Capítulo 10 #4
—Albina ya me platicó más o menos la situación —dijo don Rober—.
Antes de comenzar debo dejar claras algunas cosas con usted.
Para hacer mi trabajo tengo que ser muy directo y hacerle preguntas que quizá la incomoden.
Necesito que entienda que no es mi trabajo juzgarla.
Tampoco es mi trabajo encontrarla culpable ni, mucho menos, tratar de hacerla sentir mal de ninguna manera —hizo una breve pausa—. Eso que quede claro.
Le digo esto porque no tenemos ningún indicio por ahora. Por eso debemos ir hacia atrás para tratar de averiguar qué detonó todo esto.
Hay detalles guardados en su subconsciente que quizá no han salido a la luz, pero esos datos pueden ser de suma importancia para tener tan siquiera una sospecha.
Me dice Albina que la policía no encontró nada fuera de lo normal. Que no faltaba nada salvo su esposo. ¿Es así? —preguntó.
Selene estaba sentada justo al borde del sillón con las manos sobre las piernas, la espalda bien erguida y con la mirada atenta en don Rober.
—Sí… Sí. Todo estaba ahí —respondió.
—Bien —continuó don Rober—. La cuestión es que quienes hicieron esto...
—Hizo una pausa al ver que a Selene se le crispaban los puños y los labios—.
Ni ellos ni la policía conocen su casa tan bien como usted.
Usted podría deambular por ella con los ojos cerrados.
Es su espacio y lo conoce perfectamente.
La policía busca indicios de allanamiento, de robo...
ese tipo de cosas. Pero desconoce detalles que usted sí pudo haber percibido.
Quizá no los ha tomado en cuenta. Por eso necesito que haga memoria.
Piense si vio algo fuera de lugar: un sillón ligeramente girado, un adorno un poco más a la izquierda. Cualquier sutileza nos funciona.
Selene desvió la mirada, como si tratara de que algo muy en el fondo se hiciera presente; entonces respondió.
—No… —hizo una ligera pausa—. No. Creo que todo estaba igual… No…, la cafetera. Sócrates siempre preparaba café y ese día la cafetera estaba limpia. Creo que salió temprano.
—Entiendo. Eso sirve. Establece una hora aproximada.
Por ahora tengo cuatro hipótesis. Una: hubo forcejeo, pero los perpetradores fueron sumamente cuidadosos al borrar toda la evidencia, lo cual es improbable, aunque no imposible.
Dos: alguien llamó a la puerta y sometió a su esposo fuera de la casa.
Tres: su esposo salió y todo ocurrió lejos de ahí.
Y cuatro: quizá está perdido, deambulando sin rumbo.
Así como están las cosas, no podemos descartar ninguna.
Selene seguía en silencio. Trataba de recordar cualquier detalle, pero su imaginación empezaba a interferir con la memoria.
—Bueno. Si recuerda algo, no dude en hacérmelo saber —dijo don Rober, al tiempo que volteaba a ver a Albina.
Hizo una breve pausa.
—Solo necesito algunos detalles para poder comenzar. Necesito la fecha exacta y la hora aproximada en la que usted salió de su domicilio. No tengo acceso a las cámaras del gobierno, pero quizá haya algunas casas cerca de la suya que cuenten con cámaras de seguridad. Empezaré por ahí.
Selene levantó nuevamente la mirada. Después de un momento miró a don Rober y dijo:
—Fue el quince de abril. Yo salí como a las cinco treinta de la mañana, como de costumbre. Normalmente salgo muy temprano para hacer ejercicio. Me puse mi ropa deportiva y bajé las escaleras…
Se le humedecieron los ojos y la voz se le quebró.
—Fue la última vez que…
Selene empezó a sollozar.
—Discúlpeme —dijo entre lágrimas—. No lo puedo evitar.
Albina le frotó la espalda levemente, con los labios apretados y los ojos llorosos.
—No se preocupe —dijo don Rober—. Otra cosa —continuó—. ¿Desde cuándo notó raro a su esposo?
—No lo sé… Poco antes de Navidad —respondió Selene.
Don Rober asintió, se levantó y les dijo:
—Bien. Por ahora tengo lo necesario. Cualquier cosa, me comunicaré con usted a través de la señorita Albina. Hasta luego.
***
Al llegar a casa, Selene se tumbó en el sofá. Entonces recordó que Sócrates solía ser muy quisquilloso con ciertas cosas. Los muebles siempre tenían que estar perfectamente alineados con las líneas de las losetas del piso.
Se levantó rápidamente y empezó a verificar si algo estaba fuera de lugar. Todo estaba en orden.
Se sentó nuevamente en el sofá, inclinada hacia el frente, con las manos sobre el rostro.
Entonces lloró amargamente, mientras murmuraba como si su esposo estuviera justo ahí para escucharla:
—He pensado mucho en lo que nos ha pasado. No soy capaz de entender cuál es la razón. No entiendo… No, no lo entiendo. El mundo es una mierda. Está plagado de gente que va por la vida haciendo cualquier cosa. Toman lo que quieren y no les importa nada más.
Hizo una pausa, respirando con dificultad.
—Estoy enojada, ¿sabes? Disgustada con el mundo… y también contigo. ¿Por qué tenías que desaparecer? Eres un maldito bastardo. ¿Por qué, por qué tengo que llorar por ti? Regresa… por favor, regresa.
Subió los pies al sillón, abrazó las piernas y escondió el rostro, empapado en lágrimas.