Inquina Chapter 8 #7
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Chapter 8 #7

—¡Arderás en el infierno, ramera! —aúlla Akron, la daga ceremonial clavada en su ojo sano, la sangre brotando a borbotones entre sus dedos.

Mi Walther PPK, siempre al alcance en el cajón del escritorio, resuelve el problema con un disparo limpio a la sien. El cuerpo de Akron se desploma como un muñeco de trapo, su sangre empapando la alfombra persa de mil dólares el metro cuadrado.

Era retira la hoja del ojo vaciado con una parsimonia casi ritual y lame la sangre del filo con lengua de víbora, sus ojos fijos en los míos, buscando aprobación, buscando complicidad, buscando el reconocimiento de que somos uno.

—Nadie amenaza a mi esposa —ladro, guardando el arma—. Nadie.

Jamás.

—Siempre la pareja perfecta —susurro al besar su cuello manchado de carmesí, sintiendo el pulso acelerado bajo mis labios, ese latido que es el único compás que merece la pena seguir.

Afuera, en el salón de subastas, los compradores esperan su tesoro falso. Aquí, en este estudio manchado de sangre, dos depredadores celebran su victoria sobre otro que osó desafiar las reglas.

—¿El cuerpo? —pregunta ella, señalando el cadáver con un gesto de hastío.

—Que Dimitri lo procese. Hará buena compañía a los demás en el foso.

Ella asiente, y en sus ojos hay una luz que solo yo puedo ver: la certeza de que, pase lo que pase, mientras estemos juntos, ningún enemigo podrá vencernos.

Ni Bonet. Ni Caronte. Ni todos los ejércitos del mundo.

Porque nosotros somos el mal en su forma más pura.

Y el mal, cuando encuentra su media naranja, es inmortal.

En el salón de los Espejos, trescientos invitados contienen el aliento colectivo como si una sola respiración pudiera romper el hechizo.

Las arañas de cristal de Bohemia —veinte mil lágrimas de luz colgando del techo artesonado— refractan la luz sobre diademas de zafiros birmanos y cruces de oro arrancadas de catedrales centroeuropeas durante la guerra.

El ambiente es una mezcla de codicia mal disimulada y ese olor a dinero viejo que impregna las paredes de los palacios que han sido testigos de demasiadas transacciones innombrables.

Alzo la mano enguantada con la lentitud de un sumo sacerdote oficiando un ritual sagrado. El silencio se espesa hasta volverse tangible.

—Lote 47: el Grimorium Sancti Cypriani —anuncio, mi voz amplificada por los micrófonos ocultos resonando en cada rincón—.

Autenticado por el Vaticano en 1693, procedente de la biblioteca secreta de los Borgia.

Se rumorea que contiene conjuros para dominar voluntades y abrir las puertas del infierno. Puja inicial: veinte millones de euros.

Reconozco entre la multitud a mis invitados habituales, esos buitres que acuden a cada subasta con la esperanza de arañar un trozo de poder:

Mikhail Voronin, oligarca ruso con cicatrices de la Lubianka aún visibles en el cuello, sus ojos de hielo evaluando cada pieza como si planeara apropiarse de todo.

Sheikha Amira al-Qasimi, cuya colección de jaulas de oro guarda niñas yeni secuestradas en incursiones nocturnas, hojea el catálogo con el aburrimiento de quien ya lo ha comprado todo.

La duquesa Yon Habsburg, anciana de piel pergamino y ojos de águila, que colecciona reliquias de santos como otros coleccionan sellos, acaricia un rosario de ébano mientras sus dedos calculan el próximo movimiento.

Todos ignoran, los pobres ilusos, que hoy no subastamos objetos. Hoy subastamos alianzas. El que se lleve el grimorio falso se llevará también mi favor, mi red de contactos, mi protección en un mundo donde la protección lo es todo.

Cuando el martillo golpea a los noventa millones —adjudicado a un fondo de inversión chino con testaferros en Panamá—, un mayordomo vestido de frac se acerca sigilosamente y me entrega un sobre sellado con cera negra, el emblema de un cuervo en relieve.

"Objetivo avistado en Ginebra. Operativo 'Cuervo Blanco' en marcha."

Sonrío, guardando el mensaje en el bolsillo interior de mi chaqué. Mientras estos títeres pelean por mitos, mientras se matan por posesiones sin valor real, yo tejo la telaraña que atrapará al único premio que realmente importa: Damián Bonet.

Que se diviertan con sus juguetes. Mi partida es otra.

Desde el mirador acristalado de la torre norte, mis ojos escudriñan el salón de subastas con la paciencia de un depredador que estudia a su presa desde la distancia.

Las pantallas táctiles incrustadas en la pared de mármol proyectan ángulos múltiples en tiempo real: magnates fingiendo indiferencia mientras sus pujas nerviosas los delatan, guardaespaldas con auriculares cuyas mandíbulas se tensan ante cualquier movimiento brusco, criados ofreciendo champán en copas Baccarat con la sonrisa congelada de quienes han sido entrenados para no ver, no oír, no recordar.

Pero ni rastro de Caronte. Ni una sombra, ni un indicio, ni la más mínima señal de que el legendario hacker haya picado el anzuelo.

