Insania Mea Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—No sé. En una ocasión, mis padres me llevaron a comprar mi uniforme para el colegio.

En ese entonces estaba ya en tercero de secundaria.

Estaba esperando a mi madre afuera del establecimiento y mi papá nos esperaba en el auto.

Yo lo saludé a lo lejos. Como una niña de tres años.

Cuando volví la vista hacia el establecimiento, pude observar cómo ingresó al local un niño precioso.

Me impactó en el momento. No lo sé explicar.

Me sentí tan extrañamente feliz que creo que me enamoré de él desde ese instante.

Pensé que jamás volvería a verlo, pero ahí estaba.

Tan lindo. Con su uniforme en espera de que abrieran la puerta del colegio.

Ese tiempo en la escuela fue lo más hermoso que recuerdo de mi vida.

Irónicamente, también es lo más triste. Creo que desde ese entonces valí madre —concluyó Rebeca.

—Entiendo, es jodido. Pero la verdad, no creo que sea para tanto. No minimizo lo que sientes. Me refiero a que no lo entiendo. A todos nos ha tocado sufrir por un amor. No sé.

—Pues quién sabe. Desde aquel entonces me siento miserable. Me dio un apagón emocional o algo. No lo sé. La tristeza llegó y no se fue. O no la dejé ir. Quién sabe.

—Es curioso, ¿sabes? —respondió Isidro mientras la miraba a los ojos fijamente—.

Apenas ahora que estabas completamente segura de que ibas a morir es cuando empiezas a vivir.

Disfrutas de la naturaleza. Saboreas tu café con gran cuidado y platicas con un extraño.

Sé que nos hicimos amigos por internet, pero nunca habíamos hablado así.

Cara a cara. De cosas personales, de verdad.

Por eso digo que soy un extraño. O que lo era hasta hace un rato.

No es que no te considere mi amiga, ¿me explico?

—Rebeca asintió—. Al parecer, se nos olvida a menudo que en cualquier momento podemos morir y pasamos el tiempo sin vivir en realidad.

Dices que te gustaría ser cualquier persona excepto tú misma.

Lo cual es extraño. Aunque lo entiendo. Créeme que lo entiendo.

Keket lo vio en ti desde el principio. Ella me mandó por ti y no manda por cualquiera.

No sé de qué hablaron allá. Pero la verdad de las cosas es que no muchos han llegado hasta acá.

—¿Keket? Vaya nombre tan extraño —dijo Rebeca sin pensarlo demasiado.

—Ese no es su nombre de verdad. Bueno, ahora lo es —le explicó Isidro—; antes tenía otro nombre. Keket es el nombre de una diosa egipcia que representa las tinieblas, o algo así. En fin, así las cosas. ¿Aún tienes ganas de morir?

—¿Y qué puedo hacer? Keket ya te dijo que hicieras conmigo lo que quieras.

¿Qué ganaría con correr? Únicamente dispararía tu instinto cazador y me iría peor.

Ya dijiste que no me harás sufrir y con eso me conformo.

Además, ya te había dicho que no tengo miedo a morir; lo que me asusta es el cómo.

Me he quedado tranquila en ese sentido. Aunque hay una cosa más. Es jodido, pero aún soy virgen.

—¡Oh, qué pinche terca! ¡Que no te quiero matar, joder!

No sé a qué viene todo eso. No te preocupes —contestó—, no soy tan hijo de puta.

No pienso tocarte siquiera. No he venido a eso y pienso que tú tampoco.

La verdad es que tú tienes algo que estábamos buscando.

De verdad tienes valor. La mayoría salen huyendo despavoridos cuando Keket dice: «Haz con ellos lo que quieras».

Analízalo un momento: yo jamás dije que te haría daño.

Sí, quizá te dejé creerlo por un momento. Pero jamás dije que te mataría.

—¡Oh, entiendo! —dijo Rebeca. Se quedó en silencio un momento, procesándolo—.

Entonces… ¿Todo esto fue una prueba? —Su voz sonaba entre aliviada y molesta—.

Pensé que le había dicho algo malo a Keket.

Que por eso me rechazó. No sé. No me dio la impresión de que quisiera aceptarme en la hermandad. ¿Entonces estoy dentro?

—Todavía no. Hacen falta algunas cosas. Sobre todo, que entiendas de qué se trata.

Todo lo que ha pasado hasta ahora tiene una razón.

No creas que simplemente pretendíamos asustarte.

Para ingresar, ya te lo he dicho muchas veces, lo primero que se requiere es valor.

Así que, si así lo decides, tiene que morir Rebeca y renacer en alguien más.

Rebeca será únicamente tu fachada, el lugar en donde habite este nuevo ser.

Pero en el fondo tú sabrás que Rebeca ya no está.

—La verdad, no entiendo. —Rebeca estaba confundida y realmente molesta. Partida de locos, pensó.

—¿Quieres decir que voy a dejar de vivir mi vida miserable con tan solo imaginar que soy otra persona? Discúlpame, pero eso es una mamada. Pensé que esto se trataba de otra cosa. Cuando acepté venir, me dijeron que podían ayudarme a salir de mi miseria y, en lugar de eso, se burlan de mí.

