Chapter 8 #8
Mármoles travertinos de Carrara cubren cada superficie. Grifos de oro macizo en forma de cisnes. Una bañera con incrustaciones de nácar que bien podría estar en un museo. Ella abre un estuche de nácar sobre la repisa y, antes de que pueda reaccionar, traga dos píldoras azules con un sorbo de agua.
—¡¿Qué demonios haces?! —arranco el blíster de sus manos con una violencia que hace saltar las pastillas restantes. Varias estallan contra el espejo veneciano como pequeños cristales de hielo, otras ruedan por el mármol hasta perderse bajo los muebles—. ¿Te has vuelto loca?
—¿Olvidas que tú convertiste mi útero en un desierto?
—su voz es un látigo de hielo, un alarido contenido durante años que finalmente encuentra salida—.
¿Olvidas lo que le hiciste a nuestros hijos?
Collen y su maldito "cuidado prenatal" acabaron con nuestro bebé.
Con todos ellos. Uno tras otro. Y tú lo permitiste. Lo ordenaste.
El recuerdo me golpea con la fuerza de un mazazo: el cuerpo diminuto del bebé en mi palma, azulado, frágil como un pájaro caído del nido. El cordón umbilical aun colgando, los ojos cerrados para siempre, los puños diminutos apretados en un gesto de lucha que nunca llegó a librar.
Los médicos mintieron sobre "malformaciones congénitas", sobre "complicaciones del parto", sobre "lo sentimos, señor Kowalski, hicimos todo lo posible".
Yo sabía la verdad. Siempre la supe.
El veneno de Collen en el té de manzanilla que ella bebía cada noche.
Una orden directa de los Patriarcas de la Hermandad.
Nunca un heredero con sangre de Era. Nunca un Kowalski manchado por esa mezcla impura.
Me obligaron a elegir entre ella y el futuro de mi dinastía. Y elegí mal. Elegí siempre mal.
—Quiero un hijo —susurra ella ahora, abrazándose al vacío de su vientre con una desesperación que nunca le había visto—. Aunque tenga que buscar otro semental. Aunque tenga que...
—¡Nadie te tocará! —rugo, atrapando su muñeca con una fuerza que dejará moratones, marcas de mis dedos floreciendo ya bajo su piel pálida—. Nadie. Jamás. Eres mía. Solo mía.
Ella me mira con los ojos llenos de lágrimas que no caen, de rabia contenida, de años de dolor acumulado.
—Mañana nos iremos a Bali —digo, mi voz más suave de lo que pretendía—. Solos. Lejos de todo esto. Hablaremos. Arreglaremos las cosas.
—¿Arreglar? —ríe, una risa amarga que parece venir de muy lejos—. No hay arreglo para esto, Adam. No lo hay.
Se libera de mi agarre con un movimiento brusco y desaparece tras la puerta del dormitorio, dejándome solo en el baño de mármol, rodeado de pastillas azules esparcidas por el suelo, frente a un espejo que me devuelve la imagen de un hombre que ya no reconozco.
Mañana, pienso, mientras recojo una de las píldoras y la examino bajo la luz. Mañana arreglaremos las cosas.
Pero en el fondo, en ese lugar oscuro donde guardo las verdades que no quiero enfrentar, sé que algunas heridas no tienen cura.
Ni siquiera para un rey.
El jet privado —un Bombardier Global 8000 con mi insignia del Fénix grabada en la cola— aterriza en el aeropuerto internacional de Denpasar bajo un cielo de zafiro líquido, ese azul imposible que solo existe en los trópicos cuando la lluvia recién ha limpiado el mundo.
La pista, escoltada por palmeras que se mecen con pereza, parece más propia de una película de James Bond que de un viaje de negocios.
Dimitri, siempre eficiente, nos conduce a través de carreteras secundarias hasta Pura Khayangan, la mansión que compré a un traficante de arte indonesio arruinado y que he transformado en mi refugio asiático.
Ocultada entre arrozales en terrazas que brillan como espejos y volcanes humeantes que vigilan el horizonte, la propiedad es una fortaleza disfrazada de paraíso.
Era desciende del vehículo con una lentitud calculada que solo yo puedo descifrar, su vestido de encaje blanco —una pieza única de un diseñador de Milán que ya no está en condiciones de crear nada— dejando al descubierto sus muslos dorados por el sol ecuatorial.
Los sirvientes locales apartan la mirada al unísono, sus cuerpos temblorosos delatando el miedo que mi sola presencia inspira en esta parte del mundo donde las desapariciones son moneda corriente.
—Esta noche pasearemos entre los templos, mi reina —beso sus nudillos con una devoción que podría parecer sincera, notando cómo su pulso se acelera al rozar mi anillo del Fénix, ese rubí tallado en forma de ave inmortal que solo ella tiene permiso de tocar.
—Siempre a tus órdenes, mi rey —responde, y en su voz hay sumisión, sí, pero también ese destello de rebelión que me vuelve loco.
En el vestíbulo abierto al océano —una estructura de teca y cristal donde el viento juega con cortinas de seda— Elek, mi mayordomo balinés, inclina la cabeza con la precisión de un reloj suizo. Su esmoquin inmaculado contrasta con la exuberancia tropical que nos rodea.
