Insania Mea Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Es solo una simulación. Los actores lo hacen todo el tiempo. No dejan de ser ellos mismos. Solo actúan. ¿Me entiendes? No es real. Pero para que sea creíble, en cuanto adoptes el papel…

—No —interrumpió Rebeca—. No puedo. Todo esto es una mamada.

Nailah sonrió.

—Eso también hay que corregirlo. Selene no dice malas palabras. Las llega a decir, pero no es su costumbre.

—En este momento soy Rebeca. ¿Eso qué tiene que ver? Cuando yo soy yo, hablo como me da la puta gana.

—Entiendo, pero, para que tu papel sea creíble, tienes que reconocer tus hábitos y mantenerlos a raya.

Todo el tiempo. No solo cuando pretendas ser Selene.

De ahora en más, tú vas a ser Selene. No puedes ser Rebeca durante el tiempo del entrenamiento.

Ya después regresas a ser tú misma. Pero hasta que tu cerebro aprenda a ser Selene, vas a dejar de ser Rebeca. ¿Me entiendes?

Rebeca se levantó y se dirigió hacia la puerta. Isidro la alcanzó y la tomó por el hombro.

—Sé que tú eres Vania y que eso es lo que quieres ser. Pero Vania está presa en una habitación. Aquí frente a nosotros te atreves a ser tú misma, pero no eres libre. Si logras hacer esto, Vania se libera. Sé que no lo entiendes, pero primero tienes que doblegar a tus demonios.

—Mis demonios me hacen ser quien soy. ¿Por qué querría destruirlos?

—Yo dije doblegar, no destruir. Ellos tienen que hacer lo que tú les digas y no al contrario, y aunque no lo aceptes, las emociones te dominan. A Selene no.

Rebeca se cruzó de brazos y lo fulminó con la mirada.

—¿Ya lo ves? Mientras tus emociones te sometan, cualquiera puede venir y hacer que pierdas los estribos, hacerte sentir miserable. Cualquier cosa. Eso es lo que Rebeca permite y lo que Vania quiere dejar atrás.

Rebeca agachó la mirada varios segundos. Acto seguido, respiró profundo, regresó con Nailah y se sentó sobre el tapete.

20 de marzo. Año 2.

Sócrates se dirigió a la zona industrial que estaba cerca de su casa.

Unos clientes le dijeron que necesitaban explicarle un proyecto en persona, así que lo citaron en un local de comida rápida que estaba ubicado en una plaza comercial aledaña a la zona industrial.

Sócrates ingresó al local con su mochila sobre los hombros.

Se sentó en un taburete naranja frente a una mesa de color crema.

El local tenía motivos amarillos y naranjas de forma triangular en todas las paredes.

Había cuadros de comida y bebidas entre cada ventanal.

Las voces de los comensales se mezclaban con el sonido de la carne sobre las brasas.

El humo del carbón era succionado por una enorme chimenea con un sonido sordo; sin embargo, la cebolla, los chiles y la carne asados sobre la parrilla emitían un fuerte aroma que despertaba el apetito.

Sócrates sacó su laptop de la mochila y una libreta para anotar.

Después de cinco minutos ingresaron al local dos personas.

Una vestía un traje sastre negro de corte impecable.

El otro traía unos jeans color azul, calzaba tenis blancos y vestía, debajo del saco, una playera negra con una cobra de líneas tribales estampada en el centro.

Debajo de la figura había unas letras con una tipografía que parecía el nombre de una banda de metal o algo así.

Sócrates pudo leer: «Bajo el influjo de Keket».

Los dos tipos se sentaron frente a él. Uno de ellos enseguida hizo un gesto de asombro al mirar por la ventana.

Sócrates volteó y vio a un tipo recargado sobre un auto negro con Selene entre sus brazos.

El tipo lo miró directo a los ojos. Sócrates, sin pensarlo, se levantó, recogió sus cosas y se dirigió a la salida sin apartar la mirada de Selene.

Cuando salió, el auto había arrancado y Sócrates solo lo miró alejarse.

Regresó cabizbajo hasta la mesa para disculparse con sus clientes.

Ellos se levantaron al verlo y salieron sin dejarlo dar ninguna explicación.

Sócrates sacó su teléfono y trató de llamar a Selene. No se atrevió. Se dejó caer en el taburete. Se quedó ahí con el teléfono en las manos y con la mirada perdida.

