Insania Mea Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Pues nada, ya conoces el foro que administraba. Yo estaba bien contenta. Podía publicar mis escritos, platicar con gente pensante. Todo bien. Hasta que llegó ese cabrón.

—¿Y?

—Al principio hablamos normal. Pero luego se le fueron las cabras al monte.

Está bien dañado. Un día empezó chingue y chingue.

Me mandaba un buen de mensajes. Que lo estaba vigilando.

Que lo quería madrear. Que nadie le iba a quitar a su esposa.

Puras mamadas. Me borraba publicaciones y tiraba el servidor a cada rato.

Lo eliminaba y el culero volvía. Pinche hacker de mierda.

Me costó un buen hacer que el foro creciera y ese culero me lo quitó así nada más por sus huevos.

—Comprendo —dijo Isidro—. Sí, está ca… Vale, ponte atenta. Tenemos que salir.

—Recuerda lo que practicamos.

Isidro hizo una seña. Era momento de irse.

Se levantaron y caminaron hacia la salida. Al pasar junto a la mesa, Rebeca «tropezó» ligeramente. Su hombro chocó con el de aquel chico serio.

—Perdón —dijo ella.

Él volteó. Sus ojos se encontraron.

Rebeca le sonrió. Una sonrisa pequeña, ambigua. Inclinó ligeramente la cabeza a modo de saludo. Sin romper el contacto visual.

Él se quedó paralizado. Mirándola fijamente.

Rebeca siguió caminando.

El chico giró en su asiento, siguiéndola con la mirada.

Isidro se interpuso entre ambos. Bloqueó la línea de visión.

Colocó una mano en el hombro de Rebeca y la guio hacia la puerta.

Todo había durado apenas cinco segundos.

El tiempo justo para despertar la paranoia latente en aquel desgraciado.

Febrero. Año 2.

Rebeca llegó al hospital psiquiátrico para recibir los detalles de su misión.

Keket la citó a las nueve y media de la mañana.

Ingresó y caminó por el pasillo; el piso estaba húmedo.

Una señora caminaba hacia atrás con la mirada baja al tiempo que trapeaba el piso con amplios movimientos que abarcaban todo el ancho del pasillo.

Un aroma oleoso se desprendía del piso. Olía como a petróleo mezclado con algo frutal.

Rebeca no supo distinguir la fragancia. Un anuncio color amarillo estaba colocado en el suelo: «Precaución. Piso mojado». Rebeca se detuvo en seco.

La señora levantó la vista y le dijo:

—Pase, pase. Nada más, con cuidado.

Rebeca asintió y pasó de puntillas para no manchar el piso.

—Gracias —dijo Rebeca.

La señora le sonrió y siguió con su trabajo.

Al llegar a la oficina, Keket la hizo pasar. Un humidificador sobre un esquinero, que Rebeca no había visto ahí la vez anterior, emitía una ligera neblina de menta y mandarina que inundaba toda la oficina con su perfume.

Rebeca se sentó frente al escritorio y entonces Keket le dijo:

—Bien, ya diste el primer paso; lo que hiciste en la cafetería estuvo bien. Pero ahora lo vamos a hacer de verdad. ¿Estás dispuesta?

Rebeca asintió.

—Tengo el perfil psicológico completo de Selene; la he estado observando durante mucho tiempo.

Tenemos videos, conversaciones. Todo. ¿Qué necesito?

Que pienses como ella, que te muevas como ella, que hables como ella.

Tienes que imitar todo: frases, muletillas, tono. Postura, ademanes, gestos, microgestos.

Rebeca frunció el ceño.

—Para lograrlo tienes que copiar lo que hace cuando nadie la ve, eso es importante. Cuando nadie la ve, es ella misma. También tengo todo eso.

Rebeca agachó la mirada.

—Otra cosa. Ella tiene una complexión más fitness que tú, entonces tienes que empezar a hacer ejercicio. El cuerpo y la mente están en comunión. Si tu cuerpo se mueve como ella, la mente empezará a pensar como ella. Si piensas como ella, tu cuerpo reaccionará como lo hace el de ella. ¿Me entiendes?

—Sí, eso creo. Aunque no sé cómo lograrlo.

—Te contraté varios entrenadores. Ellos te van a ayudar.

Piensa en ti misma como una actriz que se prepara para un papel.

Ellos hacen eso todo el tiempo. Es posible.

Además, aunque su esposo la conoce mejor que nadie, tú no vas a interactuar con él de cerca.

De lejos no hay modo de que te reconozca.

Así que no temas. Tienes tiempo para aprender a ser Selene.

Entonces, repito mi pregunta. ¿Estás dispuesta?

Rebeca lo pensó con detenimiento. Después de un tiempo, asintió.

—Pero… ¿Qué consigo con eso? Es decir, no entiendo para qué hacerlo.

Keket sonrió.

—No necesitas entenderlo, pero te lo voy a explicar.

Ya te he hablado de Renata. Ella sembró una duda en Sócrates.

Le habló sobre los doppelgänger . Sócrates es demasiado analítico y racional.

No va a ser fácil convencerlo de que los doppelgänger existen.

Por eso primero necesito desestabilizarlo de manera emocional.

Ahí es donde entras tú. Le vas a hacer creer que Selene lo engaña con Isidro y aquí voy a ser muy clara.

No te digo que necesites besarte con Isidro y mucho menos acostarte con él.

