Insania Mea Capítulo 15
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Capítulo 15

Segundo archivo.

DIARIO DE RENATA

Sin fecha.

Observo la pantalla del televisor como siempre he mirado las cosas mundanas.

Con total indiferencia. No me place mirar lo que ella muestra.

Lo que me da satisfacción es la compañía.

No por el hecho de estar acompañada, sino por la simple razón de saberme parte de algo.

Ahí sentada soy fragmento de una historia que, contada alguna vez, me hará vivir de nuevo.

Jamás he querido la inmortalidad. No, no es eso lo que busco.

Sé muy bien que únicamente soy un punto insignificante en el espacio infinito.

Una fracción de ese majestuoso lienzo, en el cual, aunque imperceptibles, todos tenemos un sitio.

Somos un cúmulo de partículas en el vasto universo.

No obstante, nos sentimos gigantes. Los amos del universo.

Materia inerte que por extraña razón deambula por el mundo.

Piensa y siente y, sin embargo, perece. Solo permanezco yo misma en la memoria de otros.

Cuando aquello que nos dio forma conforme otra cosa que no soy yo, nada quedará de mí salvo el recuerdo que, grabado a pinceladas, con desgano o no, se haya impregnado en aquellos que me han acompañado.

Entonces, por un instante, viviré varias veces.

Mi pensamiento es veloz en escapar a apartados espacios que apenas si conozco.

Distantes parajes en donde solo habito yo.

Estoy sentada en un mullido sillón con la cabeza recostada en el hombro de mi madre.

El olor a fresas de su crema corporal me proporciona una especie de alivio.

Como si ese olor fuera el olor de mi madre y no un perfume contenido en una crema que, embadurnada por su cuerpo, se propaga en el ambiente.

Qué bien huele mi madre. En la televisión, una persona vomita sinsentidos en espera de que alguien al otro lado se los trague sin siquiera masticarlos.

Hace rato que no escucho lo que dice. Al menos no pongo atención a aquella voz de sonsonete trabajado y tono perfecto que idiotiza los sentidos.

En cuanto puedo, evito hablar de muerte a no ser que alguien más toque ese tema.

Aun así, lo hago muy a mi pesar. Ha sido el locutor o ha sido mi madre; no puedo estar segura.

El ensueño terminó. Mi mente regresó de no sé dónde, después de pensar no sé qué cosas.

La muerte de una chica me ha dejado trastornada.

La han matado. Su cuerpo ultrajado abandonado en medio de la nada.

¿Quién podría ser capaz de tales actos? La vida es perenne en este mundo; sin embargo, nosotros somos tan efímeros que apenas nos alcanza el tiempo para llegar a conocernos a nosotros mismos.

¿Por qué, entonces, alguien es capaz de arrancar del mundo una existencia que ya es corta de por sí?

Sin fecha.

No sé cómo explicar lo que me pasa. He escuchado una noticia y me ha puesto mal.

Más aún porque he visto el retrato de la moza asesinada.

No la imagen morbosa de su muerte, sino la que habían publicado sus familiares cuando la estaban buscando.

Esa joven soy yo misma. No sé cómo ni por qué, pero soy yo la que murió ese día.

El alma que pensé no poseer se ha desgarrado; me falta un pedazo de mí misma.

Sin fecha.

Observo detenidamente el rostro desencajado de mi madre.

Sus manos están crispadas por el terror que, imagino, siente ahora.

Quizá evoca recuerdos de mi infancia o qué sé yo qué imágenes se muestran en su mente distante.

Me ha amado siempre a su manera. Bien o mal, siempre me he sentido querida.

No he querido causar en ella tales siniestras impresiones.

¿Cómo se dice lo que no debe decirse si no es como se dice cualquier cosa?

Le he dicho que ayer me asesinaron después de ser brutalmente ultrajada.

Que esa chica en las noticias era yo. Aunque esa yo tenía una madre que no es la misma con la que ahora hablo y que ahora sufre como no hace ella porque he sido yo y no su hija la que ha muerto.

Esa madre sufre un indecible suplicio. Aunque seguramente no despide un aroma a fresas como lo despide la que en este momento me mira de frente con sus hermosos ojos almendrados y que sin pensar demasiado me dice con profunda tristeza que mañana mismo me llevará con la hija del señor Álvarez.

Odio a esa pequeña criatura prepotente de finas facciones y trasero respingado.

Con sus dos coletas y grandes anteojos que le dan cierto aire de colegiala intelectual.

Me tiene sin cuidado que se haya graduado con honores de la Facultad de Psicología y que a estas alturas esté estudiando su posgrado en no sé qué especialidad.

En lo que a mí respecta, es una perra. Esa pedante tendrá un pretexto más para poder atormentarme.

Me mirará como siempre hace. Como cuando alguien ve pasar un insecto rastrero y no puede evitar sentir asco, además de un profundo desprecio.

