Capítulo 10 #2
Selene retomó el paso, pero ya no volvió a casa.
La idea de encerrarse de nuevo entre esas paredes le resultó insoportable.
Necesitaba oír una voz que no fuera la suya.
Alguien que la obligara a decirlo en voz alta, aunque eso significara romper la frágil ilusión de que todo podía resolverse solo con paciencia.
Pensó en Albina.
Hacía tiempo que no la veía. Había evitado cualquier encuentro, cualquier pregunta.
Pero si había alguien capaz de escuchar sin desaparecer, era ella.
El café Les fleurs du mal apareció en su mente como una imagen persistente, incómoda.
Antes había sido un refugio. Ahora sería otra cosa.
Un umbral que no sabía si podría cruzar sin perder algo en el intento.
Selene cambió de rumbo.
El café Les fleurs du mal seguía siendo el mismo. Las mesas pequeñas, el aroma denso a café recién molido, los estantes con libros que nadie parecía comprar. Todo estaba en su lugar, como si el tiempo no hubiera pasado. A Selene le molestó esa normalidad.
Antes solía pasar horas ahí con sus amigas, hablando de asuntos triviales, riendo sin medida, dejando que la tarde se les escapara entre tazas vacías.
Ahora ocupó una mesa apartada y pidió café por costumbre, no por gusto.
Sostenía la taza entre las manos sin beber, observando cómo el vapor se deshacía en el aire.
Esperaba a Albina.
No sabía cómo empezar ni qué palabras usaría cuando la viera llegar. Solo tenía claro que, una vez que hablara, ya no habría marcha atrás. Decirlo en voz alta convertiría la ausencia de Sócrates en algo irreversible. Aun así, no se levantó de la mesa.
Albina llegó tarde.
No era su costumbre, y Selene lo supo incluso antes de mirar el reloj. Llevaba más de quince minutos sentada frente a la taza de café, sosteniéndola con ambas manos sin beber. Al escuchar la voz de su amiga, se sobresaltó.
—Amiga, perdón, de verdad —dijo Albina mientras dejaba su bolso sobre la silla—. Se me atravesó un contratiempo. ¿Estás bien?
Selene levantó la vista. Albina estaba igual que siempre: arreglada sin esfuerzo, sonriente, con esa energía que parecía llenar cualquier espacio que pisaba. Durante un segundo, Selene sintió alivio. Luego, una punzada de cansancio.
—Hola, Chaparrita —respondió con una sonrisa débil—. Qué bueno que viniste.
Albina frunció ligeramente el ceño al notar el tono. Se sentó frente a ella sin decir nada más. Selene dudó. Pensó en lo fácil que Albina solía hacer bromas de todo, en cómo siempre encontraba la forma de restarle peso a las cosas. Y esta vez, Selene no quería ligereza. No quería risas.
Respiró hondo.
—No sé cómo empezar —dijo al fin—. Todo es muy confuso.
Albina no interrumpió. Solo la miró con atención, algo poco común en ella. Selene tomó un sorbo de café, hizo una mueca y dejó la taza de nuevo sobre la mesa.
—Estoy desesperada, amiga —continuó—. De verdad… no sé qué está pasando.
Las palabras se le atoraron en la garganta. Decirlo en voz alta hacía todo demasiado real.
—Sócrates desapareció —dijo finalmente, casi en un susurro.
Albina se quedó inmóvil.
—¿Cómo que desapareció? —preguntó—. ¿Te dejó?
Selene negó con la cabeza de inmediato.
—No. No me abandonó. Salí de la casa y cuando regresé… ya no estaba. Así, sin más.
Albina se inclinó hacia ella. Su expresión había cambiado por completo.
—¿Cuánto tiempo lleva eso?
—Fue hace como un mes.
Albina apretó los labios. Se frotó los brazos, como si de pronto sintiera frío.
Selene continuó hablando, casi sin darse cuenta, como si una compuerta se hubiera abierto.
—Desde antes ya estaba raro. Preocupado. Pasaba horas en la computadora y luego salía sin decir a dónde iba. Cuando salíamos, volteaba a todos lados. Se ponía nervioso si nos quedábamos mucho tiempo en el mismo lugar. Yo lo notaba… pero no dije nada.
Guardó silencio un instante. Sus ojos se humedecieron.
—Alguna vez me dijo que tenía miedo. Que estaba investigando no sé qué cosas. Yo le dije que lo dejara… Supongo que no me hizo caso.
Albina tomó las manos de Selene con fuerza.
—Esto no está bien —dijo en voz baja—. Nada de esto.
Selene asintió. Sentía el pecho apretado, pero también una extraña calma. Por primera vez desde la desaparición, no estaba sola con esa historia.
—Llamé a la policía —agregó—. No encontraron nada. Todo estaba en orden. Demasiado en orden.
Albina la observó unos segundos más, como midiendo algo.
—Escucha —dijo al fin—. Conozco a alguien. Un investigador privado. Es discreto. Muy bueno. Si alguien puede ayudarte, es él.
Selene dudó.
—No quiero meterte en problemas… Además, no tengo dinero para pagarle.
Albina sonrió, pero esta vez sin ligereza.
—Eso déjamelo a mí. Tú no tienes que cargar con todo sola.
Selene cerró los ojos un instante y asintió.
—Está bien. La verdad, estoy desesperada.
Albina sacó el teléfono.
—Confía en mí —dijo—. Vamos a encontrarlo.
