Insania Mea Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—Póntela —le dijo, mientras le extendía una peluca de cabello negro y unas gafas de sol.

—¡Anda, date prisa! ¡No tenemos mucho tiempo! —exclamó Albina.

Selene tomó las cosas y se las colocó sin preguntar.

—¡Vamos, vamos! —continuó Albina.

Salieron del sanitario en silencio. Selene caminaba detrás de Albina, tratando de seguirle el paso. Todo aquello le pareció tan irreal que de momento se sintió fuera de sí.

La sudadera le quedaba grande y la peluca le picaba un poco en la frente. Las gafas de sol le resultaban incómodas, tan oscuras como su vida todo ese tiempo sin Sócrates.

—No voltees, nos tenemos que asegurar de que nadie nos siga —dijo Albina en voz baja, sin mirarla.

Selene obedeció. No se dirigieron al auto, sino hacia una salida lateral del centro comercial. Aquello le provocó una punzada de inquietud.

—Albina… —murmuró.

—Confía en mí —respondió ella, sin detenerse.

El estacionamiento estaba casi lleno. Autos alineados en filas interminables, luces reflejándose en los parabrisas, el ruido lejano del tráfico. Selene sintió nuevamente que el mundo se le venía encima. Sudaba. Tenía las manos frías.

Caminaron entre los vehículos. Albina iba firme, directa, como si supiera exactamente a dónde ir. Selene apenas lograba seguirla. Sus pensamientos se atropellaban, pero ninguno terminaba de formarse.

De pronto, al pasar junto a una camioneta tipo van, la puerta lateral se abrió de golpe.

Selene se quedó paralizada.

Albina no.

—¡Ahora! —dijo, subiéndose de un salto.

Extendió la mano. Selene sintió que el aire se le iba de los pulmones. Abrió la boca para gritar, pero no salió ningún sonido. Entonces vio dentro de la camioneta a su amiga, «la Peque». Sentada. Tranquila. Mirándola como si aquello fuera lo más normal del mundo.

Eso bastó.

Selene se movió. Tomó la mano de Albina y subió casi a ciegas. La puerta se cerró de inmediato. El interior olía a aceite y metal caliente.

—Todo está bien —dijo Albina—. Siéntate.

Fue entonces cuando Selene notó al conductor. Un hombre con gorra y overol, manos firmes sobre el volante.

—Tranquila —dijo él sin voltear—. Soy «el Chivo».

Ver ahí a sus amigos del colegio fue suficiente para que, por un momento, el aire volviera a sus pulmones.

La camioneta arrancó.

Avanzaron despacio al principio, rodeando el estacionamiento. Selene trataba de ordenar lo que acababa de pasar. Nadie hablaba. El motor y sus propios latidos llenaban el espacio.

Cuando pasaron cerca del auto de Albina, el Chivo exclamó asombrado.

—¡No mames…! ¿Qué pedo? Esa vieja era igualita a Selene.

Selene miró por la ventanilla solo un instante.

No vio nada.

El Chivo aceleró.

La van salió del estacionamiento y se perdió entre el tráfico.

Llegaron a una zona residencial con algunos edificios de mediana estatura.

Modernos en su mayoría. Varios autos de lujo circulaban por las calles del lugar lleno de elegantes establecimientos, por lo que la camioneta del Chivo desentonaba un poco con el lugar.

Selene miraba por la ventanilla sin realmente observar el entorno.

Su mente había escapado a quién sabe dónde.

Al fin, la camioneta se detuvo frente a un edificio pequeño lleno de oficinas.

Albina se levantó y le tendió la mano a Selene, que no parecía haberse dado cuenta de que habían llegado.

La tocó en el hombro y Selene volteó sobresaltada.

Entonces descendió de la camioneta detrás de Albina.

Llegaron a la recepción. El sitio era amplio y bien iluminado.

Un aroma aterciopelado con notas de bergamota y madera se filtraba por el aire acondicionado.

La joven detrás del mostrador las recibió con una sonrisa, saludó a Albina con familiaridad y observó a Selene con extrañeza.

Albina le devolvió el saludo, se registró y se dirigieron al área de elevadores.

Albina oprimió un botón en el tablero y se dirigió a la puerta de la derecha.

Selene la siguió. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió frente a ellas y abordaron el ascensor.

El ascensor las empujó hacia arriba. Selene empezó a sudar pese a que el ascensor estaba fresco.

Le temblaban las piernas. Le pareció flotar por un momento y su mente se quedó suspendida con ella unos segundos.

Quería pensar y no pensaba. Sintió un ligero jalón hacia el piso y la puerta se abrió.

Caminaron unos cuantos metros por el pasillo.

Al estar frente a la puerta, Selene respiró profundo, sostuvo el aliento por unos segundos y exhaló de golpe.

Miró a Albina y asintió en señal de que estaba lista.

Albina tocó a la puerta y aguardó a que el investigador les abriera.

Se escucharon pasos desde dentro; una silueta difusa se mostró frente al cristal pulido que daba la impresión de ser un gran bloque de hielo.

La puerta se deslizó sin ruido. Ingresaron en la oficina y, al cerrar la puerta tras de sí, el sonido del exterior enmudeció.

La oficina las recibió con un aroma a papel de alto gramaje y esa fragancia dulce de la madera noble recién encerada.

—Buenas noches, don Rober —dijo Albina—. Ella es Selene —continuó al tiempo que señalaba a su amiga con la mirada.

Don Rober le devolvió el saludo y le tendió la mano a Selene. Ella se secó torpemente el sudor en la sudadera antes de tomarla.

—Mucho gusto en conocerla —dijo don Rober tranquilamente.

Don Rober señaló un pequeño sofá y les pidió que tomaran asiento. Ellas obedecieron. Una gota de sudor escurrió por la frente de Selene. Se limpió con la manga de la sudadera y, antes de bajarla de nuevo, se quitó la peluca de un tirón. El color se le subió a las mejillas.

Albina sonrió ligeramente. Don Rober no se inmutó.