Chapter 8 #12
Los Kowalski eran espectros que se burlaban desde las sombras, enemigos conocidos con los que sabía cómo enfrentarme. Pero un nombre resonaba en los últimos informes con un peligro más ancestral, más profundo: El Círculo Black.
—Son leyendas —dudó Mike al ver el emblema que amplié en pantalla: una brújula de oro con un sol estilizado en su centro, su aguja apuntando al noreste, hacia algún lugar en las montañas de Transilvania—. Historias para asustar a espías novatos. Cuentos de viejas.
—Pero esta marca —insistí, ampliando los documentos que Caronte me había enviado— aparece en transacciones de armas en Odessa. En contratos desclasificados de la CIA. En archivos del KGB que supuestamente fueron destruidos. No es una leyenda, Mike. Es real. Y si están detrás de todo esto...
Antes de que pudiera profundizar, el sensor perimetral del búnker emitió un pitido suave: Natasha regresaba de su exploración matutina.
—Hablamos luego —corté, comenzando a apagar las pantallas—. Reunámonos pronto. Necesito encontrar la forma de ver a Alenka sin que me detengan en el intento.
—Cuídate, Damián —Mike suspiró—. Y cuídala a ella. Es lo único que realmente importa.
Las pantallas se apagaron una a una, dejando el búnker en penumbra. Subí las escaleras con el corazón latiendo más rápido de lo que debería, dejando atrás el mundo digital para sumergirme en el real. El que compartía con ella.
La encontré en el jardín de heliconias, ese rincón de la isla donde las flores exóticas estallaban en colores imposibles: rojos intensos, amarillos eléctricos, naranjas incendiarios.
Su vestido de lino blanco, ligero como una promesa, se pegaba a su piel por la humedad tropical, revelando la silueta que conocía mejor que la mía propia.
Me acerqué sigilosamente, disfrutando de la escena: ella, de espaldas a mí, contemplando el vuelo de un colibrí entre las flores. Su cabello, suelto, cayendo en ondas doradas sobre sus hombros desnudos.
—¡Casi me matas del susto, fantasma! —exclamó al sentir mis brazos rodeando su cintura, su risa haciendo vibrar el aire salino—. ¿Siempre tienes que aparecer así?
—Es mi especialidad —susurré contra su oreja, sintiendo cómo se estremecía—. Apariciones fantasmales.
Giró en mis brazos, y sus dedos acariciaron mi barba incipiente —llevaba días sin afeitarme, sumergido en el búnker— con una ternura que me desarmaba.
—Pareces un náufrago —rió—. Un náufrago muy guapo, pero náufrago al fin.
—Entonces encajo perfectamente en esta isla desierta —respondí, besando la punta de su nariz—. ¿Te apetece una tarde de playa? Conozco una cala secreta al norte. Solo para nosotros.
Mientras preparaba la cesta —pan de especias que habíamos horneado juntos, fruta del dragón recién cortada, queso de cabra envuelto en hojas de plátano—, recordé mis sueños de infancia.
Aquellos sueños absurdos, imposibles, que alimentaba en las noches frías del orfanato: sentir arena entre los dedos, oler el yodo del mar, dejar que el sol quemara las cicatrices que la vida me había infligido.
Sueños que la Dark Web, las guerras, la búsqueda de Alenka, habían enterrado bajo capas de hielo y obsesión.
Ahora, de alguna manera, se estaban haciendo realidad.
Natasha hablaba animada mientras caminábamos hacia la cala, su entusiasmo contagiándome a pesar de mis preocupaciones.
Las mujeres del pueblo pesquero —una pequeña comunidad en el otro extremo de la isla— la habían enseñado a tejer redes, a reconocer las estrellas para navegar, a cocinar el pescado envuelto en hojas de plátano.
—Mañana comenzaré las clases de acuarela con Mairena — anunció, mordiendo un mango con una sensualidad que me distrajo por completo.
Las gotas doradas del jugo le resbalaban por el cuello, desapareciendo bajo el borde de su bikini—.
Dice que tengo "ojo para el color". ¿Te imaginas? ¿Yo, pintora?
—Debes ir —la animé, aunque la idea de su ausencia, aunque fuera por unas horas, me corroía por dentro—. Disfruta, aprende, sé feliz. Yo... estaré bien.
Mentira. Pero una mentira necesaria.
Al llegar a la cala —un semicírculo de arena blanca bañado por aguas tan transparentes que parecían de mentira—, Natasha se despojó del vestido con una naturalidad que me quitó el aliento. Su bikini de gasa azul era casi invisible, una sugerencia de tela que más que ocultar, realzaba.
—Eso debería ser ilegal —murmuré mientras se adentraba en el agua, sintiendo cómo la posesión rugía dentro de mí.
—Pero a ti te encanta —retó, sumergiéndose como una sirena, reapareciendo metros más allá con el cabello pegado al rostro y una sonrisa de triunfo.
No pude resistirme. Me despojé de la ropa y me lancé al agua, sintiendo el contraste del calor tropical con la frescura del mar. La atrapé por la cintura cuando intentaba esquivarme, girándola hacia mí en un remolino de espuma y risas.
