Capítulo 4
Rebeca permanecía parada en la sala de su casa con su mochila sobre los hombros.
Miraba fijamente la foto de graduación que sus padres habían colocado en la sala.
Ese trozo de papel brillante que les gritaba a las visitas que ellos eran buenos padres.
Rebeca era su símbolo de la victoria y esa foto lo demostraba.
Algunos meses atrás había terminado la carrera de Diseño Gráfico y hacía apenas dos días le habían informado que su título y cédula profesional estaban listos para descarga.
Ella los descargó con desgano, los imprimió y los colocó junto a la carta de despedida que les dejó a sus padres sobre su buró.
Salió de su casa pensativa, cerró la puerta y caminó por la acera sin mirar atrás con un nudo en la garganta.
Al pasar frente a los pinos de limón que ella misma ayudó a sembrar frente a su casa, estiró su mano para acariciarlos mientras caminaba con paso lento.
Ellos se despidieron de ella con su fresco aroma.
Uno de ellos se resistió a dejarla ir, enredó una de sus ramas en un llavero que pendía de la mochila y le dio un pequeño tirón que detuvo su paso por un instante.
Ella se volvió sobresaltada y sonrió amargamente.
—Adiós, amigo —dijo para sí.
Los ojos se le llenaron de lágrimas y se alejó pensativa de su casa sin mirar atrás.
Se dirigió como un autómata hasta la estación de autobuses.
El lugar en el que había quedado de verse con RuidoBlanco estaba como a dos horas de camino, aunque la única forma de llegar era en un autobús foráneo.
Caminó hacia la entrada entre puestos de comida.
El ambiente tenía una mezcla de olores intensa: tortas, tacos de guisado, garnachas.
El piso, ennegrecido por la grasa y pegajoso en algunas secciones, hizo que Rebeca caminara con gesto de disgusto hasta que estuvo frente a las puertas de la estación.
En la puerta, el olor del ambiente era agrio, espeso, como si en lugar de oxígeno hubiera partículas de sudor flotando.
Se cubrió la nariz con la manga de su abrigo.
La gente que entraba y salía con un montón de maletas se apretujaba en las puertas.
No es que fueran tantas, pero se paraban justo en la puerta y dejaban sus maletas en el piso.
Algunos hacían fila para abordar un taxi.
Rebeca sacó su teléfono y miró su boleto digital para ver en qué andén debía abordar.
Entró con trabajo a la estación y se dirigió a la sala de espera.
Al cabo de unos minutos abordó el autobús.
El motor rugió y el autobús empezó a vibrar, o quizá era Rebeca la que temblaba.
Dos horas después, descendió del autobús y buscó un sitio de taxis. A diferencia de la ciudad, la estación era un pequeño local en el que no había autobuses. El autobús que llegaba bajaba a los pasajeros y luego subía a los que estaban haciendo fila para llevarlos de regreso.
Como a unos treinta metros había varios taxis en espera de pasaje. Rebeca se acercó a uno de ellos y se asomó por la ventanilla del copiloto. Un señor de edad avanzada estaba frente al volante. Ella le preguntó por el precio y le dio la dirección. El chofer la miró y negó con la cabeza.
—En ese lugar no hay nada —le dijo—. Tal vez le dieron mal la dirección.
—No, ese es el lugar. Alguien me espera ahí.
—Pues le tendría que cobrar el doble porque allá no voy a agarrar pasaje.
Rebeca asintió y se subió. Avanzaron por varias calles poco transitadas.
El aire fresco se mezclaba con el olor a estiércol de algún animal de granja.
Poco a poco, el olor se fue atenuando y, con él, se fue también cualquier rastro de civilización.
Una carretera sin acotamiento y llena de baches era lo único que hacía pensar que un día hubo ahí algún humano.
Fuera de eso no había nada salvo tierra árida e infértil.
Uno que otro arbusto seco aparecía de pronto.
El sol seguía su camino implacable hacia el horizonte.
El cielo se coloreó de rojo con tonos violáceos.
Rebeca pensó que era lo único hermoso que había en ese lugar.
Después de un tiempo de camino, por fin llegó al lugar acordado.
Descendió del taxi y lo miró alejarse hasta que se transformó en un punto insignificante.
Enseguida sintió una opresión en el pecho.
El sitio estaba totalmente desolado. Rebeca se mordía el labio inferior mientras esperaba.
Miraba su reloj constantemente. Después de quince minutos de espera, RuidoBlanco no aparecía.
Miró a su alrededor en busca de un sitio para sentarse.
Caminó hacia una escalera de concreto que llevaba directo a la puerta de lo que parecía ser una enorme bodega abandonada, casi en ruinas.
La losa fría y gris era lo único que guardaba su forma original.
Las paredes de la bodega ya no servían de nada.
Más de la mitad de ellas se había reducido por el abandono a un montón de escombros naranjas sobre la arena.
Un último rayo de luz se asomó por el horizonte.
