Insania Mea Capítulo 10
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Capítulo 10

El reloj despertador sonaba a las cinco de la mañana como todos los días.

Selene despertó un poco antes. El frío matinal la abrazaba inmutable.

Buscó el calor de Sócrates en la cama. No estaba.

El despertador sonó nuevamente y Selene se levantó.

Cambió su pijama por su ropa deportiva, se calzó los tenis, se colocó el reloj y bajó las escaleras con desgano.

Se dirigió a la puerta, tomó sus llaves por inercia y se quedó parada justo enfrente sin abrirla.

Su mente se fugó por un instante. Cuando reaccionó, puso la mano sobre el pomo.

Después de unos segundos abrió la puerta.

El viento arrebató el calor de sus mejillas rosadas mientras se colaba suave y constante hacia la sala.

Afuera olía a hierba quemada y la neblina jugueteaba estacionada sobre el piso.

Selene salió. Sus pies desaparecieron y se le helaron las piernas.

Caminó sobre esa nube espesa hasta la acera.

Todo se veía borroso. La oscuridad aún era densa a esa hora de la mañana y las lámparas en la calle brillaban opacas en lo alto.

Quiso correr como era su costumbre, pero la ausencia de Sócrates la detuvo.

Sabía bien que su vida se había tornado como esa bruma fría y espesa que la rodeaba.

Que de nada servía tratar de apartarla con sus manos.

La neblina seguiría ahí pese a que ella intentara quitarla de su lado.

Tenía que fluir a través de ella y esperar a que el calor del sol la disipara.

Se colocó el gorro de la sudadera y apretó las agujetas para ceñirlo alrededor del rostro.

Entonces empezó a trotar. Después de cuarenta y cinco minutos regresó a la casa.

Se duchó y se arregló para ir al trabajo.

Su café por la mañana era un ritual que no quiso romper.

Sócrates siempre lo tenía listo antes de que ella tuviera que irse a trabajar.

Esta vez ella lo tuvo que preparar. Sirvió dos tazas.

Solo por costumbre. Colocó las tazas en la mesa de centro y se sentó en el sofá.

Tomó su taza con ambas manos y bebió un poco. Entonces dijo, sin soltar la taza:

—Te preparé café. Esta vez quise prepararlo yo.

—Se le quebró la voz—. Ayer no fui al trabajo, entonces tengo nervios de que los chicos hayan hecho algún desastre.

Alguien me va a preguntar cómo está mi día, y yo diré: «Bien, gracias», y tendré que fingir una sonrisa porque no tengo ganas de sonreír en absoluto.

Trato de aceptarlo, ¿sabes? Pero algo en el fondo empuja y me revienta.

Luego siento rabia y quiero hacerte daño.

Gritar en tu cara que eres un imbécil —dijo entre sollozos—.

Quiero escuchar tu voz y tú no dices nada.

Sé que no puedo forzarlo, que llorar no resuelve nada y, sin embargo, lloro.

Me prometí a mí misma que nada ni nadie me haría sufrir.

Me he traicionado porque sufro. Aunque no sufro porque quiera, sino porque te quiero. Sí, te quiero aquí porque te amo.

El reloj en su muñeca lloró con ella. Era la señal de que tenía que guardar su sufrimiento en una bolsa y levantarse para ir a trabajar.

Selene se levantó de la cama. La mitad que solía ocupar Sócrates seguía intacta.

Llevaba una semana sin salir a correr. Sus tenis deportivos permanecían bajo la cama.

Bajó descalza por la escalera y resbaló en el último escalón.

Se tomó del barandal con una mano. Su cabeza quedó a apenas unos centímetros del piso; la espalda golpeó contra un escalón.

Se levantó dolorida y se dirigió a la sala.

—Tengo que fluir —se dijo—. Aceptar que ya no estás.

Al menos quisiera haber tenido la oportunidad de sembrar un manzano sobre tus cenizas como era tu deseo.

Saber que ya te reintegraste al flujo del universo.

¿Y si te construyo un altar? Aunque no sé cómo hacerlo, ¿sabes?

Pero quizá sí te lleguen mis plegarias. Quizá alguien las escuche.

No lo sé. Sé que no debo forzarlo —dijo con los ojos llenos de lágrimas—, pero te quiero de vuelta.

Sé que no debo intentar frenar el flujo, pero el agua te arrastró consigo y te extraño como no tienes idea.

Ya no estés enojado conmigo. Te voy a comprar una manzana y te pondré café, ¿quieres?

Se levantó lentamente, se secó las lágrimas, subió a la habitación por sus tenis y después salió al mercado para comprar una manzana, flores e incienso.

Al regresar, colocó una mesita en la esquina de la sala, le puso un mantel y colocó la foto de Sócrates; después se dirigió a la cocina y le preparó café. Le ofreció la manzana, colocó la taza con café y las flores sobre el altar. Acto seguido, encendió el incienso.

Quiso meditar; sin embargo, el recuerdo de Sócrates se interpuso.

