Insania Mea Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Tiempo después, me obligaron a tomar unas pastillas.

En el colegio se burlaban de mí mis compañeros.

Decían que ya estaba demasiado grande para tener ese tipo de amistades.

Mi madre dijo que al tomar esas pastillas podría tener amigos de verdad.

Que la gente ya no se burlaría de mí. Así que me las tragué ignorando por completo lo que mi amiga me decía.

No importó que suplicara que no me las tomara; al final la traicioné.

Ni reales ni imaginarios. Las dichosas píldoras me arrojaron al mayor de los olvidos. Nadie quiere ser amigo de una mente trastornada.

Sin fecha.

Hace rato que el cerebro me pesa. Quiero pensar en algo y en nada pienso.

Viajo en mi mente a un paraje silencioso.

Una gran masa de agua aparece frente a mí.

Observo un nenúfar y quiero tocar sus grandes hojas.

Eso sería un error considerable. Podría precipitar mi cuerpo hacia el abismo de esa oscura agua pantanosa.

Jamás volvería a ver la superficie. Dicen que esas plantas te atrapan bajo el agua.

No obstante, en algún momento lo debo haber tocado, pues mi vida se encuentra sumergida bajo esas aguas turbias y es por ello por lo que de ningún modo he podido salir a flote.

Nada miro en mi futuro. Todo es turbio como esas aguas apestosas. Sí, mi vida apesta.

Sin fecha.

Después de todo, sí estoy más loca de lo que había pensado. Hace rato me vino a visitar una enfermera. Le dije que me dejara hablar con el señor Álvarez. Que él es amigo de mi familia y que necesitaba que le dijera a mi madre que me dejara regresar a casa. Me contestó con trémula voz:

—No, mi niña, aquí no hay ningún señor Álvarez. Este hospital es del Estado. No te dejarán salir de aquí por un buen tiempo. Quédate tranquila, que yo te cuidaré mientras tanto. No tengas miedo, corazón. —Me acarició el cabello y se fue por donde vino.

Sin fecha.

Una vez más, la soledad. Los lazos rotos de mi infancia se pueden ver a la distancia.

Una distancia que parece cercana, pero no lo está.

Tiendo mi mano hacia el infinito. Quiero alcanzarlos.

Remendar los pedazos de mi alma rota tiempo atrás.

Extraño el olor a fresa. La sensación de libertad que me daba el poder pensar tranquila recostada en una habitación sin compañía.

La soledad es un estado que se aprende a controlar si se tiene la certeza de que en algún momento un ser amado llegará.

Es una soledad con esperanza. No importa si ese ser llega tan noche a casa que una ya se ha preparado para ir a la cama; me brinda unas pocas palabras, un beso y un abrazo, y al otro día se va tan temprano que no me he podido despedir.

Por eso adoraba los domingos. Podía estar todo el día tumbada en un sillón con mi madre a un lado mimando mi cabeza.

Cuánta felicidad se puede obtener en un momento así.

Por eso no importaba lo que hubiera en la televisión, lo que pudiera comer a su lado; nada importaba salvo su compañía.

Así nos tocó vivir. No me quejo en absoluto.

Hizo todo su esfuerzo con tal de darme una buena vida y yo la he tirado a la basura.

Con ella se fue todo el esfuerzo de mi madre.

Tantos días de trabajo para nada. Tantos desvelos y cuánta soledad debió sentir.

Nunca se casó. Siempre tuvo la idea de que, si se buscaba una pareja, el muy bastardo, iba a abusar de mí.

Quizá tenía razón. Al final se lo agradezco, aunque nunca se lo dije.

Ella no es culpable. No, no importa si ahora se pudo deshacer de mí.

Eso me da tranquilidad. Un poco, nada más.

Porque sé que de ahora en adelante ella podrá ser feliz sin ese pesado lastre que siempre fue mi vida.

Estaba cansada de la vida. De que todo el mundo se burlara de mí.

De los apodos, de las risas, del abandono de la gente.

Me volví un desastre. En la escuela nunca me fue bien.

Nunca le he dado un solo motivo para sentir orgullo de su única hija.

La que le arrebató la libertad y la enclaustró en un trabajo agotador.

Por la calle me gritaban puta. Pues ya mayor, mi madre ya no cerraba con llave la casa.

Yo escapaba a menudo con tal de encontrar amor.

Nunca lo encontré. Como dije, la gente siempre huye de los que son como yo.

Al final del día me sentía triste, abandonada y humillada; hice tantas cosas que…

Al cabo comprendí que no necesitaba de la gente.

¿Resultado? Ahora soy la puta; todos dicen que intimaron conmigo, incluso los que nunca follé.

Da lo mismo, jóvenes o viejos. Todos me jodieron igual.

