Inquina Chapter 8 #13
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Chapter 8 #13

—Pues lo construiré en... ¡Irlanda! —escribí el nombre con letras temblorosas, esas que apenas comenzaban a formarse—. En Naas. ¿Ves? Aquí pone que hay castillos de verdad.

El recuerdo se desvaneció al despertar, como el humo de una hoguera que el viento dispersa sin piedad. Pero la certeza permaneció: aquel dibujo infantil, doblado mil veces, acariciado otras tantas, aún vivía en mi billetera junto a la única foto que conservaba de mi madre.

Al desplegarlo, el papel susurró como una hoja seca entre mis dedos. Los trazos infantiles, torpes pero decididos, dibujaban una silueta de torres y almenas. Debajo, con esa caligrafía que apenas comenzaba a formarse, una leyenda: "Castillo Dún Ailinne, Naas, Irlanda".

—Creí que dormirías para siempre —la voz de Natasha me sobresaltó, suave como la brisa.

Apareció con dos cervezas en las manos, sus huellas marcando el vidrio empañado. Pero su sonrisa se desvaneció al ver el dibujo que aún sostenía.

—¿Qué es eso? —preguntó, sentándose a mi lado en la hamaca, su peso balanceándonos suavemente.

—El mapa de un sueño —respondí, mostrándole también la foto de mi madre, esa imagen amarillenta donde sus ojos —del mismo color que los míos, esa mezcla imposible de azul y ámbar— miraban a la cámara con una sonrisa que el tiempo no había podido robar—.

Ella prometió llevarnos allí algún día. Cuando las cosas se calmaran.

Cuando pudiéramos ser una familia normal.

Las lágrimas resbalaron por sus mejillas antes de que pudiera detenerlas, dos perlas saladas que se perdieron en la comisura de sus labios.

—Es injusto... —susurró—. Todo lo que te arrebataron. Tu infancia, tus padres, tu hermana... y ahora encima esto. Las acusaciones, la huida, la maldita marca en tu piel.

—No llores —acuné su rostro entre mis manos, sintiendo el calor de su piel, la humedad de sus lágrimas—.

Ellos me arrebataron muchas cosas, es cierto.

Pero hay algo que no pudieron quitarme. Algo que construí yo solo, con mi esfuerzo, con mi sangre.

Ahora tú eres mi familia, Natasha. La única que me importa.

El beso que deposité en sus labios sabía a sal y menta, a promesa y deseo. Pero ella rompió el hechizo antes de que pudiera profundizarlo: —Sé que mi padre te amenaza. ¿Por qué me ocultas sus emails?

¿Crees que no puedo soportarlo?

—No quería cargarte con su odio —respondí, apartando la mirada—. Ya tienes bastante con estar aquí, conmigo, arriesgando tu reputación, tu futuro, todo.

—¡Somos un equipo, Damián! —golpeó mi pecho con el puño cerrado, retrocediendo como si mi piel quemara—.

He enfrentado a todo: a mi madre, a los periodistas, a los curiosos que me preguntan por qué estoy con un asesino.

¡Incluso he husmeado en la Red Oscura buscando respuestas por mi cuenta!

¿Crees que soy la rubia tonta de una película mala que solo sirve para estar guapa?

Su comentario hizo que algo estallara dentro de mí. La furia, contenida durante meses, amenazó con desbordarse como un río que rompe sus diques.

—¿Cómo demuestro mi inocencia? —rugí al fin, arrancándome la camiseta con una violencia que la hizo retroceder un paso—.

¿Con esta marca de ganado? —señalé la cicatriz sobre mi costado, donde el símbolo de Lilith permanecía como un estigma imborrable—.

¿Con las pesadillas que me despiertan cada noche?

¡Creen que violé y maté a una mujer inocente, Natasha! ¡Creen que soy un monstruo!

—Yo te creo, pero...

—¿Pero? —mi risa fue un hacha rompiendo hielo, un sonido amargo que ni yo mismo reconocí—. Dilo. Dilo de una vez: dudas. Todos dudan. Incluso tú.

Salí corriendo hacia la playa, escupiendo maldiciones al viento. Las olas mordían la arena con una furia que reflejaba la mía, rompiendo una y otra vez contra la orilla en un ciclo sin fin de violencia y retirada.

¿También ella veía al monstruo que los titulares pintaban? La pregunta me corroía por dentro, más devastadora que cualquier tortura física.

Mis uñas se clavaron en la marca maldita, arañando la piel como si pudiera arrancarla, como si pudiera borrar de mi carne ese sello de infamia.

Juro que los haré comer su mentira, pensé, mirando al horizonte donde el sol comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados. A todos.

A Kowalski, a Era, a los que manipularon las pruebas, a los que crearon ese maldito video. Les haré tragar cada una de sus mentiras.

Sus brazos me rodearon por detrás antes de que pudiera hundirme más en la desesperación. Sus labios recorrieron cada vértebra de mi espalda como una oración, como un exorcismo, como si pudieran borrar con su calor las marcas que el dolor había grabado en mi alma.

—No era eso lo que intentaba decir —susurró contra mi piel, su voz temblorosa pero firme—. Necesito que me dejes entrar en tu dolor. No desde fuera, Damián. Desde dentro. Como una compañera, no como una espectadora.

