Insania Mea Capítulo 11
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Capítulo 11

Tres días después de contratar a don Rober, Albina regresó a su oficina.

La percibió más oscura. Un velo gris se había apoderado de todo.

Albina se frotó los brazos pese a que traía puesta una chamarra.

Afuera, caía una ligera llovizna y por el vidrio de la ventana se podía ver con claridad cómo las gotas se adherían y luego correteaban libres hacia abajo.

Selene no la acompañó. Esa cortina brumosa la había puesto nostálgica.

Se quedó sentada con los pies sobre el sofá, envuelta con una frazada.

Sostenía con ambas manos un vaso de cartón con café caliente que Albina le había llevado cuando pasó por ella para ir con don Rober.

Albina no insistió en que la acompañara. La vio demasiado frágil.

Al entrar a la oficina, don Rober la recibió con un gesto serio.

—Conseguí los videos de las cámaras de vigilancia del quince de abril, el día de la desaparición.

Albina se inclinó hacia delante.

—¿Y?

—Sócrates salió de su casa a las ocho con veintiocho de la mañana. No había nadie afuera. Caminó solo por la acera.

—¿Solo? Entonces…

—Lo interceptaron en la calle. Por eso no hay señales en la casa.

Pausó el video.

—Pero hay algo que me intriga. ¿Cree que su amiga mienta?

Albina se sobresaltó.

—¿Por qué lo dice?

—Bueno, hay algo que no me cuadra. Selene salió a las cinco treinta para hacer ejercicio.

Lo verifiqué en el video. A las seis con treinta regresó a la casa y salió nuevamente a las siete con treinta y dos minutos.

También lo verifiqué. Pero ella dijo que la cafetera estaba limpia cuando regresó en la tarde.

Entonces, algo pasó entre ellos esa mañana.

Selene mencionó la cafetera como algo importante.

—Sí, ellos siempre toman café. De hecho, Sócrates le dejaba el café listo para cuando ella regresaba de correr y cuando regresaba del trabajo. Selene me dijo que le parecía lindo que él hiciera eso.

—Entonces, ¿por qué la cafetera estaba limpia?

—Quizá Sócrates la lavó antes de salir. Era muy quisquilloso con eso; decía que si le dejaba el filtro sucio, luego el café le sabía extraño.

—Puede ser; sin embargo, Selene omitió ese detalle. Dijo que salió a correr y que esa fue la última vez que lo vio, pero debió verlo cuando regresó y antes de salir a trabajar.

Albina no dijo nada.

—Hay algo más —dijo don Rober al tiempo que abría otra ventana con múltiples clips de video, uno tras otro.

—Un auto negro se estacionó frente a la casa esa mañana —continuó.

Albina sintió un escalofrío.

—Creo que lo estaban vigilando, aunque no lo puedo asegurar.

Albina tragó saliva.

—¿Pudo ver la placa?

—Parcial. Estoy rastreándola, pero me va a tomar tiempo.

Hizo una pausa.

—Señorita Albina, si esto fue un secuestro, no fue un acto impulsivo. Fue planeado. Y si vigilaban a Sócrates…

—También podrían estar vigilando a Selene.

Don Rober asintió.

—Dígale que tenga cuidado. Que varíe sus rutas. Que no salga sola.

Albina se levantó.

—Gracias, don Rober. La mantendré informada.

Salió de la oficina con el corazón acelerado.

Tenía que hablar con Selene. Ahora.

***

El cielo seguía sumido en su gris melancolía, aunque había dejado de llorar. Ese lagrimeo ligero había despertado en la tierra el eco palpitante del petricor que, mezclado con el exhalar de los maizales y la hierba mojada, se llevó consigo el aliento malogrado de la habitación.

Selene seguía en el sofá, como en trance. Había arrojado los zapatos y murmuraba algo. De haber creído en Dios, habría parecido que rezaba.

El teléfono vibró. Miró la pantalla y contestó:

—¿Qué pasó, chaparrita?

—Hola, amiga. Me urge hablar contigo. ¿Tienes tiempo?

—Sí… Sí. ¿Qué pasa?

—Nada, no te espantes. Es solo que acabo de hablar con don Rober.

—Entiendo —respondió Selene—. ¿En dónde nos vemos?

—No, no. ¿Puedo ir a tu casa?

—Sí, está bien. Entonces aquí te espero.

Selene colgó el teléfono y nuevamente se extravió en sus pensamientos.

