Insania Mea Capítulo 5
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Capítulo 5

De regreso a casa, Rebeca se culpaba completamente por todo lo que había sucedido.

Ya no eran sus padres los culpables de su angustia.

No encontraba pretexto alguno para justificar sus acciones.

Se había dejado engañar por una partida de locos.

Pensaba una y otra vez lo que les diría a sus padres.

Repasaba en su mente todo lo que había sucedido y recordaba por qué se había marchado de su casa en primer lugar.

Se había cansado de ser buena persona. Sí, eso era todo.

Ya no quería ser una esclava. Quería vivir su propia vida.

Aunque eso significara que terminaría perdiéndola.

Ya no era la niña bonita de sus padres. Con todo, no podía dejar de sentir esa opresión en el pecho que le decía que no había hecho lo correcto.

Jamás había hecho nada que no hubiera sido indicado por sus padres.

En la escuela siempre había sido una alumna de excelencia.

Ahora había huido de casa en busca de quién sabe qué cosa.

Lo cierto es que pensaba que estando lejos podría encontrar una razón para vivir.

Sumergida en su pensamiento, vencida por el cansancio, al fin se quedó dormida todo el camino restante.

Despertó sobresaltada.

—Llegamos —le dijo alguien mientras la sacudía bruscamente por el hombro.

Descendió del autobús y caminó a la salida de la terminal.

La estación del metro aledaña a la de autobuses aún estaba cerrada.

Tuvo que esperar cerca de cuarenta minutos hasta que abrieran. Se sentó en una jardinera. El olor de la ciudad en la mañana le pareció irrespirable. Además, el frío era intenso a esa hora de la madrugada y no llevaba más que un abrigo ligero encima de la blusa.

Una vez que abrieron la estación, se dirigió a los torniquetes y se pasó por debajo antes de que llegara el policía.

Aguardó el tren y se dirigió a la estación más cercana a su domicilio. A partir de ahí no le quedó de otra que seguir a pie. Afortunadamente, la luz del día empezaba a hacerse presente.

Al llegar a casa, sacó su llave y abrió la puerta con sigilo.

Sus padres no estaban. Subió deprisa a su habitación.

Dejó su mochila en el piso. El sobre de terciopelo negro seguía ahí.

No lo quiso abrir. Aún no estaba lista. Bajó deprisa en busca de respuestas.

Las manos aún le temblaban ligeramente. No tenía idea de cómo había tenido el valor de entrar en su casa.

No obstante, ahí estaba. El pulso acelerado, la boca seca.

Preocupada por lo que le podría ocurrir por haber escapado.

Al ingresar a la cocina, Rebeca encontró una hoja de papel sujeta con un imán a la puerta del refrigerador. Era un recado de su madre: habían tenido que salir de emergencia.

De una manera fortuita, el universo la había salvado. Quizá fuese una señal de que todo empezaría a mejorar para ella. Se había librado de un castigo severo.

Respiró profundo. Una, dos veces.

Sin embargo, no se sintió aliviada por completo. El nudo en el estómago seguía ahí. Había algo más que le molestaba. Nada había cambiado. Sus padres regresarían. Ella seguiría sometida a sus designios y, lo peor de todo, sin haber conseguido nada.

Sacó comida del refrigerador, la calentó en el horno de microondas, la devoró deprisa sin saborearla siquiera.

Subió nuevamente a su habitación. Se miró fijamente al espejo.

La chica que le devolvía la mirada había estado dispuesta a morir unas horas antes y había caminado hacia la oscuridad sin resistirse.

Y, sin embargo, aquí estaba. Viva.

Algo se había movido dentro de ella durante ese viaje. En el momento exacto en que creyó que todo terminaría, algo se quebró. O quizá algo se liberó. Ya no sentía ese peso familiar en el pecho. Lo que sentía ahora era distinto: una especie de vacío ardiente. Como si hubiera espacio para algo nuevo.

Fue hacia su buró. Tomó la carta que les había dejado a sus padres —esa despedida patética de niña obediente— y la hizo pedazos. Los arrojó al cesto de basura con violencia. Ya no era esa persona. No quería serlo.

Sacó una navaja del cajón de su buró. La colocó en la cama y empezó a desnudarse.

Tomó nuevamente la navaja. Se dirigió al espejo una vez más.

Se observó detenidamente y enseguida los ojos se le llenaron de lágrimas.

Quiso cortarse, pero se contuvo. Dejó caer la navaja.

Después de aquello se tumbó en el piso y lloró amargamente.

Un escalofrío se apoderó de ella. No era una sensación ligera.

Podía sentirlo en todo el cuerpo. Levantó un poco la cabeza y sonrió al espejo con malicia.

Estaba perdiendo la razón o quizá por fin se había encontrado.