Intenté zafarme, pero sus dedos se trenzaron con los míos con la fuerza de un náufrago que se agarra al único salvavidas en medio del océano.

—Esta batalla es de dos —continuó—. Déjame llevar contigo la cruz. Déjame compartir el peso.

—¿Y si te arrastro al abismo conmigo? —pregunté, mi voz apenas un susurro—. ¿Y si no puedo protegerte? ¿Y si...

—Ya estoy en él —giré para enfrentarla, y sus ojos, lilas como el crepúsculo que teñía el horizonte, no titubearon—. Y es el único infierno donde quiero arder. Contigo o con nadie.

—Bienvenida a mi infierno entonces —susurré mientras mis labios rozaban su cuello en un beso cargado de ominosa devoción—.

Mi venganza me ha arrastrado hacia la destrucción, y tú lo sabes, Nat.

Me ahogo en mis propios pecados, en las decisiones que tomé, en los caminos que elegí.

Pero juro ante lo que queda de mi alma que no violé a esa niña. Juro que soy inocente de ese crimen.

Sostuve su mirada con la intensidad de quien desvela verdades sepultadas, de quien se juega la vida en cada palabra. Poseo el don — maldición, más bien— de detectar mentiras en el parpadeo de una pestaña, en el temblor de un labio, en la forma en que la piel reacciona ante una verdad incómoda.

Aguardé una reacción, cualquier señal que rompiera su máscara de hielo.

Permaneció impasible, como una estatua de mármol bajo la luz lunar.

—Descubrí que mi hermana seguía con vida a través de un rumor en la Dark Web —confesé, mis dedos trazando involuntarios círculos en su espalda, buscando en su calor un anclaje a la realidad—.

Hace años, cuando aún creía que podía encontrarla sin poner en riesgo todo lo que había construido.

Subastaban a una virgen con sus mismas características físicas: cabello trigo, ojos cafés, ese lunar junto al labio que tanto la caracterizaba.

Un escalofrío recorrió mi columna vertebral al evocar aquel momento.

—¿Puedes imaginar el horror que me atravesó al ingresar al streaming y comprobar que era otra?

¿La mezcla de alivio y culpa al ver que no era ella, pero saber que alguna madre, algún padre, algún hermano, estaba perdiendo a su hija en ese mismo instante?

—Mi voz se quebró—. Aquella pobre mujer.

.. las vejaciones que sufrió ante las cámaras, los gritos, las súplicas.

.. aún retumban en mis noches. Aún escucho sus alaridos cuando cierro los ojos.

—Yo no sabía nada, Damián —su voz era un hilo de seda rasgado por la culpa—. No imaginaba que...

—Todas las noches repito la misma pesadilla —apreté los puños, sintiendo cómo la rabia me corroía las entrañas—.

Lo más aterrador no es el sueño en sí. Es despertar y saber que es real.

Que existen personas así, lugares así, organizaciones enteras dedicadas a ese horror.

Y que los ingenuos aún creen que "navegar en internet" es seguro, que sus datos están protegidos, que nadie los observa.

No, querida mía. Ellos gobiernan las sombras.

Y nosotros solo podemos iluminar pequeñas parcelas.

Ninguna de mis palabras parecía aliviar su angustia, pero la crudeza de mi confesión era necesaria. Debía comprender el abismo que me consumía, el peso que cargaba cada día.

—Caronte fue quien me reclutó —revelé, observando cómo ese nombre resonaba en sus pupilas dilatadas—.

Hace años, cuando aún vivía en Estambul y mi único objetivo era encontrar a Alenka.

Me ofreció un trato: yo infiltraría sus sistemas, rastrearía sus conexiones, y él me daría acceso a información que nadie más podía conseguir.

Colaboro con Interpol, con servicios de inteligencia de media Europa, para desarticular esas redes.

Es extenuante, lo sé, pero esa labor me ha permitido salvar vidas.

Decenas, quizás cientos. Pero eso es apenas la superficie —mi voz se quebró—.

Hay otro círculo, Natasha. Más profundo.

Más oscuro. Sádicos que asesinan por placer cinematográfico, que graban cada atrocidad y la venden al mejor postor.

Y ellos... ellos son los que realmente gobiernan las sombras.

—Quiero la verdad —exigió, clavándome sus ojos color ámbar con una intensidad que no admitía evasivas—. Toda la verdad. ¿Qué ocurrió con Era? En esa habitación, en ese tiempo que estuviste con ella.

Necesito saberlo.

—Solo recuerdo fragmentos —cerré los ojos, invadido por imágenes difusas, como películas proyectadas en una pantalla rota—.

Me tenía inmovilizado en aquella cama. Desperté con los brazos entumecidos por las ataduras, los músculos gritando por el esfuerzo de horas en la misma posición.

La habitación era blanca, cegadoramente blanca, como un quirófano.

Llena de instrumental quirúrgico alineado en bandejas de acero inoxidable.

Las sábanas, de seda negra con bordes rojos, como si alguien hubiera querido convertir mi lecho de tortura en una obra de arte.

Un escalofrío me recorrió al evocar el momento.