¿Acaso envía a algún lacayo? La idea me irrita más de lo que debería.

Preferiría enfrentar al fantasma digital personalmente, mirarlo a los ojos mientras le arranco las entrañas, una a una, antes de vender su agonía en la Dark Web como el espectáculo más visto del año. Pero no. Se esconde. Como siempre.

Era se acurruca junto a la chimenea renacentista donde arde el cadáver de Akron.

Las llamas lamen los restos con una voracidad obscena, proyectando sombras danzantes sobre su rostro de porcelana, creando un espectáculo macabro que ella observa con la misma indiferencia con que otras mujeres miran arder troncos en una chimenea alpina.

—Los mastines agradecen el banquete —comenta, arrojando otro trozo de hueso al fuego. El crujido resuena como un eco siniestro en la estancia, y por un momento imagino que son los mismos huesos de Akron crujiendo bajo las llamas—. Llevaban semanas sin carne fresca.

Dimitri aparece en el umbral, la chaqueta salpicada de nieve recién derretida, su respiración formando nubes de vapor en el aire frío del pasillo.

—Ningún movimiento en los canales cifrados, Fénix —informa, su voz teñida de una frustración que rara vez le veo mostrar—. Hemos rastreado todas las conexiones sospechosas en un radio de quinientos kilómetros. Nada. Es como si hubiera anticipado la trampa y hubiera decidido no jugar.

Aprieto el puño con tanta fuerza que las uñas se me clavan en la palma. Este fracaso —esta ausencia, este vacío donde debería estar mi enemigo— me quema más que las llamas que devoran a Akron. Bonet y su puto guardián digital se esfumaron como humo, como fantasmas, como si nunca hubieran existido.

—Amplía la búsqueda al tráfico satelital de Groenlandia —ordeno, mi voz plana pero cargada de amenaza—. Y a los servidores fantasma de Islandia. Y a las bases científicas en la Antártida si es necesario. Nadie desaparece sin dejar rastros térmicos. Nadie.

Dimitri asiente y desaparece tan sigilosamente como llegó.

Miro las pantallas nuevamente. Alenka brilla en el centro del salón como una estrella de cine en su momento de gloria, su vestido de tul negro contrastando con los rubíes del tamaño de uvas que adornan su cuello.

Encanta a un jeque saudí con la sonrisa que aprendió en los burdeles de Kiev, esa mezcla de inocencia fingida y promesas obscenas que tan bien domina.

Perfecta anfitriona, arma perfecta, pieza clave en mi tablero.

Todo el plan funciona a la perfección... excepto por esa ausencia, ese hueco, ese vacío que envenena mi triunfo y me recuerda que la guerra no ha terminado.

Era yace desnuda sobre la piel de oso polar que cubre nuestra cama, su cuerpo un mapa de cicatrices que solo yo puedo leer, una geografía de dolor y placer que hemos construido juntos a lo largo de décadas.

La luz de las velas baila sobre su piel, acentuando cada marca, cada recuerdo grabado en su carne.

—¿Cuándo te desharás de Alenka? —pregunta, trazando círculos en mi pecho con una uña afilada que promete sangre si la respuesta no es la adecuada—. Lleva demasiado tiempo aquí. Demasiado cerca de ti.

—Nunca —respondo sin dudar, sin apartar la vista de los monitores que aún muestran el salón de subastas—. La necesito. Por ahora.

Su silencio es más elocuente que cualquier grito.

Sé lo que trama en las sombras de su mente retorcida: desea eliminar a la chica desde el mismo día en que la traje del gueto de Varsovia, desde que la vio respirar el mismo aire que nosotros.

Pero necesito respuestas primero. ¿Por qué liberó a Bonet aquella noche en las mazmorras?

¿Qué pacto sellaron en la penumbra, cuando yo no podía verlos?

¿Qué secretos comparten que yo aún ignoro?

Las alertas del sistema parpadean en la pantalla secundaria, las que solo yo puedo ver. Accedo a los archivos borrados de la Villa Segura —ese lugar donde retuvimos a Bonet— y encuentro grabaciones de vigilancia fechadas hace tres meses, justo cuando él estuvo aquí.

Bonet aparece encadenado a una pared de piedra, la camisa rasgada, el torso desnudo. Pero... ¿vestido? Ningún signo de tortura. Ninguna marca. Ninguna señal de que haya pasado por el infierno que debería haber sufrido.

Amplío el plano. Sus ojos no reflejan miedo, ni siquiera dolor. Reflejan una furia glacial, una rabia controlada, dirigida directamente hacia la cámara. Hacia mí. Pero también, en un instante apenas perceptible, hacia un punto fuera de plano. Hacia ella.

—No hay manipulación digital —murmuro, aunque la duda corroe mi certeza como ácido—. Esto es real. Ocurrió. Y ella estaba allí.

Era se levanta de la cama con la elegancia de una felina, envuelta en la transparencia de una bata de gasa que más que ocultar, realza. Se dirige al baño neo barroco sin una palabra, dejando tras de sí un rastro de perfume y silencio.

—Sigues buscando fantasmas donde solo hay sombras, Adam —dice sin volverse—. Te estás volviendo paranoico.

La sigo. Necesito respuestas.