Porque cuando yo los desprecié, esparcieron el rumor. ¡Qué pendejos son!

Sin fecha.

Este lugar es horrible. No hay nada tétrico en el paisaje.

Una puerta con una pequeña ventanilla que rechina cada vez que la abren.

Nada más que ver, salvo por los mosaicos blancos que ya conté tres veces.

Lo espantoso son los gritos. Chillidos de terror que me erizan la piel cada vez que los escucho.

Me sumerjo en mis propios pensamientos y de pronto un alarido me saca del sopor que estaba disfrutando.

No entiendo por qué alguien grita de esa forma.

Me da por pensar que de vez en vez llevan a algún interno al matadero.

Se va quejando como gimen los puercos cuando a la fuerza los suben a un camión.

Imagino que estará el doctor psiquiatra atendiendo la carnicería, rodeado por varias cabezas colgadas en ganchos. No lo sé, esos gritos me dan pavor.

Sin fecha.

La saliva huye de mi boca cada vez que las palabras quieren fluir al exterior.

En mi cabeza suenan bien, pero afuera son imperceptibles.

Los labios se quedan pegados y no me es posible emitir sonido alguno.

Hace rato, por suerte, me senté a desayunar al lado de un interno que tiene verborrea.

Me sentí aliviada al no tener que conversar.

Esas cosas no son para mí. Mi boca no tiene esa utilidad.

Las palabras se arrastran cuando de alguna manera me veo obligada a responder.

Un pequeño chisguete se asoma tímidamente hacia afuera.

Se escurre entre mis labios sin posibilidad de escapar muy lejos.

Así, prefiero guardar silencio y escuchar un gran monólogo.

Un elocuente discurso unidireccional sin posibilidad de diálogo.

Sí, me sentaré a su lado cada vez que me sea posible.

El que nunca calla. Una chica que, a trote y rebuzno, jamás se achata las nalgas en la silla.

Se queda de pie. Estatua de sal que, con cualquier mirada, despierta de su ensueño.

Alarido al cielo; sube a su caballo. Hechicera ritual atemoriza y paraliza los sentidos.

¡Qué espectáculo! ¡Qué danza macabra tan hermosa!

, y otro más, dispensador inagotable de saliva.

Ojos que ven y no miran. El abismo en ellos se descubre misterioso.

Perdido en el limbo. Inmutable me contempla.

Los apestados del grupo. Vomitados a la fuerza conviven con nadie.

Ellos y su mundo de ensueño han sido doblemente rechazados.

Primero los cuerdos y después los locos.

Haré de ellos un grupo. Mi grupo de aliados en este manicomio.

Sin fecha.

Dolorida me levanto. El piso se ha posado nuevamente debajo de mis pies.

Mi nube artificial desgajada me ha escupido hacia el abismo de mi propia estupidez.

Terminé por entender que no soy mejor que nadie.

Déspota y tirana, quise imponer mi absolutismo.

Dictadora de una república de locos, ambicioné convertirme en lo que odié.

Transformada en los otros, me he burlado de los propios.

¡Estúpida de mí! No sentí lástima por ellos.

Sentía lástima por mí. Observé mi reflejo y sentí autocompasión.

Me coloqué en un pedestal que yo misma construí.

Ellos me hicieron entender toda mi miseria.

Sin decir nada. Sin siquiera mirarme, me hicieron saber que no me necesitan.

Que soy yo la que está sola. Que me abandonaron en este lugar y no voy a salir jamás.

Sin fecha.

No puedo evitar sentirme atormentada. Me debato entre la soledad y la amargura.

No hay nadie aquí que escuche mis lamentos.

Soy completamente vulnerable. Mi condición de trastornada me ha dejado servida como plato principal para saciar el hambre de cualquier lobo feroz.

Me han colocado una caperuza roja en medio de este bosque desolado.

Ya salió el primero y me ha dado un buen mordisco.

Me tiene amenazada y no hay aquí leñador alguno que me salve de sus fauces.

Soy la loca que alucina. La del redondo y apetecible trasero.

Aquí me han convertido en la puta del diablo.

Sin fecha.

Nuevamente sola en un rincón. La piel se eriza sin motivo.

Estoy cansada de sentir de esta manera. A nadie le importa mi atormentado corazón.

Ni siquiera sé si tú eres real. Hace tiempo que te veo.

Hermosa melodía que no conozco. Ojos tristes que me ven atormentados.

Suplicantes, me miran como miran los amantes que han perdido el corazón.

Vacía, rota y perdida como yo. Tú eres el motivo principal por el que estoy aquí; al escribir estas palabras, siento tu mirada penetrante. ¿Qué es lo que deseas de mí?

Sin fecha.