Insania Mea Capítulo 16
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Capítulo 16

Selene no acababa de comprender lo que estaba ocurriendo; se quedó cabizbaja gran parte del camino a casa.

—La vida es injusta —dijo Selene—. No creo que todo esté escrito; me niego a creer que no soy libre de elegir mi propio camino. Hace unos días dudé de mí misma. De mi propia libertad. Pero la gente no deja de sufrir solo por ser ética y moralmente correcta.

Albina la miró en silencio.

—No hay más allá que nos condene —continuó—.

Nadie conspira a favor o en contra de nadie.

Y si hubiera un Dios que todo lo ve, entonces es indiferente al sufrimiento.

El dolor es inmanente a la vida. No tiene sentido, pero es así.

Nada es casualidad, sino causalidad. Todo esto tiene una razón para estar pasando —murmuró.

—¿Te refieres a ese «todo pasa por algo»? —preguntó Albina mientras hacía un ademán con dos dedos de las manos a ambos lados de su cabeza—. ¿Que debemos aprender algo de todo esto?

Selene la miró largamente.

—No, me refiero a que algo causó esto. No se lo llevaron al azar. Alguien lo planificó. En el diario escribió: Selene me engaña y Renata me habló. Por eso salió. Alguien lo hizo salir.

Don Rober y Albina asintieron.

Entonces llegaron a la casa y don Rober estacionó la camioneta.

Ingresaron y poco después llegó Nyx, un experto en computación que les ayudaría a buscar evidencia.

Don Rober sacó algunas herramientas. Empezó a revisar y levantar cada uno de los contactos de energía. Revisó las lámparas del techo, el televisor, los floreros, todos los objetos en donde pudiera haber una cámara oculta y, sobre todo, el espejo de la sala.

Por su lado, Nyx verificaba la red para ver si había algo inusual. Un reinicio remoto del servidor, una conexión entrante o saliente en la red.

Por último, don Rober sacó un detector y empezó a escanear cuidadosamente toda la casa.

Después de horas de trabajo exhaustivo, no encontraron nada. El espejo no tenía perforaciones en el vidrio ni en el marco.

No había nada.

—Bueno, si hubo algo aquí, ya no está —concluyó don Rober.

Albina le dijo a Selene que se quedara en su casa por unos días hasta estar seguros de que no había peligro.

Ella negó con la cabeza y, sin decir absolutamente nada, subió cabizbaja a su habitación.

Dos días después.

Albina pasó por Selene para ir con don Rober.

Selene parecía más dispuesta que el día anterior. Salió de su casa y subió al auto de Albina.

—¿Sabes? —dijo Selene—. Estuve pensando toda la noche. Me puse triste y me disculpo por eso. Los dejé ahí en la sala y…

—Ni lo digas, amiga —interrumpió Albina—. Lo entiendo perfectamente.

—Sí, es que de nada sirve lamentarse. Las cosas no se van a resolver con mi tristeza. Todo está en mi cabeza. Son solo impulsos eléctricos. Yo no tengo el control de nada. Por más que lo desee, las cosas no van a cambiar por sí solas. Wu wei.

Albina le sonrió.

—Qué bueno que estás de regreso, amiga. Entiendo lo que estás pasando, pero necesitamos a la Selene de siempre.

Selene asintió.

Albina estacionó el auto y subieron a la oficina de don Rober.

Don Rober las esperaba sentado en su escritorio mientras revisaba algunos documentos.

—Antes que nada, necesito hacerle una pregunta importante —dijo don Rober a Selene—. ¿Alguna vez observó a Sócrates mirando fijamente el espejo?

—No… No lo sé. Quizá.

—Es fundamental saberlo con certeza porque nos podría decir mucho sobre el diario.

Lo hice analizar. Sócrates solía ser una persona muy racional y, dado que no encontramos cámaras ocultas, parece ser que estaba disociado de la realidad de alguna manera.

Es decir, se miraba en el espejo y luego su mente le hacía creer que estaba del otro lado.

Podría estar totalmente perdido en un mundo de ensueño en donde él se veía a sí mismo golpeando el cristal y gritando cuando en realidad solo estaba inmóvil frente al espejo.

Selene no supo qué decir. Albina levantó la mirada y frunció el ceño. Después de un segundo asintió varias veces.

—Por otra parte, investigué el hospital y encontré algo bastante inquietante —dijo mientras posaba la mirada sobre Selene—. Voy a ser muy claro con usted, porque no le sirve de nada que sea condescendiente.

Selene levantó la vista lentamente.

—Estoy casi seguro de que Sócrates está ingresado en ese hospital psiquiátrico —continuó él—. Aparentemente, no desapareció. No se fue por voluntad propia.

Selene frunció el ceño.

—Eso no puede ser verdad —respondió con voz apagada.

El investigador ladeó la cabeza, observándola.

—Necesito que me diga la verdad —pidió—. ¿Fue usted quien lo internó?

Selene negó con la cabeza de inmediato.

—No… yo no hice eso —repitió al tiempo que levantaba la voz.

—Le aclaro que no la estoy juzgando. Estoy tratando de recabar toda la información necesaria para poder hacer lo que usted misma me solicitó: encontrar a su esposo.

Y si le pregunto eso es porque encontré unos documentos de internamiento.

