Inquina Chapter 8 #18
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Chapter 8 #18

Natasha tragó saliva. Sus ojos, esos ojos lila que tantas noches me habían mirado con deseo, buscaron los míos por un instante antes de desviarse hacia un punto en el fondo de la sala. Hacia donde sabía que estaban los hombres de Kowalski, sin duda.

—Me obligó a huir con él —dijo, y su voz se rompió en la última palabra—. Cuando supo que iban a detenerle, me amenazó. Dijo que, si no lo acompañaba, asesinaría a mi familia. A mi padre, a mi madre, a mis primos pequeños. Todos.

Un murmullo recorrió la sala. El público, compuesto en su mayoría por periodistas y curiosos, devoraba cada palabra.

—¿Hubo violencia física durante su cautiverio? —preguntó el fiscal, con la suavidad de quien ya conoce la respuesta.

—Sí —susurró ella—. Me violó. Repetidamente. Durante todo el tiempo que estuve con él.

Cerré los ojos.

Ni una palabra sobre la CIA. Ni una palabra sobre su misión. Ni una palabra sobre Adam y sus amenazas. Solo mentiras coreografiadas, ensayadas, perfectamente ejecutadas.

Al abrirlos de nuevo, una lágrima solitaria quemó mi mejilla. No pude evitarlo. No pudo controlarlo. La mujer que amé —porque la amé, con toda la intensidad de mi retorcido corazón— había sellado mi sentencia de cuarenta y cinco años con su traición perfectamente calibrada.

Adiós, Natasha, pensé. Que los dioses te juzguen con la misma misericordia que tú tuviste conmigo.

Tres días duró aquella farsa. Tres días de testigos falsos, de pruebas manipuladas, de un juez que ni siquiera fingía imparcialidad.

Tres días viendo cómo Lauren luchaba con uñas y dientes contra un sistema diseñado para condenarme, sabiendo que cada argumento, cada prueba, cada súplica, chocaba contra un muro de complicidad.

El veredicto fue el esperado: culpable de todos los cargos. Cuarenta y cinco años sin posibilidad de reducción. Y luego, la deportación a Polonia para cumplir condena en una prisión de máxima seguridad donde Kowalski podría alcanzarme cuando quisiera.

Al ser arrastrado por los agentes fuera de la sala, esposado, humillado, reducido a la condición de bestia, ella me esperaba en el pasillo. Su figura, deshecha, apoyada contra la pared, las lágrimas surcando su rostro sin descanso.

—¡Perdóname! —gritó al verme pasar—. ¡Te lo ruego, Damián! ¡Amenazaron a mi madre! ¡Tenían a mi madre secuestrada! ¡No tuve elección!

Mi sonrisa fue un gesto amargo, torcido, que ni siquiera pretendía llegar a mis ojos. Seguí caminando, dejando que los agentes me arrastraran hacia el furgón, hacia mi nueva vida de rejas y sombras.

—¡Te amo, Damián! —aulló, su voz quebrada resonando en el pasillo vacío—. ¡Jamás te haría daño voluntariamente! ¡Jamás! ¡Te lo juro por lo más sagrado!

No me volví. Esa fue la última vez que vi a mi meretriz. Mi amada. Mi Afrodita caída.

Mientras seguía caminando, mientras los pasos resonaban en el eco del corredor, mientras las puertas se abrían y cerraban a mi paso, mi mente comenzó a llenarse con los primeros compases de Snuff de Slipknot.

Esa canción que hablaba de amor traicionado, de corazones rotos, de la imposibilidad de perdonar.

"Bury all your secrets in my skin..."

Las rejas se cerraron tras de mí con un sonido definitivo, metálico, eterno.

"Come away with innocence, and leave me with my sins..."

Adiós, Natasha.

Que tengas la vida que mereces.

La que elegiste.

Continuará...

Cada visita en aquel lugar infernal seguía un ritual inalterable, una coreografía macabra que el tiempo había convertido en rutina.

Laurent, con la precisión de un relojero suizo, hacía llegar un nuevo libro a mi celda cada quince días.

Borges, Eco, Pérez-Reverte... tomos elegidos con esmero para mantener mi mente afilada como el filo de una navaja, para evitar que la desesperanza pudriera los pocos recovecos de lucidez que me quedaban.

Hoy, El Conde de Montecristo descansaba sobre la almohada áspera, su lomo ya ajado por otras lecturas, otras manos, otras vidas.

Debía agradecerle aquel salvavidas intelectual a mi fiel amiga, aunque jamás lo dijera en voz alta.

Las palabras de gratitud se habían atrofiado en mí, como un músculo que ya no se usa.

—¡Bonet! Tienes visita —rugió el guardia desde el pasillo, su voz rebotando en las paredes de cemento como un eco infernal.

Dejé el volumen junto al crucifijo de hierro oxidado que alguien había clavado en la pared antes de mi llegada, un símbolo de redención que colgaba irónico sobre las sábanas grises.

¿Qué nueva osadía urde ahora ese terremoto con tacones?

, pensé mientras me incorporaba con la lentitud de quien ya no tiene prisa por nada.

Caminar por el corredor era descender al noveno círculo dantesco cada maldito día.

Luces fluorescentes parpadeantes que zumbaban como moscas moribundas, ecos de cerrojos que se abrían y cerraban a mi paso, el olor a desinfectante barato mezclado con el aroma denso de la desesperanza acumulada durante décadas por los cuerpos que habían habitado estas celdas antes que yo.

—Espere aquí —ordenó el carcelero al empujarme contra un muro sudoroso, sus manos enguantadas dejando una presión innecesaria en mi hombro.

