Inquina Chapter 8 #4
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Chapter 8 #4

Estacioné el Audi en el garaje subterráneo y subí directamente a la terraza, aprovechando que Natasha estaba inmersa en su rutina de belleza —ese ritual de lociones y cremas que podía durar horas—. El corazón me latía con una emoción adolescente mientras desplegaba mi plan.

Rosas negras. Cientos de ellas. Las había hecho traer especialmente desde Holanda, y ahora las disponía en espirales sobre las mesas de ébano del salón principal, creando un camino de pétalos oscuros que conducía a la piscina de cristal.

Allí, velas flotantes danzaban sobre el agua, reflejando las primeras estrellas que comenzaban a asomarse en el cielo alpino.

En la cama, dejé el vestido de Givenchy que había encargado en París semanas atrás: tul negro ceñido, con incrustaciones de diamantes de estrés que centelleaban como constelaciones atrapadas en la tela. Una nota sobre la almohada, escrita con mi letra más cuidada:

"Sabes dónde encontrarme. Siempre tuyo, D."

Luego esperé.

El momento en que ella apareció en el umbral de la terraza, el aire escapó de mis pulmones como si alguien hubiera perforado un neumático.

El vestido acariciaba sus curvas como licor oscuro derramándose sobre hielo, la cadena de tobillo que le había regalado en nuestro primer aniversario centelleaba bajo el dobladillo con cada movimiento, y sus ojos lila, maquillados con una sutileza que solo ella dominaba, brillaban con una mezcla de sorpresa y deseo.

—¿Qué celebramos? —bromeó, girando lentamente para mostrar la espalda descubierta, el escenario de ese vestido que era una declaración de intenciones—. ¿Tu nuevo récord de romanticismo? ¿O es que los demonios también tienen días cursis?

—Los demonios no son cursis —la atraje hacia mí, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela—. Solo se enamoran una vez en la eternidad. Y cuando lo hacen, tienen que hacerlo bien.

Nuestro beso fue combustión lenta, un incendio que comenzó en los labios y se extendió por cada centímetro de nuestra piel.

La cena fue un festín para los sentidos: langosta con azafrán traída expresamente de Bretaña, un vino blanco de los viñedos del Dordoña que había comprado en una subasta años atrás, y un postre de frambuesas y chocolate que Natasha devoró con una pasión casi obscena.

Cuando terminamos, seleccioné Stuck with U en el sistema de sonido, esa canción que tarareábamos en los atascos de Estambul, en los vuelos transatlánticos, en los momentos de silencio compartido.

Ella reconoció los primeros acordes antes de que la letra comenzara. Sus ojos se iluminaron con un brillo húmedo.

—¡Baila conmigo! —exclamó, levantándose de la silla con una energía que me arrancó una sonrisa.

Me levanté y le tendí la mano con una formalidad exagerada, como si fuéramos dos adolescentes en un baile de graduación.

Al envolver su cintura, sintiendo la fragilidad de su estructura ósea bajo mis dedos, tarareamos contra mejillas unidas la letra que tantas veces habíamos cantado a gritos en el coche:

"I'm not one to stick around... But you never let me down."

—Gracias —murmuró ella, y las lágrimas atrapadas en sus pestañas brillaron bajo la luz de las velas—. Por no rendirte. Por seguir aquí. Por todo.

—Jamás lo haré —respondí, mi voz más grave de lo habitual—. Por Alenka. Por nosotros. Y por nuestro futuro.

La llevé al dormitorio entre risas, deslizando el cierre de su vestido con la lentitud de quien abre un relicario que contiene los secretos más preciados. Cuando la tela cayó a sus pies, quedó en pie solo con una tanga de encaje negro y aquellos tacones aguja que la hacían peligrosamente deseable.

—Ábrete para mí —ordené, y mi voz, incluso a mis propios oídos, sonó a súplica y exigencia a partes iguales.

Sus muslos se separaron con una lentitud deliberada, revelando el brillo de su deseo, esa humedad que era respuesta a mi presencia, a mi mirada, a mi deseo reflejado en el suyo.

Al rasgar la prenda —otra más que se sumaba a la colección de sedas destruidas—, hundí dedos y lengua en su sexo con la devoción de un peregrino ante el altar.

Ella gritó cuando el primer orgasmo la sacudió, arqueada sobre la mesa de ónix que habíamos utilizado para la cena, sus manos aferradas a los bordes como si temiera caer al vacío.

La penetré de pie, sosteniendo sus piernas sobre mis hombros mientras la tormenta —otra tormenta, siempre tormentas— golpeaba los cristales con renovada furia.

Nuestros cuerpos fueron tempestades sincronizadas, olas rompiendo contra acantilados, vientos huracanados encontrándose en el ojo del ciclón.

Cuando el orgasmo nos quebró por la mitad, cuando el universo se fragmentó en mil pedazos de luz y sensación, mordí su hombro para ahogar un grito que no era solo de placer, sino también de terror.

Porque en ese momento, en el clímax de nuestra entrega, una certeza helada se instaló en mi pecho: este paraíso era préstamo, no propiedad.

