Insania Mea Capítulo 12
40%

Capítulo 12

Dos días después, tras casi dos horas de camino, don Rober dio vuelta a la derecha para tomar un camino de terracería bordeado de árboles por ambos lados.

Una intensa algarabía de pájaros que parecían discutir no sé qué cosas hacía casi imperceptible el sonido del auto sobre la tierra y el quejido doloroso de los guijarros reventando en mil pedazos con el peso de las llantas.

El aire inmaculado lastimaba los pulmones como si quisiera apartar de sí toda la inmundicia del aire citadino.

Cada bocanada era una intromisión, una pureza que sus cuerpos no sabían cómo aceptar.

Albina lo miraba pensativa con la manga del suéter sobre la nariz. Avanzaron poco más de un kilómetro hasta llegar a lo que parecía ser una finca.

—Perdón, no estoy acostumbrada. Me arde respirar —hizo una pausa—. ¿Ese será el sitio? —preguntó Albina.

—Sí. Estuve investigando. El dueño es un tal Cipriano Álvarez.

Es doctor en psiquiatría. No es una persona vieja, pero está retirado del oficio.

Desconozco la razón. Según se dice, este lugar es habitado por una bruja egipcia de temperamento angelical.

Quiero pensar que esa persona será Helena Álvarez, la hija del doctor.

Dicen que ayuda a la gente a remediar sus males sin pedirles nada a cambio —explicó don Rober mientras estacionaba el auto fuera del camino, a una distancia prudente.

—El dueño del auto también es hijo de Cipriano. Su nombre es Isidro Álvarez.

—Todo eso suena bastante sospechoso, ¿no?

Don Rober asintió.

—¿Y ahora qué haremos o qué? —preguntó Albina como si se atropellaran las palabras.

—Por ahora, observar. Después ya veremos.

La finca parecía vacía, aunque desde la distancia en la que se encontraban era difícil determinar si había alguien al interior de la casa. Albina se divertía mirando por los binoculares mientras don Rober tomaba fotografías con el teleobjetivo acoplado a la cámara.

—¿Qué se les ofrece? —dijo una voz detrás del auto—. ¿Les puedo ayudar en algo?

Era un hombre de edad avanzada que venía acompañado de un burro cargado de leña.

—Sí, queremos saber sobre este lugar. Me han dicho que aquí pueden aliviar a mi hija. No puede dormir. Tiene delirios —dijo don Rober tranquilamente.

—No, que la van a aliviar, más bien al contrario.

El lugar está embrujado. Uno entra y sale con el diablo dentro, si es que sale.

Además, ni los van a atender. Figúrese que yo he traído a Clarisa.

Mi yegua. Y un tipo de esos bien dados y con cara de pocos amigos me sacó de ahí a fregadazos —explicó el señor mientras escupía en el piso—.

Mi yegua amaneció bien tiesa dos días después; seguro algo pescó en ese lugar.

—Sí, algo he escuchado. Pero usted comprenderá que estoy desesperado —añadió don Rober.

Albina permanecía mirando por la ventana al otro lado del camino.

—Le digo que este sitio está maldito. Los señores de esa finca son dueños de las minas de plata y de cuarenta hectáreas de bosque.

De la finca pa’llá todo es de ellos —dijo el viejo mientras señalaba a lo lejos con la mano—.

Tienen tanto dinero que no saben ni qué hacer.

Por eso se ponen a molestar a los difuntos y a pactar con el demonio.

El viejo se santiguó deprisa y prosiguió.

—Desde aquel cerro se puede devisar todo el desgarriate que hacen estos.

En algunas veces llegan los del pueblo de allá abajo todos encapuchados y todos tapados con unas enaguas negras que ni se les miran las manos.

Es un pueblo pequeño; no vaya uste a crer que es de a tiro grandote.

Pero varios trabajadores de las minas me han dicho que ellos mesmos han visto a la bruja, toda encapuchada y con los ojos todos tiznados.

Negrus, negrus hasta las orejas. El otro día allá en ca de Pascasia, la de la tienda.

Llegó uno de esos tipos por una de sus chiquillas.

Se la llevaron y ya después regresó con sus aires de grandeza.

¿Va uste a crer? Quesque ahora se llama Shani y no María.

Ya la convirtieron a esa religión del demonio.

Pero esto ya viene de antes, eh. Según me contó mi difunto abuelo, todos ellos van ahí a tomar agua del río, quesque porque de ahí toma agua el sabino y pues quesque es bendita.

Le digo que adoran al diablo. Hace poco vino una ambulancia y varios del pueblo venimos de mirones.

No más de lejos. No vaya uste a crer que nos ibanos a arrimar.

Pero clarito pude devisar que sacaron a alguien cubierto con una sábana.

Dios nos libre. —El viejo se santiguó nuevamente—.

Yo digo que estaba difunto, pero vaya uste a saber.

Mejor váyanse de aquí —concluyó el viejo.

Se despidió con un gesto y siguió su camino.

Albina suspiró.

—Por poco —dijo.

—No se preocupe. Estoy acostumbrado. Si me hubiera dado cuenta de que miraba la cámara de vez en cuando, le habría dicho otra cosa. Sin embargo, su comportamiento no reveló que tuviera dudas al respecto.

