Capítulo 14
Cuarenta minutos después.
Albina sacó el teléfono y realizó una llamada.
—Diga —respondió don Rober al otro lado de la línea.
—Hola, don Rober. Estamos afuera de su despacho. Llegamos temprano. Encontramos algo. Selene faltó al trabajo, así que tenemos tiempo. ¿Se encuentra lejos?
—No. Voy en camino. Llevé el SSD con uno de mis contactos para ver si podían romper la seguridad. En términos prácticos, es imposible. Tardarían años en vulnerarla. Lo llevo de regreso. Llego en unos quince minutos.
—Vale, aquí lo esperamos. Mientras tanto, voy a pedir algo para desayunar. Con el ajetreo, ni siquiera hemos comido.
Minutos después, don Rober llegó. Las hizo pasar al despacho y cerró la puerta tras de sí.
—Bien. ¿Qué encontraron?
Albina le extendió la libreta. Él la tomó sin decir palabra y comenzó a hojearla con cuidado.
El teléfono de su escritorio sonó y encendió una luz roja en uno de los múltiples botones que tenía.
Don Rober oprimió el botón.
—Diga.
—Hola. ¿Pidieron comida? Hay un repartidor que trae comida para la señorita Albina. Quiere subir a su despacho. ¿Bajan ustedes o le digo que suba?
—Yo bajo —dijo Albina.
—Gracias. Aquí la espera.
Colgó.
—¿Dónde la encontraron?
Selene respondió:
—Debajo de la cama. En mi caja de recuerdos… No estaba ahí hace unos días. Estoy segura.
Don Rober alzó la vista apenas un segundo y frunció el ceño, pero no comentó nada.
—¿Tiene alguna idea de quién la pondría ahí? ¿Alguien tiene acceso a su casa? ¿Alguien que la ayude con el aseo? ¿Mandó reparar o instalar algo?
—No, nadie salvo yo.
—Quiero suponer que Sócrates se llevó las llaves de su casa consigo, lo cual es un riesgo. Quien está haciendo esto tiene acceso libre a su casa. Tiene que cambiar la chapa. Coloque una cerradura de seguridad si le es posible.
Selene sintió un escalofrío.
Después de unos segundos asintió.
La puerta se deslizó y Albina entró acompañada del aroma del café y el pan recién horneado.
—Pedí bocadillos —dijo Albina, mientras dejaba la charola con los vasos y una bolsa de papel sobre el escritorio—. Son de jamón con queso brie.
Tomaron algunos bocadillos y siguieron conversando mientras comían.
—Revisaré la libreta con calma y después les digo qué encuentro. En cuanto a los dispositivos… sin la frase de acceso es imposible ingresar al sistema.
—También encontramos esto —añadió Albina, sacando una hoja doblada del bolsillo—. Los dispositivos estaban envueltos en este papel.
Selene la miró con sorpresa.
Don Rober dejó la libreta sobre el escritorio y tomó la hoja. La examinó primero a contraluz y luego al tacto, como si buscara relieve.
—Veamos…
Abrió un cajón y sacó una pequeña lámpara UV. Apagó la luz principal del despacho y dirigió el haz violeta sobre el papel.
Al principio no ocurrió nada. Luego, lentamente, comenzaron a aparecer trazos difusos… hasta que las palabras se definieron con claridad:
Pregunten a Giovanni.
Él tiene la respuesta.
Selene ahogó un sollozo.
Albina le tocó el hombro.
—¿Estás bien?
Selene asintió, secándose los ojos con la manga.
—Es tan… tan típico de él.
—¿Quién es Giovanni? —preguntó don Rober, aún observando el mensaje—. ¿Conocen a algún Giovanni?
Albina no pudo evitar una sonrisa tensa.
—Sí. Sabemos quién es.
Don Rober asintió lentamente.
—Entonces vayan por esa respuesta. Yo me quedaré con la libreta. Quiero revisarla con detenimiento.
Selene dejó los dispositivos sobre el escritorio.
—Se los encargo. No los quiero perder.
Sin perder tiempo, salió del despacho detrás de Albina.
Después de tanto tiempo, Selene por fin vio una luz al final de ese oscuro túnel en el que se encontraba. Miraba por la ventanilla mientras una ligera sonrisa se dibujaba en su rostro.
—¿Recuerdas cuando te presenté a Sócrates? —preguntó, volviéndose hacia su amiga.
Albina sonrió de inmediato.
—Sí. Me hizo mucha gracia, la verdad.
Selene dejó escapar una risa leve.
Recordó aquella tarde bajo la sombra de don Giovanni. Sócrates estaba de pie junto al tronco, como si no supiera muy bien qué hacer con las manos. Había insistido en mostrarle «algo importante» antes de que llegara Albina.
—Las plantas son inteligentes —le decía a Selene, serio, casi solemne—.
