Capítulo 8
Rebeca se levantó de la cama. Se dirigió a la ventana y respiró profundo.
El aroma de sus pinos de limón por la mañana era algo que le gustaba saborear apenas levantarse.
Una camioneta estaba estacionada frente a su puerta.
Rebeca sabía lo que eso significaba. El treintañero estaba abajo con su madre.
No sabía qué pretendían. Pero de algo estaba segura.
Tendrían que llevarla a esa oficina a rastras.
Esta vez no pensaba ceder. Entonces llamó a Isidro.
—¿Qué pasa? —dijo Isidro.
—Se me complicaron las cosas, necesito que vengas por mí. Te mandé la ubicación. Me avisas cuando estés afuera, ¿puedes?
—Sí, voy por ti.
—¿Cómo en cuánto llegas?
—No sé, déjame revisar.
Abrió la ruta en su teléfono.
—Estoy como a cuarenta minutos.
—Vale, gracias, te espero. Si algo pasa, te aviso.
—Vale —concluyó Isidro.
Se arregló para salir y aguardó a que Isidro la llamara. Después de treinta minutos, el teléfono vibró y Rebeca bajó por la escalera.
Ahí estaban los dos sentados en la sala.
—Te estábamos esperando, querida —dijo su madre al tiempo que se levantaba y se interponía entre Rebeca y la puerta—. Rubén estaba preocupado por ti.
Rebeca sonrió con malicia.
—¿En serio? —contestó sarcástica.
—Sí, la oficina casi lloró por ti —dijo Rubén—. Te compré una computadora de esas que adoran ustedes los diseñadores gráficos —prosiguió al tiempo que acomodaba su ostentoso reloj en la muñeca—. Te está esperando para que la desempaques tú misma.
Rebeca lo miró con desagrado. Le molestaba sobremanera el tono amanerado que utilizaba al tratar de emular el habla de los chicos de dinero. Nada que ver. Isidro no hablaba de esa manera.
—Pues yo no te he pedido nada. Además, no creo que tengas ninguna idea de qué es lo que yo adoro. Hablas de los diseñadores como si nos hubieran hecho en serie. No generalices. No creo que a los demás supervisores les guste que los llame pendejos solo porque tú lo eres, ¿o sí?
La madre de Rebeca casi deja caer su taza de café.
—Rebeca, por favor, ¿en dónde quedaron tus modales? —dijo su madre con una mano en el pecho y el rostro enrojecido.
—No pasa nada, señora —dijo Rubén—. Entiendo que Rebeca esté molesta. Hay que darle tiempo.
—¿Tú me vas a dar tiempo? —dijo molesta—. ¿Pues quién te crees o qué? No me vas a poder follar, ¿entiendes? Así que guárdate tu computadora y tu trabajo en donde mejor te quepan.
La ira se concentró en la mano de su madre y se descargó como un chicote sobre la cara de Rebeca. El labio inferior se le abrió y un hilillo de sangre le escurrió hasta la barbilla.
—No te voy a permitir esas actitudes, Rebeca.
Rebeca se llevó la mano a la boca y, sin decir una palabra más, salió de la casa dando un empellón a su madre.
Una vez en la acera, echó a correr hasta el auto de Isidro.
Su madre salió detrás de ella y, cuando vio el auto de Isidro, se detuvo en seco. Rebeca se subió al auto y se alejaron de ahí.
Isidro la miró.
—En la guantera hay pañuelos. ¿Qué te pasó?
—Mi mamá me pegó —dijo mientras revisaba la guantera.
—¿Y eso?
—Lo que pasa es que me quieren emparentar con un pendejo. Ja. ¿Viste la cara de mi madre cuando vio tu auto?
—No, no me fijé.
—Lo bueno de todo esto es que ahora me dejará salir contigo a donde sea —dijo con una sonrisa.
Isidro la miró y le sonrió.
Treinta minutos después llegaron al hospital psiquiátrico. Keket los esperaba en su oficina. Cuando estuvieron frente a la puerta, los hizo pasar.
—Tomen asiento —les dijo.
Ellos se sentaron y aguardaron a que Keket hablara.
—Veo que has decidido seguir adelante. Me da gusto saber eso —dijo con la mirada sobre Rebeca—. Tengo una propuesta que hacerte. Pero primero tenemos que revisar ese golpe. ¿Qué te pasó?
—Nada. Mi madre. No creo que vuelva a pasar.
Keket se levantó y se acercó a ella. —La herida del labio parece superficial. El moretón en la mejilla, en cambio... —Negó con la cabeza—. Ese va a tardar más. Con maquillaje, quizá.
—Llévala a la enfermería y luego regresan —le ordenó a Isidro.
Salieron de la oficina y caminaron por el pasillo hasta un cubículo en el que había varias enfermeras. Revisaron el golpe, limpiaron la herida del labio y le pusieron un vendolete.
—Tómate estas pastillas para que se te baje la inflamación —dijo una de ellas.
Acto seguido, regresaron a la oficina.
—Sé que estás enojada con alguien que te ha estado molestando —dijo Keket—. Te vamos a ayudar con ese asunto para que dejes atrás lo que te pesa antes de entrar. ¿Te parece?
Rebeca frunció el ceño y se quedó en silencio.
