Inquina Chapter 8 #9
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Chapter 8 #9

—¿Te casarías conmigo, sol mío? —pregunta, y hay en su voz una vulnerabilidad que no sabía que poseía.

Alenka responde que sí inmediatamente, sus ojos brillando con lágrimas que podrían ser sinceras o la mejor actuación de su vida. Los invitados estallan en aplausos y vítores. Las copas chocan. La música se intensifica.

Incluso Era aplaude, una sonrisa congelada en sus labios.

No me esperaba esa reacción, pienso, observándola con atención. Pensaba que se opondría, que encontraría alguna excusa para sabotearlo. ¿Qué juega esta mujer?

La celebración continúa hasta altas horas, pero yo ya no estoy allí. Mi mente está en otra parte, en los hilos que se mueven en las sombras, en las piezas que deben colocarse en el tablero antes del jaque mate final.

Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol tiñen de rosa las aguas del puerto de Benoa, recorro los bares infectos donde los pescadores cambian sus capturas por alcohol de contrabando.

Leo —mi nuevo jefe del distrito, ungido tras la desaparición "accidental" de su predecesor— me recibe con un servilismo viscoso que resulta casi cómico.

—Los rusos murmuran, Fénix —informa, su voz un susurro mientras me sirve un whisky de malta—. Creen que Akron debió ser reemplazado por uno de los suyos. Dicen que un eslavo entiende mejor a otros eslavos.

—Recuérdales quién quema a los traidores —respondo, mi voz plana como una hoja de acero—. Recuérdales el olor de Akron ardiendo en mi chimenea. Si es necesario, organiza una demostración.

Leo asiente, sudando a pesar del aire acondicionado.

Una niña de ojos grises —no más de doce años, huesos de pájaro, miedo a flor de piel— me tiembla al servir mi whisky, su mano tan inestable que el líquido salpica la carpeta que me han entregado con los nuevos lotes.

La observo mientras hojeo los documentos. Ariana. Doce años. Procedencia: orfanato de Constanza. Ojos grises, cabello castaño, complexión delicada. Perfecta para ciertos clientes.

—Será enviada al castillo de Poznań —decreto, cerrando la carpeta—. Programa de entrenamiento especial. Y que quede claro: si alguien la toca antes de tiempo, les arrancaré las manos con tenazas al rojo vivo. Personalmente.

Leo asiente, sudando más aún si cabe. Anota la orden en su Tablet con dedos temblorosos.

Así se gobierna, pienso mientras salgo del bar hacia la luz cegadora del amanecer. Con terror y símbolos. Con promesas de recompensa y amenazas de castigo.

El equilibrio perfecto entre el cielo y el infierno.

Justo donde siempre he vivido.

De regreso a la mansión, después de la larga noche en los muelles de Benoa y el amanecer sobre los arrozales, las novedades de toda esta cacería me aguardan en la sala de guerra subterránea.

El espacio, excavado bajo la cimentación de Pura Khayangan, es una maravilla de la ingeniería y la paranoia: paredes forradas de plomo para bloquear cualquier señal, generadores propios, sistemas de refrigeración que mantienen los servidores a temperatura óptima incluso en el calor tropical.

Ramiel, mi jefe de inteligencia digital —un genio libanés con más conexiones que una centralita telefónica— me espera frente a la pantalla principal. Sus dedos bailan sobre una tableta de cristal zafiro, y al verme entrar, activa los hologramas que flotan en el centro de la sala.

—La situación es compleja, Fénix —comienza, su voz modulada con ese acento que nunca termina de pulir—.

DMA Inc. se ha convertido en una fortaleza digital.

Lauren, la abogada de Bonet, maneja todas las comunicaciones financieras con una meticulosidad enfermiza.

No hay un solo correo, una sola transacción, una sola llamada que no pase por sus filtros.

Amplía un mapa de nodos que flota entre nosotros, líneas de conexión que se entrecruzan como venas en un organismo vivo.

—Brown —continúa— ha desplegado su mejor arma: encriptación cuántica en los servidores principales.

No es teoría, Fénix. Es real. Los fotones entrelazados detectan cualquier intento de intromisión y colapsan la información antes de que podamos copiarla.

Es como intentar abrir una caja fuerte que se autodestruye si alguien respira cerca.

—¿Y Harrison? —pregunto, refiriéndome a Axel, ese maldito magnate hotelero que se ha aliado con Bonet.

—Bloquea sistemáticamente todas nuestras incursiones en Asia.

Sus contactos en los gobiernos locales, sus acuerdos con los operadores de telecomunicaciones.

.. cada vez que intentamos establecer un nodo en Singapur, Tokio o Seúl, aparece una orden judicial, una inspección fiscal, un equipo de ciberseguridad gubernamental que nos obliga a replegarnos.

Es como si tuviera un sexto sentido para anticipar nuestros movimientos.

Aprieto los puños, sintiendo cómo la frustración amenaza con desbordarse. Tres frentes abiertos, tres enemigos coordinados, tres muros infranqueables.

