Insania Mea Capítulo 7
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Capítulo 7

Isidro citó a Rebeca para poder platicar con ella. Ella aceptó la invitación después de que él insistiera por algún tiempo. Quería salir de su casa, pero aún no le quedaba claro si la hermandad era una opción. Se quedaron de ver en un café ubicado dentro de una gran plaza comercial.

A Rebeca, el bullicio de la gente siempre le pareció insoportable.

Se sentía sofocada al estar rodeada de gente.

En esos sitios siempre tenía que fingir.

A todos ahí los veía como seres banales y superficiales.

Ahí siempre tenía que pretender que era una persona educada y respetuosa.

Todos pretendían ser alguien más. Tenían que guardar las apariencias y ella ya no tenía ganas de hacerlo.

Aun así, en esta ocasión, tenía que aceptar que eran necesarios.

Entre ese gentío se podía sentir segura.

Ya no pensaba exponerse sin sentido. Además, iba sola.

No estaban ahí sus padres para obligarla.

Llegó hasta el café. El lugar también estaba abarrotado de personas, aunque Isidro ya estaba ahí y había conseguido una mesa.

Al verla, le hizo una seña para que se acercara.

Rebeca caminó hasta la mesa y tomó asiento frente a Isidro.

—Bien, ¿qué pensaste del folleto que te di? —preguntó él sin más preámbulo.

—¿Francamente?

—Sí, quiero la verdad.

—La verdad, me parece propaganda. ¿Qué pedo con ustedes? Somos los Sepen…

—Setepen —interrumpió Isidro.

—Sepa la madre. Como se diga. ¡No mamen! ¿Eso qué? —expresó Rebeca.

—Y, sin embargo, aquí estás. Algo te movió, ¿cierto?

—No, para nada —contestó Rebeca con desgano.

—Entonces, ¿por qué viniste? —preguntó Isidro abriendo los ojos y con una gran sonrisa. La había atrapado, pensó.

Rebeca se cruzó de brazos y exclamó:

—Tengo curiosidad. Eso es todo. Y la verdad, eso que hicieron con mi teléfono… No mames. Sí me sacó un pedo, la verdad.

—Ja, ja, ja. Eso es cosa de Keket. Suele invertir en ese tipo de cosas. Pero bueno. Quiero invitarte a una reunión. Va a estar la sacerdotisa. No dejan entrar a cualquiera. Puro elegido, así como tú. Somos los que somos y nadie más.

—¡Ah, no me salgas con mamadas! Qué elegidos ni qué la chingada. ¿Elegida para qué o qué? —dijo Rebeca con tono irónico.

—Tú eres una de nosotros —aseguró Isidro tranquilamente.

—Vale, vale, pero hay algo que no entiendo. Si no quieren que el nombre sea olvidado, ¿por qué se lo cambian?

—Pues es simple. Tú eres Rebeca, ¿cierto?

Pero también eres Vania. Todos dirían que Vania es una fachada, una máscara.

Aun así, ambos sabemos que es al revés. Tu verdadero yo solo emerge cuando eres Vania.

Rebeca es la máscara que mantienes mientras otros te ven.

Ya en soledad es otra cosa. Uno es realmente quien es cuando está en soledad.

O, en este caso, detrás de un monitor. La cosa es que tú debes ser quien eres sin importar en dónde estés.

No importa si juegas roles mientras tengas siempre presente quién eres.

—Ja. Qué curioso. Estaba pensando precisamente en eso cuando venía hacia acá.

—¿Destino, quizá?

—Sincronicidad, diría yo.

—¿Te gusta Jung? —preguntó Isidro—. Keket es psicóloga, ¿sabes? Y de las buenas. Nada más con mirarte, ya sabe qué piensas.

Rebeca frunció los labios.

—Tiene cierto sentido lo que dices. Aunque no me convence del todo. ¿Por qué tú te llamas Isidro y no…? No sé… ¿Amón o algo así? —cuestionó Rebeca.

—Mi nombre ya tiene algo de egipcio en realidad, aunque la hermandad solo unge a mujeres. De hecho, en los círculos internos solo hay mujeres.

—¿Entonces tú qué pedo o qué?

—Keket es mi hermana. Por eso me deja saber algunas cosas. Además, desde niño me inculcaron todo esto. Mi abuelo era arqueólogo, ya te lo había dicho. Él tenía muchos manuscritos en su poder que ahora le pertenecen a Keket. De ahí surgió la fe que profesamos.

—Ya veo —respondió Rebeca—. ¿Y la sacerdotisa esa que va a estar en la ceremonia es la que nunca envejece? —preguntó Rebeca con tono burlón.

Isidro esbozó una ligera sonrisa.

—Sí, esa misma.

—Vale, voy a ir a tu pinche reunión. Pero que conste que solo es porque quiero ver de qué va todo este pedo. No es que me interesen sus mamadas.

—Va, me late —dijo Isidro complacido—. ¿Tienes alguna duda? ¿Algo que quieras preguntar al respecto?

—Sí. Quiero que me digas la verdad —dijo Rebeca, entrecerrando los ojos e inclinando ligeramente la cabeza hacia la derecha—. ¿Qué le dijiste a Keket de mí? ¿Qué decía el informe que le diste? No soy pendeja. Sé que fuiste tú quien me eligió. Explícame por qué.

—Vale, voy a ser sincero contigo —dijo—. Aunque, para que me entiendas, debo comenzar desde el principio. ¿Tienes tiempo?

—Sí, sin problema —respondió Rebeca.