Están a nombre de Sócrates y firmados por usted.

Tengo también algunos otros documentos en donde usted ha firmado y las firmas coinciden.

Las voy a llevar con un grafólogo, pero… No sé.

Selene levantó la cabeza de golpe.

—¿Entonces sospecha de mí? —preguntó.

Don Rober frunció los labios y Selene guardó silencio.

—Debe entender que es una posibilidad y yo, como investigador, debo tomarla como tal, pese a que usted esté segura de no haberlo hecho.

Debo ser objetivo en mi trabajo, aunque me cueste.

¿Me explico? —Selene no respondió—. Bien —continuó don Rober—.

Entonces vamos a retroceder un poco. Revisé nuevamente los videos de las cámaras de vigilancia del quince de abril.

Usted salió de su domicilio a las cinco y media.

La primera vez que revisé, me enfoqué en seguirle la pista a Sócrates.

Pero esta vez la seguí a usted y hay un punto en donde se pierde su rastro, no hay cámaras ahí.

Por otra parte, más adelante se ve claramente que usted sube a un auto negro.

El mismo auto que después ronda su casa.

Selene respiró hondo.

—No se ofenda, pero tengo que preguntar —continuó.

Selene apretó las manos sobre su regazo.

—No. No lo estaba engañando, si es lo que piensa —dijo molesta—. Tampoco me quería deshacer de él para tener libre el camino con el otro.

—¿Eso es una confesión?

Selene lo fulminó con la mirada.

El investigador la observó con atención. No había lágrimas. Solo esa rabia contenida y calma aparente.

—Esto no es una confesión criminal ni una carta de despedida común —dijo don Rober al tiempo que tomaba la libreta—. Es el rastro de una mente que se fue fragmentando poco a poco.

La persona que escribió esto no estaba fingiendo. No estaba construyendo una coartada. Creía cada palabra que dejó aquí. Y eso es lo más inquietante… y también lo más triste.

Él no escribe desde el odio; escribe desde el miedo. Ese miedo no nació aquel día. Ya estaba ahí antes. Y algo lo detonó.

—Bien —dijo Selene—. No me voy a estancar en eso. Entiendo que sospeche de mí; en realidad eso no me importa demasiado. Solo quiero entender lo que ha pasado y sobre todo que encuentre a Sócrates.

—Aclaro que no es que sospeche. Reitero que únicamente es una posibilidad y yo debo tomarla en cuenta —respondió él—.

Usted me contrató para encontrar a su esposo y eso haré.

Sin embargo, debe saber que hasta el momento todos los caminos conducen a usted…

aunque eso no significa necesariamente que sea culpable.

Selene, sin decir una palabra, se dirigió hacia la puerta del despacho. Albina salió detrás de ella, mordiéndose los labios y apretando nerviosamente las mangas largas de su suéter entre las manos.

Ya afuera de la oficina, Selene volteó un instante y, al ver a su amiga, corrió a abrazarla y se soltó a llorar amargamente.

—Ay, amiga, te juro que yo no lo interné. Jamás lo engañaría —repetía.

Albina le correspondió el abrazo y le susurraba al oído mientras le acariciaba la cabeza:

—Te creo, amiga, te creo. Ven —continuó—. Vámonos de aquí.

Selene se incorporó y caminó de la mano de su amiga hasta el auto sin poder contener el llanto.

Se dirigieron a Les fleurs du mal .

El camino transcurrió en silencio. Selene miraba por la ventana sin ver realmente nada. Albina manejaba concentrada, sin saber qué decir.

Llegaron al café. Consiguieron una mesa apartada, lejos del bullicio de la barra. Albina fue a ordenar café y unos croasanes de jamón y queso. Con todo el ajetreo se habían olvidado de comer.

Regresó y se sentó frente a Selene, quien permanecía con la mirada perdida.

—No digo que así sea. Pero, como dice don Rober, hay que tomar en cuenta todas las posibilidades.

Puede ser que algo bien cabrón pasó ese día y que tu cabeza lo haya borrado.

Digo, para protegerte. No sé nada de esas cosas, pero he escuchado que eso puede suceder.

¿Crees que algo así podría haber pasado?

Selene no respondió. Miró a su amiga un instante y luego se encogió de hombros.

—Mira —continuó Albina—. Yo no creo que hayas sido tú.

Sin embargo, es la opción más simple de pensar.

Que algo pasó y a ti se te olvidó. Porque, si no, alguien nos está jodiendo bien cabrón.

Eso implica que alguien se metió a tu casa.

Plantó la libreta. Falsificó los papeles de internamiento, se hace pasar por ti y quién sabe qué más.

Esa versión de la realidad asusta. Por eso mi mente se inclina a pensar en lo simple.

Selene se quedó mirando fijamente a su amiga y le dijo:

—Quiero ir a ese hospital.

Albina titubeó un momento y después le contestó:

—No lo sé, amiga, no creo que eso sea…

—Su orden —dijo una voz a un lado de ella.

—Sí, muchas gracias —dijo Albina sin voltear a ver a la joven mesera—. Como te decía —continuó—. No creo que sea una buena idea. Pero si eso te deja más tranquila, te acompaño.

—Si yo lo interné —dijo Selene—, entonces me dejarán verlo, ¿cierto?