Inquina Chapter 8 #17
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Chapter 8 #17

Alexander, Sebastián y Axel estaban en camino. Mis amigos, mi verdadera familia, movilizándose para ayudarme. Pero había algo que rechacé una y otra vez, algo que no podía aceptar:

—Natasha insiste en verte —murmuró Laurent durante nuestro encuentro en la sala de visitas, su voz apenas un susurro cubierto por el ruido ambiente—. Alega tener información crucial sobre el caso, sobre Kowalski, sobre todo. Dice que puede demostrar tu inocencia.

—Expúlsela de mi vida —respondí, mi voz más fría que el acero de las esposas—. No quiero volver a verla. No quiero saber nada de ella.

Que se pudra con su culpa.

—Podría ser la llave de tu defensa, Damián. Si testifica a tu favor, si confiesa su papel...

—¡Es una infiltrada de la CIA! —corté, mi voz elevándose lo suficiente para que varios internos giraran la cabeza—. Trabajaba para ellos desde el principio. Todo era una mentira. Y ahora resulta que además colaboraba con Kowalski. ¿Y quieres que confíe en ella?

Observé cómo el horror teñía el rostro de Laurent, cómo procesaba la información, cómo entendía por fin la profundidad de la traición.

—Alexander ya tiene la información completa sobre ella — añadí, más calmado—. Que la use como crea conveniente. Pero a mí no me vuelva a mencionar su nombre.

Alexander estaba demasiado extraño en la siguiente visita. Su mirada evasiva, sus manos temblorosas, la forma en que evitaba hablar de ciertos temas. Insistí, presioné, exigí saber qué ocurría.

La noticia de Mike fue el golpe bajo definitivo.

—Le dispararon —confesó al fin, sus ojos enrojecidos—. Cassandra. Esa mujer con la que tuvo un lío hace años. Apareció en la hacienda y le disparó. Está en coma, Damián. Los médicos no saben si despertará.

El mundo se detuvo. Mike. Mi amigo. Mi hermano de otra madre. En coma.

—Los viñedos de Camila —continuó Alexander—. Reducidos a cenizas. Un incendio provocado, no hay duda. Alguien quiere borrar del mapa todo lo que amamos.

Kowalski, pensé, apretando los puños hasta que las uñas se clavaron en las palmas. El Rey juega sucio. Siempre lo ha hecho.

Y yo, entre cuatro paredes, encerrado como un animal, sin poder hacer nada. La impotencia era un veneno que me corroía por dentro, más letal que cualquier droga.

Las noches se volvieron interminables. En la oscuridad de la celda, revivía cada instante con Natasha: sus risas en la cocina mientras cocinábamos juntos, sus susurros en la oscuridad después de hacer el amor, la libertad absurda que le di con mis autos, permitiéndole conducir mis tesoros más preciados como si fueran suyos.

Cada recuerdo era un cuchillo que se clavaba en mi pecho, una vuelta más de tuerca en mi particular infierno. Y la única forma de soportarlo era descargar la furia en el saco de boxeo del patio, una y otra vez, hasta que los nudillos sangraban y los brazos se negaban a obedecer.

Hasta que una voz serena interrumpió mi ritual una tarde:

—Creo que ya es suficiente, muchacho. Te vas a destrozar las manos.

—Ocúpese de sus asuntos —resoplé, el sudor ardiendo en mis ojos, mi respiración entrecortada por el esfuerzo.

—¿Crees que golpear eso exorcizará tu ira? —preguntó el hombre de cabello cano y una profunda cicatriz en la mejilla que le cruzaba el rostro como un río seco—. ¿Crees que el dolor físico puede borrar el del alma?

—Quizá —respondí, sin dejar de golpear—. O quizá solo necesito sentir algo que no sea esta maldita impotencia.

—Soy Julio —dijo, extendiendo la mano cuando finalmente me detuve.

—Damián —respondí, aceptando el saludo con desconfianza.

—Sé quién eres —sus ojos azules, claros como el cielo de la isla que había dejado atrás, perforaron mi fachada con una intensidad inusual—. Y sé que estás aquí por una injusticia. Las noticias mienten, siempre lo hacen. Pero hay cosas que no cambian.

Hizo una pausa, mirando alrededor para asegurarse de que nadie nos observaba.

—Conocí a tus padres —dijo, y el mundo se detuvo.

Lo seguí hasta su celda sin dudarlo, con el corazón latiendo tan fuerte que temí que pudieran oírlo los guardias. Allí, entre las tablas del suelo, en un hueco que había excavado durante meses, extrajo un volumen encuadernado en piel de reptil que parecía antiguo, muy antiguo.

El sello dorado del castillo Bonet brillaba en la tapa, ese emblema que había visto en los documentos de mi padre, en los anillos de mi abuelo, en los recuerdos borrosos de mi infancia. El legendario Libro de los Secretos. El código Nera. La clave de todo.

O mejor dicho: aquí están los jodidos algoritmos. Los códigos fuente de la red que mis padres habían heredado, las claves de acceso a los sistemas bancarios globales, los nombres de los protectores y los depredadores, todo lo que Kowalski había estado buscando durante décadas.

—Tu padre fue un infiltrado —confesó Julio mientras mis dedos acariciaban las páginas amarillentas, sintiendo la textura del papel antiguo, el peso de la historia—.

