Inquina Chapter 8 #2
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Chapter 8 #2

La Chalet Etoile Filante emergió entre los pinos cubiertos de nieve vespertina como un sueño de arquitectura y naturaleza fundidas.

Una fortaleza de troncos centenarios y cristales que compré en tiempos de excesos, cuando el dinero quemaba mis bolsillos y necesitaba lugares donde esconderme de mí mismo.

Natasha dormía en mis brazos cuando crucé el umbral, su peso confiado contra mi pecho, su respiración marcando un ritmo de paz que contrastaba con la tormenta que se avecinaba.

El sistema de reconocimiento facial iluminó los salones vacíos al identificarme, revelando la majestuosidad del espacio: mármol travertino en los suelos, pieles de reno sobre los sofás de cuero, una chimenea de piedra volcánica que ocupaba toda una pared y esperaba ansiosa el primer fuego de la temporada.

—Descansa, nena —susurré al depositarla en la cama King size, cubriéndola con una manta de cachemir—. Nada te perturbará aquí.

Sus labios esbozaron una sonrisa en sueños, y esa imagen —esa maldita imagen de paz absoluta— fue lo único que me dio fuerzas para enfrentar lo que venía.

En el búnker subterráneo, un espacio que había diseñado para resistir ataques nucleares y cibernéticos por igual, las pantallas mostraban el caos en tiempo real.

El hashtag #DamiánBonetAsesino tendeaba mundialmente en todas las plataformas, alimentado por una maquinaria de odio que funcionaba con precisión germánica.

Caronte apareció en videollamada, su avatar de lechuza parpadeando en la pantalla principal con esa molestia visual que lo caracterizaba.

—Movilizan cuentas falsas para saturar las redes —informó, su voz modulada electrónicamente sonando más grave de lo habitual—. La IP salta entre Pyongyang y Caracas, pero es un señuelo. El origen real está en Europa del Este. Polonia, para ser exactos.

—¿Y Alenka? —pregunté, mi voz plana pero urgente.

—Sigue con ellos. Nuestros últimos informes la sitúan en el castillo de Bran, aunque los movimientos son erráticos. Creemos que la trasladan periódicamente para evitar cualquier intento de rescate.

—Podemos organizar un equipo...

—Olvídala, Damián —cortó Caronte, y en su voz electrónica hubo un dejo de algo que podría haber sido compasión—. Por ahora. Concéntrate en limpiar tu nombre. Sin eso, cualquier movimiento que hagas será contraproducente.

—Nunca —respondí, la palabra un latigazo—. Nunca la olvidaré. Nunca dejaré de buscarla.

Caronte permaneció en silencio durante unos instantes, su avatar de lechuza parpadeando con una cadencia que imitaba la respiración humana.

Sabía perfectamente que esta guerra debía continuar, que mi obsesión por Alenka era el motor que me mantenía vivo.

Pero algo en sus ojos digitales me dijo que no estaba de acuerdo.

Ampliamos los informes, revisamos cada detalle con la meticulosidad de cirujanos.

Fue entonces cuando detectamos algo que no cuadraba: una mujer, hasta ahora invisible en nuestros análisis, había mantenido una reunión privada con Adam Kowalski días antes de que estallara todo esto.

Las imágenes de vigilancia, granuladas y parciales, mostraban a una figura femenina de porte elegante, completamente cubierta, que entraba y salía de la residencia de Kowalski con la confianza de quien conoce el terreno.

Lanzamos el reconocimiento facial. Los algoritmos trabajaron durante minutos que se hicieron eternos. El resultado: negativo. No había coincidencias en ninguna base de datos a la que tuviéramos acceso.

Era como si esa mujer no existiera.

—Será mejor que investigue con otro programa —informó Caronte, su voz teñida de una preocupación inusual—. Pero debes tener cuidado, Damián. Incluso de tu amada.

—Ella es incapaz de hacerme daño y lo sabes —respondí, mi defensa automática, visceral.

—Tú sabrás —fue su único comentario antes de desconectar.

Esto es un fastidio, pensé mientras me reclinaba en el sillón ergonómico, la cabeza pesada, los ojos ardiendo por la falta de sueño. Un puto fastidio.

Me despedí mentalmente de Caronte y, justo cuando iba a cerrar la sesión, un mensaje cifrado explotó en mi bandeja de entrada:

Querido halcón,

Añoro tu verga en mi boca. Añoro la forma en que gritabas mi nombre cuando te corrías. Añoro tu calor, tu olor, tu desesperación.

Pronto gobernaremos juntos, como estaba escrito. Llevas mi marca en la piel y en el alma. No puedes escapar. Siempre tuya, Era.

El vómito me alcanzó antes de que pudiera controlarlo. Me abalancé sobre el lavabo de acero inoxidable del búnker mientras mi estómago se vaciaba en violentas arcadas que me dejaron temblando.

El recuerdo de sus cuchillas sobre mi piel —ese ritual iniciático de la Dark Web que había intentado bloquear— me devolvió al jacuzzi de aquel palacio subterráneo en Rumania.

Velas negras flotando en agua teñida de rojo.

Su cuerpo desnudo reptando sobre el mío como una serpiente. El dolor, el placer, la confusión...

¿Qué demonios me hizo esa perra? La pregunta martilleaba mi cráneo sin encontrar respuesta.

