Capítulo 4 #2
El ama de llaves los hizo pasar a la estancia. El lugar era amplio, con las paredes pintadas de color blanco y con muebles antiguos de madera rojiza. En el rincón había una fuente hecha de piedra que despedía pequeños nubarrones de vapor que se extendían suavemente por todo el lugar.
El ama de llaves le indicó a Rebeca que caminara por el pasillo justo hasta el final.
Así lo hizo. Al ir por el pasillo se podían observar varios frescos pintados sobre la pared.
La pared estaba llena de motivos egipcios.
Le dio la impresión de caminar por el pasillo de una gran pirámide.
Al final había una puerta enorme de madera y en el espacio de pared entre la puerta y el techo había un tablón grueso y barnizado que tenía talladas las palabras: «NEN SETEPU.
NEN UREJU.» Rebeca observó las palabras sin comprenderlas.
Dudó unos segundos, se armó de valor e ingresó al gran salón.
Una vez dentro, Rebeca pudo observar que la esperaba una mujer de belleza excepcional.
La miró largamente sin decir una palabra. Finalmente, la mujer le dijo:
—Bien, he leído el informe que me entregó Isidro y me parece que tienes madera para ser parte de la hermandad.
—Hizo una pausa, con los ojos fijos en Rebeca—.
Nen Setepu. Nen Ureju. Somos los elegidos.
Somos los ungidos. Hasta ahora puedo deducir que tienes valor.
No cualquiera ha llegado hasta aquí. Eso me agrada de ti.
Aunque hace falta ver hasta dónde eres capaz de llegar.
Pero primeramente necesito que me digas a qué has venido. ¿Sabes de qué se trata todo esto?
Rebeca lo pensó por un momento; lo cierto es que no sabía qué es lo que quería. Un desconocido le dijo por internet que la podía ayudar a resolver sus problemas existenciales. Aquel paraíso construido por sus padres le brindó una manzana y ella decidió morderla.
—Vine porque ya no quiero sufrir. Me pesa la vida —dijo sin más—. Me dijeron que usted me podría ayudar con eso —concluyó.
—Soy psicóloga, sí. Pero no viniste aquí por terapia, ¿cierto?
Tal vez esto es un malentendido. Yo no te puedo quitar el sufrimiento, así como así.
Esto va más allá. Es un culto religioso, pero no como tú los conoces.
Te repito que para ingresar primero que nada se necesita valor.
Si estás dispuesta a ingresar, te puedo mostrar el camino para obtener la verdad.
Para vivir la vida que deseas. Eso te podría ayudar.
Pero nada más. Aunque debo advertirte que una vez que entras, es para siempre.
Somos una hermandad y, como tal, nos protegemos entre todos.
Sobre todo, evitamos que la verdad caiga en las manos equivocadas.
—¡Quiero ingresar! ¡Huí de casa, no tengo a dónde ir! —dijo Rebeca sin pensarlo demasiado.
—No te confundas, pequeña, aquí no somos hermanas de la caridad.
No somos casa de acogida ni mucho menos.
Pensé que tenías otra visión. Ya veo que me equivoqué.
Le diré a Isidro que te lleve de regreso.
Es una lástima, de verdad que lo es. El que hayas llegado hasta aquí no te garantiza nada.
Ya has demostrado que tienes valor, aunque quizá solo eres estúpida.
¡Anda, lárgate de aquí! Dile que te lleve de regreso; ya él sabrá lo que hace contigo.
El rostro de Rebeca se desencajó.
—Todo para nada —pensó.
Salió del lugar cabizbaja.
Al llegar al jardín, un líquido amargo y viscoso se le vino a la boca.
—¿Me dolerá? ¿Me vas a torturar? —le preguntó a Isidro, que caminaba tranquilamente junto a ella.
—¿Tienes miedo? —respondió Isidro sin perder la tranquilidad.
—No me da miedo morir. Pero me asusta un poco el cómo. No sé qué me vas a hacer y eso me angustia. No sé si me quieras hacer sufrir; la verdad, eso es lo que me espanta, no me gusta sufrir —dijo Rebeca.
—Ja, ja, ja, ja. ¡No mames, tienes más huevos que muchos cabrones que conozco! —exclamó Isidro.
Rebeca emitió una risita nerviosa. Aun con el estómago revuelto, subió al auto.
—Y pensar que yo misma elegí esto —se dijo.
A medio camino, Isidro la miró y la invitó a beber un café.
—Hay un lugar cerca de aquí —le dijo—. Sirven un café excelente. ¿Qué dices, vamos?
Rebeca lo miró sorprendida y asintió con la cabeza.
—Qué más da. De todos modos, ya valí madre.
Aquí en el auto, aunque quisiera escapar, no podría.
Por otro lado, quizá todos en ese pueblo pertenecen a la secta esa.
¡No mames! ¿Y si solo quiere que lo acompañe para que no me resista?
¡Vale madre, qué pendeja! —pensó—. Voy a morir y ni siquiera he vivido.
Si tan siquiera hubiera tenido el valor de hablar con mi niño lindo.
Quizá las cosas hubieran sido de cualquier otra manera. No así.
Quiso llorar; sin embargo, de alguna manera se contuvo. Así recorrió el camino. En silencio. En espera de que transcurrieran sus últimas horas de vida.