—Vale, no sé cómo se hace esto, pero espero que en donde quiera que estés, vivo o muerto, recibas esta ofrenda que te hago con toda la humildad; que el flujo me perdone si algo hice mal y te regrese a mi lado.

Y tú, ya no te enojes conmigo —dijo con voz quebrada—.

Si te marchaste por eso, te juro que jamás te engañaría. Regresa y lo hablamos, ¿sí?

***

El altar ya no servía. El florero tenía un olor a podredumbre y las flores marchitas habían dejado caer sus pétalos sobre el piso lleno de polvo. En la cocina, los trastes se habían acumulado sobre el fregadero, que tenía casi hasta el borde agua blanquecina estancada y maloliente.

Su cabello había perdido todo su brillo. Lo cepillaba a medias y se marchaba al trabajo con desgano.

Tengo que fluir. Estoy estancada, al igual que todo en esta casa.

Reacciona, Selene, reacciona. ¿Qué te está pasando?

Sócrates no está, pero tú sigues aquí. Recuerda.

No hagas nada. No lo fuerces. El que te derrumbes no lo va a traer de vuelta.

Pero… Lo quiero de vuelta. Quizá algo hice mal y el universo me castiga.

No. No. No te metas ideas. El universo no tiene nada que ver.

Solo es el flujo natural de las cosas. ¿Pero por qué el flujo se ensaña conmigo?

Tengo que salir a buscarlo. O quizá no he prendido suficiente incienso.

No. No. Nadie te lo va a regresar por arte de magia.

Deja de pensar en tonterías. Enfócate. Tengo que lavar los trastes.

La manzana del altar ya se puso rara. ¿Habrá mala vibra?

No. Mejor me voy a bañar y ya luego limpio la casa.

Sí, eso debo hacer. No me voy a descuidar a mí misma. Deja de pensar estupideces.

20 de mayo. Año 2.

Selene caminaba pensativa por aquel sendero que tantas veces había recorrido empapada de sudor, con la mente anclada en el aquí y el ahora. Ahora era distinto. Se levantaba de la cama empujada únicamente por la esperanza de que ese día, quizá, habría algún avance en la investigación.

Cuando Sócrates desapareció, la policía no pudo encontrar ninguna evidencia en su casa. Todo estaba en orden. Todas sus cosas seguían ahí. Lo único que faltaba era él.

Iba al trabajo por inercia. Tenía que sobrevivir de alguna forma, y todo el tiempo transcurrido desde la desaparición de su esposo le había drenado por completo la alegría que la caracterizaba.

En ocasiones envidiaba a su amiga Albina.

Ella tenía la vida resuelta. Después de graduarse, se había dado el lujo de tomarse un año sabático.

No como Sócrates y ella. Ellos tenían que trabajar para subsistir.

Nunca había pensado demasiado en el dinero, pero ahora comprendía que tenerlo de sobra le permitiría concentrarse por completo en buscar a su esposo.

La casa vacía la consumía lentamente. Ya no estaba Sócrates para hacerla reír con sus ocurrencias ni para compartir esas charlas existenciales que tanto le gustaban.

Desde su desaparición no había visto a sus amigos.

No les había contado lo ocurrido porque hacerlo lo volvería real, definitivo. No sabía si podría soportarlo.

Por eso se había obligado a salir a caminar. Necesitaba alejarse de la casa, despejar la mente, aferrarse a la idea de que aún conservaba la cordura.

Siempre le había gustado ese sendero bordeado de árboles frondosos.

Antes, el trino de las aves le recordaba que el mundo estaba lleno de vida.

Ahora sonaba distante, ajeno. Ya no despertaba alegría, solo recuerdos.

Las hojas secas parecían juguetear sobre la acera, arrastradas por el viento.

Deseó poder ser como ellas, moverse sin peso ni preocupación.

Pero ya no encontraba consuelo en sí misma.

Entonces recordó algo que Sócrates solía decirle: que las cosas son como son y no podrían ser de otra manera.

Cuando lo conoció, su nombre le causó gracia.

«¿Sócrates? ¿Quién le pone Sócrates a su hijo en estos tiempos?

» Él, en cambio, estaba orgulloso. La primera vez que lo vio estaba sentado bajo la sombra de don Giovanni, un enorme olmo que crecía en los jardines de la escuela.

Decía que era su amigo, que era sabio y merecía respeto.

Selene pensó que estaba loco. Le había puesto nombre a un árbol y hablaba con él de vez en cuando.

Sócrates aseguraba que las plantas tenían inteligencia, que don Giovanni lo escuchaba y, a veces, incluso le respondía.

Que, si uno prestaba suficiente atención, podía percibirlo como un susurro.

Selene se detuvo en seco. Las lágrimas comenzaron a rodar sin aviso.

—Si tan solo Sócrates me hablara como hablaba con aquel árbol… —murmuró—. Aunque fuera un susurro. Desde donde sea que esté.

Ya no podía escuchar sus locuras. Ya no podía fingir que todo estaba bien. Tenía que encontrarlo. Y por primera vez desde su desaparición, comprendió que buscarlo no significaba únicamente traerlo de vuelta, sino enfrentarse a algo que aún no se atrevía a nombrar.