Inquina Chapter 8 #15
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Chapter 8 #15

—Tú me lo regalaste, Damián. Aquella noche después de la cena en Le Bernardin, cuando celebramos el cierre del acuerdo con los inversores japoneses. ¿Acaso no lo recuerdas? Dijiste que el oro blanco era el único metal digno de mi piel.

Mis dedos se cerraron de forma involuntaria sobre la fría carátula.

Un crujido metálico resonó en el silencio del baño: había destrozado el mecanismo con la fuerza de mi puño.

Sin titubear, lo arrojé contra la pared de mármol travertino.

El impacto, seco y brutal, hizo añicos la pieza y provocó que Natasha retrocediera asustada, su mano cubriéndose la boca en un gesto instintivo.

Observé los fragmentos esparcidos por el suelo como restos de una verdad insoportable. El cristal roto, las agujas torcidas, la esfera partida en dos mitades que ya nunca marcarían la hora.

—Recuerda una cosa —mi voz era un rugido contenido mientras el enojo hervía en mis venas como lava a punto de desbordarse—.

Cuando yo regalo joyas, son piezas delicadas y sutiles, elegantes y con estilo.

Busco artesanos, diseños únicos, materiales nobles.

No basura como esa, fabricada en serie, sin alma, sin historia.

¿De verdad crees que no distingo mis propios regalos?

La pregunta flotó en el aire como un cuchillo suspendido.

¿Quién demonios había entrado en la casa? Solo el personal autorizado tenía acceso a la isla, y todos habían sido verificados personalmente por Erdoğan. Pero alguien había colocado ese reloj. Alguien había querido que lo encontrara. Alguien jugaba conmigo.

Decidí revisar nuevamente las grabaciones de seguridad mientras me vestía con lo primero que hallé en el armario —unos vaqueros negros y una camiseta gris, nada que ver con la meticulosidad habitual de mi vestimenta—.

Repasé las imágenes una y otra vez, minuto a minuto, segundo a segundo. Los pasillos vacíos, las habitaciones silenciosas, los exteriores bañados por la luz del amanecer. Nada. Absolutamente nada fuera de lo común.

A menos que el paquete hubiera llegado por mensajería... Eso debía ser. Alguien había burlado los controles perimetrales con la suficiente habilidad para no ser detectado.

En la secuencia de la entrada principal, aparecía un repartidor anónimo depositando una caja rectangular en la recepción.

Vestía el uniforme de una empresa de mensajería internacional, pero su rostro permanecía oculto bajo la visera de una gorra.

Ni remitente ni sellos postales identificables.

Tampoco era un obsequio de Caronte; lo habría reconocido al instante por sus códigos de encriptación.

Al sentarme en el sillón de cuero de la habitación, mi mirada se clavó en un detalle incongruente sobre la alfombra persa que habíamos traído de Teherán. Una pequeña mancha negra que no estaba antes.

Me incorporé de un salto, el corazón golpeándome el pecho con renovada violencia.

Era una tarjeta de cartulina negra, de esas que se usan en los círculos más selectos para invitaciones que nunca deberían existir.

Sus letras plateadas, grabadas con una caligrafía antigua, trazaban un mensaje aterrador:

El juego ha terminado, Natasha.

Debes confesarle la verdad antes de que lo haga yo: tu doble identidad te llevará a la ruina.

Corre el tiempo.

Siempre observando, Adam.

La incredulidad me paralizó. Mis dedos temblaron sosteniendo la tarjeta, como si el papel pudiera quemarme. ¿Doble identidad? ¿Acaso Natasha...?

—¿Qué sucede? —su voz sonó a mis espaldas, teñida de una preocupación que en ese instante me pareció tan falsa como el reloj destrozado.

Giré lentamente, la tarjeta extendida como una prueba irrefutable. Mi mandíbula se tensó hasta doler.

—Dime quién eres —exigí, conteniendo el torrente de furia que amenazaba con desbordarse y arrastrarlo todo—. Y te aconsejo que sea la verdad. La verdad completa.

—No... no comprendo —tartamudeó, palideciendo de tal modo que su piel pareció volverse translúcida—. ¿Qué es eso? ¿De dónde ha salido?

—¡DIME QUÉ DIABLOS ERES, NATASHA! —rugí, y mi voz resonó en las paredes de piedra como el eco de una maldición—. ¡DIME LA VERDAD O TE JURO QUE...

El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el jadeo de mi propia respiración y el latido ensordecedor de mi sangre en los oídos. La ira, el engaño y la frustración se enredaban en mi pecho como serpientes venenosas, cada una mordiendo a la otra en un ciclo infinito de dolor.

Me aferré a la esperanza de que fuera una broma macabra de Kowalski, de que la hubieran amenazado, de que aquella mujer a quien creí una heredera rebelde —buscando probar su valía lejos de la fortuna paterna y refugiada en mis brazos como un pájaro herido— fuera real.

Auténtica. Mía.

Al volverme completamente hacia ella, la encontré inmóvil, los ojos clavados en el suelo, su cuerpo temblando con una violencia que no podía fingir. Comencé a negar con la cabeza, rechazando la evidencia que mis propios ojos registraban.