Pudo observar cómo su mirada se transformó.

Su mirada era agresiva de por sí, pero esta vez había algo más.

Se levantó lentamente y se replegó en la orilla de la cama.

Permaneció en esa posición durante algún tiempo, tomó su ropa y se vistió nuevamente.

Acto seguido, tomó su mochila y bajó las escaleras con paso firme y decidido.

Caminaba con mirada retadora y sonrisa maliciosa. Todo el mundo podía irse a la fregada.

Salió en busca de un lugar en donde poder pasar el rato.

Ya no pensaba permanecer en casa leyendo o estudiando.

Vagó largo rato sin rumbo fijo. Había empezado a oscurecer cuando recordó aquel bar que su niño lindo solía visitar.

En realidad, era una cafetería decorada con letreros de neón y en la que vendían varias bebidas.

Buscó un lugar para sentarse y pidió un tarro de cerveza de barril.

La saboreó un poco y después la bebió de un solo sorbo.

Pidió una más. Estaba dispuesta a beberla de la misma manera cuando entró al sitio su niño lindo.

Sostuvo su tarro en la mano. Pensativa. Titubeó por un instante.

Le temblaba apenas la mano y la cerveza se derramaba un poco por los bordes del tarro.

Estaba paralizada. Ni siquiera era capaz de depositar el tarro sobre la mesa.

Entonces su niño lindo la miró. Se le acercó y le dijo:

—¿Qué, te vas a quedar ahí mirándome como pendeja?

Rebeca sintió cómo la sangre le hervía de pronto en su interior. Se bebió la cerveza de un trago. Depositó violentamente el tarro sobre la mesa y le contestó:

—¡Obvio no, pendejo, no mames! ¿Quién te crees o qué pedo?

Una es libre de mirar donde le dé la puta gana.

Si no te gusta, llégale a la verga para otro lado.

Tú fuiste el que se puso enfrente y ahora resulta que me apendeja tu carita de tarado.

Ja, ja, ja, no mames, sí que estás jodido… Es más, ¡chinga tu madre!

—Tranquila —le dijo él—. No he querido molestarte. Deja que te invite una cerveza para disculparme, ¿te parece?

Rebeca lo miró con desconfianza. Al cabo de un momento, con una mueca, le sonrió a medias e hizo un ademán con la mano para indicar que podía sentarse con ella.

Rebeca jamás había tomado en su vida. Si acaso un pequeño sorbo de vino en una Navidad.

La cerveza empezaba a hacer efecto. De pronto se sintió mareada; la luz la lastimaba un poco, como si los ojos se le hubieran empañado.

No podía ver bien a su compañero de mesa.

Ambos se quedaron en silencio por un rato.

Pese a todo, no podía evitar pensar que lo que sucediera ese día cambiaría su vida para siempre.

Sabía lo que quería. Sin embargo, no dejaba de pensar que la mayoría de los hombres son unos pendejos.

Que, si tenía sexo con él, lo más probable es que la tomara por puta y que jamás la quisiera ver de nuevo para otra cosa.

Jamás la amaría como ella lo había anhelado por tantos años.

Por otro lado, al estar frente a él no sintió nada especial.

Ya no estaba ahí ese sentimiento. Sí, se puso nerviosa por un momento, pero poco después se dio cuenta de que se había obsesionado con una idea.

Una idea de lo que pudo haber sido y ya no sería de ninguna manera.

Cualquier cosa que pasara en ese momento no tenía nada que ver con la historia que ella había imaginado.

Incluso si él la llegara a amar de alguna forma.

No era él a quien ella amaba. Ese niño lindo ya no estaba en ese saco de carne y huesos.

Se había ido para siempre. Ese ser tenía su rostro.

Incluso el mismo envase. Pero ya no era aquel chiquillo del que ella se había enamorado perdidamente y que le había roto el corazón sin que hubieran hablado siquiera una vez.

Por fin llegó la cerveza. La bebió de un sorbo. Depositó el tarro sobre la mesa, se levantó, caminó unos cuantos pasos y entonces le dijo:

—Bien, acepto tu disculpa; luego nos vemos.

Después de lo cual se dirigió hacia la salida.

Caminó pensativa por varias calles. Estaba vacía.

Era un alma solitaria que ahora deseaba vivir su vida al máximo.

Sin embargo, no era capaz de sentir absolutamente nada.

Le pesaba en el alma no poder sentir el amor que tanto había soñado.

Nadie se había percatado de su existencia hasta el día en que decidió rebelarse.

Aunque no la habían visto a ella. Habían visto a alguien más.

Un ser prefabricado que nada tenía que ver con su verdadera esencia.

Algún día conseguiría ser feliz. Ya se lo había propuesto; el problema seguía siendo cómo lograrlo.