Bajo la luz del atardecer —ese momento mágico en que el sol se funde con el horizonte y tiñe el mundo de tonos dorados—, sus ojos color lila reflejaban un universo donde solo existíamos nosotros.
Donde las amenazas de Kowalski, los secretos de mis padres, la sombra del Círculo Black, todo desaparecía.
—Joder, Nat —la abracé con una ferocidad que la sorprendió, sintiendo su corazón acelerarse contra el mío—. Eres los cimientos que reconstruyen mi mundo. Cada vez que todo parece derrumbarse, estás tú. Siempre tú.
Ella no huyó de mi vulnerabilidad. Sus manos se enredaron en mi cabello mojado mientras el mar nos mecía como a dos náufragos que finalmente han encontrado tierra firme.
—Así será por siempre, Damián —susurró, su voz tan serena como la brisa—. Por siempre. ¿Entiendes? No hay fuerza en este mundo que pueda separarnos. Ni Kowalski, ni Interpol, ni todos los ejércitos del infierno.
Al besar su frente —ese gesto tan simple, tan cotidiano, tan lleno de significado—, supe que cada partícula de mi ser le pertenecía. Las cicatrices, la culpa, la rabia, la obsesión por Alenka, todo. Era suyo.
Todo suyo.
Era mi redención y mi fragilidad.
Mi mayor fortaleza y mi única debilidad.
Y mientras el sol se hundía en el Pacífico, tiñendo el cielo de púrpura y naranja, supe que haría cualquier cosa por proteger ese momento. Por protegerla a ella.
Incluso si eso significaba enfrentarme al mismísimo diablo en su guarida.
Incluso si eso significaba perderlo todo.
Porque sin ella, no había nada que mereciera la pena conservar.
Tres meses habían transcurrido desde que el mundo me declaró monstruo.
Noventa y un días exactamente desde que la Interpol emitiera esa orden de captura global, desde que mi rostro comenzara a encabezar las listas de los más buscados, desde que mi nombre se convirtiera en sinónimo de asesinato y perversión en los titulares de medio mundo.
Tres meses de vigilias en esta isla-escaparate, donde el sol tropical se burlaba de mi condición de prófugo con su luz implacable, como si quisiera recordarme que, aunque mi cuerpo estuviera en el paraíso, mi alma seguía pudriéndose en el infierno de las acusaciones falsas.
Los emails del padre de Natasha seguían acumulándose en la carpeta oculta que había creado para protegerla de su veneno.
"Entréguese a las autoridades", rezaba el primero de cada semana.
"Mi hija merece algo mejor que un fugitivo", continuaba el segundo.
"Asesino", titulaba el tercero, sin más contemplaciones.
Los contabilizaba con el mismo desdén con que se cuentan las gotas en una tormenta: uno tras otro, sin fin, sin propósito, sin posibilidad de detenerlos. Pero nunca los borraba. Los conservaba como recordatorio de lo que el mundo pensaba de mí, de lo que Natasha arriesgaba al quedarse a mi lado.
Erdoğan, fiel como siempre, enviaba los reportes financieros puntualmente cada amanecer. Sus mensajes cifrados llegaban a través de tres servidores diferentes, con rutas de acceso que cambiaban cada día, como un río que nunca fluye dos veces por el mismo cauce.
DMA Inc. no solo sobrevivía a mi ausencia; florecía con una vitalidad que resultaba casi obscena.
Las acciones de la nueva línea de motocicletas eléctricas —que irónicamente habíamos bautizado como "Fénix" meses antes de que todo esto estallara— se cotizaban un cuarenta por ciento sobre el valor inicial.
Harper, cumpliendo nuestro pacto de colaboración, había canalizado inversiones a través de empresas fantasma en las Islas Marshall, blindando nuestros activos contra cualquier intento de embargo gubernamental.
La ironía era tan cruel que a veces me arrancaba una carcajada amarga: mientras mi rostro encabezaba las listas de fugitivos internacionales, mientras los periódicos me dibujaban como un monstruo sin escrúpulos, mi imperio construía rascacielos de oro en media docena de países.
El capital no entiende de moral, solo de beneficios.
Aquella tarde, el viento salino me arrulló hasta el sueño en la hamaca de lona que habíamos colgado entre dos palmeras frente a la playa. El calor era pesado, húmedo, pero la brisa marina lo hacía soportable, casi placentero.
Volví a correr por los prados de Silesia, donde Alenka —con su vestido rosa ya desteñido por los años y los lavados— gritaba con esa voz aguda de la infancia:
—¡Dami, mira! ¡Nuestro castillo del terror!
Señalaba una fortaleza gótica en su libro ilustrado, ese volumen de cuentos que nuestra madre nos leía cada noche antes de dormir. Torres afiladas como colmillos de dragón, ventanas que eran heridas de luz en la piedra oscura, un puente levadizo que parecía la lengua de una bestia dormida.
—Tendré uno igual —juré, garabateando en mi cuaderno de espiral con la determinación de los cinco años—. Con establos para dragones y un laberinto de setos donde perder a mis enemigos. —Drácula vive en Transilvania, no en Estambul —rio ella, burlona, su melena trigo moviéndose al viento.