Al descender del auto, sintió cómo el viento acariciaba su rostro. Respiró profundamente. Observó un árbol hermoso y frondoso que parecía mirarla. Escuchó atenta el alegre cantar de los grillos. El lugar estaba repleto de vida y a ella se le estaba escurriendo entre los dedos.
Bajaron por una callejuela bien iluminada.
En los faroles de luz se podía apreciar un sinfín de insectos que volaban torpemente, como si quisieran atrapar la luz de aquellas lámparas.
Una lagartija correteó por la pared naranja de una casa.
Los colores del lugar eran vivos y alegres.
Rebeca caminaba con una inmensa tranquilidad.
—Lo has sentido, ¿cierto? —preguntó Isidro. Llevaba un rato observando a Rebeca y no pudo evitar notar que sonreía mientras miraba a su alrededor como si jamás hubiera visto algo semejante; se la veía realmente asombrada ante la belleza de aquel mágico pueblito rodeado de naturaleza.
—¿Qué cosa? ¿De qué hablas? ¿Qué es lo que sentí?
Por cierto, aún no alcanzo a comprender qué es lo que hice mal, ¿sabes?
Le dije a la mujer a la que me llevaste, de quien, por cierto, no sé el nombre, todo lo que se supone debía decir.
No creo haber dicho nada malo. La verdad, no sé por qué me sentenció.
No sé, es extraño. Toda mi vida he deseado morir.
Salir de este mundo. Desde que recuerdo me he sentido como una extranjera aquí.
La gente dice amarte, pero jamás lo hace de verdad.
Te ignoran. Te hacen sentir que no vales absolutamente nada.
Siempre es más importante para ellos otra cosa.
¿Me entiendes? No es que en realidad me importe.
Ya no. Hubo un tiempo en que quería ver el mundo arder.
Incluso llegué a pensar que sería genial…
Bueno, no importa, qué más da. ¿Qué es lo que sentí? —concluyó Rebeca.
—Bueno —dijo Isidro con una sonrisa—, precisamente eso: has sido capaz de percibir el Ka del universo y quizá, por primera vez en tu vida, te has conectado con él. No debería decir nada de esto, pero qué importa. Ven, vamos, es por acá.
—¿Siempre es así de fácil para ti? Quizá yo te lo he puesto sencillo.
No sé por qué no me siento asustada. Siempre pensé que mi muerte iba a ser algo más impresionante.
Tal vez me hice a la idea durante demasiado tiempo, o tal vez es porque estoy lejos de casa.
Eso siempre lo complicó. El pensar que mis padres me encontrarían ahí tirada.
No sé, son bastante extraños, ¿sabes? De todo el mundo, son las únicas personas que quizá me tengan un poco de aprecio.
Aunque, francamente, ya me tenían hasta la madre.
Así que por eso preferí huir de casa. Les dejé una carta en mi recámara.
Les dije que me iría a recorrer el mundo.
Que había estado ahorrando y que tenía ganas de vivir mi vida.
Qué ironía, de verdad, por un momento pensé que ustedes me sacarían de mi desgracia.
Bueno, sí lo harán. Aunque creí que sería de otra manera.
Pese a que no tengo ninguna ilusión, creí que aquí la encontraría.
En fin, lo bueno de todo esto es que me vas a asistir en mi suicidio.
Mis padres jamás se enterarán y no tendrán que sufrir por eso. ¿Aún me quieres matar?
—¡No mames, pinche Vania! Yo jamás dije que te quería matar.
No somos de ese tipo de personas; la hermandad es diferente…
Bien, llegamos. Quédate tranquila. ¿Te parece si bebemos tranquilos el café?
Ahí te explico bien qué pedo. Por internet es un desmadre.
Se malentienden las cosas —dijo Isidro mientras ingresaba al pequeño local.
Era un lugar bastante acogedor; había ahí varias mesas circulares con una lamparita de alcohol en el centro que emitía una luz naranja rojiza sobre toda la mesa.
Eran lámparas con el cristal pulido y de colores vivos.
Se sentaron a la mesa y una mesera se acercó hasta ellos.
Tomó el pedido y enseguida volvió con dos tazas de café.
Rebeca tomó un paquetito de azúcar y vertió su contenido en la taza. Levantó la cuchara y removió el café. Un ligero tintineo rompió el silencio del lugar.
Isidro apoyó los brazos sobre la mesa. Se acercó a Rebeca y preguntó en voz baja:
—Si tuvieras la opción de elegir no ser tú, ¿quién te gustaría ser?
—No lo sé. No lo había pensado. Ser cualquier otra persona sería mejor que esto —contestó Rebeca al tiempo que señalaba su propio cuerpo.
—Bueno, eso es simple. Aunque depende de qué quieras cambiar de tu persona. ¿Qué es lo que no te gusta?
—Nada me gusta. Es decir, mi cuerpo está bien.
Lo que no me gusta es ser yo. No sé por qué no soy capaz de disfrutar absolutamente nada.
Mi cerebro está atrofiado o algo. Algún tiempo llegué a pensar que estaba maldita.
Es curioso. Mi familia es muy religiosa y yo, una loca con deseos de suicidarse.
—Ya veo. Pero ¿por qué crees que te llegan esos pensamientos o qué?