Chapter 8 #6
Aun así, ordené registrar toda la actividad de ese bastardo. Cada comunicación, cada transacción, cada movimiento. Todo limpio. Extrañamente limpio. Demasiado limpio.
Detesto no poder encontrar sus trapos sucios, pensé mientras reanudaba mi paseo. Todo el mundo tiene trapos sucios. Todo el mundo excepto Bonet. ¿O será que los esconde demasiado bien?
Agotado por las cavilaciones, me dirigí hacia el santuario subterráneo, ese lugar que había diseñado como el corazón palpitante de mi proyecto más ambicioso. El aire olía a formol y miedo, esa combinación embriagadora que siempre me producía una paz inexplicable.
Entre celdas acolchadas, decenas de vientres prominentes gimoteaban en una sinfonía de incomodidad y resignación. Algunas manos acariciaban esos globos de carne que contenían mi futuro, ignorantes del destino que aguardaba a los frutos de sus entrañas.
—Los rubios nórdicos, para las redes de adopción ilegal de Texas —señalé al genetista que me acompañaba en la inspección—. Los mestizos, a los burdeles de Bangkok. Y los que presenten malformaciones, a los laboratorios farmacéuticos de la India. Allí pagan bien por material de experimentación.
En la celda 47, una adolescente de ojos verdes forcejeaba contra las correas que la sujetaban al lecho de partos. Su vientre, prominente y tenso, indicaba que el momento se acercaba.
—Presenta múltiples desgarres internos —advirtió la enfermera de guardia, consultando su Tablet—. El parto será complicado. Podríamos perder a ambos.
—Preserven al bebé —ordené, mi voz plana—. La mujer no me importa. Extraigan al feto por cesárea si es necesario, pero que el niño salga vivo. Los ojos verdes como esos tienen alta demanda en el mercado de adopción europeo.
La enfermera sabía exactamente qué hacer.
El grito de la parturienta al recibir la inyección letal —ese alarido desgarrador que se cortó en seco cuando el corazón se detuvo— fue mi sinfonía al mediodía.
Música celestial que acompañaba la extracción del pequeño, aún vivo, aún palpitante, aún lleno de potencial.
Me detuve ante la cámara blindada al final del pasillo, la más protegida, la más secreta. Tras el cristal polarizado, apenas visible entre las sombras, dormía la pieza maestra de mi colección.
Cabello de fuego escarlata derramado sobre la almohada como llamas líquidas. Piel de porcelana irlandesa, casi translúcida, que delataba el mapa azul de sus venas. Apenas doce años, pero con una belleza que prometía eclipsar a todas las demás cuando floreciera.
Ni Era ni Alenka sabían de su existencia.
Nadie lo sabía. Este botín personal —arrancado de un internado suizo de élite, donde los padres ricos esconden a sus hijos para no ocuparse de ellos— sería el génesis de mi dinastía.
La semilla de un imperio que sobreviviría a cualquier guerra, a cualquier enemigo, a cualquier Bonet.
—Pronto, pequeña fénix —susurré al vidrio, apoyando la palma de la mano contra el cristal frío—. Pronto despertarás. Y juntos reescribiremos la historia. Mi sangre correrá por tus venas. Mis ideas habitarán tu mente. Serás mi obra maestra, mi legado, mi inmortalidad.
Ella no se movió. Drogada, inconsciente, ajena al destino que le aguardaba. Pero yo podía esperar. La paciencia era una virtud que había cultivado durante décadas.
Mientras me alejaba, mi mente volvió a Bonet, a Era, a Alenka, a todos los que conspiraban en las sombras. No importaba. Cuando el fénix despertara, cuando mi dinastía estuviera lista, todos ellos serían polvo.
Y yo, Adam Kowalski, sería el único rey en este tablero de cadáveres.
El teatro de las sombras
Llevo semanas tejiendo redes en la oscuridad, buscando a Damián Bonet con la obsesión de un sabueso herido que no puede permitirse el lujo del fracaso.
El hombre se ha esfumado como esas cucarachas que sobreviven a los cataclismos, refugiándose en grietas inalcanzables donde ni mis tentáculos alcanzan.
Sigue ostentando el dudoso honor de ser el fugitivo más codiciado por la CIA, aunque la ironía suprema —esa que me arranca una carcajada amarga cada noche— reside en que su imperio financiero, lejos de derrumbarse, ahora supera el valor de la Corona Británica.
¿Cómo es posible? me pregunto una y otra vez mientras repaso informes. ¿Cómo puede un hombre al que buscan medio mundo seguir generando beneficios como si nada?
A veces sospecho que alguien lo protege desde las sombras.
Él. Ese fantasma digital al que llaman Caronte, la leyenda que sistemáticamente sabotea mis canales en la Red Oscura con la precisión de un cirujano obsesivo.
Por cada servidor que derriba, yo despliego diez nuevos.
Por cada firewall que penetra, yo construyo veinte.
Es una partida de ajedrez sangrienta que jamás terminará, un duelo de titanes en las catacumbas digitales donde el único premio es la supervivencia.
Hoy, sin embargo, la Fortuna me sonríe con su media luna de puta caprichosa. En el Palacio Kronenberg de Varsovia —esa joya barroca que compré en una subasta por una fracción de su valor real— he orquestado la subasta más perversa del siglo: "Reliquias de Sangre y Poder".
