Inquina Chapter 8 #14
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Chapter 8 #14

—Oí su voz... susurrando cosas, promesas, amenazas.

.. Intenté zafarme, forcejeé hasta que las ataduras me cortaron la piel.

.. —Una convulsión me sacudió al recordar el pinchazo de la aguja, ese instante de dolor agudo seguido de una paz aterradora—.

Me inyectó algo. El vacío vino después. Un agujero negro en mi memoria.

Abrí los ojos, desafiante, buscando los suyos con la intensidad de quien se juega la vida en cada palabra.

—Si preguntas si mantuve relaciones con ella, si mi cuerpo respondió a sus estímulos, la respuesta es no. Rotundamente no. Conozco cada reacción de mi cuerpo, Natasha. Cada deseo, cada impulso, cada fibra de mi ser. Y te juro que nada de lo que ocurrió en esa habitación fue voluntario.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —su tono gélido escondía un dejo de ofensa, una herida abierta que no terminaba de cerrarse—. Drogado, inconsciente, vulnerable... ¿cómo puedes afirmar eso con tanta certeza?

—¿Crees que mi cuerpo respondería ante Era de la misma manera que responde ante ti? —esbocé una sonrisa amarga, cargada de años de conocimiento—. ¿Crees que mi piel, mis sentidos, mi propia alma no sabrían distinguir entre la mujer que amo y una asesina psicópata? Evidentemente, aún dudas de mí.

—No es eso —sus dedos acariciaron la cicatriz que serpenteaba en mi clavícula, ese recuerdo de Rumania que nunca me abandonaría—.

Comprende que esto es abrumador, Damián.

Todo. Las acusaciones, la huida, la incertidumbre.

Y luego esto —señaló la marca—. Mira lo que hizo esa.

.. esa criatura. —Su voz se quebró—. Nadie marca lo que me pertenece. Nadie.

Tomé su mano y la posé sobre mi pecho, donde el corazón martillaba contra las costillas con la urgencia de quien ha encontrado su razón de ser.

—Entonces haz tu marca. Ahora mismo. Con uñas, con dientes, con lo que quieras. Después la tatuaré para siempre sobre mi piel. Para que todos sepan a quién pertenezco.

—¿Arruinarías este cuerpo perfecto por mí? —sus pupilas dilatadas reflejaron incredulidad, asombro, deseo.

—No será ruina —aseguré, atrayéndola hacia mí con una ternura que contrastaba con la dureza de mis palabras—. Será el blasón de mi señora. El estandarte de mi rendición ante ti.

Un estremecimiento la recorrió al oír el posesivo, ese "mi señora" que encapsulaba todo lo que sentía por ella. Sus brazos me rodearon el cuello con una urgencia que era pura necesidad, exigiendo proximidad, exigiendo más.

Ceñí su cintura y la elevé hasta que sus piernas me ciñeron el torso con la familiaridad de quien ha hecho de este movimiento una coreografía compartida.

—Estoy decidiendo qué dibujar —musitó, trazando espirales imaginarias en mi nuca con la punta de los dedos—. Algo que te recuerde siempre a quién perteneces.

—Lo que tu fantasía ordene —besé la yema de su índice con una devoción casi religiosa—. Soy tu lienzo en blanco. Haz conmigo lo que quieras.

—Podrían ser unicornios —jugueteó, y mi expresión de horror —tan genuina, tan exagerada— la hizo reír con esa carcajada cristalina que era mi droga favorita—. ...o un osito de peluche con un lazo rosa.

—Nada de ridiculeces —gruñí, fingiendo una severidad que mis ojos delataban—. Nada de cursilerías. Algo digno de un guerrero.

—Lo dice el hombre que me envió rosas negras con una nota de tres párrafos sobre su simbolismo en la Inglaterra victoriana —deslizó su mano izquierda entre ambos, donde el diamante tallado en lágrimas centelleaba bajo la luz del atardecer—.

...que me regaló joyas de Van Cleef & Arpels haciéndome sentir como una emperatriz bizantina, vestidos de Valentino que cuestan lo que un coche de gama media.

.. —alzó la ceja con esa picardía que me volvía loco—.

...y que me colocó este anillo en el dedo con la inscripción "frágil como mi Afrodita" grabada en el interior.

—En mi defensa... —hice una pausa dramática, buscando las palabras adecuadas— carezco de defensa. Llámame romántico, llámame cursi, llámame lo que gustes, Natasha Page. Pero volveré a hacerlo. Una y otra vez. Hasta que te hartes de mí.

—Nunca me hartaré —susurró, y en sus palabras había una promesa de eternidad.

La urgencia por poseerla se tornó física, una corriente eléctrica que recorrió cada nervio de mi cuerpo. La conduje hacia la mansión a través de senderos de arena, directamente al jardín de invierno donde la ducha al aire libre emanaba vapor entre helechos gigantes y flores de loto.

Al posarla sobre el lavabo de ónix —ese bloque de piedra semipreciosa que había costado una fortuna traer de Italia—, sus dedos iniciaron el ritual de despojarme de la camisa con una destreza que hablaba de noches de práctica.

Mientras tanto, yo liberaba sus pechos del encaje negro del sujetador, dejando al descubierto esa geografía que conocía mejor que cualquier mapa.

