Inquina Chapter 8 #3
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Chapter 8 #3

Algún día la borraré, juré al cielo encapotado, mientras los relámpagos iluminaban las cumbres nevadas. Cuando su recuerdo deje de latir en mis pesadillas.

Pero en el fondo sabía que algunas marcas son para siempre. Que algunos recuerdos no se borran con cirugía láser ni con el paso del tiempo.

Había preparado toda una sala de cine improvisada, aunque en esta casa, la "sala de cine" era un espacio de cien metros cuadrados con una pantalla de diez metros iluminando sofás de piel italiana y butacas reclinables.

El tipo de excesos que uno comete cuando el dinero quema las manos y la soledad pesa más que cualquier lujo.

Natasha eligió Rápidos y Furiosos 9 con una sonrisa pícara que me recordó por qué la amaba tanto. Mientras las persecuciones imposibles llenaban la pantalla de adrenalina digital, ella se acurrucó contra mi costado, su cabeza apoyada en mi hombro, su mano entrelazada con la mía.

—¡Mira a Ariadna Harper! —exclamó durante una persecución particularmente absurda, señalando a la actriz que pilotaba un vehículo modificado—. La reina de los motores. Dicen que hace todas sus escenas de acción sin dobles. ¿Te imaginas?

—Mi socia en Happeler Dynamics —revelé, sorbiendo vino tinto de una copa de cristal de Bohemia—. La conozco personalmente. Hace más que sus escenas de acción sin dobles: diseña los prototipos que luego Hollywood utiliza en sus películas.

Sus ojos lilas se estrecharon con una mezcla de sorpresa y algo que, si no lo conociera mejor, podría haber confundido con celos.

—¿Y solo ahora me lo dices? —preguntó, incorporándose ligeramente para mirarme—. Esa diosa escandinava hace temblar a cualquiera. Una corredora profesional de la NASCAR, diseñadora de modas, actriz... ¿Qué más? ¿También salva ballenas en su tiempo libre?

—Ninguna mujer me hace temblar como tú —besé su muñeca, sintiendo cómo su pulso se aceleraba bajo mis labios—. Ni siquiera cuando diseña turbocompresores que desafían las leyes de la física. Especialmente no entonces.

—¡No te burles! —empujó mi hombro con una fuerza teatral, pero una sonrisa traicionó su enojo fingido—. Podrías habérmelo contado antes de que hiciera el ridículo adorándola en pantalla.

—¿Adorándola? —levanté una ceja con sorna—. Creí que era admiración profesional. ¿Debo preocuparme por mis competidores?

—Idiota —murmuró, pero se acurrucó de nuevo contra mí, y su risa, baja y cómplice, fue la mejor música que podía escuchar.

La lluvia golpeaba los ventanales como tambores de guerra cuando, en algún momento de la película, el deseo se impuso a cualquier otra consideración.

La arrinconé contra la pared de piedra volcánica que separaba la sala del pasillo principal, mis manos explorando su cuerpo con una urgencia que no admitía demora.

Mis dedos desgarraron su blusa de seda —una prenda cara, de esas que comprábamos en las boutiques de Ginebra— con una violencia que en cualquier otro contexto me habría hecho detenerme. Pero no ahora. Ahora solo existía su piel, su calor, su necesidad reflejada en mis propios deseos.

Sus pechos emergieron de los jirones de tela como ofrendas, esos pechos que conocía como territorio sagrado, que había besado, mordido, adorado en incontables noches de insomnio y pasión.

—Fóllame como solo tú sabes —jadeó, enganchando las piernas en mi cintura con la agilidad de quien ha hecho de este movimiento una coreografía compartida.

La penetré sin preludios, sin los juegos previos que en otras ocasiones prolongaban el éxtasis. Ahora necesitaba crudeza, necesitaba sentirla, necesitaba que su carne me recordara que estaba vivo, que no era el monstruo que los titulares describían.

Su grito inicial lo ahogué con mi boca, fundiendo nuestros labios en un beso que era a la vez posesión y entrega.

Nuestros cuerpos chocaban al ritmo de los truenos que retumbaban en el exterior, el sudor y la lluvia mezclándose en nuestras pieles febriles mientras la tormenta hacía lo propio allá afuera.

Cada embestida era un exorcismo. Contra Era, contra Interpol, contra los fantasmas que habitaban mi mente. Contra la marca que ardía en mi pecho y las pesadillas que me despertaban a medianoche. Contra todo.

Sus uñas excavaron surcos en mi espalda mientras la elevaba y dejaba caer, una y otra vez, hasta que los vidrios temblaron con nuestros gemidos. El orgasmo la sacudió como una convulsión divina, su cuerpo arqueándose contra el mío, su boca formando mi nombre en un grito silencioso.

Yo vacié en su vientre un semen caliente que prometía futuros embarazos, futuros hijos, futuros que quizás nunca llegarían pero que, en ese momento, en ese instante de absoluta entrega, parecían posibles.

Al terminar, colapsamos sobre las alfombras persas que cubrían el suelo del pasillo, nuestros cuerpos entrelazados en un abrazo que era a la vez refugio y declaración de intenciones.

