Chapter 8
El precio de la tormenta
Intenté mantener la compostura durante el resto de la velada, era la puta fiesta de compromiso de Mike y Camila, así que estuve sonriendo en los momentos adecuados, asintiendo en las conversaciones triviales, aparentando normalidad mientras el mundo se desmoronaba a mi alrededor.
Pero la sombra de las acusaciones —ese peso imposible de asesinato, de tortura, de una vida que no había quitado, pero por la que me acusaban— presionaba mis hombros como una losa funeraria.
Alexander, con esa perspicacia molesta que lo caracteriza y que tantas veces había maldecido, interceptó mi fuga hacia la terraza con la elegancia de un felino. Su mano en mi brazo fue suave pero firme, una presión que no admitía evasión.
—Algo te carcome, Bonet —dijo, sus ojos escudriñando mi rostro con la intensidad de quien conoce cada pliegue de mi expresión—. ¿Problemas con la empresa o con ella? Porque si es con ella, puedo darte algún consejo...
—No es momento —esquivé su mirada, sabiendo que requeriría su ayuda pronto, muy pronto, pero no ahora. Ahora necesitaba procesar, necesitaba pensar, necesitaba encontrar una salida a este laberinto antes de arrastrar a nadie más conmigo.
Tras un pequeño brindis por nuestra partida de póker —una excusa tan endeble como mi sonrisa—, conduje a Natasha hacia el ala de la hacienda con un beso en la sien que intentó ser tierno y resultó casi desesperado.
—Ve a descansar, preciosa —susurré, acariciando su mejilla con una ternura que no sentía—. Los chicos y yo ajustaremos nuestra revancha. No me esperes despierta.
Su sonrisa fue un bálsamo efímero, una luz en medio de la tormenta que se avecinaba. Asintió con esa confianza ciega que tenía en mí y desapareció tras la puerta de nuestra habitación.
Ojalá pudiera protegerte de esto, pensé mientras me alejaba. Ojalá pudiera protegerte de mí.
En el despacho de Camila, el aire olía a café frío y tensión acumulada. Lauren proyectaba gráficos financieros en la pared de adobe con la precisión de un general desplegando sus tropas en un mapa de batalla.
—Todas las cuentas están congeladas —anunció, su voz teñida de una frustración que rara vez le veía mostrar—.
Actuaron en sincronía perfecta: bancos de Suiza, Luxemburgo, Islas Caimán, Singapur.
.. incluso las cuentas offshore que creíamos indetectables.
Es como si hubieran tenido acceso a todo nuestro sistema financiero durante meses.
—Porque lo tuvieron —mascullé, paseando por la habitación como fiera enjaulada—. Era no solo me torturó; me vació. Cada contraseña, cada código, cada maldito secreto que guardaba en mi cabeza... todo está en sus manos ahora.
Axel Harrison entró sin anunciarse, su Tablet extendida mostrando la notificación de embargo de sus inversiones en DMA Inc., nuestra empresa conjunta que recién empezaba. Su expresión, sin embargo, no era de acusación sino de algo que no merecía: lealtad.
—Respeto si retiras tu capital —dije, tendiéndole el dispositivo con una calma que no sentía—. Esto no es tu guerra, Axel. No tienes por qué mancharte con este fango.
—Brown confía en ti —respondió, borrando el mensaje con un gesto seco que dejó la pantalla en blanco—. Yo también. Además, ¿desde cuándo los Harrison huyen de las batallas? Pregúntale a mi abuelo, que luchó en dos guerras y nunca pidió nada a cambio.
Laurent ya había iniciado los protocolos de emergencia, esos que habíamos diseñado en noches de insomnio previendo exactamente este escenario.
Solo así podía conseguir rescatar parte de mis inversiones, blindar algunos activos, asegurar que la empresa no colapsara por completo.
Sería una noche larga. Quizás la más larga de mi vida.
Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol comenzaban a teñir de rosa los viñedos, salí a correr.
Necesitaba sentir el ardor en los pulmones, el dolor en las piernas, algo físico que ahogara la rabia que amenazaba con consumirme.
Los senderos entre las parras se convirtieron en mi confesionario, cada zancada un golpe contra el destino, cada jadeo una imprecación contra Era.
Al regresar, empapado en sudor y con las piernas temblorosas, Mike esperaba en la entrada de la hacienda. Su silueta, recortada contra el sol naciente, era la de un guerrero antiguo dispuesto a la batalla.
—Necesito que todo esté listo —dijo tras finalizar una llamada, guardando el teléfono en el bolsillo con movimientos precisos—. Tenemos un refugio en los Alpes suizos. Alejado, discreto, con todas las medidas de seguridad. Nadie dará con ustedes allí.
—No arrastraré a Camila en esto —protesté, mi voz más dura de lo que pretendía—. Ya es demasiado. Ella tiene un negocio, una familia, una vida que proteger. No puedo...
—Ella ya eligió bando cuando te abrió las puertas de su casa, Damián —replicó Mike, y en su voz había una firmeza que reconocía de nuestras batallas compartidas—.