Mis palmas moldearon esas curvas familiares con la devoción de un escultor ante su obra maestra, sintiendo cómo los pezones se endurecían contra mi piel, respondiendo a mi tacto como plantas que buscan la luz.

Al llevármelos a la boca, su gemido fue un reclamo primigenio que resonó bajo la cúpula de cristal, mezclándose con el rumor del agua y el canto de los pájaros nocturnos.

Arranqué su short de cuero con un movimiento seco y desgarré la tela de la tanga —ese obstáculo minúsculo que invariablemente terminaba en el cesto de los desechos, víctima de mi impaciencia—.

Una lástima el precio de esas prendas efímeras, pero el placer de destruirlas superaba cualquier escrúpulo económico.

La tensión en mi erección era casi dolorosa, una barra de acero pulsátil que exigía liberación con la urgencia de un animal enjaulado. Necesitaba fundirme en ella, perderme en su calor, olvidar por un momento quién era y qué me perseguía. Solo ella podía provocarme esa entrega total.

Al penetrarla, su grito se fundió con el rumor del agua cayendo sobre las losetas de piedra volcánica:

—¡Damián!

Dios... qué perfectamente se ajustaba a mí. Como si nuestros cuerpos hubieran sido diseñados por el mismo arquitecto celestial, piezas de un rompecabezas cósmico que solo encontraban sentido al unirse.

Sus uñas tallaron caminos de fuego en mi espalda mientras alternaba ritmos: lentitud torturadora que la hacía suplicar con gemidos entrecortados, embestidas brutales que arrancaban maldiciones de su garganta, jadeos que eran plegarias y blasfemias a partes iguales.

—¡Esa es mi fiera! —rugí cuando sus caderas respondieron con una ferocidad igualitaria, cuando dejó de ser receptáculo para convertirse en tormenta.

Éramos un solo animal sudoroso, moviéndonos en la danza ancestral del deseo, ese ritual que precede a la humanidad misma.

El aroma a fresas silvestres de su champú se mezclaba con el olor del sexo y el vapor, un narcótico más poderoso que cualquier droga que hubiera probado.

Observé hipnotizado el vaivén de sus senos al compás de nuestro encuentro, ese balanceo hipnótico que me recordaba por qué estaba dispuesto a incendiar el mundo por ella.

Un giro preciso de mis caderas nos llevó al borde del abismo. Repetí el movimiento, acelerando el ritmo hasta que el universo entero se contrajo en un punto de luz y sensación. El orgasmo nos estalló dentro en espasmos sincronizados, olas de placer que nos sacudieron hasta los cimientos.

Mi semen la inundó —reclamación, posesión, pacto irrevocable— mientras nuestras frentes se unían en la tregua jadeante, en el silencio compartido donde ninguna palabra era necesaria.

La ayudé a descender del lavabo, sosteniendo su cuerpo tembloroso con la delicadeza de quien sostiene algo frágil y precioso.

—Ven —murmuré, alisando su pelo enredado, apartando los mechones húmedos de su rostro—. Terminemos lo que empezamos.

Su asentimiento fue un roce de pestañas húmedas contra mi mejilla, una caricia más elocuente que cualquier palabra.

Mientras el agua caliente nos envolvía en una nube de vapor, contemplé el jardín nocturno a través de los cristales: magnolias que proyectaban sombras chinescas contra las paredes de piedra, estanques donde nadaban kois como llamas naranjas en un incendio acuático.

Una paz engañosa, una calma irreal que no podía durar.

Algo perturbador asediaba mis pensamientos, una mosca cojonera que no dejaba de zumbar en el fondo de mi conciencia.

¿Desde cuándo Natasha usaba ese reloj de oro blanco?

El cielo estrellado que se reflejaba en los ventanales era un manto de mentira, un telón pintado que ocultaba la verdad. En el horizonte, más allá de la línea del mar, nubes de tormenta comenzaban a devorar la luna con apetito de bestia.

Algo se avecinaba.

Podía sentirlo en el aire, en la humedad, en la forma en que los animales se habían refugiado en sus madrigueras.

La calma siempre precede a la tormenta.

Y esta tormenta, cuando llegara, lo cambiaría todo.

El vértigo de la traición

Al salir de la ducha, sentí el corazón martilleando en mi pecho con una violencia inusitada, como si un pájaro enjaulado quisiera romper las costillas para escapar.

Quise atribuirlo al vapor, a la fatiga acumulada durante meses de vigilia, a los restos de aquel sueño infantil que aún flotaban en mi conciencia.

Pero una punzada de intuición —esa que me había salvado la vida en decenas de ocasiones— me advertía que algo siniestro se cernía sobre aquella mañana.

—¿Desde cuándo usas esto? —inquirí con voz ronca, mostrándole el reloj de oro blanco que destellaba bajo la luz del baño con una insolencia que me resultó instantáneamente sospechosa.

Natasha, envuelta aún en el vapor de la ducha, giró hacia mí con una lentitud que en cualquier otra circunstancia habría resultado seductora. Sus pupilas se dilataron en un parpadeo confuso, como si intentara descifrar un enigma en mi expresión.