—Voy a ser honesta contigo. Ese chico se ha metido en nuestros asuntos. Se ha puesto en contacto con Renata, la chica del foro a la que expulsaste.
—¿Insania? —preguntó Rebeca.
—Esa misma. Ella está con nosotros. Está aquí en el hospital.
Rebeca sintió un escalofrío.
—No es lo que estás pensando —prosiguió Keket—. Ella es una de nosotras. Es como tú. Una elegida —hizo una pausa—. Pero no nos desviemos del tema. Quiero que vigiles a ese chico. Lo necesito aquí y tú me lo vas a traer. Pero antes lo quiero romper. Estrujar esa mente suya. ¿Me entiendes?
Rebeca respiró profundo.
—No finjas. Sé que tú lo odias. Si aceptas la misión y la concluyes con éxito, entonces, y solo entonces, podremos ungirte y serás parte de la hermandad. Aunque no serás como muchos de los que están ahí. Tú formarás parte del círculo interno. Eres especial.
—Vale, sí lo odio, pero no quiero matar a nadie, ni quiero ser cómplice. Si se trata de eso…
—Me refiero a su mente —la interrumpió Keket—. Tú no vas a matar a nadie y yo tampoco.
Rebeca se quedó en silencio.
—¿Qué debo hacer? ¿Cómo te lo traigo? —dijo al fin.
—Después Isidro te explicará los detalles. Aunque primero necesito que sane tu herida. Eso lo complica. Ahora salgan de aquí. Tengo mucho trabajo por hacer.
Entonces se levantaron y salieron de la oficina.
Al ir por el pasillo, Rebeca le dirigió a Isidro una mirada fulminante. Cuando se alejaron unos metros de la oficina, Rebeca volteó hacia atrás y le preguntó a Isidro en voz baja.
—¿Qué pedo con eso? —preguntó, encogiéndose de hombros.
—¿Con qué o qué? —respondió Isidro con tranquilidad.
—¿Cómo que con qué, güey? No mames. Si de verdad quieres que entre, me tienes que decir las cosas como son.
No me gusta hacer las cosas así nada más a lo pendejo.
No estamos hablando de un pinche insecto.
Es una persona y ustedes me dicen, así como así: «Quiero que me lo traigas» —dijo remedando a Keket.
Isidro sonrió.
—¿Entonces los insectos no tienen derecho?
—Ah, no me vengas con mamadas. Claro que tienen derecho. Pero ese no es el punto. Explícame o me largo —exigió—. Y la verdad, me vale madre si después me buscan.
—Vale, no te encabrones. Te lo voy a explicar porque te lo has ganado. No porque me den miedo tus amenazas. Si te largas… Keket… Ah, no importa.
—No, sí importa, güey. ¿Me van a traer por la fuerza? ¿Eso quisiste decir?
Isidro asintió.
—Mira. Este no es un buen lugar. Las paredes oyen, ¿entiendes? Espera a que estemos afuera. Allá te explico.
Rebeca hizo una mueca y apretó el paso hacia la salida.
Después de salir, se alejaron unos cuantos metros. Entonces Rebeca le exigió una respuesta.
—No. Vamos más lejos —dijo Isidro—. Ella no necesita escuchar lo que decimos; te puede leer desde lejos. Vámonos de aquí —concluyó al tiempo que empezaba a caminar.
Rebeca volteó hacia el hospital y después siguió a Isidro de cerca. Subieron al auto e Isidro se ofreció para llevarla a casa. Ella aceptó.
—¿Le tienes miedo a Keket? —preguntó Rebeca.
—¿Por qué lo preguntas? —respondió Isidro.
—No sé, todo eso de allá…
—Mira. Lo cierto es que no me dice mucho. En la hermandad jamás habíamos estado en una situación así. Nunca nadie nos había investigado.
—Vale, pero ¿por qué yo?
—No lo sé. Es una prueba, supongo. La verdad es que no te necesita para eso. Me imagino que quiere ver hasta dónde estás dispuesta a llegar.
—Pues ese es el punto. Para ser honesta, estoy harta de tener que obedecer. Por eso me molestó que me dijera que yo se lo iba a llevar. Como si fuera a la fuerza, ¿me entiendes?
—Te puedes negar. Eso es un hecho. Keket te diría que está bien y que no te quiere volver a ver. Solo eso. He visto a otras echarse para atrás justo antes de que las unjan.
—¿Entonces? No entiendo. ¿No que me llevarían a la fuerza?
—Es un decir. Keket suele ser muy persuasiva. Si de verdad te quiere ahí, algo te ofrecerá a cambio. Haz la prueba si quieres.
Rebeca lo miró largamente.
—No lo sé. Eso de policía bueno, policía malo me da mala espina —dijo Rebeca.
Isidro orilló el auto y la miró a los ojos.
—¿Crees que miento?
—No lo sé. ¿Estás mintiendo? Todo esto es muy extraño.
—¿Recuerdas que te dije que yo soy parecido a ti?
—Sí, ¿qué con eso?
—Pues eso. Eres mi única amiga. Por eso te digo más de la cuenta. Por eso me arriesgo con Keket. Porque, después de todo, creo que tú también me consideras tu amigo. Me recuerdas bastante a Renata. Eso es todo.
—Vale, te creo —dijo Rebeca y lo abrazó—. Sí, yo también te considero mi amigo.