Insania Mea Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Una vez en el lugar, Rebeca se sorprendió. Había llegado temprano a la cita; sin embargo, ya había ahí aproximadamente trescientas personas. Entonces, a lo lejos miró al gran árbol. El corazón le dio un vuelco. Lo sentía latir con una fuerza inusual. Las palmas le sudaban.

El lugar estaba emplazado en medio del bosque.

Rebeca sentía que el pasto le insuflaba algo que no supo describir.

Una poderosa energía se infiltraba por sus pies descalzos.

Y ahí estaba el sabino. Imponente frente a ella.

Un sabio ancestral con mil historias que contar.

Recordó sus pinos de limón. Era lo único que extrañaría de esa prisión que llamaba hogar.

—¿Cuántos años tendrá el sabino? —se preguntó—.

¿Alguna vez habrá tenido el deseo de escapar de este lugar?

Yo no podría soportarlo. Aunque si yo fuera un árbol, no podría pensar.

Por otra parte, nuestro sistema nervioso, incluido el cerebro, es como ese árbol.

Es solo que está sembrado en una porción del universo que es capaz de caminar.

Quizá el árbol sí piensa. Tal vez está harto de esta gente.

¿Habrá tenido el impulso de morir? Dicen que lo respetan y le tallan un púlpito en el tronco.

Que no mamen. El árbol está vivo, carajo.

Es como esa gente que dice: «El árbol se movió como si tuviera vida propia». Qué pendejos.

Un olor a cítricos sacó a Rebeca de sus reflexiones.

—Me da gusto que hayas venido —dijo Isidro—. ¿El taxista te trajo sin problema?

—Sí, le mostré el folleto tal como me dijiste.

Pero allá no me dejaron ingresar con los zapatos puestos.

Estuve así de largarme de aquí —dijo Rebeca mientras hacía una seña con la mano—.

¿Y esa batita? Ja, ja, ja. ¡Te ves bien ridículo, no mames!

—exclamó Rebeca, incapaz de contener una estruendosa carcajada.

Varios de los adeptos se volvieron a verla con cierto desprecio.

—¡Calla! Vas a hacer que nos saquen a madrazos —dijo Isidro un tanto ansioso.

—Uy, qué pinche miedo —dijo Rebeca sin más—. Está bien, ya. Veo que la gente aquí se lo toma muy en serio.

De pronto, todos guardaron silencio. La sacerdotisa apareció por detrás del sabino, subió hasta el púlpito por una escalinata que rodeaba al sabino, levantó los brazos y exclamó con solemne voz mientras todos los presentes repetían sus palabras en voz baja.

—Gran madre de todo. Líbrame de la culpa porque no me pertenece. Abre mis ojos para que todo aquello que es imperceptible para los mundanos se revele ante mí.

Rebeca no cabía del asombro. No podía explicarse la emoción que la invadió en aquel momento.

—Oh Gran Alfarero. Muéstrame el camino. No dejes que mi nombre se pudra.

El corazón de Rebeca golpeteaba su pecho con fuerza. Fue entonces que se dio cuenta de que estaba repitiendo aquellas palabras sin saber cómo ni por qué.

—Soy la centinela. La portadora del Ka de mis hermanas —prosiguió la sacerdotisa.

—No dejes que mi nombre se pudra.

Entonces todos repitieron al unísono, mientras golpeaban su pecho al ritmo de las palabras.

Nen Setepu. Nen Ureju. Nen Setepu. Nen Ureju.

Nen Setepu. Nen Ureju. En un instante, el sabino se reveló ante Rebeca con todo su esplendor.

Más brillante. Sentía como si de pronto el piso casi rozara sus pies descalzos.

Los vellos de todo el cuerpo se le erizaron.

Entonces sonrió complacida y repitió en voz alta:

—Nen Setepu. Nen Ureju.

Al terminar la reunión, Isidro le preguntó a Rebeca con una amplia sonrisa en el rostro:

—¿Qué te pareció? ¿Cómo te sentiste?

—Voy a ser honesta contigo. Vine hasta acá para ver de qué va todo esto.

Pensé que era una partida de locos y me dio curiosidad.

Cuando llegué, vi que todo el mundo se conocía.

Se saludaban muy afectuosamente y, sobre todo, con mucho respeto.

Pero se ve que no fingen. Cuando salió la sacerdotisa, me saqué un poco de onda, la verdad.

Pensé que sería más vieja, al menos un poco mayor.

Sí que se toman en serio eso de que nunca envejece.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—El caso es que, desde el principio, pese a mis irreverencias, al estar aquí me sentí parte de algo.

Por primera vez en mi vida sentí que había tomado una decisión correcta.

Siempre me habían dicho qué hacer, pero esta decisión la tomé yo.

Aún no sé bien de qué va todo esto, pero siento que algo cambió en mi interior.

—Me da gusto escuchar eso —dijo Isidro, complacido—. Aquí nos cuidamos entre todos.