El timbre sonó.

—Soy yo, amiga —dijo Albina del otro lado de la puerta.

Selene abrió y la dejó pasar.

—¿Bien cargado y sin azúcar? —preguntó Selene.

—¿Cómo entonces, si no? —respondió Albina con una ligera sonrisa mientras se sentaba en el sillón.

Selene fue a la cocina. Albina miró el altar que Selene había colocado después de que Sócrates desapareciera.

Se levantó y se dirigió hasta ese lugar.

La foto de Sócrates estaba limpia y reluciente.

No obstante, el mantel tenía ceniza acumulada, las flores estaban marchitas y la manzana había envejecido.

Al cabo de un momento, Selene regresó con dos tazas humeantes.

—Perdón, no he tenido ganas de limpiar —se disculpó Selene al tiempo que colocaba una taza sobre la mesa de centro.

—Sí, no te preocupes, amiga. Es solo que… tú nunca… y la foto. ¿Por qué…? Ah, no importa. —Guardó silencio un segundo—. Don Rober ya tiene un indicio —dijo Albina en tono serio.

Selene se quedó callada con la taza suspendida entre las manos, esperando.

—No te quiero espantar —continuó Albina—, pero descubrió que quizá los estaban vigilando. No solo a Sócrates… —Hizo una pausa—. También a ti.

Selene sintió que el aire le faltaba. Las manos le temblaron y un poco de café se derramó sobre el piso.

—¿A mí? Pero… ¿por qué? No entiendo.

—No lo sé. Está rastreando una placa, pero no tiene el número completo. Eso ayuda, aunque va a tardar. No tiene más pistas. ¿Tú no recuerdas nada? ¿No viste algún auto extraño?

—No… —Selene negó lentamente—. Entonces sí había un auto negro —murmuró.

Albina asintió, aunque con el ceño fruncido.

—¿Cómo sabes que el auto era negro si no lo viste?

—Sócrates me lo dijo… Ese día, cuando regresé de hacer ejercicio, Sócrates estaba molesto.

Ni siquiera me hizo café. Me preguntó quién era el tipo del carro.

Yo no entendí de qué me hablaba. Entonces me dijo que sabía que lo estaba engañando.

Que me había visto varias veces en un auto negro.

Y que ahora ese tipo hasta tenía el descaro de venir por mí a la casa.

Yo no le dije nada, me metí a bañar y me arreglé para ir a trabajar.

Entonces me salí sin decir nada. Me sentí ofendida.

Ya después, de camino al trabajo, me tranquilicé.

—Se le quebró la voz—. Esa fue la última vez que lo vi y se quedó enojado conmigo.

Me siento culpable por eso —dijo entre sollozos—.

No puedo dejar de pensar que fue mi culpa. Que él se fue por mi culpa.

Entonces se quebró y las lágrimas no dejaron de brotar.

Albina la abrazó con fuerza, con los ojos llorosos.

Permanecieron así largo rato hasta que Selene se tranquilizó.

—Oye, ¿tienes su computadora? —dijo Albina de pronto.

—No. Se la llevó la policía cuando vino a investigar. Aunque no creo que encuentren nada. En ese momento estaba en shock y olvidé decirles que Sócrates siempre conectaba unos dispositivos cuando la utilizaba…

—¿Qué dispositivos? —interrumpió Albina—. ¿Los tienes?

—No. No sé dónde los guardaba. Era muy quisquilloso con eso.

Albina frunció el ceño.

—¿Buscamos?

—Vale… sí. Si eso sirve de algo.

Revisaron, uno por uno, los cajones. Carpetas, cables viejos, papeles, facturas. Nada.

—La policía revisó esto —murmuró Selene—. Si hubiera estado en un cajón, lo habrían visto.

Albina recorrió la madera con la palma de la mano.

—Mi padre tiene un secreter con compartimientos ocultos. No se ven a simple vista. A veces están detrás de un resorte o de una tablilla falsa. Este parece normal… pero Sócrates no era precisamente normal. ¿Te dijo alguna vez algo sobre esconder cosas?

Selene dudó un instante.

—Decía que la mayoría siempre busca en lo obvio.

Se miraron.

—Entonces no está en lo obvio —dijo Albina.

Comenzaron a examinar el mueble con más cuidado. Presionaron molduras, deslizaron los dedos por las uniones, golpearon suavemente la madera para escuchar diferencias en el sonido.

