Chapter 8 #16
La ira culminó en un acto simbólico, pero definitivo.
Tomé su mano izquierda —esa mano que tantas veces había sostenido, besado, acariciado— y arranqué el anillo de compromiso de su dedo con una violencia que le arrancó un gemido de dolor.
Al cerrar el puño sobre la alianza, sentí el metal morder mi piel, dejando una marca que quizás nunca sanaría.
—Te lo juro, Damián... Yo te amo —murmuró con lágrimas rodando por sus mejillas, su voz rota por los sollozos—. Puede que no creas nada de lo que diga, puede que todo suene a excusa, pero eso es verdad. Te amo. Te amo con todo lo que soy.
—Abriste mi corazón —dije, sin mirarla, contemplando el mar embravecido tras el ventanal donde las olas rompían con furia creciente—. Conociste los secretos de mi familia, la tragedia de mi hermana, mis miedos más profundos, mis sueños más íntimos. Y todo era una mentira. Una maldita mentira.
Me alejé de ella, terminé de abotonar la camisa con movimientos mecánicos, y salí de la habitación sin volverme. No podía mirarla. No podía.
Una tormenta perfecta se avecinaba. No solo la meteorológica que ya comenzaba a descargar su furia sobre la isla, sino la que yo mismo desataría. No había escapatoria, pero sí una oportunidad.
Saqué el teléfono del bolsillo y marqué el número cifrado, ese que solo conocían cuatro personas en el mundo.
—Estoy listo —dije antes de cortar.
En la terraza, el viento salino azotaba mi rostro con la furia de mil demonios, mezclándose con las primeras gotas de lluvia que anunciaban el temporal.
Observé el anillo entre mis dedos, girándolo una y otra vez bajo la luz mortecina.
"Tan delicada como mi amada Afrodita", rezaba la inscripción grabada en el interior, las palabras que había elegido con tanto cuidado, con tanta esperanza.
Aquel símbolo de devoción estaba ahora maldito. Cada vez que lo miraba, veía la mentira, la manipulación, la traición.
Siempre fui un peón en su tablero, pensé, un títere en el plan maestro orquestado desde las sombras. Cegado por la lujuria y una belleza diseñada para el engaño.
Bien jugado, Rey. Lograste que el mundo me viera como el villano de tu tiranía, y ahora conseguías que la única persona por la que valía la pena luchar resultara ser una más de tus piezas.
Pero aún quedaban movimientos por hacer. Necesitaba a los Tres —Mike, Alexander, Sebastián— y desde luego a Laurent. Ellos eran mi verdadera familia. La única que no me había traicionado.
De vuelta al estudio, abrí el portátil blindado.
Los códigos que tecleé eran un testamento digital, un testamento de guerra.
Erdoğan y los demás sabrían descifrarlos cuando llegara el momento.
Todos mis bienes, todas mis participaciones, todos mis activos pasarían a Lauren hasta mi regreso —si es que regresaba—.
Cada instrucción, cada contramedida, cada trampa preparada para quien osara ocupar mi lugar, quedaba activada.
Era hora de desmantelar mi propio imperio.
El viento salino azotaba mi rostro con renovada furia mientras contemplaba la playa sumida en una oscuridad premonitoria. Los relámpagos comenzaban a iluminar el horizonte, y el trueno retumbaba como el preludio de un apocalipsis.
Entre mis dedos aún relucía aquel anillo maldito, la inscripción burlándose de mi ingenuidad con cada destello. Ese símbolo de devoción era ahora un recordatorio de la farsa, de la comedia grotesca en la que había representado el papel de enamorado sin saber que el guion estaba escrito por otros.
Con un gesto brusco, lo arrojé al mar embravecido. El diamante negro rodeado de oro y plata describió un arco perfecto antes de desaparecer entre las olas, engullido por la espuma como todo lo que alguna vez creí real.
Había sido un necio. Un maldito necio.
La ventaja de aquella residencia —uno de los muchos secretos que no había compartido con Natasha— era su habitación de pánico, un refugio subterráneo que ni ella conocía. Erdoğan poseía las coordenadas exactas, pero nadie más.
Apilé servidores, discos duros y dispositivos cifrados en el estrecho espacio mientras el estruendo de helicópteros rasgaba el silencio nocturno. Se acercaban. Rápidos. Decididos.
Debía prepararme para lo que vendría. Cada gesto, cada palabra, cada movimiento sería examinado bajo el microscopio del enemigo. Tenía que estar listo.
En la cocina, cuando salí del refugio para comprobar un último detalle, Natasha permanecía petrificada en el mismo lugar donde la había dejado.
Su cuerpo temblaba en un espasmo continuo, incontrolable, y sus ojos —esos ojos lila que me habían hechizado— estaban vacíos, perdidos en algún lugar de su propia culpa.
No pronuncié palabra alguna. ¿Qué consuelo podía ofrecer a quien había destrozado los cimientos de mi existencia? ¿Qué palabras existían para sellar el abismo que se abría entre nosotros?