15 de abril. Año 2.

Selene llegó a casa del trabajo, pero esta vez no la recibió el aroma del café. Sócrates no estaba. Lo buscó por toda la casa. Nada. Lo llamó por teléfono varias veces. Las llamadas iban directo al buzón. Subió a la recámara y se sentó en la cama.

—Mantén la calma —pensó—. ¿A dónde iría?

Ha estado raro desde hace tiempo. Seguramente siguió investigando.

Ah, qué terco eres. No, quizá solo salió y se quedó sin batería.

Ya ha pasado. Al rato llega, tú tranquila.

Pero… ¿Y si le pasó algo? No. Ya me habría enterado. Las malas noticias vuelan rápido.

Se levantó y bajó a la cocina para preparar café. La cafetera estaba limpia.

—¿Por qué no tomó café? Ta’madre —se dijo—. Entonces salió temprano. Pero… ¿Por qué no tomó café? —se repitió—. Vale madre con este güey, ahora sí ya me preocupé.

Selene se fue a la sala y se sentó en el sofá. Ni siquiera se preparó el café. Lo esperó en ese lugar hasta que anocheció. Quiso ir a la habitación. No pudo. Se quedó en vela toda la noche.

Sócrates no regresó.

Ya de día, Selene llamó a la policía. Al poco tiempo llegaron. No encontraron nada. Selene tuvo que ir al Ministerio Público para realizar formalmente la denuncia y para que le abrieran una carpeta de investigación. Perdió varias horas ahí.

Al salir, caminó cabizbaja largo rato hasta que cayó en la cuenta de que su casa estaba lejos.

Se detuvo en seco.

Después de unos segundos, se sentó en la acera y lloró amargamente.

17 de abril. Año 2.

Rebeca llegó a la finca con el ánimo encendido.

Por primera vez desde hacía tanto, era capaz de saborear una sensación.

Algo parecido a la alegría. Aunque no supo bien a bien si ese sentimiento le pertenecía del todo.

Sus ojos ya no reflejaban furia. Era algo más.

No era perversión, sino algo que provocaba miedo incluso en ella misma.

Se había deshecho de Sócrates y no estaba segura de si lo había disfrutado.

Se había desquitado y, sin embargo, la desesperación seguía ahí.

Intacta. Rebeca ya no era la misma y, sin embargo, caminó aún con la duda martillando su cabeza.

Su intuición le decía que se marchara, pero pudo más la voz que le decía que no quería volver atrás.

Entonces ingresó a la finca. La condujeron por el jardín hacia el lugar de los ungidos.

El sitio era amplio y silencioso. No había imágenes ni símbolos.

Solo muros lisos iluminados por algunas velas dispersas por el piso.

El aire olía a incienso y cera. Las mujeres se encontraban dispuestas en semicírculo, descalzas, vestidas con telas claras que caían sin forma definida sobre sus cuerpos.

No había jerarquías visibles. Todas parecían iguales. Todas parecían haber renunciado a algo.

Rebeca permanecía con la cabeza inclinada hacia el suelo y la mano derecha apoyada en el pecho, como si intentara sentir los latidos de su propio corazón. Se mantuvo en esa posición durante largo rato, junto a las otras mujeres.

Entonces la sacerdotisa se acercó y, mientras untaba una mezcla de aceites aromáticos sobre su frente, dijo:

—Tú eres Kamilah Kenosha. La que, incluso en el caos, no olvida su nombre. La orgullosa portadora del Ka de tus hermanas. El barro del alfarero. La vasija. Jamás olvides quién eres ni dejes que tu nombre se pudra.

Rebeca levantó la cabeza. Miró a su alrededor y sonrió con malicia.

Entonces dijo en voz alta:

—Nen Setepu. Nen Ureju.

Al finalizar la ceremonia, Keket se acercó a Rebeca y le dijo:

—Tu ofrenda ha sido aceptada; Sócrates ha sido contenido. Ahora tengo otra misión para ti. Esta es mucho más compleja. Sin embargo, tú ya eres una Urejet y confío plenamente en que la realizarás con éxito.

Keket le entregó una fotografía.

Rebeca abrió grandes los ojos. Se quedó pensativa por un momento. Poco después sonrió, miró a Keket con ojos furiosos y asintió.