—Selamat datang, Tuan —saluda en su lengua nativa, las palabras fluyendo como una bendición—. ¿Preparo los aposentos del ala este para la señora?
—Hazlo. Y que nadie la moleste. Entendido, nadie.
Ella camina frente a mí hacia el interior de la mansión, sus botas de tacón de aguja resonando en el mármol negro importado de Italia con una cadencia hipnótica.
El vestido, liviano como una promesa, se levanta con la brisa tropical, revelando lo que ya sospechaba: nada bajo la transparencia.
Un desafío. Una provocación. Una declaración de guerra en clave de seducción.
Siento la erección oprimir el terciopelo del pantalón con una urgencia que me sorprende incluso a mí mismo. Pero antes de perderme en sus curvas, antes de sucumbir a la tentación que siempre me espera, necesito revisar unos asuntos pendientes. El negocio nunca duerme. Y yo tampoco.
Horas después, la encuentro en la piscina infinita, flotando como una náyade en las aguas turquesas que se funden con el horizonte marino.
Pilares esculpidos con diosas hindúes vigilan el ritual acuático: Kali destripando demonios con sus múltiples brazos, Durga cabalgando tigres con una sonrisa de victoria eterna.
En el techo abovedado, espejos estratégicamente colocados multiplican su desnudez hasta el infinito, creando un efecto caleidoscópico que resulta hipnótico.
—¿Viniste a castigarme? —pregunta sin abrir los ojos, su voz flotando en el aire húmedo como una caricia.
—Alenka se casa con Maurycy —anuncio, desabrochando la camisa de lino con movimientos pausados—. La boda será en otoño. Tú serás su madrina.
Mientras me desnudo —liberando mi cuerpo de las ataduras de la ropa— observo la tensión en su mandíbula, ese músculo que se contrae cuando algo no le gusta, pero sabe que no puede discutirlo.
Sabe lo que yo sospecho desde hace meses: que Alenka es el talón de Aquiles de Bonet, la llave que abre todas las puertas de su fortaleza emocional.
Y casarla con mi hermano es el movimiento más brillante que he ejecutado en años.
Entro al agua, sintiendo cómo la temperatura cálida me envuelve como un útero. Ella navega hacia mí con la gracia de un tiburón, sus piernas envolviendo mi cintura en un abrazo que es a la vez sumisión y desafío.
Tomo mi miembro erecto con la mano, bombeándolo con la lentitud de quien prepara un ritual sagrado.
—Por tu insolencia de anoche, esta boca servirá a su rey —susurro, y en mis palabras hay una orden que no admite réplica.
Sus labios descienden como halcones sobre su presa.
Lengua, dientes, garganta profunda —una técnica perfeccionada en alcobas de sultanes, en harrenes de jeques, en las noches interminables donde el placer es moneda de cambio.
El placer que me proporciona es una hoja afilada, un corte limpio que separa la realidad del sueño.
Cuando el orgasmo estalla —cuando el mundo se fragmenta en mil pedazos de luz— muerdo su hombro con la violencia de quien reclama lo que es suyo, sintiendo el sabor metálico de su sangre mezclarse con el agua salada de la piscina.
—Siempre mía —murmuro contra su piel—. Incluso cuando me odias.
—Siempre tuya —responde, y en sus ojos hay lágrimas que el agua salada camufla perfectamente.
La noche cae sobre Bali como un telón de terciopelo negro salpicado de estrellas.
En los jardines de la mansión, antorchas de sándalo iluminan estanques de lotos y esculturas de deidades que parecen cobrar vida con el parpadeo de las llamas.
La canción Masterpiece de Motionless in White —elegida por Maurycy, por supuesto— retumba en los altavoces ocultos entre la vegetación.
Chicas jóvenes, apenas adolescentes, cuelgan de aros de acero estratégicamente colocados, sus cuerpos desnudos contorsionándose en posturas imposibles, entretenimiento para los invitados que beben champán importado en copas de cristal de Murano.
Era domina el centro de la pista, su cuerpo envuelto en seda negra y sudor brillante, moviéndose como una araña en el centro de su tela.
—Siempre nos sorprende —comenta Maurycy a mi lado, bebiendo vodka directamente de la botella, sus ojos vidriosos fijos en la bailarina con una intensidad que no me gusta.
¿Cuánto sabe él de nuestros juegos? ¿Cuánto ha deducido de las noches que comparto con Era, de los rituales que celebramos a puerta cerrada?
Observo a Alenka junto a él, su mano engarzada a la de mi hermano con una familiaridad que resulta casi obscena.
Algo ha cambiado en ella: la niña aterrorizada que traje de Varsovia, la que suplicaba por su vida entre lágrimas, ahora sostiene la mirada con un desafío que no estaba antes.
¿Influencia de Bonet? ¿O de Era, que ha pasado demasiado tiempo con ella en mi ausencia?
Pero no me preocupo demasiado. Hoy no.
Miro a mi hermano, ebrio de vodka y de esa felicidad estúpida que solo los imbéciles pueden sentir, cuando se arrodilla frente a Alenka y extrae un anillo de terciopelo rojo. Su propuesta es torpe, mal ensayada, pero sincera en su patetismo.