Chapter 8 #11
La gran sala resonaba con cantos en polaco antiguo, esas melodías que nuestros abuelos entonaban en las noches de invierno y que yo había hecho resucitar para ocasiones como esta.
Sirvientes desfilaron portando platos humeantes: caza estofada con ciruelas, pierogi negros rellenos de hígado de oca, y el żurek —esa sopa agria de centeno— que nuestra madre cocinaba en cada Navidad antes de que los Bonet la asesinaran.
Dimitri brindó con vodka congelado, alzando su copa hacia los retratos de los antepasados que colgaban de las paredes:
—¡Por la familia que elige sus presas! ¡Por los Kowalski, ahora y siempre!
Entre los postres —sernik de queso, makowiec de semillas de amapola— Era deslizó una tableta hacia mí a través de la mesa. Su rostro, iluminado por las velas, mostraba esa expresión de triunfo contenido que tan bien conocía.
—El plan para desestabilizar a Bonet —susurró, asegurándose de que nadie más escuchara—. Usaremos a Natasha. La reunión con nuestros contactos en Ginebra ya está lista. Solo falta tu aprobación.
—¿Manipulando su mente? —pregunté, observando las imágenes que desfilaban por la pantalla.
—Mejor —su sonrisa se ensanchó—. Descubrí el gran secreto de la gran Natasha Page. Algo de su pasado que ni ella misma conoce. Algo que puedes utilizar en su contra, contra Bonet, contra todos ellos.
Acepté con un gesto, deslizando mis dedos por la pantalla para revisar el historial. Las fotos aparecieron una tras otra: documentos amarillentos, certificados de nacimiento, registros de adopción. Sonreí al comprender el alcance de lo que tenía entre manos.
No sé a quién de los dos le dolerá más saber la verdad, pensé. A ella por descubrir quién es realmente, o a él por descubrir que ha estado amando a una mentira.
Guardé la tableta en el bolsillo interior de mi chaqueta mientras los invitados continuaban disfrutando del banquete, ajenos a la tormenta que se avecinaba. A mi lado, Paulo permanecía inusualmente inmóvil, su rostro pálido, sus ojos fijos en un punto indefinido de la pared.
Quizá sepa que será la presa de la noche, pensé con una son-
risa.
En medio de la risa ebria que llenaba el salón, clavé mi daga Tanto en el muslo de Paulo con la precisión de un matarife experimentado.
—¡Hijo de puta! —aulló, derramando cerveza sobre el mantel de lino mientras su cuerpo se convulsionaba por el dolor—. ¡Estás loco, Adam! ¡Completamente loco!
—¿Pensaste que ignoraría tu trato con los Black? —grité, girando la hoja dentro de su carne, sintiendo cómo el fémur crujía bajo el acero—. ¿Crees que no tengo ojos en todas partes? ¡Nómbralos! ¡Dime quiénes son o te saco las entrañas por la herida!
Su silencio fue su sentencia de muerte. Un silencio terco, desafiante, que hablaba de lealtades más profundas que el miedo.
Mi cuchillo encontró su garganta en un movimiento limpio, casi elegante. La sangre saltó sobre el sernik de queso, dibujando constelaciones carmesíes en la crema agria, manchando los pasteles que las criadas habían preparado con tanto esmero.
—Limpien este desorden —ordené a los guardias mientras limpiaba la hoja en el pelo de un sirviente tembloroso, dejando un rastro rojo en sus cabellos castaños—. Y que su cuerpo alimente a los mastines. No merece mejor destino.
Los invitados, acostumbrados ya a estos espectáculos, retomaron sus conversaciones como si nada hubiera ocurrido. La música continuó. El vodka siguió fluyendo. La noche prosiguió su curso.
Dos menos, pensé, volviendo a mi asiento. Dos traidores menos en este mundo. Iré por el Círculo entero. Terminaré con toda esa familia de serpientes.
Pero primero, Bonet.
Siempre primero, Bonet.
El refugio de los condenados
Damián
Ya había transcurrido un mes desde que nos refugiamos en aquella cabaña rodeada de naturaleza salvaje, un mes de silencio y recuperación en los Alpes suizos.
Pero incluso el paraíso puede volverse una prisión cuando los fantasmas te persiguen hasta en sueños.
Por eso, cuando Natasha propuso buscar un lugar más cálido, un rincón del mundo donde el sol pudiera quemar las sombras que aún me acechaban, no dudé en aceptar.
Ahora, una lengua de tierra volcánica en el Pacífico Sur —tan remota que no figuraba en ningún mapa oficial, tan pequeña que los satélites la confundían con una sombra en el radar— se había convertido en nuestro nuevo refugio.
Una isla de arenas negras y aguas turquesas, de acantilados cubiertos de vegetación exuberante y calas secretas donde el único testigo era el viento.
Permití que Natasha explorara la isla cada mañana, que se perdiera entre los senderos de cocoteros y las playas de arena blanca, que disfrutara de esa libertad que tanto necesitaba.
Aunque racionalmente sabía que el riesgo era mínimo —este lugar era mi secreto mejor guardado, comprado a un dictador caído en desgracia que necesitaba dinero para huir de sus enemigos—, una punzada de ansiedad me atravesaba el pecho cada vez que la veía desaparecer entre la vegetación.
