Insania Mea Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Durante todo el camino de regreso, Rebeca le daba vueltas a todo lo que había sucedido.

A las palabras de Isidro, a las de Layla e incluso a las de Keket.

Le habían recalcado que para entrar se necesita valor.

Entendía que para rebelarse en una comunidad rural en donde el machismo era el pan de cada día, se necesitaban agallas.

El hecho de que una hermandad estuviera dispuesta a ayudar a todas esas chicas para liberarse de ese yugo le parecía genial.

Incluso los hombres ahí eran diferentes al resto de la gente que habitaba en esa comunidad.

Lo había visto. Pero ella no estaba oprimida en ese sentido.

No lo veía así. Su opresión era diferente.

¿Cómo, entonces, podría la hermandad ayudarla a ser libre?

Ya había confrontado a su madre; sin embargo, sabía muy bien que mientras viviera en esa casa, las cosas no le serían simples.

Terminarían obligándola a aceptar ese empleo en el que sería acosada por su jefe.

—Pinche patriarcado de mierda —pensó—. Y todo por cubrir las apariencias.

Yo no tengo esa ambición. Jamás he buscado la hipergamia.

Ellos quieren subir de estatus. Por eso me fabricaron esa alianza matrimonial estratificada disfrazada de oferta laboral.

¿Qué debo hacer? Nen. Lo que era antes. Setepet-ten. Lo que podría llegar a ser.

Las palabras se hicieron presentes y se quedaron ahí. Su mente rumiaba. Las palabras la perseguían. Las murmuraba en la ducha. Las escribía en los márgenes de sus cuadernos. Nen Setepu. Nen Ureju. Como un mantra que no podía dejar de repetir.

No sabía bien por qué lo hacía. Había ido a esa reunión con Isidro por curiosidad.

Por fastidio. Esperaba encontrar un espectáculo ridículo, una excusa para burlarse de ellos y largarse.

Pero las palabras se habían quedado. Y con ellas, algo más.

Una sensación extraña. Parecía hambre, pero no en el estómago.

Quizá era sed, pero no en la garganta. Como si algo dentro de ella hubiera despertado.

Al día siguiente, Rebeca se bañó temprano y salió de casa.

Le llamó a Isidro para verse y poder disipar algunas dudas.

Se citaron en el mismo café del centro comercial.

Ya no era fin de semana, así que el lugar estaba casi desierto.

Ordenaron y se sentaron a una mesa. Entonces Rebeca expresó, sin rodeos:

—Vale, lo he pensado. Dices que soy una elegida… ¿Elegida para qué? Explícame.

—Mira —contestó Isidro—, hay gente por ahí que no debería estar aquí. No deberían existir. Son una aberración —prosiguió, con un dejo de irritación—. Sin saberlo, fastidian el mundo. Tú y yo somos víctimas de su crueldad.

Rebeca frunció el ceño.

—O sea, ¿cómo? ¿Van por ahí asesinando gente solo porque piensan que no deberían existir?

—No, no, no. No me he explicado bien —respondió Isidro, recuperando la calma—. Me refiero a que no deberían estar aquí. Sin embargo, están, y nosotros no podemos hacer nada al respecto. Pero sí podemos despojarlos de lo que es nuestro por derecho.

—¿Les roban? —interrumpió Rebeca.

Se recargó en la silla, levantó la vista hacia el techo y dejó caer las manos sobre los muslos, con fastidio.

—No, tampoco —dijo Isidro—. Necesitas ver algo. Cuando te lo muestre, lo entenderás.

—Vale. ¿Cuándo? —preguntó Rebeca, con un filo nuevo en la voz.

Isidro sonrió.

—Yo te aviso. Pero debes estar dispuesta a acudir en cuanto te lo diga. No es algo que traiga en el bolsillo, ¿me explico?

—Claro. Entiendo. Son personas —dijo Rebeca, más para sí que para él.

—Tranquila. No vamos a matar a nadie ni a asaltar a nadie. Nada de eso. Solo vamos a observar un poco. Para entender de qué hablo, tienes que verlo por ti misma —concluyó Isidro.

Salieron del café. Isidro sacó su teléfono, hizo una llamada y esperó a que contestaran mientras le guiñaba el ojo a Rebeca.

—¿Diga? —respondió alguien al otro lado de la línea.

Isidro sonrió, emocionado.

—Está hecho, hermanita. Por favor, prepárame una cita.

Esa noche transcurría para Rebeca como cualquier otra.

Sin sentido. No podía dormir. Esa era la costumbre.

Su diálogo interno era infatigable, aunque esa noche tenía más motivos para no dormir.

Al día siguiente le mostrarían eso que supuestamente la convencería de ingresar.

Siempre había querido ser parte de algo.

Eso le daba ánimo; lo que la desconsolaba era ese sentimiento de echar todo a perder.

La habían acostumbrado a obedecer. A seguir las reglas al pie de la letra.

No así cuando se trataba de ella misma. Entonces recordó aquel foro de psicología y filosofía que había creado y administrado en internet.

Solía pensar que ahí ella era la líder de un culto de eruditos.

Todas esas mentes brillantes que la admiraban precisamente por ser ella misma.

Amaban su mente. Eso le encantaba. Ser Vania.

La mente sin cuerpo. Sin halagos banales.

La gente ahí solo podía ver su forma de pensar, sus escritos y nada más.

Hasta que llegó MedioTocado. Él lo echó todo a perder.

Por otra parte, Rebeca se preguntó si sería buena idea adherirse al culto.

Al contrario de lo que Isidro decía, a ella le hacía más sentido lo del sabino.

Pensaba en qué tan probable era que, dentro del vasto universo con casi infinitas posibilidades de configuración, existiera un árbol gigantesco y no solo gigantesco, sino de una especie considerada sagrada, que bebiera agua de un arroyo que a su vez arrastrara minerales de una mina de plata y que, por si fuera poco, a esas variables se les sumara el hecho de que un enfermo bebiera del arroyo justo al lado del sabino y que, además, se aliviara de sus males.

Eso sí le parecía milagroso. No las patrañas en las que creía Isidro.

Así siguió divagando por un tiempo hasta que por fin el sueño la venció.