La puerta metálica se abrió con un chirrido que parecía el lamento de un alma condenada. En la sala de visitas, entre sillas de plástico amarillento y una máquina de refrescos que llevaba años fuera de servicio, no estaba Lauren.

—Damián —saludó Ariadna con una sonrisa tensa, sus ojos recorriendo mi aspecto con una mezcla de compasión y horror mal disimulado.

Seguía siendo la hermosa mujer que recordaba de nuestras reuniones de negocios, de las cenas en Ginebra, de los acuerdos sellados con apretón de manos.

Su melena rubia, impecablemente peinada, contrastaba con el ambiente sórdido que nos rodeaba.

Y ahora venía a verme en mi peor momento, en el momento más bajo de mi existencia.

—Dime, Ari —mi voz sonó más áspera de lo que pretendía, castigada por meses de silencio forzado—. ¿Qué haces aquí? No es precisamente el lugar más seguro para alguien con tu perfil.

Se sentó frente a mí, sus manos entrelazadas sobre la mesa metálica, las uñas perfectamente arregladas.

—Estoy bajo observación —confesó, su voz apenas un susurro—.

Han congelado mis cuentas, todos mis activos.

La NASCAR me ha suspendido temporalmente mientras investigan mis vínculos contigo y con Happeler Dynamics.

He entregado cada maldito papel que me han solicitado, cada contrato, cada correo, cada registro de llamadas de los últimos cinco años.

—Laurent te ayudará —respondí, aunque las palabras sonaron huecas incluso para mí—. Ella tiene contactos, sabe cómo mover los hilos en estas situaciones. Le pediré que...

—¡Joder, Damián! —cortó, su voz elevándose por primera vez—.

¿En qué demonios te metiste? Las noticias hablan de trata de blancas, de pedofilia, de crímenes que ni siquiera puedo pronunciar en voz alta.

Y yo, que te conozco, que he trabajado contigo durante años, no puedo defenderte sin manchar mi propio nombre.

—En el puto infierno —respondí, mi mirada fija en un punto indefinido de la pared—. Me metí en el puto infierno, Ari. Y el precio lo pagué con un corazón roto y una mujer que me apuñaló por la espalda mientras me juraba amor eterno.

El silencio se extendió entre nosotros, denso como el humo. Ella apartó la mirada, sus dedos jugueteando con el borde de la mesa.

—Estaré al pendiente —dijo al fin—. Ayudaré en lo que pueda, desde donde pueda. No sé si servirá de algo, pero...

—Ari... —comencé, pero el guardia golpeó la puerta con su porra.

Tiempo cumplido.

Me levanté sin mediar palabra, sin un gesto de despedida. No había nada más que decir.

Al regresar a la celda, el eco de sus palabras me perseguía como un fantasma. "Destituida", "investigación", "vínculos". ¿Habría sido toda una farsa el juicio? ¿O era otra trampa del Rey, otro movimiento en su partida de ajedrez infinito?

La rabia, esa vieja conocida, comenzó a hervir en mis venas. Arranqué una página de El Conde de Montecristo —qué ironía, destruir precisamente ese libro— y la doblé en aviones de papel, arrojándolos contra los barrotes uno tras otro, viéndolos caer al suelo como ilusiones rotas.

Fue al recoger el volumen para ocultar mi furia entre sus páginas que la vi.

Una nota escrita en letra temblorosa, casi ilegible, escondida entre las páginas 303 y 304. El papel, fino como una hostia, había permanecido allí durante días, semanas quizás, esperando ser descubierto.

Mis dedos, entumecidos por el frío de la celda, desplegaron el mensaje con una lentitud que no reconocía:

«Bajaré al infierno de nuevo.

Derribaré a quienes se interpongan, cueste lo que cueste.

Haré que vuelvas a creer en mí, aunque tenga que incendiar el mundo para demostrártelo.

Regresaremos a ser Ares y Afrodita.

Siempre tuya,

Natasha.»

Reconocí cada curva de la "t", cada tilde desesperada, esa caligrafía que había visto en miles de notas de amor pegadas en la nevera de nuestra casa. Natasha. Había burlado los controles, los guardias, los escáneres, mi propio rencor enquistado como un tumor.

La carta olía a su perfume —jazmín y sal amarga, ese aroma que había impregnado cada rincón de mi vida durante meses— y por un instante, solo por un instante, la vi en el puerto de Santorini, aquella noche de luna llena, gritándole al viento que éramos inmortales, que nada ni nadie podría separarnos.

El dolor fue tan físico como cualquier golpe.

Raspé el papel contra el muro de cemento con una furia que no sabía que conservaba, una y otra vez, hasta deshacerlo en migajas, hasta convertirlo en polvo, hasta que no quedó rastro de sus palabras, de su promesa, de su traición.

Pero cuando el silbato anunció el recuento nocturno, cuando las luces se atenuaron y el silencio se instaló en el pasillo como una cobra lista para atacar, las esquirlas de aquel juramento ya estaban escondidas bajo mi lengua.

Dulces y venenosas como granadas de Perséfone.

Un sabor a infierno y esperanza.

A muerte y resurrección.

A amor imposible.

Era la última vez que volvería a sentir algo por una mujer, pensé mientras la oscuridad me envolvía.

Pero mientras me dormía, mientras el sueño reclamaba su derecho sobre mi cuerpo agotado, supe que era una mentira más.

Siempre la amaría.

Siempre la odiaría.

Y en ese equilibrio imposible, en esa contradicción perpetua, residía mi condena eterna.

FIN