Pueden ver y escuchar… no como nosotros, claro, pero perciben el entorno.
Hay orquídeas que imitan el olor y la forma de ciertos insectos para atraerlos.
¿Te das cuenta de lo que eso implica? ¿Cómo podrían copiar algo que no perciben? No sé cómo lo hacen… pero lo hacen.
Selene sonreía. Le gustaba cuando hablaba así, convencido.
Fue en ese momento cuando Albina apareció.
—¡Ay, amiga! —dijo sin preámbulo, evaluándolo de arriba abajo—. Está bastante guapo, lo reconozco.
Sócrates apenas alcanzó a saludar con un movimiento de cabeza.
—Se llama Sócrates —dijo Selene, divertida.
—No mames, ¿en serio? —Albina dio un paso al frente—. A ver, filósofo… dime algo profundo.
Él carraspeó, incómodo, pero intentó sostener la compostura.
—Estábamos hablando de las plantas —respondió con seriedad—. De cómo perciben el mundo.
Albina lo miró fijo. Demasiado fijo.
Luego sonrió y le plantó un beso entre la mejilla y los labios.
El beso fue repentino.
Sin aviso.
Sin permiso.
Sócrates quedó inmóvil. Su rostro se encendió de inmediato.
Selene rió, sorprendida más que molesta.
—Así es ella —le dijo después, cuando Albina se apartó con una carcajada—. No sabe entrar a ningún lugar en silencio.
Él tardó un momento en reaccionar.
—¿Eso qué fue? —murmuró, todavía desconcertado.
Ahora, en el auto, el recuerdo parecía lejano.
Iban de camino a visitar ese árbol.
El mismo árbol donde él había dicho, casi en secreto:
—Crees que no te ven, piensas que no te escuchan, pero lo hacen.
Selene apartó la mirada de la carretera.
Ojalá que encontremos algo, pensó.
Bajaron del auto y caminaron hasta la puerta de la universidad. El vigilante reconoció a Albina al instante.
—¿Qué las trae por acá? —preguntó con familiaridad.
—Venimos a investigar algo en la biblioteca —respondió Albina—. ¿Podemos pasar? Olvidamos la credencial.
—Sin problema, pero si alguien pregunta, dejaron aquí la credencial, ¿vale?
—Vale, Luis. Muchas gracias. Luego te invito un café.
Luis sonrió y las dejó pasar.
Pasaron por el detector y, antes de llegar a los torniquetes, sonó una alarma.
Albina se sonrojó.
—Discúlpame, Luis, olvidé dejar algo en el auto.
Entonces Albina corrió hasta el auto y escondió a Victoria en la guantera. Al cabo de unos segundos ingresaron a la escuela.
El manso murmullo de voces lejanas se transformó en un crescendo de voces estridentes y carcajadas absorbidas por el verde pasto del jardín que exhalaba su aliento con frenesí.
En un costado descansaba un olmo, atento a las miradas y a la espera de que alguien le hablara. Al estar frente a aquel árbol —frente al amigo de su amado—, Selene sintió un impulso irracional de abrazarlo.
Cuántas cosas le diría si supiera escucharlo como Sócrates decía que podía hacerlo.
Tal vez el árbol le contaría qué pasaba por la mente de su esposo.
Quizá le revelaría si alguna vez dudó, si alguna vez tuvo miedo.
Pero ella no tenía ese don. Ahí estaba el olmo, inmóvil ante ellas, cargado de historias.
Quizá se alegraba de verlas o quizá le daba lo mismo su presencia.
Sócrates decía que no.
Decía que, cuando él llegaba, el viento soplaba distinto.
Que don Giovanni movía sus ramas para saludarlo, como si pudiera convocar al aire mismo.
Decía que no era el universo el que nos ignoraba, sino nosotros a él.
Que todo estaba en comunión, salvo nosotros: arrogantes, torpes, capaces de destruir en segundos lo que tarda años en crecer.
En ese momento el viento sopló. Una ráfaga suave acarició las mejillas de Selene.
Las ramas se agitaron.
Don Giovanni la saludó.
Selene sonrió apenas.
No notó que Albina ya estaba arrodillada, revisando el pasto, apartando hojas, inspeccionando el tronco con desesperación contenida.
No encontró nada.
Selene respiró hondo y miró a su amiga, inclinada junto al olmo majestuoso, tanteando la tierra con las manos.
Nada.
Albina se incorporó.
—No veo nada, amiga —dijo, frustrada—. Debería estar al alcance. No creo que haya trepado al árbol.
Selene la observó en silencio.
—Estoy tratando de recordar si alguna vez me dijo algo… algo específico —murmuró.
—Aquí pasaron muchas cosas —respondió Albina—. Era su lugar favorito. Siempre lo encontrábamos aquí. Pero no se me ocurre nada.