Tomé una ducha rápida, el agua caliente golpeando mi piel como un castigo expiatorio. Necesitaba sentirme limpio, necesitaba borrar cualquier rastro de Era de mi cuerpo. Pero sabía, con la certeza de quien ha vivido demasiado, que algunas marcas son para siempre.

Luego, busqué a la única persona que me hace sentir bien. La única capaz de ahuyentar los demonios.

Natasha.

La encontré al alba, cuando los primeros rayos de sol comenzaban a filtrarse entre los cortinajes, tiñendo la habitación de tonos dorados.

Estaba de pie junto a la puerta de la suite, observándome con sus ojos lila, la luz invernal dibujando su silueta bajo el camisón de seda color marfil.

Parecía una aparición, un sueño del que no quería despertar.

—¿Qué te atormenta? —preguntó, acercándose con pasos silenciosos sobre la alfombra persa. Sus dedos, fríos por la temperatura de la habitación, rozaron la cicatriz en mi pecho con una ternura que me partió el alma.

—Todo —respondí, incapaz de ocultar mi preocupación, incapaz de fingir que todo estaba bien—. El mundo, las acusaciones, Era... todo.

Me derrumbé. Literalmente. Mis piernas cedieron y caí de rodillas sobre el suelo persa, mi cabeza inclinada, mi cuerpo sacudido por algo que no quería reconocer como llanto.

Ella se arrodilló frente a mí en un instante, sus manos aferrando las mías con una fuerza que no sabía que poseía. Sus lágrimas —porque ella también lloraba— mojaban mis dedos mientras luchaba por encontrar las palabras adecuadas.

—¡Mírame! —exclamó, su voz quebrada pero firme—. ¡Joder, Damián, mírame a los ojos!

Obedecí. En sus pupilas lila vi reflejado mi propio rostro demacrado, mis ojos enrojecidos, mi barba de varios días sin afeitar. Vi al hombre que había sido y al que amenazaba con convertirse.

—Soy el hombre más buscado de Europa —susurré, las palabras escapando sin control—. Un monstruo fabricado por titulares. Un asesino que nunca mató. Un criminal que solo quería encontrar a su hermana. ¿Qué clase de broma es esta?

—¡Eres mi monstruo! —exclamó, abrazando mi cabeza contra su pecho con una ferocidad que me dejó sin aliento—.

¡Mi monstruo, Damián! Y si el mundo entero te odia, yo te amaré el doble.

Si todos te persiguen, yo te esconderé. Huiremos juntos si es necesario.

Seremos prófugos, vagabundos, lo que sea.

Pero jamás, jamás nos van a separar. ¿Me oyes? ¡Jamás!

Su anillo de compromiso —aquel diamante simple rodeado de diamantes más pequeños que había elegido con tanto cuidado— brilló al enlazar nuestras manos, capturando la luz del amanecer y devolviéndola en destellos de promesa.

—Te amo, futura señora Bonet —dije, y en esas palabras puse todo lo que era, todo lo que había sido, todo lo que anhelaba ser.

—Y yo a ti, mi señor —respondió ella, sus labios buscando los míos en un beso que supo a redención, a hogar, a esperanza en medio del abismo.

Afuera, los Alpes amanecían cubiertos de nieve, ajenos a las tormentas humanas.

Dentro, dos almas rotas se sostenían mutuamente, desafiando al mundo entero.

Y por primera vez en semanas, supe con certeza que, pase lo que pase, mientras ella estuviera a mi lado, yo podría soportarlo todo.

Tormenta y redención

La primera lluvia primaveral sorprendió los Alpes suizos con la violencia de un presagio, transformando el paisaje en una acuarela de grises perlados y verdes esmeralda que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

Desde la terraza acristalada de la Chalet Étoile Filante, observé cómo los goterones golpeaban el mundo con furia catártica, limpiando la suciedad acumulada durante meses de nieve invernal.

El viento helado azotaba mi camiseta empapada, pegándola a mi piel como una segunda epidermis, pero no me moví. Necesitaba sentir algo físico, algo que anclara mi mente al presente mientras los demonios del pasado amenazaban con arrastrarme de nuevo al abismo.

—¿Correrías bajo este diluvio conmigo? —pregunté sin volverme, sabiendo que ella estaba ahí, en el umbral, observándome con esa mezcla de preocupación y devoción que se había vuelto tan familiar.

Natasha apareció reflejada en el cristal, envuelta en un chal de cachemira color crema que acentuaba la palidez de su piel. Su imagen, difuminada por las gotas que resbalaban por el ventanal, parecía la de un ángel custodio velando por un condenado.

—Prefiero películas y mantas —respondió, su voz teñida de esa ternura que solo usaba conmigo—. Tu cicatriz necesita calor, no humedad. Y tú necesitas descansar, no desafiar a los elementos.

Mientras ella preparaba chocolate caliente en la cocina de mármol —el aroma a cacao y canela comenzaba a impregnar el ambiente—, permanecí en el balcón unos minutos más.

La tormenta arreciaba, lavando simbólicamente la marca que Era había tallado sobre mi pectoral izquierdo.

Aquella "h" estilizada, aquella espiral descendente que parecía un agujero negro en miniatura grabado en mi carne.