Trabajaba para nosotros, para una rama de inteligencia que ni siquiera la CIA conocía.

Yo era su enlace. Nos conocimos en Varsovia, en los años ochenta, cuando todo esto comenzó.

Sus palabras caían como piedras en un pozo profundo.

—Lo que buscas está aquí —continuó—. Las pruebas de tu inocencia, los nombres de los verdaderos culpables, las transacciones que demuestran quién está detrás de todo. Pero sacarlo costará. Costará mucho.

—¿Cuánto? —pregunté, mi voz apenas un susurro.

—Más que dinero. Costará vidas. Quizás la tuya. Quizás la de los que amas. Este libro ha permanecido oculto durante décadas por una razón: quien lo posee, posee el poder de destruir a medio mundo. Y hay quienes matarían por tenerlo.

Observé el libro en mis manos, sintiendo su peso, su poder, su promesa de redención y condena a partes iguales.

—No me importa —respondí—. Ya he perdido todo lo que importaba. Mi libertad, mi reputación, la mujer que amaba... aunque fuera una mentira. No me queda nada que perder.

Julio sonrió, una sonrisa triste que no alcanzaba sus ojos.

—Siempre queda algo, muchacho. Siempre. Por eso luchamos.

Guardé el libro bajo el colchón de mi celda, en el hueco que había preparado durante semanas sin saberlo. Ahora solo quedaba esperar.

Esperar el momento adecuado.

Esperar que Alexander y los demás encontraran la forma de sacarme de aquí.

Esperar para demostrar al mundo que no era el monstruo que pintaban.

Y entonces, cuando todo estuviera listo, cuando tuviera las pruebas en mi poder, cuando Kowalski se sintiera seguro en su trono de mentiras...

Entonces, comenzaría la verdadera guerra.

El día del juicio amaneció con el olor a amoníaco de mi traje prestado impregnando mis fosas nasales, ese aroma químico de las tintorerías baratas que contratan las prisiones para vestir a sus acusados.

La tela, áspera y mal cortada, me recordaba constantemente quién era ahora para el mundo: un número, un expediente, una cara en las noticias.

Al entrar a la sala, la vi de inmediato. Imposible no hacerlo.

Natasha, flanqueada por agentes de seguridad, estaba sentada en la zona reservada para testigos protegidos.

Su rostro, pálido como una estatua de mármol, contrastaba violentamente con el cabello oscuro que enmarcaba sus facciones.

Llevaba un conjunto oscuro, formal, completamente distinto a la mujer que había conocido en la isla, a la que reía bajo la lluvia, a la que se sumergía desnuda en las aguas turquesas del Pacífico.

Mi corazón aceleró su ritmo —traicionero órgano, siempre negándose a obedecer a la razón—, pero mi rostro permaneció tallado en piedra. Nadie vería mi dolor. Nadie.

Los cargos que el fiscal leyó a continuación fueron una letanía siniestra que se prolongó durante más de una hora: trata de blancas con menores de edad, pedofilia agravada, narcotráfico internacional, pertenencia a organización criminal, asesinato en primer grado.

Una docena de delitos que sumaban penas por varias vidas enteras.

Observé a Laurent durante la lectura. Mi abogada, mi amiga, la única persona en esa sala que conocía la verdad, palideció visiblemente al oír la palabra "deportación a Polonia".

Sabía lo que significaba: una vez en suelo polaco, bajo la jurisdicción de jueces que Kowalski controlaba, mi muerte sería cuestión de tiempo.

Un accidente, un suicidio, un motín carcelario mal gestionado.

Las opciones eran infinitas para quien tenía recursos.

Las "pruebas" que presentaron eran grotescas en su simplicidad.

Videos trucados donde mi rostro aparecía superpuesto sobre cuerpos que no eran míos.

Fotomontajes de una calidad mediocre que cualquier niño con un programa de edición podría desmontar.

Un expediente médico misteriosamente desaparecido que "probaba" mi supuesta esterilidad y, por tanto, mi incapacidad para tener hijos, lo que "explicaba" mi supuesto desprecio por la infancia.

Alexander, en la fila de asientos reservada para la prensa —su acreditación falsa le había permitido colarse—, tomaba notas frenéticas en una libreta que luego serviría como base para nuestra apelación. Sus ojos, sin embargo, no se despegaban de Natasha, evaluando, calculando, esperando.

Cuando la llamaron al estrado, todo el mundo contuvo el aliento. Yo apoyé la barbilla en la mano, adoptando una pose de indiferencia que estaba muy lejos de sentir.

¿Me hundiría? La pregunta martilleaba mi mente con la insistencia de un pájaro contra un cristal. ¿O se redimiría en el último momento?

—¿Puede identificar al acusado para el tribunal? —preguntó el fiscal, un hombre de mandíbula cuadrada y sonrisa de tiburón.

Ella señaló hacia mí con un dedo tembloroso.

—Es él. Damián Bonet.

—¿Y qué relación le une a usted con el acusado?

—Fui su pareja durante más de un año —su voz tembló en el micrófono, amplificada por los altavoces de la sala—. Convivimos. Viajamos juntos. Creí que lo amaba.

—¿Y qué ocurrió para que usted esté hoy aquí, testificando contra él?