Regresé a la playa justo cuando las luces cegadoras de los aparatos iluminaron la arena como un escenario de interrogatorio. El viento era tan fuerte que apenas podía mantenerme en pie, pero me mantuve erguido, desafiante, esperando.
—¡Manos arriba! —vociferó un agente con el rostro contraído por la tensión, su arma apuntando directamente a mi pecho—. ¡Tiene derecho a permanecer en silencio, todo lo que diga puede ser usado en su contra!
Cumplí cada orden con frialdad militar, con la precisión de quien ha ensayado este momento miles de veces en su cabeza. Rodillas en la arena, manos en la nuca, mirada al frente.
Entonces ella irrumpió.
Desgarrando el aire con su grito, Natasha apareció corriendo desde la mansión, su vestido blanco flotando a su espalda como un estandarte de guerra:
—¡Él no me secuestró! —aulló, forcejeando contra los agentes que intentaban detenerla—. ¡Estoy aquí por voluntad propia! ¡Llevamos meses juntos! ¡Es mi prometido!
Mis ojos se clavaron en su figura luchando contra los uniformes.
Aullaba mi nombre, imploraba perdón, balbuceaba amenazas contra su familia, contra Kowalski, contra todos.
Nada de eso detuvo a los agentes que esposaron mis muñecas con brutalidad innecesaria, que me zarandearon como a un muñeco de trapo.
Un golpe repentino en el estómago me dobló de dolor, expulsando el aire de mis pulmones en un espasmo seco.
—¡Basta! —gritó ella, su voz quebrada por los sollozos—. ¡Es inocente! ¡No ha hecho nada! ¡Soy yo la que tendrían que arrestar!
—¡Señorita Page, aléjese o tendremos que detenerla también!
—respondió uno de los agentes, sujetándola por los brazos.
Ya me arrastraban por la arena áspera, la sal quemando las heridas que el golpe había abierto en mi estómago. El dolor en el pecho — ese dolor que no era físico, que no se curaba con nada— fue lo último que recordé antes de que la inconsciencia me reclamara.
Su grito, desgarrador, infinito, fue la última imagen: Natasha, arrodillada en la arena, las manos esposadas a la espalda, los ojos clavados en mí mientras los agentes la contenían.
—¡Damián! —aulló—. ¡Te amo! ¡Nunca dejé de amarte!
Y entonces, la oscuridad.
Al despertar, el sabor a sangre y metal inundó mi boca, una mezcla nauseabunda que reconocía de otras épocas, de otros encierros.
Las esposas y cadenas que sujetaban mis muñecas a la litera de cemento resonaban con cada mínimo movimiento, creando una música siniestra que marcaba el compás de mi nueva existencia.
Comenzaba la tortura blanda: privación de sueño con luces que nunca se apagaban, golpes calculados que no dejaban marcas visibles, pero sí un dolor sordo y constante, humillaciones coreografiadas por funcionarios que obedecían órdenes de alguien más poderoso.
Kowalski, sin duda. Su mano llegaba incluso aquí, incluso a este agujero del mundo donde se suponía que estaría a salvo.
Ignoré los insultos de los reclusos durante los primeros días.
"¡Pedófilo!", "¡Escoria!", "¡Asesino de niñas!
", coreaban cada vez que cruzaba el patio, alimentados por los titulares que alguien se encargaba de filtrar.
Pero sabía que era parte del juego, que cuanto más reaccionara, más alimentaría el circo.
Hasta que uno se atrevió a desafiarme cara a cara.
—Veamos de qué está hecho el principito —bramó un hombre con tatuajes de lágrimas en el rostro, cada una marcando un asesinato, rodeado de su corte de sicarios—. Dicen que violaste a una niña. Aquí no toleramos eso.
Me miró con los ojos inyectados en sangre, buscando pelea, buscando una víctima fácil.
Tres movimientos. Solo necesité tres movimientos para tenerlo inmovilizado contra el suelo de cemento, su brazo retorcido en una llave que podía quebrarlo en cualquier momento, su aliento entrecortado por el pánico reflejado en sus pupilas dilatadas.
—Que te quede claro —dije al soltarlo, mi voz plana pero cargada de amenaza—. No soy lo que dicen. No soy tu enemigo. Pero puedo serlo. Puedo ser lo peor que hayas visto nunca si me provocas.
Desde ese día, nadie volvió a dirigirme la palabra. El respeto en la cárcel se gana así: con violencia medida, con demostración de poder, con la certeza de que no eres presa fácil.
La rutina carcelaria se volvió mi nuevo evangelio, mi particular forma de mantener la cordura en medio del caos.
Flexiones al alba, centenares, hasta que los brazos temblaban y el dolor ahogaba cualquier otro pensamiento.
Tareas degradantes asignadas por los funcionarios que obedecían las órdenes de Kowalski.
Largas horas de encierro en la celda de aislamiento donde el tiempo perdía todo significado.
Pero no estaba solo. Laurent y Erdoğan mantenían contacto mediante códigos ocultos en documentos legales que el abogado de oficio traía sin saberlo.
Mensajes cifrados en los márgenes de los informes, palabras subrayadas que formaban frases cuando se leían en el orden correcto, números de páginas que escondían coordenadas.