Simplemente, se tienen que dejar ver por Sócrates y sus amigos, tomados de las manos o muy juntos con las miradas acarameladas.

Ese tipo de cosas. Sócrates va a lamentar haberse metido con nosotros y contigo. Las dos ganamos con esto.

—¿Cuándo empiezo?

—Ahora mismo.

12 de febrero. Año 2.

La transformación de Rebeca se llevó a cabo en la barbería Uraeus; le tiñeron el cabello y las cejas de color castaño.

Le hicieron un corte y le delinearon las cejas igual que a Selene.

Era idéntica a ella, salvo por los ojos y por el cuerpo: el de Selene estaba moldeado por el ejercicio.

Le pusieron la ropa; le quedaba ajustada de la cintura y muy floja en las piernas y los glúteos. Tenía mucho trabajo por hacer.

Después de su transformación, la llevaron a otro sitio.

Varios autos estaban estacionados afuera.

Una niña con un tutú rosado abordó uno de ellos; el auto emitió un sonido y se alejó de ahí.

La entrada era una puerta de metal que daba directamente a unas escaleras.

Era la única puerta de ese estilo; en toda la calle había negocios variados.

Una estética unisex, tiendas de ropa y, justo en la esquina, una panadería pequeña que invadía la calle con su aroma a mantequilla y pan recién horneado.

Subieron las escaleras e ingresaron al local.

Unas cuantas niñas aún estaban en las bancas de madera atando su calzado.

Tres paredes del lugar estaban completamente cubiertas con enormes espejos.

Ancladas al piso y frente a los espejos, había unas vigas acolchadas para estirar las piernas.

La duela estaba bien pulida y despedía un ligero olor a aceite para muebles, aunque el olor del pan se filtraba por las ventanas.

Las luces en el techo opacaban cualquier sombra sobre la habitación.

Rebeca caminó junto con Isidro hasta las bancas. Las niñas, una a una, se fueron del lugar con su mochila al hombro después de despedirse de su maestra.

Cuando la última niña se fue, la maestra se acercó a ellos y con una pequeña reverencia dijo:

—Nen Setepu. Nen Ureju.

Ellos respondieron al saludo.

—Bien —dijo ella con la mirada sobre Rebeca—. Mi nombre es Nailah. Supongo que ya estudiaste el perfil y que viste los videos. También necesito que escuches todo el tiempo la voz de Selene. Si lo queremos lograr en tan poco tiempo, debes ser obsesiva con esto. Muéstrame qué tienes.

Rebeca caminó hasta el otro lado de la habitación, luego se acercó a Nailah y la saludó con una sonrisa en el rostro.

—No. No me convences. Tu mirada sigue siendo muy dura.

Y tu voz se escucha rara, como si recitaras en la escuela.

No la aplanes. Tiene que ser más aguda que la tuya, pero no debes pensar en ello.

Selene es muy zen, así que irradia tranquilidad.

Te tienes que tranquilizar y no pensar que finges.

Hazlo y ya. A ver. Otra vez —ordenó Nailah.

Rebeca repitió el ejercicio.

—No. Necesitamos trabajar en eso. Sabes lo que deberías hacer. Se ve que has estudiado. Pero se ve falso. Tenemos que trabajar de otra manera. Necesito que lo sientas y que no lo pienses. Espera.

Nailah se alejó hacia un rincón de la habitación y regresó con dos tapetes para yoga que tendió en el centro. Entonces llamó a Rebeca y se sentó sobre un tapete con las piernas cruzadas.

Rebeca se acercó.

—Ven. Siéntate en ese tapete, así como yo.

Rebeca se sentó y se fue de espaldas sobre la duela. Se quedó tendida en el piso durante unos segundos y después se incorporó.

—No. No puedo —dijo molesta.

—No pasa nada —dijo Nailah—. Siéntate como puedas; ya después vas a poder.

Rebeca se arrodilló y posteriormente se sentó sobre sus pantorrillas.

—Bien, respira profundo y luego exhala lentamente.

Rebeca obedeció.

—Dime qué sientes y en dónde lo sientes.

—No sé, no siento nada.

—Intenta de nuevo. Dime qué emoción se hace presente.

Rebeca cerró los ojos y respiró profundo.

—Siento rabia. Creo.

—Bien, ¿en dónde la sientes?

—En todo el cuerpo… En la mandíbula y la frente… En las manos… También en el pecho… y… en los hombros.

—Vale, ahora inhala profundo y relaja tu cuerpo.

Cuando exhales, libera esa tensión. Vamos a hacerlo varias veces.

Cierra tus ojos y toma aire muy profundo.

—Rebeca tomó aire y lo sostuvo—. Déjalo salir lentamente y relaja tu mandíbula.

Baja los hombros y coloca tus manos sobre tus piernas con las palmas abiertas. No aprietes los puños. ¿Qué sientes?

—Siento calor en las mejillas… Me duele la mandíbula y quiero golpear algo con los puños; me hormiguean.

—Vale, repitamos el ejercicio.

Así lo hicieron.

—¿Ahora qué sientes?

—Siento como un hueco en el estómago… justo debajo de las costillas. Es frío, como si un hielo encogiera todo por dentro. Siento rara la garganta, como un nudo que me sofoca… También siento como si el cuerpo se me encogiera.

—Bien. Eso que sientes es miedo. Es normal. Repite el ejercicio.

—Pero… Es que… Quiero ser alguien más. Pero no ella. Algo en mí se resiste.