Capítulo 9
Selene llegó del trabajo a las cinco y media de la tarde.
La casa olía a café. Como siempre. Dejó sus cosas y se dirigió a la sala.
Ahí estaba Sócrates. Sentado en el sofá, reclinado hacia el frente y con la cabeza entre las manos.
Selene se sentó junto a él y le puso una mano sobre la espalda.
Entonces se agachó y le buscó la mirada.
—¿Bien cargado y sin azúcar?
Sócrates no respondió. Miró los ojos ámbar de Selene y entonces se incorporó.
—Tengo algo que decirte —le dijo mientras dirigía la mirada hacia el piso.
Selene lo miró y se quedó al borde del sofá.
—He estado distante. Lo sé —continuó él—. No hay otra mujer. No, no es eso. Jamás te haría algo así y lo sabes. Es otra cosa… Bueno… Sí hay otra chica involucrada, pero no de esa manera. Es solo que me preocupa y no sé cómo ayudarla. Creo que está en peligro.
Selene no dijo nada.
—Le perdí el rastro. Y luego… luego… —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Te puse en peligro. Por eso te llevo por las mañanas —dijo con la voz quebrada—. Por eso salgo a hacer ejercicio contigo. No es que te quiera fastidiar o que no confíe en ti. Es solo que… Tengo miedo.
Selene lo tomó suavemente de la barbilla, le alzó la cabeza y lo miró a los ojos.
—Aquí estoy. No pasa nada.
—No sé qué haría sin ti. No podría seguir adelante. Tú lo eres todo para mí. Y si algo te pasa, yo…
Selene no lo dejó terminar y lo besó en los labios. El beso se prolongó varios segundos.
—Mira. Lo que necesitas es salirte de ti mismo.
Mirar desde otra perspectiva. Atacar el problema sin emociones de por medio.
El sentimiento nubla la razón. Tú lo sabes: si te culpas, si te preocupas, te estancas —hizo una pausa—.
Hay que quedar con las chicas. Hace tiempo que no veo a Albina y ya sabes cómo es.
Yo creo que nos podrían alegrar el día y…
ya después vemos qué hacer con todo esto.
Sócrates se limpió las lágrimas y la miró pensativo.
—No trato de minimizar las cosas. Solo te digo que quizá te haría bien distraerte un poco.
Sócrates asintió y volvió a mirar el piso.
—A ver. Dime. ¿En realidad cuál es el problema? ¿Me quieres platicar desde el inicio?
Sócrates levantó nuevamente la mirada.
—No, tienes razón. Necesitamos salir. Me refiero a que sí te quiero decir todo, pero necesito calmarme primero.
—Sí, déjalo fluir. Ya sé que no comulgas mucho con el Tao, pero ayuda. Me refiero a que no te digo que hagas de lado tus preocupaciones. Me refiero a que no puedes forzar las cosas. Si lo haces, todo empeora.
—Sí. Justo eso me pasó. Metí mi cuchara en donde no debía y ahora…
—Bueno. Pues ya no lo empeores. Deja que las cosas fluyan como deben fluir.
¿Puedes hacer algo para remediar lo que sea que te esté causando el problema?
Me refiero a que dijiste que piensas, o sabes, que una chica está en problemas.
Está genial que quieras ayudarla, pero tú no eres la policía.
No te lo digo en mala onda. Es solo que lo que yo alcanzo a ver es que esa gente es peligrosa y si le sigues moviendo, pues…
Sócrates respiró hondo.
—Sí, quizá tienes razón. Lo dejaré así. ¿Cuándo vamos con las chicas?
Selene frunció el ceño.
—Voy a hablar con Albina. A ver qué dice. ¿Vale? Mientras tanto, trata de descansar un poco. Hace tiempo que no duermes bien. Ven, te acompaño a la recámara para que reposes un rato, ¿quieres?
Sócrates asintió.
Selene lo acompañó a la recámara, luego bajó las escaleras, se sirvió un café y tomó su libro para leer.
Las palabras de Sócrates resonaban en su mente.
Algo no estaba bien. Desde que lo conocía, nunca se había comportado de esa manera.
Entonces se preguntó si el monstruo del armario desaparecería al encender la luz.
Porque de no ser así, ella estaba realmente en peligro.
Ya de madrugada, Sócrates se preparó una taza de café y se dirigió rápidamente a su escritorio.
Selene le había recomendado no seguir con todo eso, pero el canto de la sirena ya lo tenía bajo su influjo.
Abrió la laptop y se propuso rastrear la dirección IP.
La pantalla iluminó el cuarto en penumbra.
Tenía que encontrar a Insania. Ella era la única que sabía la verdad.
Abrió una terminal y ejecutó algunos comandos.
El vapor del café empañaba apenas el borde inferior de la pantalla.
Empezó el escaneo y la información se desplegó lentamente.
Proveedor: Hospital Psiquiátrico Horus del Valle.
Tipo de institución: Centro psiquiátrico.
Sintió un nudo en el estómago.
—No… —murmuró.
Volvió a revisar. Ejecutó otro comando. Confirmó la dirección.
La misma.
Un hospital psiquiátrico.
Intentó vulnerar el servidor. Tecleó unos comandos más.
Silencio.
Luego:
Acceso concedido.