Un regalo temporal del destino que podía ser revocado en cualquier momento.

Que la sombra de Era acechaba tras cada rosa negra, tras cada nota musical, tras cada gemido de placer.

Lo admito, pensé mientras ella se estremecía en mis brazos, me aterra que algo más aterrador pueda pasar.

Porque cuando has vivido lo suficiente, sabes que la calma siempre precede a la tormenta. Y esta calma, esta paz robada, este amor inmenso... todo indicaba que la tormenta que se avecinaba sería la madre de todas las batallas.

Pero esa noche, con su cuerpo agotado contra el mío, con su respiración acompasada marcando el ritmo de mi propio corazón, decidí no pensar en eso.

Decidí disfrutar del préstamo.

Mientras durara.

Mafia y éxito

Sombor, Serbia

Adam

La consola principal del búnker subterráneo irradiaba una luz cobalto que teñía de azul espectral los mapas holográficos flotando en la penumbra.

Cinco continentes aparecían punteados de objetivos rojos, un mosaico de sangre y control que palpitaba como el corazón mismo de mi imperio.

Las pantallas reflejaban transacciones en tiempo real, subastas en curso, el latido constante de la Telaraña funcionando a pleno rendimiento.

—¡La plataforma está operativa! —grité, aplastando el cigarro en el brazo desnudo de la esclava arrodillada a mis pies, sintiendo el crujido de la piel quemada bajo la brasa—. ¡Maldita hiena!

Su mordisco en mi muslo, un acto de rebeldía absurdo y condenado al fracaso, desencadenó el frenesí que siempre acechaba bajo mi piel.

Tomé la fusta de cuero de manta raya del perchero de acero. El látigo silbó en el aire antes de estrellarse contra su espalda con un chasquido que reverberó en las paredes de hormigón. Cada latigazo dibujaba surcos carmesíes en su piel aceitunada, convirtiendo su torso en un mapa de dolor.

—Esto por desafiar al león en su propia guarida —susurré, sintiendo cómo los alaridos agudos perforaban mis tímpanos como la música más exquisita.

Cuando el éxtasis sanguinario nubló mi visión —ese momento de transcendencia que solo el sufrimiento ajeno podía proporcionarme—, mis dedos encontraron su garganta.

Apreté. Sentí la tráquea ceder bajo la presión, el estertor final, la vida escapándose como agua entre los dedos.

Un crujido óseo cortó el aire, definitivo.

—Descansa en el olvido —murmuré, arrojando el cuerpo al rincón oscuro donde otros cuerpos esperaban su turno para ser procesados.

Desechable. Como todas. Como todas las que habían osado desafiarme.

En la pantalla principal, el video se reproducía en bucle: Era follando con Damián Bonet en aquella fiesta clandestina, su cuerpo moviéndose sobre el suyo con una familiaridad que helaba la sangre.

Observé cómo aquel hombre yacía sin vida bajo ella, sus ojos vidriosos, sus miembros flácidos.

Drogado. Completamente inconsciente de lo que ocurría.

"Jamás lo toqué", había jurado ella, una y otra vez, con esa voz que tan bien conocía. "Solo seguí tus órdenes, Adam. Solo negocios."

Pero yo reconocí la mentira en el arqueo de sus caderas, en la forma en que sus dedos rozaron la nuca del bastardo, en la intimidad de ese acto que trascendía cualquier misión.

—Pagarás cada mentira con interés compuesto, querida —prometí al vacío, mientras guardaba el video en un archivo cifrado.

Las pruebas. Siempre guardaba pruebas.

Los pasadizos ocultos del castillo olían a humedad y traición milenaria, ese olor penetrante que solo adquieren las piedras después de siglos absorbiendo sufrimiento.

Las antorchas de gas parpadeaban en sus soportes de hierro forjado, creando sombras danzantes que parecían burlarse de mí mientras descendía.

Al llegar a la mazmorra oeste, los gemidos me recibieron como un viejo amigo cuyo regreso siempre celebro. Allí, encadenada al muro de piedra húmeda, separada del suelo por grilletes de tungsteno que le dislocaban los hombros, estaba ella.

Era.

Mi obsesión desde la infancia. Mi reina caída. La única mujer que había conseguido, en algún momento, hacerme dudar.

—Habla —ordené, mi mandíbula tensa como un arco de ballesta listo para disparar.

Levantó la cabeza con una lentitud que delataba el agotamiento extremo. Su melena negra, antes sedosa y brillante, colgaba ahora como un trapo sucio sobre su rostro demacrado. Los ojos, esos ojos de hielo que tantas veces me habían desafiado, conservaban sin embargo un destello de rebeldía.

—Nada que decirte, mi rey —su voz era un hilo de agua envenenada, apenas audible pero cargada de veneno.

Tres semanas. Llevaba tres semanas suspendida por esos grilletes de tungsteno, deshidratada hasta el límite de lo soportable, con costras de sangre seca en los muslos que delataban los abusos sufridos. Pero indómita. Siempre indómita.

Mi fusta acarició la cicatriz en su clavícula izquierda —la misma que ella había infligido a Bonet, la marca de Lilith— con una lentitud deliberada.