Chapter 8 #10
Desde mi trono de ébano y acero —construido con maderas del Congo y metales reciclados de mis primeros negocios— contemplé las pantallas que cubrían la pared circular de la torre.
En ellas, las capitales del mundo dormían en su ignorancia: Varsovia, Berlín, París, Londres, Washington.
.. todas ellas confiadas en sus sistemas de seguridad, en sus alianzas, en su supuesta invulnerabilidad.
Estaré más cerca de lo que imaginan, pensé, sonriendo ante la ironía. En sus cámaras legislativas, donde aprueban leyes que creen nos protegen. En sus bancos, donde guardan fortunas que creen intocables. En sus camas, donde sueñan con un futuro que ya no les pertenece.
Giré lentamente en mi asiento, dejando que la información fluyera hacia mi cerebro como un río de datos. Cada transacción, cada comunicación, cada secreto susurrado en la oscuridad digital... todo convergía en este punto, en este momento, en esta mente privilegiada.
Era dormía en la cama redonda que dominaba el centro de la estancia, su perfil de mármol iluminado por el resplandor azulado de los monitores. La luz danzaba sobre su piel, creando sombras que acentuaban cada curva, cada plano, cada detalle de esa geografía que conocía mejor que cualquier mapa.
Acaricié su vientre plano con la punta de los dedos, apenas un roce, imaginando el día no lejano en que ese territorio albergaría a nuestro heredero. El hijo que unificaría dinastías, que fusionaría mi sangre con la suya, que llevaría en sus venas la herencia de dos estirpes destinadas a gobernar.
—Pronto seremos la familia que soñaste —susurré, mi voz apenas un aliento en la penumbra.
El recuerdo me asaltó con la violencia de un flashback cinematográfico: aquella noche en París, hace ya tantos años, cuando irrumpí en su buhardilla estudiantil del Barrio Latino.
El hombre que la acosaba —un productor de cine con ínfulas y manos largas— yacía a mis pies en el momento de mi llegada, su garganta abierta como una segunda sonrisa, la sangre aún caliente formando charcos sobre el parqué.
Ella, cubierta solo con una sábana rasgada que apenas ocultaba su desnudez, me miró con unos ojos que ya entonces eran pozos de hielo y fuego a la vez. No hubo miedo en esa mirada. No hubo gratitud. Solo reconocimiento. Solo la certeza de que dos depredadores se habían encontrado en la oscuridad.
—Te debo una vida —dijo, limpiándose la sangre de los labios con el dorso de la mano.
—Me deberás muchas más —respondí, y en ese momento sellamos un pacto que ni la muerte podría romper.
Ahora, tantos años después, la recordaba así, con los labios manchados de la sangre de su agresor, jurando lealtad eterna con la misma naturalidad con que otras juran amor eterno en sus bodas de cuento de hadas.
Por ti, mi reina, desataría a Lucifer de sus cadenas solo para degollarlo ante tu altar, pensé, acariciando su mejilla dormida.
Esa noche, sin embargo, decidí solo contemplarla. Dejar que la quietud de su sueño me envolviera, que la paz de su rostro relajado me contagiara, que la belleza única de su existencia me recordara por qué luchaba, por qué mataba, por qué estaba dispuesto a incendiar el mundo entero.
En la pantalla principal, un contador regresivo marcaba las horas que faltaban para el lanzamiento del protocolo Fénix. Setenta y dos.
Setenta y una. Setenta...
Mañana, todo cambiaría.
Mañana, el mundo despertaría en un nuevo orden.
Y ella, mi reina, mi consorte, mi única igual, estaría a mi lado cuando las llamas comenzaran a arder.
Como siempre había sido.
Como siempre sería.
La primera nevada de la temporada cubrió los bosques de Ojców como un sudario, transformando el paisaje en una extensión de silencio y blancura que parecía diseñada por la propia muerte.
Los abetos centenarios inclinaban sus ramas bajo el peso del hielo, creando túneles de penumbra por donde solo los lobos y los locos se atrevían a transitar.
En el vestíbulo de la mansión, Era ajustaba su traje de caza blanco inmaculado con la precisión de una cirujana preparándose para una operación.
Su melena negra como la noche —ese contraste que siempre me había obsesionado— aparecía recogida en una coleta severa que dejaba al descubierto la línea perfecta de su mandíbula.
—Habla con tu hermano —ordenó sin mirarme, sus dedos ocupados en comprobar el filo de su cuchillo de caza—. Su resentimiento pone en riesgo la cacería. Y hoy no podemos permitirnos distracciones.
Asentí en silencio. Sabía que tenía razón.
Maurycy llevaba semanas comportándose como un perro herido, gruñendo ante cualquier aproximación, mostrando los dientes cuando alguien mencionaba a Alenka.
Y esa actitud, en una jornada como la que planeábamos, era más peligrosa que cualquier enemigo externo.