El pecho le saltó.
Descargó lo que pudo. Se recargó en la silla y sonrió complacido. Aún tenía que revisar si los archivos tenían información relevante. Pero ya era un indicio.
Lo había logrado.
Entonces la pantalla parpadeó.
Una sola vez.
La terminal dejó de responder.
El cursor desapareció.
Sócrates sintió un escalofrío. Las letras comenzaron a escribirse solas. Sin querer les había dado acceso a su ubicación y encima se burlaban de él.
Gracias por compartir…
Nen Setepu.
Nen Ureju.
Sócrates cerró la sesión de golpe. Desactivó la conexión y bajó la tapa de la laptop con urgencia.
Se quedó pensativo un instante. Lo habían descubierto.
Lo echó a perder. Puso a Selene en peligro por tratar de salvar a una desconocida.
La amenaza era real. Ya no había duda y ahora sabían en dónde encontrarlo.
Se preguntó si en realidad quería salvar a Insania o si simplemente quería alimentar su ego. Subió las escaleras como si le pesaran las piernas. Miró a Selene dormir con esa tranquilidad que siempre le asombraba. Si tan solo le hubiera hecho caso a Selene, pensó.
Se sentó en el borde de la cama y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se levantó de la cama y besó a Selene en la frente. Ella se despertó.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—No es nada. Duerme. Perdón por despertarte.
Se acostó en la cama y rodeó a Selene con sus brazos desde atrás. Ella se quedó dormida. A él lo consumió la vigilia.
Febrero. Año 2.
Isidro estacionó el auto frente a la casa de Rebeca.
Ella salió y subió al auto. Isidro condujo hacia el sur de la ciudad y se detuvo frente a una barbería.
El lugar parecía una sinfonía en contrapunto: luces modernas, verde esmeralda y violeta, reflejadas sobre cristal esmerilado con relieves que evocaban algo antiguo.
Una gran cabeza de cobra estaba grabada sobre el vidrio, justo en el centro.
El nombre, Uraeus barbería, con letras doradas resaltaba justo debajo de la cobra.
Isidro deslizó la puerta hacia la izquierda y la cobra pareció cobrar vida por efecto de la luz.
Una caricia de talco y loción los envolvió.
No había clientela; parecía reservada solo para ellos.
Una vez dentro, Isidro la condujo hasta una habitación en la parte trasera.
Le dijo que entrara y él la esperó afuera.
Varias mujeres de la hermandad la rodearon.
La vistieron con un hiyab azul turquesa y una abaya holgada del mismo color, adornada con vivos dorados.
Maquillaron su rostro con cuidado y cargaron sus ojos de negro hasta extender el delineado casi a las sienes.
Isidro también cambió su aspecto. Parecía un profesor de historia, o algo semejante.
Vestía un saco de lino color arena con múltiples bolsillos, jeans azules y botas todoterreno.
Llevaba un shemagh doblado de manera descuidada alrededor del cuello y unos lentes de pasta gruesa.
Al hombro cargaba una mochila de cuero desgastado y un portaplanos de plástico negro.
Poco después retomaron el camino.
Se detuvieron frente a una cafetería discreta, de esas donde nadie parece tener prisa.
Desde el exterior, el lugar se antojaba tranquilo, casi inofensivo.
Una vez dentro, eligieron una mesa al fondo, apartada del resto.
El murmullo de conversaciones ajenas y el aroma del café recién hecho envolvían el ambiente.
Isidro se levantó para ordenar las bebidas.
Rebeca permaneció sentada, observando a su alrededor con atención.
Nadie parecía reparar en ellos. Era un sitio propicio para pasar desapercibido.
Cuando regresó, Isidro colocó las tazas sobre la mesa y abrió su mochila.
De su interior sacó una libreta de aspecto desgastado.
La dejó frente a él y, por un momento, la observó en silencio antes de abrirla.
Al poco tiempo, un grupo de personas ingresó a la cafetería.
Tomaron asiento y, enseguida, esa mesa se transformó en un mar de felicidad tan estridente que Rebeca no pudo ocultar su gesto de molestia.
Para ella era insoportable. Esas tres mujeres invadieron ese espacio con su coreografía de anécdotas compartidas.
Era tan notorio que compartían un pasado común al que Rebeca jamás podría pertenecer.
En medio de aquella fiesta, el hombre que las acompañaba parecía pertenecer a otro mundo.
Su apatía ante aquel bullicio era evidente.
Se limitaba únicamente a sonreír cuando una de ellas lo miraba.
Rebeca sintió una punzada en el pecho.
El hombre de la mesa volteó un momento en dirección a Rebeca. Isidro le hizo una seña disimulada para que prestara atención.
Rebeca lo observó mejor. Entonces lo reconoció.
—¡Ash, ese pendejo! ¡Maldito filósofo wannabe de mierda! —dijo Rebeca apretando los puños.
—Tranquila. Ya tendrás tiempo para desquitarte.
—Es que no tolero a ese hijo de puta.
—¿Pues qué te hizo o qué? Keket no lo mencionó. Me dijo que lo odias y nada más.
—Arruinar mi foro, solo eso. El muy bastardo.
—Vale, cuéntame mientras observamos. Aún tenemos que estar aquí por un rato. No podemos salir hasta que nos den la señal.