—Vale. Todo comenzó hace algunos años. Yo tenía una novia que solía ver a la salida del colegio.

Ella estaba enferma, pero yo la quería un chingo.

El problema fue cuando su mamá nos capturó en la cama.

Me sacó a madrazos de su casa. No mames.

Ni me dejó vestirme —Rebeca emitió una risita—.

No conforme, después llamó a mi padre. Entonces me sacó de la escuela y me mandó a la finca.

Ahí me puso un tutor y… bueno… como sea.

El caso es que no pude ver a Renata durante mucho tiempo.

Ese es el pedo. Yo soy igual que tú en muchos sentidos.

Soy parte de la hermandad, pero tampoco tengo amigos.

Mi padre me quitó a Renata y no solo eso, sino que me restregó en la cara que yo era un lastre para la familia.

A mí jamás me ha dado nada. Nunca se ha sentido orgulloso de mí.

Cuando mi hermana terminó la carrera de psicología, hace como cinco o seis años, le mandó construir un hospital psiquiátrico.

En ese hospital fue donde encerraron a Renata…

—Pero ¿por qué la encerraron o qué? —interrumpió Rebeca.

—Te digo que está enferma. Podía estar con ella a toda madre durante un tiempo. A veces, días. Y de pronto se le iba la mente a quién sabe dónde. Ya no me reconocía. Tenía miedo de cosas o situaciones que no habían pasado. Después volvía en sí. En fin. Ese es otro tema.

El caso es que ella está ingresada en ese hospital.

Pero antes de que sucediera todo lo que te conté, yo le pedí a Keket que la iniciara en la hermandad.

Ella accedió, pese a que eso va en contra de lo que hacemos aquí.

El punto es que después Renata encontró tu foro.

Ahí es donde entras tú. Te pareces mucho a Renata.

Y aquí voy a ser honesto contigo. La hermandad te pensaba dar en la madre.

Después apareció la otra. Entonces pasaste de ser objetivo a ser candidata para ser parte del círculo interno.

Rebeca sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Cómo? —preguntó, exaltada—. ¿Me iban a matar? ¿Por qué? ¡No mames! ¿Y tú sabías?

Rebeca se levantó de su lugar para marcharse de ahí.

Isidro esbozó una ligera sonrisa y la tomó del brazo.

—Espera. Déjame que te explique. Ya después te vas si quieres.

Rebeca lo miró largamente. Posteriormente, se volvió a sentar y se cruzó de brazos.

—Yo no sabía nada de eso —dijo Isidro—. Yo estaba en el foro por Renata.

Ella está en el hospital, pero tenía ciertos privilegios.

Le dejaban utilizar una computadora con acceso a internet y me permitían visitarla regularmente.

El problema radica en que esa computadora se la dio Keket.

¿Me entiendes? Todo lo que Renata hacía o decía lo sabía Keket de inmediato.

Yo igual no podía decir mucho. Por eso casi siempre solo miraba.

El problema es que después de un tiempo Keket vio tu foto de perfil y notó que tienes un gran parecido con Renata.

Rebeca se acomodó en la silla y entrecerró los ojos.

—No me convences. Yo digo que tú me pusiste el dedo. Pero, bueno.

Isidro sonrió.

—Sí, quizá fui yo. Pero eso no importa. Keket sí vigilaba la computadora. En la hermandad tenemos la creencia de que una persona con trastornos deja escapar su Ba. Ese es el punto. Keket dijo que a Renata se le había fugado el Ba y que tú eras su doppelgänger .

Rebeca emitió una estruendosa carcajada.

—¡No mames! ¿Neta? —preguntó.

—Bueno… Después lo verás con tus propios ojos.

El caso es que Renata ve cosas. Dice que son sus dobles.

Por eso la aceptó Keket en la hermandad.

Porque, según ella, tiene una habilidad que nos es funcional.

Por eso la cuidan hasta cierto punto. Pero después Renata vio a tu vardøger ; Renata explícitamente lo llamó Vania ahí en tu foro.

Si tu Ba se puede hacer presente, entonces tú no eres el doppelgänger .

Tampoco es Renata porque ella es quien los procrea. ¿Recuerdas lo del folleto?

—¡Hijos de la chingada! ¡No que no matan gente! —protestó Rebeca visiblemente molesta.

—Sí, yo también estaría encabronado, pero, por ahora, no te puedo explicar más. Cuando estés dentro, hablamos de esto nuevamente y te doy todos los detalles.

—¿Qué pasa si me niego? —dijo Rebeca con los brazos cruzados.

—Mejor no lo averigües.

Rebeca suspiró.

—Está bien, voy a ir. Pero que conste que no es porque me tiemblen las nalgas. Tú bien sabes que no tengo miedo de morir.

Habían pasado ya dos días desde la charla con Isidro cuando Rebeca descendió del autobús.

Respiró profundo para sentir el aire fresco del lugar y caminó algunas calles por el pueblo.

Lucía diferente de día. El olor de los pinos del bosque impregnaba todo el lugar.

La gente parecía estar suspendida en el tiempo.

Caminaban con calma y hacían sus cosas con total tranquilidad. Nada que ver con la ciudad.

Encontró un puesto de comida. Se sentó en un banco y ordenó una quesadilla.

El olor del maíz sobre el comal le había abierto el apetito.

Al poco tiempo le entregaron un plato de plástico con su quesadilla.

Desayunó tranquila y después se dirigió a la base de taxis que se encontraba a unos cuantos metros.