—¿Y el núcleo en Nueva York? —pregunto, aunque ya intuyo la respuesta—. El corazón de DMA Inc. ¿Podemos acceder?

Ramiel hace una pausa, sus dedos suspendidos sobre la tableta. Cuando responde, hay en su voz un respeto casi reverencial:

—Impenetrable, Fénix. Absolutamente impenetrable.

La sede central de Bonet en Manhattan es una fortaleza física y digital.

Reconocimiento biométrico de última generación, escáneres de retina, análisis de marcha, detectores de estrés en la voz.

.. incluso si lográramos colar a alguien, el sistema detectaría cualquier anomalía en su comportamiento. Salvo...

—Salvo —repito, alentándolo a continuar.

—Salvo para alguien con acceso biométrico autorizado. Alguien cuyo perfil esté en la base de datos, cuya voz sea reconocida, cuyo rostro abra puertas. Alguien... de la familia.

Una sonrisa lenta cruza mis labios, como un depredador que huele la sangre de su presa a kilómetros de distancia.

Alenka.

Su perfil es perfecto: inocente a los ojos del mundo, hermana perdida y reencontrada, conectada a Bonet por lazos de sangre que ningún firewall puede bloquear.

Y con una razón de sobra para entrar al sanctasanctórum: la necesidad de reconciliación, de conocer el imperio de su hermano, de recuperar el tiempo perdido.

Nadie sospecharía. Nadie podría probar nada. Incluso si la descubrieran, sería su palabra contra la mía. Y yo tengo décadas de experiencia en hacer que las palabras de otros dejen de importar.

—Prepara el jet —ordeno, girando sobre mis talones—. Y contacta con nuestros operativos en Europa. Quiero a Alenka aquí antes de que termine la semana. Ella recolectará la llave para destrozar su imperio.

Ramiel asiente, sus dedos ya tecleando órdenes en la tableta. Los hologramas se desvanecen, dejando solo la penumbra azulada de los servidores.

—¿Qué le diremos? —pregunta, la duda asomando en su voz—.

¿Cómo justificamos el viaje?

—Le diremos la verdad —respondo, y mi sonrisa se ensancha—. O al menos, una versión de la verdad. Que necesitamos su ayuda para proteger a Maurycy. Que Bonet planea algo contra nosotros. Que solo ella, con su acceso único, puede evitar una masacre.

Miento tan bien porque he tenido los mejores maestros: la supervivencia, la ambición, y el conocimiento profundo de que, en este mundo, la verdad es simplemente la mentira que mejor funciona.

Mientras asciendo por el ascensor oculto hacia la superficie, hacia la luz cegadora de Bali, hacia Era y sus juegos, una certeza se instala en mi pecho con la solidez del granito:

Bonet cree que está ganando. Que sus alianzas, su dinero, su red de contactos lo protegen.

Pero no sabe que la traición no necesita contraseñas. No necesita vencer firewalls ni encriptaciones cuánticas.

La traición solo necesita una puerta abierta desde dentro. Y Alenka, mi pequeña fénix, será esa puerta.

El frío del caos

El frío cortante de Cracovia penetraba los vitrales góticos de la torre como cuchillas de hielo, filtrándose por las rendijas centenarias y recordándome que la noche decisiva se aproximaba con la certeza de un eclipse anunciado.

Desde mi atalaya, la ciudad medieval se extendía como un juguete a mis pies, sus tejados puntiagudos cubiertos por una capa de nieve que ocultaba, como siempre, las miserias que bullían bajo la superficie.

En las sombras de la Red Oscura, en esas catacumbas digitales donde los hombres venden sus almas por un bit de información, tejí la telaraña final con la paciencia de una araña milenaria.

Hilo a hilo, nodo a nodo, servidor a servidor, construí la red que atraparía no solo a Bonet, sino a todos los que se interpusieran en mi camino.

Pronto, las naciones temblarían ante mi nombre.

Pronto, desde los despachos ovales hasta las casas reales, desde los consejos de administración hasta los sínodos sagrados, el mundo conocería el verdadero significado del terror.

No ese terror mezquino de bombas y atentados, sino el terror profundo de saber que tus secretos más oscuros, tus deseos más inconfesables, tus transacciones más vergonzantes, están en mis manos y pueden ser revelados en cualquier momento.

¿Clemencia? preguntarán los débiles cuando caigan de rodillas.

Clemencia solo para quienes se arrodillarán ante el nuevo orden. Para quienes acepten mi yugo, mi protección, mi visión de un mundo donde los hipócritas sean desenmascarados y los poderosos de antaño se conviertan en siervos de quienes siempre despreciaron.

Imagino plazas convertidas en bacanales donde las élites bailen desnudas ante el populacho, templos profanados donde los sacerdotes confiesen sus pecados en vivo ante cámaras globales, llamaradas devorando códigos morales obsoletos mientras los ciudadanos comunes vitorean desde sus hogares.

Un espectáculo que haría parecer al Etna un fuego fatuo, una fogata de campamento comparada con el incendio que planeo.