Chapter 8 #5
—Tu terquedad te condenará a la cámara de ácido, Era. Ya lo sabes. El ácido disuelve los huesos en cuarenta minutos. Te he oído describirlo con lujo de detalles a nuestras invitadas. ¿Te apetece experimentarlo en primera persona?
Forcejeó inútilmente contra las cadenas. El choque metálico fue su única respuesta, un sonido hueco que resonó en la cámara.
—¿Prefieres el silencio? —sonreí al sentir su escalofrío—. Convertiremos esa lengua en relicario. Un collar para mi colección privada.
Accioné el mecanismo oculto en la pared. Las cadenas se destensaron bruscamente, arrojándola de rodillas sobre el suelo de piedra. Su melena negra veló su torso marcado, las costillas visibles bajo la piel.
—Aunque lleves mi sello grabado en la carne —levanté su rostro con la punta de la bota, obligándola a mirarme—, puedo reducirte a polvo. Eres polvo. Siempre lo has sido.
—Esta corona solo me pertenece a mí —escupió coágulos al mármol, su voz rota pero desafiante—. Nadie me la quitará. Ni siquiera tú.
Su arrogancia, incluso en este estado, me excitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Demuéstralo —ordené, sintiendo cómo la sangre hervía en mis venas—. Confiesa tu juego con Bonet. Dime qué pasó realmente en esa habitación.
Repitió el mismo guion gastado de siempre: "Seguí tus órdenes.
Solo negocios. Queríamos información y la conseguimos".
—¡Mentira!
El puntapié fue calculado, quirúrgico en su violencia. El crujido de su costilla derecha al quebrarse fue música celestial. Dimitri emergió de las sombras al instante, su silueta recortada contra la luz tenue del pasillo.
—Restáurala —ordené, limpiando la sangre de mi bota en el pantalón—. Que brille para el consejo de mañana. Que luzca como la reina que cree ser. Luego decidiremos su destino.
En el foso de los suplicios, el espectáculo alcanzaba su clímax. El público, una mezcla de oligarcas, jeques y políticos de medio mundo, vitoreaba cada atrocidad con el entusiasmo de quienes pagan fortunas por presenciar lo prohibido.
Aaron, mi mano derecha, degolló a una rubia bielorrusa con la precisión de un cirujano experimentado. El chorro carmesí, espeso y caliente, salpicó las jaulas de hierro donde otros prisioneros aguardaban su turno, sus aullidos de terror compitiendo con la música ambiental.
—¡Sabueso voraz! —vitoreé desde mi palco, alzando una copa de Château Pétrus 1982—. ¡Que comience el festín!
Disparos de sal. Cuchillas seccionando tendones. Vísceras arrancadas en vivo mientras las cámaras transmitían cada detalle a los siete millones de espectadores conectados en la red oscura.
Karim forcejeaba en el centro del foso con un magnate griego que había pagado una fortuna por "participación activa". Entre ambos extraían los testículos de un joven moldavo para el lote VIP de Dubái.
—¡Emiratos paga en diamantes! —rugió Karim, alzando el trofeo sangrante mientras el público enloquecía.
Mis mastines del Cáucaso —criados con una dieta exclusiva de carne humana desde cachorros— destripaban cadáveres al ritmo de mi risa, sus hocicos ensangrentados brillando bajo las luces estroboscópicas.
—Récord de audiencia, hermano —Maurycy alzó su copa desde el palco contiguo, su sonrisa tan amplia como la mía—. Siete millones de espectadores simultáneos. Nunca habíamos alcanzado esa cifra.
Fue entonces cuando Alenka irrumpió en la sala.
Su nuevo aspecto me heló la sangre por un instante: cabello de plata líquida cayendo sobre sus hombros, ojos delineados con kohl negro que los hacían parecer más grandes, más vacíos, más peligrosos.
Un vestido de cuero ceñido que dejaba poco a la imaginación.
Parecía una versión oscura y retorcida de lo que había sido.
Mi puño la derribó antes de que pudiera pronunciar palabra. El impacto de mi nudillo contra su mandíbula resonó en el espacio, y su cuerpo giró antes de estrellarse contra el suelo de mármol.
—¿Sabes el costo de tu capricho? —rugí, la furia nublando mi visión—. ¿Sabes lo que has provocado con tu incompetencia?
Maurycy se levantó de su asiento y corrió hacia ella, ayudándola a incorporarse con una ternura que me resultó obscena. Sus dedos temblaron al tocar su mejilla amoratada.
—¿Estás ilesa, sol? —susurró, y en su voz había algo que no me gustó. Algo posesivo. Algo mío.
Ella evitó mi mirada, pero no la de Maurycy. Un intercambio fugaz, casi imperceptible, que mi instinto registró como una amenaza.
Sabía que también ayudó en algo para que Era pudiera secuestrar a ese bastardo, pensé, apretando los puños. Sabía que su lealtad tenía límites.
—Necesito el informe de Cuba —exigí, recuperando la compostura—. Y será mejor que sea convincente.
Su relato fue impecable. Demasiado impecable. Infiltración en el Cube Club de La Habana, documentos falsificados que resistieron el escrutinio de los servicios de inteligencia cubanos, cuentas bancarias evaporadas en cuestión de horas, testigos silenciados. Todo perfecto. Todo demasiado perfecto.