Es solo paranoia, me decía a mí mismo. Secuelas de lo de Rumania.
Pero la paranoia, en mi oficio, nunca es solo paranoia.
Las pantallas del búnker subterráneo —construido bajo la cabaña principal con materiales traídos en varios viajes— no descansaban nunca.
Algoritmos de mi creación, programas que había diseñado en noches de insomnio, decodificaban flujos de datos de la Red Oscura en tiempo real, buscando patrones, amenazas, cualquier indicio de que Kowalski estuviera cerca.
"Ares", el programa que podría reducir los cimientos digitales de la organización de Kowalski a cenizas en cuestión de segundos, aún requería ajustes en su núcleo cuántico.
La encriptación que protegía sus servidores era la más avanzada que había visto nunca, y cada vez que creía tenerla descifrada, aparecía una nueva capa, un nuevo obstáculo, un nuevo desafío.
Paciencia, me recordaba a mí mismo. Todo llega para quien sabe esperar.
—¡Damián! —la voz de Mike resonó en los altavoces del búnker, su tono urgente cortando el silencio—. Tenemos que hablar. Ahora.
Lo observé en la pantalla principal, su rostro demacrado por las noches sin dormir, las ojeras profundas como cicatrices bajo sus ojos. Llevaba semanas coordinando la defensa digital de nuestro imperio, y se notaba.
—Debes entender que exponerte ahora es un suicidio —continuó, golpeando el escritorio virtual con el puño—.
La Interpol tiene tu nombre en todas las fronteras.
La CIA te busca. Los servicios de media Europa están alerta.
Si pones un pie en cualquier aeropuerto internacional, te detendrán antes de que puedas decir "abogado".
—No tengo alternativa —respondí, mi voz más calmada de lo que me sentía—. Los códigos de mi padre están en juego. El Código Nera, Mike. No es una leyenda. Existe. Y está en algún lugar esperando a ser encontrado.
Desde que Caronte me reveló la existencia del Código Nera, todos los que sabían de su existencia lo habían estado buscando.
Los servicios de inteligencia, las organizaciones criminales, los coleccionistas de secretos.
.. todos querían poseer esa llave maestra que, según decían, podía controlar el sistema bancario global.
Pero yo sabía algo que ellos ignoraban: el Código no era un programa informático. Era algo más. Algo que mis padres habían escondido antes de morir. Algo que Kowalski ansiaba con una obsesión enfermiza.
—Hay algo más —Mike dudó, su dedo golpeando el escritorio virtual con nerviosismo—.
Anoche intentaron violar mi firewall. Mis sistemas, Damián.
Los que diseñamos juntos, los que juraste que eran impenetrables.
Fallaron, gracias a la encriptación cuántica, pero antes de que pudiera cerrar el acceso, dejaron esto.
El video que compartió en la pantalla mostraba una silueta femenina recortada contra una ventana iluminada. La calidad era mala, granulada, pero reconocí esa postura al instante. La forma de sostener un vaso de vino. La inclinación de la cabeza al hablar.
Ella. Alenka.
Mi hermana.
Detalles que grabé a fuego durante nuestra infancia en Varsovia, que repasé obsesivamente durante años de búsqueda infructuosa, que reconocería en cualquier circunstancia.
—¿Cómo diablos entraron? —gruñí, sintiendo cómo los nudillos se me ponían blancos al apretar el borde de la consola—. ¿Cómo consiguieron que ella...?
—Quiere reunirse contigo, Damián —Mike bajó la voz, como si temiera que alguien pudiera escucharlo—.
El mensaje estaba codificado, pero logramos descifrarlo.
Dice tener información sobre los Black. Sobre Adam.
Sobre lo que realmente pasó aquella noche en Varsovia.
Pero exige verte. En persona. En Nueva York.
—Iré —decidí sin dudar—. Organiza el viaje. Lo que sea necesario.
—¡Es una trampa! —rugió, su rostro congestionado por la frustración—. ¿No lo ves? Es demasiado obvio. Te detendrán en el aeropuerto, te encerrarán, y mientras tanto, Kowalski...
—¿Y qué importa? —esquivé su mirada, sintiendo cómo una determinación fría se instalaba en mi pecho—. Si es una trampa, la acepto. Así los atraeré a campo abierto. Así podré enfrentarlos sin esconderme. Así...
El silencio que siguió fue un abismo. Cuando al fin hablé, las palabras sabían a derrota, a confesión arrancada a la fuerza:
—No quiero perderla, Mike. No otra vez. Ya la perdí una vez, cuando éramos niños. No puedo... no voy a permitir que vuelva a desaparecer.
La confesión me dejó expuesto, vulnerable.
Patético, me recriminé mientras Mike guardaba silencio.
Había reconstruido un imperio desde las cenizas de mi infancia, había levantado un imperio que facturaba miles de millones, había sobrevivido a torturas y traiciones.
Pero en ese momento, hablando de mi hermana, me sentía como el huérfano que dormía en los muelles de Estambul, envuelto en cartones para no morir de frío.