La única lámpara que había en el lugar se encendió y una luz amarillenta apenas alumbró el espacio desde la calle.
Respiró profundo. Volvió a mirar a su alrededor.
En la parte trasera, una malla metálica, vieja y oxidada, impedía el paso hacia la vía del tren.
Más allá de eso, no se alcanzaba a distinguir nada más que una inmensa oscuridad.
Las manos le temblaban. Se dio cuenta de que había cometido una estupidez.
En ese paraje desolado, aquel desconocido podría hacerle lo que quisiera y nadie lo sabría. Podría desecharla sin más.
Se preguntó por qué había hecho algo tan absurdo. Ni siquiera tenía forma de regresar. A pie le tomaría varias horas y tendría que caminar en medio de una total oscuridad.
Un coyote aulló a lo lejos y varios perros comenzaron a ladrar.
Sintió que el aire le faltaba.
Caminó temblorosa hacia los escombros. Necesitaba algo que pudiera usar como arma por si se acercaban los perros e intentaban atacarla.
A lo lejos, los faros de un auto alumbraron la calle y alargaron las sombras hacia ella. Como si quisieran alcanzarla. Pensó en ocultarse; sin embargo, por más que buscó, no encontró nada que pudiera servir como escondite.
Entonces levantó un ladrillo del piso y lo apretó entre sus manos.
Una nube de polvo llegó hasta su boca. Tragó saliva e, inmóvil, observó cómo la puerta del conductor de un auto negro se abría.
La luz en sus ojos le impedía ver el rostro del conductor.
Tendió su mano hacia el frente para proteger sus ojos y poder mirar.
Una silueta alta y fornida descendió del auto.
El sonido de la puerta al cerrar retumbó en sus oídos.
Rebeca dio un paso hacia atrás aun con el ladrillo en una de sus manos.
La silueta caminó hacia ella.
La miró fijamente y con un gesto de su mano derecha la invitó a subir al carro. Acto seguido, ella dejó caer el ladrillo y él sonrió complacido.
—Veo que tienes agallas —dijo él—. Pensé que no vendrías.
Rebeca se sacudió el polvo de las manos, titubeó un momento y subió al vehículo.
En el auto se respiraba la elegancia cítrica e intensa de la loción de Isidro, matizada por ligeros tonos amaderados; los asientos proporcionaban un abrazo sofisticado de confort.
—El tipo debe tener dinero —pensó—. No creo que quiera hacerme daño; de ser así, lo habría hecho en aquel lugar solitario.
Llevaban cerca de una hora de camino y no se podía divisar ningún poblado cercano.
—¿A dónde me llevará? —se preguntó.
Al terminar la última curva, se alcanzó a ver a lo lejos una pequeña luz de neón. Al acercarse un poco más, Rebeca pudo distinguir lo que decía aquel letrero luminoso. Motel Luxor.
—¡Puta, estoy bien pendeja! ¡Ese cabrón solo me quiere follar! Y pensar que vine hasta acá huyendo de casa para encontrar una vida mejor. ¡Qué pendeja soy! ¡Vale madre, sí que estoy jodida! —pensó furiosa.
No hacía mucho tiempo que había creído que sería mejor dejar este mundo.
Los ojos se le humedecieron.
Recordó que su vida siempre había sido miserable.
Nunca había obtenido nada que apreciara de verdad.
Había vivido sin disfrutar absolutamente nada.
Siempre siguiendo las reglas de casa, cuidando la reputación de la familia, sacando buenas notas y, sobre todo, jamás había tenido novio.
Pensó en aquel niño de la secundaria del que había estado enamorada y con quien ni siquiera había tenido la oportunidad de hablar.
No debes andar de buscona, le decía su madre.
Había sufrido por ese amor durante mucho tiempo y ahora pensaba que un pendejo que conoció en internet probablemente la alquilaría al por mayor por unos cuantos billetes.
—De ahí saca dinero este cabrón —se dijo.
—¡Estúpida de mí, qué pendeja! —se repetía en su mente.
La voz de RuidoBlanco la sacó de sus reflexiones.
—Bien, no desesperes, ya casi llegamos —dijo.
Durante todo el camino habían ido en silencio.
Al pasar el motel, como a unos cien metros de distancia, dieron vuelta a la derecha para tomar un camino de terracería.
Avanzaron poco más de un kilómetro hasta llegar a lo que parecía ser una finca.
Isidro detuvo el auto justo frente a la gran reja que protegía la propiedad.
Ambos descendieron e ingresaron a la finca.
Caminaron hasta la casa unos trescientos metros por un camino hecho con piedras de río.
Algunos insectos volaban de flor en flor embriagados por el aroma de los jazmines y magnolias.
Varios caminos de piedra llevaban a una gran fuente en el centro que aletargaba con su canto.
Rebeca miraba sorprendida aquella esplendorosa simetría rebosante de vida.
La puerta principal se abrió frente a ellos y un olor a lavanda mezclado con menta y mandarina los recibió antes que nadie.