Capítulo 12 #2
—Ja. Le decimos así porque le gusta la música bien locochona y se deja la barba del mentón bastante larga.
En fin. Le decía. Les dije a los chicos que Selene estaba en problemas.
Que necesitaba su ayuda y, bueno, me ayudaron esa vez.
El Chivo le pidió la camioneta a su padre y la Peque me ayudó con el disfraz.
Entonces nos quedamos de ver en el centro comercial.
Ellos iban a llegar en la camioneta y yo en mi auto.
Entonces el Chivo estacionó la camioneta en un lugar estratégico.
Yo, después de ver en dónde se habían quedado, me fui por Selene.
Poco después regresé al centro comercial; Selene y yo pasamos al baño, se disfrazó y salimos por otra puerta para venir hasta acá con la camioneta.
Don Rober la miraba de vez en vez, y no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—Bien. Todo eso está muy bien. Aunque cuando le sugerí que se cerciorara de que no la seguían, me refería a que subieran al auto y luego dieran vueltas sobre un mismo cuadrante para verificar que no viniera siempre el mismo auto detrás de ustedes.
Pero bueno. También funciona su forma —dijo don Rober.
—Cierto, se me olvidaba. Casi al salir del centro comercial, el Chivo se asustó o algo. Dijo que había visto a una mujer que era igualita a Selene. Yo no vi nada y con todo el ajetreo ya no nos pudo decir qué fue exactamente lo que vio —prosiguió Albina.
—Eso es extraño. Bueno, hemos llegado —dijo don Rober—. Descanse. Mañana tenemos trabajo que hacer.
Albina bajó del auto y se despidió de don Rober.
Dos tipos vestidos con traje sastre negro estaban parados, uno a cada lado de la enorme reja que servía de entrada a la lujosa casa.
Ella ingresó. Don Rober arrancó la camioneta y justo antes de llegar a la esquina, pudo ver por el retrovisor que dos Suburban negras con los vidrios polarizados llegaban a la casa.
Respiró aliviado.
—Sí la están protegiendo —pensó.
Esa noche Albina no podía dormir. Daba vueltas en la cama y no dejaba de pensar en todo lo que estaba sucediendo. Cada vez que cerraba los ojos aparecía el rostro de Isidro, con esa maldita sonrisa que parecía burlarse de todo.
A lo lejos se escuchó la sirena de una ambulancia. El sonido se deslizó por la madrugada y luego se extinguió en la distancia.
Albina abrazó la almohada con fuerza.
Pensó en Sócrates.
En si estaría vivo.
En si acaso ya era demasiado tarde.
Pensó en el disco duro. En el compartimiento oculto. En la meticulosidad con la que él alineaba el escritorio con las losetas del piso.
Y entonces recordó el papel.
La hoja blanca que envolvía los dispositivos.
Abrió los ojos.
¿Por qué papel?
Si solo hubiera querido protegerlos del polvo, habría usado un paño. O una funda. O una caja pequeña.
El papel no protegía nada.
Se incorporó en la cama.
No era protección.
Era un mensaje.
Miró el reloj en la mesita de noche. Faltaban pocos minutos para las cinco de la mañana.
Si se apresuraba, alcanzaría a Selene antes de que saliera a hacer ejercicio.
Se levantó de inmediato, se cambió sin encender la luz y bajó a la cochera. Subió al auto, encendió el motor y salió de la propiedad. Las alcantarillas exhalaban un vapor maloliente que danzaba sobre el piso frío de la mañana.
Necesitaba ese papel.
Albina estacionó el auto frente a la casa de Selene. Miró a ambos lados antes de bajar. Caminó hacia la puerta mientras sacaba el teléfono y la llamaba. Un olor a estiércol de caballo emanaba de las llantas de su auto. Revisó las suelas de sus zapatos mientras hablaba.
—¿Qué pasó, amiga? ¿Qué necesitas? —respondió Selene.
—Nada, tranquila. Estoy afuera de tu casa. No te quito mucho tiempo.
Minutos después, ya dentro, Albina habló casi sin respirar:
—¿Aún tienes el papel en el que estaban envueltos los dispositivos?
Selene la miró, confundida.
—Sí… debe estar en el cesto. No he querido entrar a su oficina desde aquel día. ¿Para qué lo quieres?
—Creo que Sócrates escribió algo ahí. No sé… es una corazonada.
Selene se quedó pensativa.
—Sí… tal vez. No le presté atención. —Frunció el ceño—. ¿Por qué un papel? —murmuró más para sí misma que para Albina—. Perdón, amiga. Estoy muy distraída últimamente.
—No te preocupes. ¿Vamos por él?
Selene asintió.
Se acercó a la oficina, tomó las llaves y abrió la puerta. El aire parecía detenido allí dentro. Albina fue directo al bote de basura. Revolvió entre varios papeles arrugados hasta que lo encontró.
—Aquí está.
Se lo extendió a Selene.
—Si dejó algo, deberías verlo tú primero.
Selene tomó la hoja y la llevó al escritorio de Sócrates. Encendió la lámpara y la examinó con detenimiento. Albina se inclinó a su lado.
Nada.
El papel estaba completamente en blanco.
Selene bajó la mirada, abatida.
—A ver… pensemos —insistió Albina—. Sé que estás agobiada, pero es importante. Si hay algo aquí, podríamos descubrir qué hay en el disco.
—Yo qué más quisiera —susurró Selene—. Pero está en blanco. La maldita hoja está en blanco.
—Sócrates no haría algo así porque sí —replicó Albina con firmeza—. Tú lo conoces mejor que nadie.
Selene apoyó las manos sobre el escritorio. Las lágrimas comenzaron a correr sin que pudiera detenerlas.
—Es inútil, amiga… No sé qué más hacer. Llamé a la policía, pedí ayuda a don Rober… y no hay nada. Ni una señal de que siga con vida.
Una lágrima cayó sobre la hoja.
Albina la siguió con la mirada.
La gota se extendió y el papel se humedeció de forma irregular, como si algo invisible interrumpiera la absorción.
Albina se irguió.
—La hoja tiene algo.
—¿Qué? ¿Qué viste? —preguntó Selene, secándose el rostro.
—No se mojó de manera uniforme. Mira… aquí hay trazos.
Las dos observaron con atención.
—¿Con qué escribiría? —preguntó Albina—. ¿Qué le gustaba usar?
Selene tardó apenas un segundo.
—Marcadores UV… ¿Recuerdas cuando me pidió matrimonio?
Albina sonrió.
—Claro. Te escribió en el brazo y luego te dio la lamparita para que descubrieras el mensaje. Muy Sócrates.
A pesar del llanto, Selene esbozó una sonrisa.
—La lámpara está en mi caja de recuerdos. Voy por ella.
—Te acompaño —dijo Albina, tomando la hoja del escritorio.
Subieron a la recámara. Selene se arrodilló junto a la cama y sacó una pequeña caja de madera. La abrió con manos temblorosas.
Entre fotografías, boletos antiguos y pequeñas cartas, encontró algo que no reconoció.
Una libreta.
Se quedó inmóvil.
Albina la miró.
—¿Qué pasa?
—Esto no es mío… Hace unos días no estaba aquí.
Sacó la libreta lentamente.
La abrió.
Bastó una página.
Reconoció la letra de inmediato.