Maurycy aguardaba en la sala de armas, sus espaldas anchas recortadas contra la luz tenue que se filtraba por los vitrales. Estaba puliendo su fusil ACR personalizado con una dedicación que rayaba en lo ritual, sus movimientos lentos, casi hipnóticos.
El arma había sido un regalo de nuestro padre por su primer venado a los nueve años.
Recordaba aquel día como si fuera ayer: el viejo Kowalski, con su barba cana y su risa atronadora, levantando a mi hermano en hombros mientras proclamaba ante los invitados: "¡Mi hijo tiene sangre de cazador! ¡Los Kowalski nunca morirán!"
Ahora, treinta años después, mi hermano acariciaba ese mismo fusil como si fuera la única conexión con un pasado más amable.
—¿Viniste a darme otra lección de lealtad? —escupió sin alzar la vista, sus dedos continuando la rutina de limpieza.
—Alenka demostrará su valor en Nueva York —respondí, mi voz plana—. O caerá en el intento. Ambas opciones me sirven.
—¡Era solo un peón en tu juego! —golpeó la mesa con tal violencia que las balas esparcidas saltaron como peces asustados—. Una niña a la que torturaste durante años, a la que convertiste en lo que es, y ahora la usas como cebo. ¿No tienes límites, Adam?
—Un peón que ascendió a Dama de la Red —repliqué, sin inmutarme por su arrebato—. Un peón que ahora tiene más poder que tú, más contactos que tú, más valor para este imperio que tú. Y dime, hermano, ¿tú jamás la tocaste? ¿Ni una sola vez en todos estos años?
Por elección propia.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier confesión.
Mi hermano mostraba ese enojo que solo una vez he visto en toda su vida —aquella tarde en que nuestros padres murieron—, pero aun así no respondió ante mi comentario.
Sus mandíbulas se tensaron, sus nudillos blanquearon sobre el metal del fusil, pero no dijo nada.
Quizá sepa que esta misión es una prueba no solo de lealtad, pensé mientras me giraba para salir. Es también para que forme parte de la familia de verdad. Para que entienda que el amor es una debilidad que no podemos permitirnos.
Miré cómo dejó el fusil en su caja de terciopelo con una delicadeza que contrastaba con su tamaño. No hizo nada más que levantarse y abandonar la sala de armas sin mirarme, su silueta desapareciendo en la penumbra del pasillo.
Es por tu bien, hermano, quise decirle, pero las palabras se quedaron atascadas en mi garganta. Algunas verdades duelen más si se pronuncian.
En el bosque, el frío mordía los rostros con dientes de acero. Los mastines tiraban de las correas con una ansiedad que solo la sangre podía calmar, sus hocicos negros olfateando el aire cargado de promesas de muerte.
Dimitri y sus hombres liberaron a los prisioneros de las mazmorras: cincuenta almas desorientadas, extraídas de los calabozos donde esperaban su destino, que corrieron hacia la libertad ficticia con la esperanza iluminando sus ojos ciegos.
Algunos cayeron a los pocos metros, abatidos por los primeros disparos.
Otros lograron adentrarse en el bosque, creyendo que la espesura los salvaría.
Dimitri sonreía mientras los colgaba de los robles como advertencias, sus cuerpos meciéndose lentamente al compás del viento helado. Trofeos para los buitres que llegarían al amanecer.
Yo preferí la caza noble. La que mi padre me enseñó cuando apenas podía sostener un arma. La que requiere paciencia, precisión, respeto por la pieza.
Un ciervo de dieciséis puntas —un ejemplar magnífico, de esos que solo aparecen una vez en la vida de un cazador— emergió entre los abetos a unos cien metros de mi posición. Su cornamenta se recortaba contra el cielo gris como una corona antigua, y por un instante, nuestros ojos se encontraron.
Mi disparo perforó su corazón con precisión quirúrgica. El animal cayó sin un quejido, como si la muerte hubiera sido un alivio después de tantos años vagando por estos bosques.
Como aquel día con papá, pensé mientras me acercaba al cuerpo. El día que me enseñó que la muerte limpia es un arte.
Era regresó de su propia expedición con trofeos más macabros:
ojos humanos en un frasco de formol que agitaba como si fuera una bola de cristal, cuervos destripados colgando de su cinturón como si fueran adornos exóticos. Su traje blanco, inmaculado horas antes, aparecía ahora salpicado de rojo en dibujos abstractos.
—Locura sublime —murmuré al ver su sonrisa manchada de carmesí, sus dientes brillando como perlas en medio de la sangre.
Cada año, este bosque se teñía de rojo. Cada año, la nieve absorbía la sangre de los que caían. Nadie cuestionaba su origen, ese color particular que adquirían los arroyos en primavera. Nadie preguntaba por qué los cuervos engordaban tanto en estas fechas.
Gritos.
Disparos.
Sangre.
Siempre en la gloria.
Regresé a casa cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, dejando el ciervo en la cocina para que las criadas se encargaran de despiezar la carne. Era asunto de ellas. Yo tenía asuntos más importantes que atender.