Pero olía a engaño. Ha podrido. A traición gestándose en las sombras.
Mientras ella hablaba, sus ojos de plata —porque ahora eran de plata, como su cabello— se desviaron hacia Maurycy en tres ocasiones. Tres veces demasiadas.
La vigilaremos, decidí mientras asentía a su informe con fingida satisfacción. A ambos.
Porque en mi reino, la lealtad se pagaba con sangre. Y la traición, con muerte lenta.
Muy lenta.
En los aposentos de Era, la penumbra era una aliada cómplice.
Nubes de incienso de salvia flotaban como espectros entre las columnas de mármol negro, saturando el aire con ese aroma penetrante que siempre asocié con sus rituales más íntimos.
Ella aguardaba en el centro de la estancia, envuelta en una bata de seda cruda que se adhería a su piel como una segunda epidermis, su silueta recortada contra la luz tenue de las velas.
Mis manos exploraron bajo la tela con la familiaridad de quien conoce cada centímetro de ese cuerpo, cada cicatriz, cada lunar, cada recoveco de placer. A pesar de los hematomas que yo mismo había infligido horas antes, su piel reaccionaba a mi tacto con la misma electricidad de siempre.
—Reduciría continentes a cenizas si me traicionas nuevamente —mordí su hombro, sintiendo cómo su pulso se aceleraba bajo mis dientes—. No habría rincón del mundo donde esconderte. Te encontraría. Y cuando lo hiciera...
—Entonces quema el mundo —jadeó, arqueándose contra mí con una entrega que bordeaba la adoración—. Quémalo todo, Adam. Mientras yo esté en el centro de las llamas.
Su desafío, incluso en la sumisión, era lo que más me excitaba de ella.
La arrojé sobre el lecho de pieles de armiño con la violencia de quien reclama lo que es suyo por derecho. Al separar sus nalgas, descubrí los hematomas de su castigo reciente —esa red de morados y negros que mis propias manos habían dibujado— y el deseo se intensificó.
—Hoy recordarás tu juramento —susurré, inclinándome sobre ella—. Hoy recordarás a quién perteneces.
Su boca fue un infierno húmedo alrededor de mi miembro, un horno de placer que amenazaba con consumirme. Cuando estuvo al borde del abismo —cuando su cuerpo comenzó a temblar anticipando el éxtasis— la volteé sin contemplaciones y penetré su culo con una furia que era pura adoración pagana.
Cada azote en sus glúteos dibujó mapas carmesíes sobre su piel, nuevas geografías de dolor que se superponían a las ya existentes.
Sus gritos —"¡Más fuerte, Adam! ¡Rompe a tu puta!
"— eran la música más excelsa, la confirmación de que, a pesar de todo, a pesar de las mentiras y las traiciones, seguía siendo mía.
El clímax me sacudió como una descarga eléctrica, sembrando su espalda con mi simiente mientras ella se estremecía en un orgasmo que parecía no terminar nunca.
Así fue nuestra primera vez, a los dieciséis años, entre barricas de roble de la bodega familiar, con el aroma a vino añejo impregnando nuestras pieles adolescentes.
Nuestros padres nos llamaron aberrantes cuando nos descubrieron.
Ellos, siempre ellos, con sus mentiras sobre lo correcto y lo puro.
Pero yo siempre supe que eran ellos los ciegos.
Los que no veían que el amor verdadero no entiende de convenciones sociales.
Yo siempre estuve enamorado de Era. Tomé su inocencia aquella noche, y lo repetí en incontables ocasiones después, cada vez con más intensidad, más devoción, más posesión.
Y ahora, a pesar de los años y las heridas, seguía siéndolo.
Me desperté temprano, antes de que los primeros rayos de sol filtraran entre los cortinajes.
Necesitaba aclarar algunas cosas, ordenar mis pensamientos, y continuar con mi plan de destrucción hacia Bonet.
La traición de Era, la lealtad dudosa de Alenka, las sospechas sobre Maurycy.
.. todo eran piezas de un tablero que requería mi atención constante.
Maurycy interceptó mi paseo matinal por los pasillos de piedra, su Tablet en mano, su expresión la de quien trae noticias que no son del todo buenas.
—El sultán de Brunei rechazó el lote de eslavas —informó, mostrándome los mensajes en la pantalla—. Exige latinas vírgenes. Algo sobre preferencias personales de su nueva esposa.
—Que Karim recluté cincuenta en las favelas de Río —ordené sin dudar—. Con certificados médicos notariados. Y que sean auténticas, no como aquellas falsificaciones de Paraguay. El sultán paga en oro, y el oro merece calidad.
Maurycy asintió, tecleando órdenes en su dispositivo.
—También —añadió—, Dimitri ha estado analizando los firewalls de DMA Inc. Dice que son obra de un genio. Hemos conseguido infiltrar algunos troyanos, pero...
—¿Brown está involucrado? —corté, mi interés repentinamente despierto.
—Imposible —respondió, negando con la cabeza—. El código tiene firma criptográfica turca. Rastros de Estambul, de servidores que solo Bonet utiliza. Brown puede ser muchas cosas, pero no un genio de la ciberseguridad.