—Jamás quise hacer esto —rompió el silencio, su voz un hilo quebrado, apenas audible—. Te juro, Damián, que solicité mi reemplazo en cuanto... en cuanto supe.

El mundo se desmoronó. Cada palabra suya era un martillazo en el edificio de mentiras que había construido a mi alrededor, en los cimientos de confianza sobre los que había levantado este nuevo comienzo.

—Soy una infiltrada —confesó, y las palabras cayeron como gotas de ácido—.

Trabajo para la CIA. Bueno, más exactamente, para una división de inteligencia financiera que colabora con ellos.

Sé que mi explicación ahora es superflua, que cualquier cosa que diga sonará a excusa, pero te la debo. Te la debo.

Su voz temblaba, pero no se detuvo.

—Soy hija de Charles Page. Ya conoces sus negocios... sabes que no son tan limpios como aparentan. Te conocí en Zúrich, hace años, cuando mi padre te invitó a aquella cumbre de inversores. Tú no me viste, pero yo te vi.

Recordé aquel viaje: las montañas nevadas recortadas contra un cielo de acero, los acuerdos millonarios sellados con apretones de manos, las miradas furtivas de aquella joven que entonces me pareció discreta, casi invisible. La hija del magnate, educada para ser vista pero no escuchada.

—Estaba allí, y al verte deseé conocerte.

No como misión, no como objetivo... como persona.

Pero entonces mi padre y la Agencia descubrieron tu pasado.

Sabían a qué te dedicabas realmente, conocían tus vínculos con Caronte, tus incursiones en la Red Oscura.

Necesitaban una mujer que te enamorara, que accediera a tu casa y a tus secretos. Y yo... yo acepté.

Un nudo de rabia me estranguló. El aire faltó en mis pulmones, reemplazado por una opresión que amenazaba con aplastarme el pecho. ¿Cómo pude ser tan ingenuo? ¿Tan ciego?

—Al principio seguí cada movimiento al pie de la letra —continuó, evitando mi mirada, sus ojos fijos en algún punto indefinido del suelo—. Ingresé a tus cuentas, revisé lo oculto en tus empresas, documenté cada transacción sospechosa. Enviaba informes semanales a mi controlador.

—¿Así que eras tú la que robaba la información? —mascullé entre dientes, sintiendo el sabor amargo de la traición mezclado con la bilis—. ¿La filtración de los diseños? ¿Los intentos de acceso a los servidores de DMA? ¿Todo era tu obra?

—¡Juro que no! —levantó la cabeza, sus ojos lila inundados de lágrimas—.

Descubrí lo que ocurría realmente, las verdaderas intenciones de Kowalski, las manipulaciones de Era, y dejé de acceder a tus sistemas.

No dejé rastros; si no, Mike me habría detectado en cuestión de horas.

—Una sonrisa trémula, casi orgullosa, asomó en sus labios—.

Ustedes dos son... los amos. Los dueños del juego.

Nadie puede infiltrarse en vuestro mundo sin ser descubierto.

—Basta de estupideces, Natasha. Basta de excusas.

—Comencé a conocerte de verdad —continuó, como si no me hubiera escuchado—.

No al magnate, no al fugitivo, no al hacker.

A ti. A Damián. Al hombre que llora en sueños por su hermana, que toca la guitarra cuando está triste, que me mira como si yo fuera lo único valioso en su mundo de sombras.

Me aterré al darme cuenta de que me enamoraba.

Intenté alejarme, pedí que me sacaran del caso, pero era demasiado tarde.

El daño ya estaba hecho. ¡Debes creerme!

Su súplica destrozó el último vestigio de humanidad en mí.

La decepción era un veneno que corría por mis venas, mezclándose con la sangre, llegando a cada rincón de mi cuerpo.

Recordé cada juramento de amor eterno susurrado en la penumbra, cada promesa vana de futuro compartido, cada instante de vulnerabilidad que había compartido con ella.

Todo encajaba con una precisión diabólica.

—¿Cuál es tu vínculo con Adam? —pregunté, mi voz plana, vacía de toda emoción—. ¿Desde cuándo colaboras con él?

—Me contactó hace semanas —confesó, y sus palabras caían como gotas de plomo fundido—.

Descubrió mi identidad real, no sé cómo.

Amenazó con revelarlo todo si no cooperaba.

Dijo que te haría daño, que te mataría si no le entregaba información sobre tus movimientos.

No tuve opción, Damián. Lo hice para protegerte.

—¿Protegerme? —reí, una risa amarga que ni yo mismo reconocí—. ¿Protegerme entregándole mi cabeza en bandeja? ¿Dándole las coordenadas de mi refugio? ¿Permitiendo que colocara ese maldito reloj en nuestra habitación?

—¡Yo no sabía lo del reloj! ¡Te lo juro! Solo le di información general, nada que pudiera usar directamente. Creí que podría engañarlo, ganar tiempo mientras...

—Habría preferido una bala —corté, sintiendo cómo una fría resolución se apoderaba de mí, reemplazando la ira con algo más peligroso, más definitivo—.

Un disparo limpio en la cabeza habría dolido menos que esto.

Que saber que cada caricia, cada palabra, cada momento compartido, era parte de una misión.