Ella, la insoportable hija del señor Álvarez, tendrá la oportunidad de colocar mi indefensa persona bajo el microscopio, sin ocasión de protestar porque el olor a fresas estará en el mismo consultorio, sofocando cualquier intento de evasión por parte mía.

Sin fecha.

Me van a recluir en un asqueroso hospital psiquiátrico.

En vano quise ocultar mis emociones. Esa maldita estúpida me colocó en la frente una etiqueta indeleble que yo no miro en el espejo, pero los demás sí que pueden verla.

Sin éxito me he lavado la culpa de la cara.

Por la calle ya me llaman loca y ni siquiera he pisado el hospital. Etiquetas por doquier.

Me causa bastante irritación que la gente me mire con su falsa carita compasiva después de haber murmurado a mis espaldas.

Prefiero mil veces que me regresen el título de puta y me quiten el de loca.

Estaba orgullosa de ser puta. Siendo puta, yo era libre.

Como son libres aquellas otras que se han sacado los prejuicios.

Que no tienen vergüenza de ser ellas y mucho menos tienen miedo de vivir su vida con la total plenitud que se merecen. Sí, mil veces puta.

El estar loca no es algo que me cause aberración.

Siempre he admirado la locura. Sobre todo, la de aquellos que son capaces de plasmar y transformar en arte esos pensamientos de escasa cordura.

Lo que me pesa es esa mirada de misericordia.

Ahora soy la pobre muchacha que ha perdido la razón.

El lastre de esa mujer que tanto ha luchado.

La que siempre ha sido un dolor de cabeza para esa desdichada que no fue capaz de mantener a su lado al hombre que la embarazó.

Ese castigo de Dios. Ese producto de deseos desenfrenados que el demonio acabó por trastornar.

Hipócritas de mierda. Fanáticos descerebrados con nada más que hacer que estar fregando al prójimo.

A ese prójimo al que dicen amar porque así lo pide Dios.

Su lástima no es necesaria y mucho menos es amor.

Simplemente, es su soberbia al habla. Se creen mejores que nosotros y no les causa pesar reconocerlo de esa forma.

Para ellos, nosotros somos los hijos del mundo a los que aborrece Dios porque somos resultado del pecado.

Por eso nos castiga. A ellos los ve con buenos ojos porque son mansos y humildes de corazón.

Si acaso les va mal, no es porque son malos, sino porque son los más amados; pero a nosotros, a nosotros nos va mal porque somos los bastardos del diablo.

Lo peor de todo es que siempre han sido otras mujeres las que me han impuesto esa condena. Los hombres, si acaso piensan, no suelen mirar de esa manera. No sienten lástima por mí. Ellos solo me ven el culo y, si acaso me descuido, no solo me lo miran, sino que me lo tocan. ¡Malditos hijos de puta!

Sin fecha.

Hoy es el primer día de mi confinamiento.

Después de todo, no soy una loca de atar, así que permaneceré recluida en observación solo lo suficiente como para que mi madre gaste una pequeña fortuna.

Esos malditos no dan un paso en falso. El señor Álvarez es dueño de este apestoso hospital.

Se ha hecho millonario gracias a la credulidad de las sufridas familias que sueltan sin dudar un buen fajo de billetes con tal de que sus hijos recuperen la cordura.

Sin importar si nos ven sanos, nos dan por locos y nos refunden aquí con la esperanza de recuperar nuestras almas perturbadas.

Sin fecha.

Aquí, en la soledad de un cuarto sin ventana, regresa el recuerdo de mi muerte.

Desconozco los detalles. Pero sé bien que fui yo quien falleció.

Si por eso me han dictaminado loca, me tiene sin cuidado.

No he regresado de la muerte ni me siento un ente fantasmal.

La que murió era otro yo de los tantos que supongo que debe haber.

Lo importante es saber por qué hasta ese día no me había percatado de que existían.

¿Cuántas vidas he vivido, vivo o quizá también he de vivir?

¿Tenemos mente colectiva? ¿Quién será la original?

Lo he pensado demasiado. Alguna vez, cuando era niña, escuchaba voces cuando al parecer a mi lado no había nadie.

Pensé en aquel momento que sería la voz de la vecina.

Pero la voz se oía cercana. Íntima. Como si me hablara a mí, aunque no entendía lo que decía.

Era un sonido áspero. Gutural al principio.

Poco después se fue aclarando. Al final pude entender que decía mi nombre.

Entonces me di cuenta de que no era la vecina.

Era otra cosa. Un fantasma. Mi amiga imaginaria, como le solía decir mi madre.

Charlé con ella mucho tiempo. Fue mi compañera en los días difíciles.

Cuando mi madre salía a trabajar y yo me quedaba encerrada en la casa bajo llave, ella siempre se hacía presente.

La escuchaba, aunque jamás la vi. Quizá si la hubiera visto, hubiese sabido que ella era uno de mis otros yo.