Después de varios minutos, Albina sintió una ligera irregularidad en el costado interno del escritorio. Una tablilla apenas perceptible.

—Espera… aquí.

La presionó.

Un leve chasquido. Algo cedió dentro del mueble y un pequeño compartimiento se liberó impulsado por la tensión de un resorte antiguo.

Las dos se quedaron inmóviles unos segundos.

Selene fue la primera en acercarse. Dentro había un SSD externo y un pequeño módem USB con ranura para SIM, ambos envueltos cuidadosamente en una hoja de papel en blanco.

El corazón le golpeaba en el pecho.

—Son esos… —susurró.

Desenvolvió los dispositivos. La hoja no tenía nada escrito. La observó apenas un segundo, confundida.

Albina rompió el silencio.

—Llevémoslos con don Rober.

Selene asintió. Arrugó el papel distraídamente y lo dejó caer en el cesto de basura. Guardó el SSD y el módem en su bolso con más cuidado del que pretendía admitir.

Antes de salir, miró el escritorio una vez más.

Todo seguía perfectamente alineado con las líneas del piso.

Como a él le gustaba.

Salieron de la casa para ir con don Rober sin decir nada más. Selene abrazó el bolso con cariño, como si de pronto Sócrates se hubiera hecho presente.

Selene iba en el auto con el corazón acelerado. Las manos le sudaban y no dejaba de mover una pierna. De vez en cuando se mordía el labio inferior y levantaba la mirada como si buscara aire.

Albina la observaba de reojo, sin decir palabra.

Llegaron al edificio donde se encontraba el despacho. Subieron deprisa. Albina tocó la puerta y aguardaron a que don Rober abriera.

Una vez dentro, lo saludaron con premura.

—Encontramos algo —dijo Albina.

Selene sacó los dispositivos con cuidado, como si temiera dañarlos, y se los entregó.

—Qué bueno que vinieron —respondió don Rober mientras los recibía—. Yo también tengo noticias. ¿Esto es de Sócrates?

Selene asintió.

—Bien. En un momento lo reviso. Pero antes debo decirles que ya estoy rastreando la placa. En cuanto tenga los resultados, iré para allá a investigar.

Las dos se miraron.

Albina dio un paso al frente.

—¿Puedo ir con usted? No tengo nada que hacer y no soporto la espera. Me angustio.

Don Rober dudó un instante.

—No se lo recomiendo. Suele ser una labor bastante aburrida.

—Menos aburrida si somos dos —replicó ella con una leve sonrisa—. ¿No cree?

Don Rober sonrió.

—Está bien. Al final solo iremos a observar. No creo que haya peligro.

Se volvió hacia el escritorio.

—Yo también quiero ir —dijo Selene de pronto.

—Prefiero que no. Es muy arriesgado llevarla a usted. Pienso que la están vigilando y no sabemos hasta dónde nos lleve la placa.

Selene asintió con tristeza.

—Veamos qué nos dice el disco —prosiguió don Rober. Conectó el SSD a la computadora, encendió el equipo y seleccionó el SSD como dispositivo de arranque. La computadora le exigió una frase para poder ingresar. Tecleó unas cuantas palabras al azar y oprimió la tecla Enter.

Frunció el ceño.

Se reclinó lentamente en la silla.

—Está cifrado —murmuró—. Y no es algo improvisado.

Miró la pantalla unos segundos más.

—Esto es LUKS. Sin la frase correcta no vamos a ver absolutamente nada. Podría llevarlo con un perito, pero le adelanto algo: si la contraseña es fuerte, romper esto por fuerza bruta es prácticamente imposible. No estamos hablando de horas ni de días… sino de años.

Selene agachó la cabeza y cerró los ojos.

—No puede ser… —susurró con la voz quebrada.

—No se preocupe —dijo don Rober con firmeza—. Aún no estamos en un callejón sin salida. Tengo el presentimiento de que con la placa encontraremos algo que nos permita avanzar.

Selene asintió apenas.

—El auto… hay algo que no le he dicho —dijo Selene.

Don Rober la miró en silencio.

—Sócrates creía que lo engañaba con el dueño de ese auto.

—¿Su sospecha tenía algún fundamento? ¿Conoce al conductor?

—¡Por supuesto que no! —dijo con un grito ahogado—. Yo jamás… No. Yo nunca le haría eso.

Don Rober asintió.

Selene miró a Albina y ella la abrazó.