Los truenos se alejaban, sustituidos por el rumor constante de la lluvia, ese sonido hipnótico que invita a la confesión.

Ella trazó círculos en mi cicatriz con la punta de sus dedos, sus ojos lila fijos en la marca, en esa geometría de dolor que era mi condena.

—¿Aún duele? —preguntó, su voz apenas un susurro.

—No —mentí, sintiendo cómo la quemadura interna se intensificaba con cada caricia—. Ya casi ni la siento. Como si siempre hubiera estado ahí.

—Buscaré cómo borrarme esto —prometió, y en sus palabras había una determinación que me recordó por qué luchaba—. Láser, cirugía, lo que sea. Existen métodos. Conozco a gente en Ginebra...

—No te preocupes por eso ahora —la interrumpí, atrayéndola más cerca, sintiendo su calor contra mi piel—. Ahora solo necesito esto.

Necesito esto.

Ella asintió, comprendiendo sin necesidad de más palabras. Apoyó la cabeza en mi pecho, justo sobre la cicatriz, como si quisiera protegerla del mundo, y cerró los ojos.

Afuera, la lluvia continuaba su danza sobre los Alpes. Dentro, dos almas rotas encontraban refugio la una en la otra.

Y por un momento, solo por un momento, el mundo dejó de existir.

Dos semanas habían transcurrido desde nuestro refugio en los Alpes, dos semanas de una calma que en cualquier otro contexto habría resultado idílica pero que, en nuestra situación, sabía a préstamo, a tregua temporal en una guerra que no había hecho más que comenzar.

La rutina se había instalado con la suavidad de la nieve recién caída: desayunos tardíos frente a los ventanales, caminatas por senderos vírgenes, tardes de cine y mantas, noches de pasión desbocada.

Esa mañana, mientras Natasha bronceaba su piel nácar en la terraza acristalada —su cuerpo bañado por esa luz alpina que volvía locos a los fotógrafos de Vogue—, tomé una decisión. Necesitaba respuestas, y Caronte era el único que podía proporcionármelas.

Conduje el Audi R8 Coupé por las carreteras serpentinas hasta Der Bär, una taberna alpina perdida en la niebla donde los rostros se difuminaban y las identidades quedaban suspendidas en el humo de las chimeneas.

El local, construido con troncos centenarios y piedra de la región, exhalaba un aire de secreto bien guardado, de confesiones que jamás traspasarían sus muros.

Caronte aguardaba en un rincón, y su aspecto era tan grotesco que casi solté una carcajada: bermudas hawaianas de colores imposibles, camisa de flores abierta sobre un pecho lampiño, gafas de sol de espejo a pesar de la penumbra.

El disfraz era tan absurdo que resultaba perfecto; nadie asociaría a ese turista de medio pelo con el hacker más temido de la Deep web.

Me senté frente a él sin preámbulos, aceptando la cerveza local que un camarero con cara de aburrimiento depositó sobre la mesa.

—El Código Nera no es un mito —susurró Caronte tras pedir una piña colada con una sonrisa de idiota que no engañaba a nadie—. Existe. Y controla el sistema bancario global como un titiritero controla sus marionetas. Tus padres, Damián... tus padres lo diseñaron para la Dark Web.

La cerveza se detuvo a medio camino de mis labios.

—¿Mis padres? —repetí, incrédulo—. Eran ingenieros de pueblo, Caronte. Mi padre trabajaba en una fábrica de componentes eléctricos. Mi madre daba clases de matemáticas en el instituto. No eran...

—...exactamente lo que parecían —completó él, su voz perdiendo toda traza de frivolidad—. Eran mucho más que eso. Y escondieron la llave en una bóveda. No una bóveda física, no. Algo más sutil. Busca sus diarios, sus cuadernos, cualquier cosa que conservaras de ellos. Ahí está la respuesta.

Hizo una pausa, bebiendo de su cóctel con una pajita de colores que resultaba casi obscena en ese contexto.

—Y una cosa más, Damián —añadió, sus ojos tras las gafas de espejo fijos en los míos—. Ellos no fundaron la Telaraña. Eso es un malentendido que ha circulado durante años. Ellos la... heredaron. De alguien antes. Y ese alguien...

—¿Quién? —corté, impaciente.

—Eso tendrás que descubrirlo por ti mismo —respondió, y su sonrisa enigmática me hizo querer estamparle la piña colada en la cara—. Pero te doy una pista: busca en Polonia. En los archivos de la resistencia. En los años ochenta.

Dejé un fajo de euros junto a su copa sudorosa y me levanté sin mediar palabra. Finlandia será tuya, pensé al subirme al Audi, recordando el soborno pactado. Pero primero, respuestas.

Durante el trayecto de regreso, mi mente volaba a velocidad de vértigo. Mis padres no eran los fundadores de la Telaraña. Eso cambiaba todo. ¿Quiénes eran entonces? ¿Qué habían heredado? ¿Y de quién?

Pero a medida que el chalet se acercaba en la distancia, una idea más urgente desplazó a las demás: Natasha. Necesitaba verla, necesitaba sentirla, necesitaba recordar por qué luchaba. Y también necesitaba darle algo, una tregua en medio de la tormenta, un momento de

belleza que contrarrestara tanta oscuridad.