—No te encabrones. Entiendo tu molestia. Pero en realidad no te he explicado nada. Debes esperar un poco más, ¿de acuerdo? —Rebeca asintió levemente, se cruzó de brazos y se quedó en silencio en espera de una explicación.

—Bien —prosiguió Isidro—, esto de la hermandad es algo bien pinche complejo.

No se puede tomar a la ligera. Debes entender algunos conceptos y luego ya te los explico detalladamente.

Es decir, para que entiendas bien de qué va todo esto, primero te tienes que informar.

Luego ya decides si le entras o no. Mira, te voy a decir algo importante.

Quiero que lo sepas porque tú vas a entrar en un círculo muy interno de la hermandad. No serás como muchos aquí.

Isidro se relajó en la silla y continuó con su discurso.

—Desde hace muchos años, la gente de este lugar acude a un sitio más allá de la finca en donde hay un sabino que bebe agua de un arroyo que fluye justo a un lado del árbol.

La gente acude hasta allí para beber el agua porque dicen que es milagrosa, que ya ha curado a mucha gente.

Entonces todos aquí veneran el árbol como si fuera sagrado.

Rebeca frunció el ceño.

—Mi abuelo llegó a estas tierras como parte de un proyecto de investigación —prosiguió Isidro—.

Era arqueólogo. Entonces, mientras buscaba vestigios de algo que ignoro, encontró una veta de plata muy cerca de donde brota el manantial que alimenta el arroyo.

Entonces le compró estas tierras al gobierno a un precio irrisorio.

Se podría decir que prácticamente se las regalaron.

—Suerte o destino, ¿qué eliges? —preguntó Rebeca.

Isidro se encogió de hombros.

—Determinación. Creo.

Luego prosiguió.

—Después empezó con la mina de plata. Cuando empezó a cercar el lugar, la gente de este pueblo le armó un alboroto. Lo querían linchar porque el árbol iba a quedar inaccesible para ellos.

—Sí, yo también les querría dar en la madre —interrumpió Rebeca.

Isidro sonrió y prosiguió con su discurso.

—Sí, bueno… Entonces les dijo que podían seguir viniendo a este lugar sin ningún problema.

Que él únicamente trataba de proteger el árbol.

Total, para no hacer el cuento largo, sincretizaron las creencias de mi familia con las de los lugareños.

Por eso la mayoría aquí pertenece a la hermandad.

Te lo digo porque nosotros, los de más adentro, no creemos que el árbol sea sagrado.

—O sea, ¿cómo? —dijo Rebeca sorprendida.

—Sí, nosotros sabemos que el arroyo arrastra minerales desde la veta y que, algunas veces, la gente se alivia de ciertas cosas. La gente no sabe eso. Ellos solo ven que algunos sanan y eso alimenta su fe.

—¡No mamen! ¿Y cómo pueden dormir por las noches? Utilizan a la gente, así como así, pinches culeros —interrumpió Rebeca.

—Ja, ja, ja. No. No los utilizamos. Ellos visitan el árbol por sus propias razones y nosotros por las nuestras. Cuidamos el lugar entre todos. No pedimos donativos ni nada de eso. La gente de aquí sería capaz de dar la vida por ese árbol. Lo protegen bastante y, de paso, a nosotros.

—¿Nadie dice que no? Es decir, ¿todos son creyentes?

—No, no todos. Algunos nos tienen miedo. Tienen otra fe y piensan que nosotros adoramos al diablo y no sé qué más. Pero no dan problemas.

—Vale, entiendo. ¿Y yo qué tengo que ver en todo eso? ¿Qué hay en los círculos internos?

—Eso no te lo puedo explicar ahora mismo. Tienes que verlo por ti misma y ya luego podrás entender. Aunque si preguntas a los lugareños, te dirán que el santo sabino es milagroso y que la sacerdotisa que lo cuida jamás envejece, al igual que el árbol.

Rebeca lo miró sorprendida.

—Eso es lo que nosotros hacemos. La sacerdotisa es parte de ese círculo interno, pero si te explico el proceso, no me entenderías. Primero necesitas saber algunas cosas.

Isidro hizo una pausa y miró a Rebeca directo a los ojos.

—Te he contado todo esto porque te tengo confianza. Pero si de algún modo divulgas la información que te di, entonces sí te voy a tener que poner en la madre. ¿Me entiendes? —amenazó Isidro con una sonrisa que más bien parecía una mueca maligna.

Rebeca sintió un escalofrío. Asintió lentamente sin apartar la mirada.

—Así que por ahora te puedes ir de regreso.

—Isidro sacó un sobre de terciopelo negro de su mochila y se lo entregó—.

Ábrelo cuando estés sola. Léelo con calma.

Y si decides que sí quieres entrar, guárdalo bien.

Ese folleto es tu primer paso hacia la hermandad —añadió antes de que Rebeca pudiera responder—.

Vamos, te acompaño a la estación para que abordes un autobús.