Luego añadió, con un tono más serio:

—Sé que aún no lo entiendes del todo. Por ahora solo necesitas saber una cosa: tú eres una de nosotros. Lo quieras o no, eres una elegida. Puedes quedarte o no; eso no cambia los hechos. Claro que me gustaría que te quedaras, pero la decisión es tuya.

—Lo voy a pensar, aún estoy molesta. Dices que me salvé por poco y, pues, la verdad, no quiero matar a nadie —concluyó Rebeca.

—Si eso te tranquiliza, tú no matarás a nadie. Eso te lo aseguro. Piénsalo. De todos modos, ya lo sabes —dijo Isidro, inclinando ligeramente la cabeza a modo de saludo—. Setepet-ten.

—¿Qué significa Setepet-ten? —preguntó Rebeca, intrigada.

—Tú eres una elegida —respondió Isidro con una gran sonrisa—. Son las palabras que utilizamos aquí. Setep y Urej.

—Cuando agregas la u, deja de ser individual: se vuelve colectivo. Todos. La et marca a las mujeres. Y ten… —hizo una breve pausa— es identidad. No un título.

—¿Y Nen? —preguntó Rebeca.

Isidro inclinó la cabeza apenas.

—Nen es lo que eras antes.

—¿Te puedo preguntar algo? Es sobre todo esto del sabino.

—Sí, ¿qué pasa con él?

—Es solo que me intriga un poco. Todo este lugar.

Ya sé que me dijiste que ustedes no creen en el árbol, pero la verdad es que sí tiene una energía bien cabrona.

Entiendo por qué no dejan entrar a este lugar con los zapatos puestos.

Es solo que no entiendo cómo dejaron que tallaran un púlpito en el árbol ni que el pasto aquí esté siempre bien podado.

¿Qué hacen con los desechos? ¿Nadie se pone al pedo?

—Vale. El púlpito ha estado ahí desde que recuerdo.

No sé quién lo talló. Mi abuelo, quizá. No lo sé.

En cuanto a las hojas secas y el pasto, todo lo llevamos a los compostadores que están de aquel lado —dijo mientras señalaba hacia la finca—.

No utilizamos químicos ni nada. La tierra que surge de la composta la utilizamos para cultivar diversos vegetales.

Jitomate, chile, cilantro, ese tipo de cosas.

La gente viene, se lleva un poco para su casa y se alimenta con ellos.

Eso de que la comida es sagrada adquiere otra dimensión aquí, ¿me explico?

Rebeca sonrió y negó con la cabeza.

—Entiendo. No dejan ni un cabo suelto.

Isidro se encogió de hombros.

Llegaron a los anaqueles junto al sendero. Rebeca tomó sus zapatos, se sentó en una banca y se los colocó con cuidado. Isidro hizo lo mismo.

—Siempre he querido unas botas como las tuyas, ¿sabes?

—¿Y luego?

—Mis padres no me dejaban. Son para gente rebelde, decían. Al rato vas a regresar oliendo a marihuana —dijo remedando a su madre.

Isidro esbozó una amplia sonrisa.

—Vale, me tengo que ir. Piensa en todo lo que he dicho, ¿quieres?

Rebeca asintió y miró cómo Isidro se alejaba del lugar.

—¿Eres nueva? —preguntó una muchacha de unos dieciséis años mientras buscaba sus zapatos.

—Pues ya estoy un poco usada, la verdad, pero ahí la llevo. —Las dos sonrieron—. Sí, soy nueva. Isidro me invitó a la ceremonia.

—Está guapo, ¿no?

—Sí, eso creo —dijo Rebeca con una sonrisa.

—¿Es tu novio? —preguntó la chica mientras se sentaba a su lado para colocarse los zapatos.

—No, solo somos amigos.

—Ya veo. Me llamo Layla, por cierto. ¿Y tú?

—Rebeca. Todavía me llamo Rebeca.

—Entiendo. Cuando te unjan, quizá yo esté ahí contigo.

—¿Eres del círculo interno? —preguntó Rebeca.

La chica frunció el ceño.

—¿Cuál círculo interno? No sé de qué hablas. Aquí, a las mujeres nos ungen y nos cambian el nombre. Entre otras cosas, es una forma de liberarnos del patriarcado. Ya sabes. El nombre es un símbolo de poder. Aquí nos enseñan a ser nosotras mismas. A no ser sumisas ante nadie.

—¿Y el sabino cómo encaja con todo eso?

—Lo del sabino es otra cosa. ¿No te explicó Isidro?

—Sí, algo me dijo. Pero no me explicó mucho, la verdad. Solo me dijo que aquí podría ser yo misma. No me dijo más.

—Pues no te mintió. No te puedo decir más. Pero hay una verdad que solo nos es revelada a nosotras. Cuando ingreses, la sabrás.

—Bueno, Layla. Me dio gusto conocerte. Me tengo que ir; vivo un poco lejos de aquí.

—Igualmente, aunque espero poder conocer a tu otro yo.

Rebeca asintió y se marchó por el sendero hasta la salida.