Después de hablar con su conocido, Albina guardó el teléfono en su bolso y se quedó pensativa un segundo.
—Oye… —dijo de pronto—. Esto puede sonar exagerado, pero prefiero preguntarte.
Selene la miró con desconcierto.
—¿Quieres que te consiga un arma? Yo te enseño a utilizarla.
Selene negó con la cabeza.
—No, ya sabes que no me gustan esas cosas.
—Sí, pero tenía que preguntar. ¿Tú estás en peligro?
—No… No creo.
—¿Estás segura?
—No. Pero no he visto nada extraño.
—¿Te han hecho llamadas? ¿Algo?
—No. Nada. La policía tampoco dice nada.
—Eso está muy raro. —Hizo una pausa—. Mira, no te quiero agobiar.
El investigador me dijo que nos puede ver dentro de dos días.
Acaba de terminar un caso y tiene que redactar los informes.
Para que él nos pueda ayudar, le tenemos que decir con lujo de detalle todo lo que sucedió. Antes y después, ¿me explico?
Selene asintió.
—¿Entonces?
Selene inhaló profundo y exhaló por la boca con lentitud.
—En realidad no hay mucho que decir. Lo he analizado muchas veces y no comprendo qué pasó.
—Bueno, todo aporta. Me apropié de una frase de aquella vez que debatíamos sobre la Gestalt. «El todo es más que la suma de sus partes», ¿recuerdas?
Selene asintió.
—Entonces necesitamos el todo. No omitas nada. Sé que te duele, pero es importante.
—Sí, bueno… Lo noté extraño un poco antes de la Navidad.
Un día se levantó y me dijo que quería ir a correr conmigo —Selene sonrió con amargura—.
Corrió como cinco calles a mi lado y después se quedó atrás.
Al día siguiente sacó la bicicleta. —Albina esbozó una ligera sonrisa—.
Luego comenzó a llevarme al trabajo en el auto.
No le di importancia. Pensé que estaba paranoico.
Después de eso me dijo que tenía miedo, que me había puesto en peligro, pero luego se puso más extraño.
Era como si estuviera perdiendo la razón. Tú lo conoces. Estaba un poco loco.
Hizo una pausa. Albina la miraba con atención.
—Aunque esta vez todo era diferente. Una vez me llamó para preguntar qué quería para comer, lo cual es extraño porque yo siempre llevo la comida.
Se la compro a una señora que vende afuera de la empresa.
Yo le dije que si ya no quería que la llevara desde allá.
Entonces me dijo: «Es que salí a la tienda y te vi por acá.
Pensé que habías salido temprano», pero yo seguía en la empresa.
Luego como que empezó a sospechar que yo lo estaba engañando, que me había visto con otro tipo ya varias veces y no sé qué más.
Albina suspiró.
—Otro día me preguntó que si ya se me había pasado el berrinche.
Yo no supe qué decir. No entendí de qué me hablaba.
En la mañana me despedí de él como siempre, me fui al trabajo y no regresé hasta la tarde.
Entonces, ¿cuál berrinche? Yo no lo había visto en todo el día.
No lo sé. Se estaba comportando muy extraño.
—Sí, es extraño —dijo Albina—. ¿Nunca consideraste llevarlo al médico?
—Sí, de hecho, le dije que todo ese asunto de la chica que quería proteger lo estaba trastornando…
—Espera, ¿cuál chica? —la interrumpió Albina.
—No lo sé. Me dijo que una chica estaba en problemas y que por quererla ayudar me había puesto en peligro. Desde ahí comenzó a estar raro.
Las dos se quedaron en silencio un momento.
—Mira, no te quiero asustar —dijo Albina—. Pero ¿ya lo buscaste en los hospitales? En la… bueno, en todos lados. O preguntar a la gente; quizá perdió la razón y anda vagando por quién sabe dónde.
—Sí, puse carteles. La policía me dio algunos y yo los fotocopié. Nadie lo ha visto.
Albina se levantó y abrazó a Selene.
—Todo se va a arreglar, amiga. Todo se va a arreglar.
***
Selene llevaba dos días esperando el momento de ir con el investigador.
Pensaba en por qué el tiempo se encapricha en transcurrir más lento cuanto más urge que se escape.
Aunque sabía que cada segundo perdido era un segundo de vida que no regresaría, quería golpear el reloj, como si eso pudiera empujarlo hacia delante.
Esos dos días le parecieron años. Al fin, a un cuarto para las seis, Albina se hizo presente.
Entonces supo que ya no había marcha atrás.
La hora de la verdad había llegado y entonces deseó que el reloj se detuviera.
El corazón se le salía del pecho y el mundo de pronto le pareció más pequeño. Como si la oprimiera.
Saludó a Albina por inercia. Su cuerpo parecía ser un autómata. Su mente había escapado a quién sabe qué lugar distante. Subieron al auto y se alejaron de ahí.
Al pasar por el centro comercial, Albina le pidió a Selene que la acompañara al baño. Selene aceptó de mala gana. No ahora. Ya no lo pospongas.
Entraron al centro comercial. El ruido del lugar y la algarabía de la gente, lejos de sacarla de su estado de trance involuntario, la sumergieron en un abismo de desolación.
Se dirigieron al sanitario. Un espacio que tantas veces le había servido como refugio para tertulias ahora le parecía un espacio liminal.
Albina sacó una sudadera de su mochila y se la dio a Selene.