidos registrados.

—¿Me podría decir quién lo internó, por favor? —preguntó Selene.