Selene levantó la vista hacia las ramas.
—Ven. Vamos a sentarnos junto a él… como lo hacía Sócrates.
Se acomodó en el pasto y recargó la espalda en el tronco. Albina la imitó.
—Si prestas suficiente atención… puedes escucharlo. Como un susurro —dijo Selene, más para sí que para su amiga.
Cerró los ojos.
Albina abrió los suyos.
—A ver —dijo de pronto—. Vamos a recrearlo. Sócrates se sentaba justo ahí, donde tú estás. Tú te ponías aquí…
Selene se recorrió unos centímetros.
—Y cuando yo llegaba —continuó Albina—, me recostaba acá, con la cabeza en tus piernas. ¿Te acuerdas?
Se acomodó en esa posición, mirando hacia arriba, hacia el entramado de ramas.
Selene no respondió. Permaneció inmóvil, conteniendo el llanto.
Entonces algo destelló.
Un brillo leve, apenas un segundo, entre las hojas.
Albina entrecerró los ojos.
Nada.
Se incorporó lentamente. Las ramas del olmo caían casi hasta el suelo. Alzó la mirada.
Ahí estaba.
Un listón rojo, anudado con cuidado en una rama baja. Como un pequeño vendaje sobre la corteza.
Albina extendió la mano y lo desató.
Un tubo de ensayo cayó entre las hojas secas.
—Lo encontré —exclamó.
Selene se sobresaltó, aunque ya la observaba desde que se había levantado.
Se puso de pie con prisa.
Entre las dos abrieron el tubo y extrajeron el trozo de papel.
El papel también estaba en blanco.
Las dos se miraron por un segundo y corrieron a toda velocidad para llegar al auto.
Después de cincuenta metros, Selene miró a su lado y Albina ya no estaba.
Se detuvo en seco y miró hacia atrás. Albina venía varios metros atrás jadeando y con una mano en el costado.
Selene regresó por ella y la tomó del brazo. Entonces caminaron juntas.
—Perdón, amiga. Me ganó la emoción.
—Sí… No te preocupes —dijo Albina al tiempo que daba grandes bocanadas.
Llegaron al auto y se dirigieron al despacho de don Rober.
Selene le entregó el papel a don Rober, quien, una vez más, apuntó la lámpara UV hacia la hoja.
El mensaje apareció.
Siete palabras.
Simples en apariencia. Pesadas en significado.
Albina. Beso. Rubor. Amistad. Lealtad. Peligro. Miedo.
Selene se cruzó de brazos. Su gesto se endureció.
Albina guardó silencio. Miró a Selene apenas un segundo y luego bajó la vista.
El aire en el despacho se volvió espeso.
Don Rober las miró un segundo. Entonces conectó el SSD e introdujo la frase.
La pantalla se oscureció.
Un instante después, el sistema comenzó a cargar.
Sonrió apenas.
Navegó por las carpetas. Solo había una carpeta comprimida.
La abrió.
Tres documentos.
Asintió lentamente, cerró la ventana y levantó la vista.
—Bien. Aquí hay información —dijo con calma—. Pero antes de revisarla, necesito decirles algo importante.
Selene miró a Albina con el ceño fruncido.
—Supongo que escribió el código para mí porque…
—Así déjalo, Albina —interrumpió Selene—. Es obvio que no confiaba en mí.
Albina se mordió el labio y después suspiró.
Don Rober se rascó la cabeza y frunció los labios.
—Bien. Prosigo —dijo. Tomó la libreta, la abrió, pasó algunas páginas y la cerró con serenidad.
—Voy a resumirlo.
Hizo una pausa breve.
—El diario muestra dos cosas importantes.
Una es que quien se llevó a Sócrates invirtió mucho dinero en fracturar su pensamiento.
Y otra es que deberíamos buscar una cámara en el espejo de su casa.
Alguien la ha estado vigilando todo el tiempo.
Tenemos que investigar el espejo y comprobar si hay una cámara oculta.
Es la única explicación racional que se me ocurre por el momento. Veamos qué contienen esos archivos.
Selene miró a Albina con el llanto contenido.
Albina no dijo nada; solo le frotó la espalda con suavidad.
Don Rober volvió la mirada al monitor.
Abrió un archivo titulado «Expediente clínico». En él se mostraba la siguiente información:
EXPEDIENTE CLÍNICO
Una fotografía de Renata en bata de hospital.
Nombre: Renata N.
Proveedor: Hospital Psiquiátrico Horus del Valle.
Tipo de institución: Centro psiquiátrico.
Fecha de ingreso: Reciente.
Profesional responsable: Dra. Helena Álvarez.
Especialidad: psiquiatría y psicología clínica.
I. Motivo de ingreso: Clasificado.
—Esa chica es idéntica a ti —dijo Albina.
Selene no respondió.
—¿Será mi hermana? —murmuró.