Cuando supo de lo de Alenka, cuando entendió lo que Kowalski representa, cuando vio cómo Natasha te mira.
.. no hubo vuelta atrás. Además, te ofrece que te quedes en una de las haciendas de la familia, la de San Cristóbal si prefieres.
Estarás bien en cualquier lugar que elijas, pero por favor, déjanos ayudar. No puedes hacer esto solo.
Tras una larga discusión en la que argumenté, supliqué y finalmente cedí, logré convencerlos de que lo mejor era que Natasha y yo nos alejáramos por completo.
Lejos de México, lejos de Estambul, lejos de cualquier lugar donde Kowalski pudiera encontrarnos.
Aceptaron, pero con la condición de que estaríamos en constante comunicación, de que no nos aislaríamos por completo.
Toda la familia se despidió de nosotros en el jardín de la hacienda.
La abuela Lily lloraba sin disimulo mientras abrazaba a Natasha.
Camila prometió visitarnos en cuanto todo esto se calmará.
Mike, Alexander y Sebastián me rodearon en un abrazo grupal que recordaba más a nuestra juventud que a la gravedad del momento.
—Confían demasiado en que todo esto se arreglará y solo quedará como un malentendido —murmuré para mí mientras el coche nos alejaba hacia el aeropuerto privado.
Pero yo no era tan ingenuo. Yo sabía que no era un malentendido. Era una trampa de Era. Una jugada maestra en su partida de ajedrez.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no veía la salida.
Cantón de Valais, Alpes suizos
El Camaro ZL1 devoraba las carreteras serpentinas del cantón de Valais con la ferocidad de una bestia hambrienta.
Bosques de abetos centenarios enmarcaban precipicios de vértigo, sus copas nevadas brillando bajo la luz del atardecer como si alguien hubiera esparcido diamantes sobre ellas.
El rugido del motor V8 resonaba en los valles, un eco mecánico que se perdía entre las montañas.
Natasha conectó su teléfono al sistema de audio del vehículo, y la voz de Britney Spears llenó el habitáculo con una mezcla de nostalgia y provocación:
"I know you told me I should stay away..."
—¿Ves? —sonrió ella, mientras su mano acariciaba mi muslo con una lentitud deliberada—. Una damisela y su criminal. La canción perfecta para nosotros.
—Ahora verás lo que hace este criminal cuando no hay testigos —bromeé, sintiendo cómo su tacto despertaba algo más que simple deseo.
No faltó la risa de Natasha, ese sonido cristalino que era mi droga favorita. Verla así, tan hermosa, tan viva, tan completamente entregada a este momento de locura compartida, hizo que mi cuerpo reaccionara de maneras que el peligro inminente no lograba inhibir.
Aceleré hasta sentir la fuerza G oprimiéndonos el pecho, el paisaje convirtiéndose en un borrón de verdes y blancos. En una curva desierta, donde los únicos testigos eran los abetos y el cielo, ordené con voz que no admitía discusión:
—Quítate el pantalón y las bragas.
Su obediencia fue lenta, deliberadamente provocadora.
Sus dedos se deslizaron bajo la cintura del short de lino, bajaron la cremallera con una parsimonia que me volvía loco, y finalmente extrajeron la prenda de encaje negro que había estado rozando su piel durante todo el trayecto.
Cuando me entregó la diminuta tela, aún caliente por su cuerpo, la llevé a mi nariz e inhalé profundamente: jazmín y deseo, ese aroma embriagador que solo ella poseía.
Frené en seco. El chirrido de los neumáticos rasgó el silencio montañoso como un alarido, levantando una nube de polvo y hojas secas a nuestro alrededor.
Ella se liberó del cinturón de seguridad con la agilidad de un felino y cabalgó sobre mí en el espacio reducido del asiento del conductor. Sus pezones, erectos bajo la fina tela de su blusa, rozaban mi pecho con cada movimiento, y yo no podía apartar la mirada de ese espectáculo.
Es tan deliciosa, pensé mientras mis manos exploraban su humedad, confirmando lo que ya sospechaba: estaba tan desesperada como yo.
Mis labios buscaron el néctar entre sus pliegues con la devoción de un peregrino ante su altar. Sus gemidos rebotaron en los cristales empañados, creando una sinfonía íntima que ningún otro ser humano escucharía jamás.
—¡Fóllame! —suplicó, sus uñas clavándose en mis hombros con la fuerza de quien se aferra a la vida—. ¡Ahora, Damián, por favor!
La penetré con un gemido ronco que brotó de lo más profundo de mi ser.
El auto se mecía bajo nuestro ritmo salvaje, los asientos de cuero crujiendo como un lecho de hojas secas en otoño.
Cada embestida era una declaración de guerra contra el mundo exterior, contra las acusaciones, contra Era, contra todo lo que amenazaba con separarnos.
Cuando el clímax nos quebró por la mitad, cuando el universo se fragmentó en mil pedazos de luz y sensación, mordí su hombro para ahogar mi rugido, dejando en su piel la única marca que aceptaba: la mía.