Entre las joyas de la corona polaca —auténticas, robadas durante el Levantamiento de Varsovia y mantenidas en clandestinidad durante décadas— destaca mi pieza magistral: el auténtico Grimorium Sancti Cypriani.
Los coleccionistas susurran ante la vitrina de cristal balístico, sus ojos brillando con esa mezcla de codicia y temor que tanto disfruto observar.
No saben, los pobres ilusos, que este manuscrito del siglo XVII, codiciado por brujos y lunáticos de medio mundo, no es más que un manual de curanderismo medieval con ilustraciones de hierbas y fórmulas para la artritis.
Qué patético sería su desencanto al descubrir que las "pócimas para controlar almas" son infusiones para aliviar el reúma.
—Fue mi regalo de bodas —confieso al pasar los dedos por la caja de ébano donde yace el falso tesoro—. Era lo deseaba con una devoción enfermiza. Pasó años obsesionada con poseerlo. Qué mejor manera de sellar nuestra unión que entregarle una mentira bellamente empaquetada.
Como invocada por la mera mención de su nombre, mi reina irrumpe en el estudio sin anunciarse.
Su traje de cuero negro modela cada curva como un guante diseñado por sastres que conocen cada milímetro de su geografía prohibida.
El escote en pico, pronunciado hasta el límite de lo indecente, revela el vértice de sus senos, esa pendiente que tantas veces he besado, mordido, adorado.
La daga ceremonial que descansa sobre mis documentos de inteligencia —una pieza del siglo XIV con incrustaciones de rubíes— atrae su mirada felina al instante.
—Recuerda que eso me pertenece —advierte, deslizando un dedo sobre el filo con una lentitud que es pura provocación.
—Por siempre, mi amor —respondo, abriendo los brazos en un gesto de bienvenida que es a la vez rendición y conquista.
Ella se monta en el escritorio Luis XV con la gracia de una pantera reclamando su territorio, envolviéndome con sus piernas en un abrazo que promete mucho más que simple afecto. El tacón de aguja se clava en mi muslo con precisión milimétrica, una dulce amenaza que me eriza la piel.
—Acabo de poseerte en el jardín de invierno hace apenas una hora —jadea al morder mi oreja, su aliento caliente perforando mi cráneo— y ya ansío repetirlo. ¿Qué me haces, Adam?
—Lo mismo que tú a mí, mi amor —respondo, mientras mis manos encuentran el camino bajo su blusa de seda—. Nos perdemos y nos encontramos en el mismo abismo.
Alzo la prenda con una lentitud deliberada, revelando sus pechos, esa geografía que conozco mejor que cualquier mapa. Sus pezones, erectos como bayas de saúco en su punto exacto de maduración, imploran mi boca con la urgencia de quien ha sido educado en el arte del deseo.
Muerdo, chupo, devoro mientras ella arquea la espalda con un gemido gutural que reverbera en los muros de piedra. Sus talones se hunden en mis glúteos con la fuerza de quien se aferra a la vida, dibujando medias lunas escarlata en el terciopelo de mi smoking.
Jamás me cansaré de su cuerpo, pienso mientras mis dedos buscan el cierre de su pantalón. Jamás.
Me bajo la cremallera para liberar a la bestia que habita bajo la tela, esa extensión de mí mismo que solo con ella encuentra verdadera libertad.
Rasgo su pantalón con una violencia que en cualquier otro contexto me haría detenerme, pero no ahora.
Ahora solo existe la urgencia, la necesidad, la certeza de que este momento es el único real en un mundo de mentiras.
Mis dedos encuentran su sexo, ese dulce néctar de mis sueños, esa humedad que es respuesta a mi presencia, a mi deseo, a mi posesión.
La penetro hasta el fondo en un solo movimiento, sintiendo cómo su interior se adapta a mí, me recibe, me reclama. Mis embestidas son tan bruscas, tan profundas, que sus gritos —esa música que tanto amo— rebotan en las paredes del estudio como ecos de una guerra santa.
—¡Adam! —grita, y en su voz hay dolor, placer, adoración, todo mezclado en un cóctel embriagador—. ¡Más! ¡Rompe a tu puta!
—¡Vaya escena digna de Sodoma y Gomorra! —la voz de Akron corta el éxtasis como un cuchillo de carnicero.
El mercenario —mi mejor asesino, mi mano derecha en los trabajos sucios— sonríe en el umbral de la puerta, sus ojos recorriendo el espectáculo con una obscenidad calculada que merece la muerte. —¿Olvidaste tocar, Akron? —rujo, apartando a Era con una violencia que la hace trastabillar.
Ella trata de ocultar su cuerpo desnudo tras un biombo de seda, pero Akron sigue cada movimiento con la mirada fija, devorando con los ojos lo que nunca podrá poseer.
—Los compradores esperan, Fénix —dice, su voz teñida de una arrogancia que firmará su sentencia de muerte—. El jeque Al-Thani exige...
No termina la frase.
Era gira con la elegancia de una pantera, su brazo un latigazo en el aire. Un destello plateado. Un grito ahogado.