—¿Y si es uno de ellos y está entrenado? —dijo Albina, preocupada.

—¿Uno de ellos? No, no creo. Se ve que les tiene miedo. Además, nos dio varios datos. Esa ambulancia…

Albina se quedó pasmada. No lo había procesado hasta que don Rober lo mencionó. Sintió que un escalofrío recorría todo su cuerpo.

—¿Cree que…?

—No sé. No saquemos conclusiones. Sí me da mala espina. Pero por ahora solo tenemos el dicho de un desconocido. Tengo que investigar al respecto.

—A mí me da miedo. La verdad. Me refiero a que es como si todo fuera parte de algún experimento retorcido. ¿Y si nosotros estamos justo donde nos quieren tener? ¿Y si caímos en una trampa? Es raro que nos dejaran ver la placa del auto, ¿no?

Don Rober asintió pensativo.

La noche los atrapó en medio de sus reflexiones.

La oscuridad era total. Desde ahí únicamente se alcanzaba a ver que en la finca encendieron varias luces.

Los pájaros ya no decían nada y el viento silbaba una melodía que los árboles danzaban gustosos.

Por lo demás, no se veía absolutamente nada.

Entonces los faros de un auto iluminaron el camino.

Don Rober guardó la cámara debajo del asiento.

Hizo una seña para que Albina hiciera lo mismo con los binoculares.

Entonces encendió la luz de la cabina y sacó un mapa del bolsillo interior de su saco de pana.

Hizo como que lo estaba revisando. Justo en ese momento, un búho habló a lo lejos, como si quisiera avisarles sobre un mal presagio.

El auto se detuvo a un lado de ellos sin salir del camino.

Al volante estaba Isidro. Albina lo miró directo a los ojos desde el asiento del copiloto.

Isidro le sonrió con malicia y siguió su camino hasta la finca.

—¡No mames! —susurró Albina—. Ese cabrón… le valió madre. ¿Ese era el carro?

Don Rober asintió levemente.

—Mismo auto. Mismas placas.

Puso el auto en marcha y se retiraron de ahí.

Don Rober manejaba pensativo de regreso a la ciudad. De pronto susurró:

—Bueno. Ahora ya saben que sabemos.

Levantó ligeramente los hombros sin soltar el volante.

—O siempre lo supieron —dijo Albina.

—Sí. O siempre lo supieron —dijo don Rober al tiempo que esbozaba una sonrisa nerviosa.

—A ver. Ese tipo conecta todo, ¿no? Es la pista que faltaba —mencionó Albina entusiasmada—. O sea. Bien pensadas las cosas, ese tipo fue el que secuestró a Sócrates…

—Puede ser —interrumpió don Rober—. No lo podemos asegurar, aunque es probable.

Lo cierto es que no buscan dinero. Si hubieran querido dinero, la secuestrada habrías sido tú para extorsionar a tu padre.

Pero fueron por Sócrates. Eso me dice que su objetivo es otro.

Deberíamos seguir a Selene. Quizá ese tipo se haga presente en algún momento.

Por otro lado, queda la pregunta de por qué Sócrates sospechaba de Selene y ese auto estaba involucrado en la sospecha.

—Vale, no creo que Selene sea capaz de hacer algo como eso. Y no me agrada la idea de vigilar a mi amiga, pero si no queda de otra.

—No. No me refiero a que usted tenga que hacer algo al respecto. Me arrepiento de haberla involucrado. Y aunque no buscaran dinero, usted es un objetivo valioso por otras razones. Me tranquiliza un poco saber que su padre probablemente la está protegiendo.

—Mi padre siempre anda ocupado en sus negocios.

Atendiendo sus empresas y todo eso de la bolsa de valores.

Si tengo suerte, lo veo una vez a la semana.

No me malentienda, don Rober. Sé que mi padre me ama.

Y sí. No sería de sorprender que descubramos que algunos de sus escoltas me estén protegiendo de lejos.

Además, yo sé cuidarme sola. Nunca salgo de casa sin Victoria —dijo al tiempo que se levantaba el suéter para mostrarle a don Rober su Lady Smith, que traía sujeta a su pequeña cintura.

—Por eso los uso holgados, para que no se note —añadió, al tiempo que sacudía un poco las mangas de su suéter—. Por lo demás, yo me involucré sola en esto. Selene es mi amiga. Así que, bien vistas las cosas, fui yo quien lo involucró a usted.

Don Rober esbozó una sonrisa.

—¿Le platiqué sobre la primera vez que traje a Selene?

—No, no sé mucho al respecto. Solo me percaté de que venían disfrazadas.

—Bueno. Le cuento —dijo Albina mientras se acomodaba en el asiento para poder ir mirando a don Rober—.

Esa vez les dije a unos amigos míos y de Selene que nos ayudaran.

Los conocemos desde el colegio. La Peque es bien chispa.

Se le ocurre cada cosa, qué bueno. Y aparte habla como niña mimada. Por eso le decimos así. Y el Chivo…

—Ja, ja, ja. El Chivo —repitió don Rober, riendo por lo bajo. Albina sonrió y explicó: